Nuestro reconocimiento de la soberanía de Dios

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora       No deja de sorprendernos el papa Francisco con su modo sintético y claro de decir las cosas. Este es el rápido análisis que nos brinda en la exhortación apostólica Evangelii gaudium n.º 86: «Es cierto que en algunos lugares se produjo una “desertificación” espiritual, fruto del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus raíces cristianas. Allí “el mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena”. En otros países, la resistencia violenta al cristianismo obliga a los cristianos a vivir su fe casi a escondidas en el país que aman. Ésta es otra forma muy dolorosa de desierto. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser ese ambiente árido donde hay que conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero “precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza”. En todo caso, allí estamos llamados a ser personas–cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!».

La solemnidad de la Presentación del Señor en el templo de Jerusalén celebra que Jesús, a los cuarenta días de su nacimiento, fue llevado por María y José al templo de Jerusalén «para presentarlo al Señor». Era una prescripción legal, que se cumple con Jesús como con cualquier otro primogénito, en reconocimiento de los derechos soberanos de Dios; ofrecer al primogénito de cada familia tenía un significado de sacrificio, pues, con su cumplimiento, el recién nacido era rescatado mediante una ofrenda mucho más modesta: un par de tórtolas, o dos pichones. En resumen, la relación de ofrenda con sacrificio al dueño de la vida que es Dios.

Nuestras velas de «La Candelaria» quieren expresar ese sacrificio en el que se consume la vela que nos trae el recuerdo de la luz del Cirio Pascual. Quiere ser, por una parte, el reconocimiento del dominio primario de Dios sobre nosotros, y, por otra, de nuestra dependencia como creaturas e hijos suyos. Sabemos que decir esto a estas alturas de la civilización occidental o de sociedades avanzadas puede producir un escándalo intolerable para la mentalidad emancipada y autosuficiente del hombre de hoy. Termino con unas palabras del Papa Pablo VI de su homilía en esta Fiesta de la Presentación de 1971: «Nosotros consideramos hoy como ayer, mejor aún, hoy más que ayer, por el mejor conocimiento que nosotros tenemos de las riquezas maravillosas de un universo incapaz de justificar la propia existencia, que la negación de Dios es negación de la suprema Realidad, es fundamentalmente irracional y por tanto radicalmente inhumana; es ceguera, con las consecuencias que esta trae consigo en la ansiosa y ya desesperada búsqueda de las vías justas y rectas para el camino humano. La afirmación religiosa, por tanto, adquiere para nosotros valor de sabiduría, que da al mundo y a la vida un significado, misterioso sí, pero no oscuro, y que confiere al hombre este humilde, pero preciosísimo poder de orar y de esperar».

Esta coincidencia en el pensamiento del papa Francisco con el papa Pablo VI con una diferencia de 42 años nos debe estimular para dialogar con nuestro mundo desarrollado apostando por los avances científico–técnicos y aportando lo que podamos en esta dirección, pero sin olvidar que estamos llamados a ser «personas–cántaros» para dar de beber a los demás nuestra fe.

Vuestro obispo,

+ Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.