La alegría del Evangelio en la vida consagrada

Mons. Demetrio FernándezMons. Demetrio Fernández        La Jornada mundial de la Vida Consagrada se celebra el 2 de febrero. El día en que María presenta a su Hijo en el templo, y lo rescata con una ofrenda de pobres: un par de pichones. Esa ofrenda de Jesús portado en brazos de su madre María, acompañada de José, es todo un símbolo de lo que será la ofrenda de Jesús en el Calvario para la redención del mundo, junto a su Madre que estuvo junto a él.

Es la fiesta de la Candelaria, la que lleva en su mano una candela, que es la luz del mundo: Jesucristo, nuestro Señor. También nosotros portamos este día una candela como signo de la luz de Cristo que ha sido alumbrada en nuestros corazones, la luz de la fe, con la que salimos al encuentro del Señor. “Oh luz gozosa…!” cantamos a Cristo, luz del mundo, porque la luz siempre es motivo de alegría, en contraste con las tinieblas que siempre son signo del pecado y de la tristeza del hombre envuelto en sombras de muerte.

Cristo es la luz del mundo y con su encarnación ilumina el misterio del hombre al propio hombre. Sin Jesucristo, pequeñas luces se encienden en la noche de la historia, hasta que llega él, “resplandor de la gloria del Padre” (Hbr. 1,3), Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Sin Jesucristo, andamos a oscuras. Con Jesucristo todo es visto en su realidad más profunda. Con Jesucristo llega la alegría de la luz a tantas zonas de nuestra vida que adquieren sentido alumbradas por él.

La vida consagrada es una prolongación de la luz de Cristo en nuestro mundo, en nuestra época. La vida consagrada es luz, porque es testimonio de Cristo, imitando a María su bendita madre. La vida consagrada no se entiende si no se acoge la luz de Cristo, y al mismo tiempo esa vida consagrada ilumina y da sentido a tantos interrogantes que se plantean nuestros contemporáneos. La vida consagrada es una luz profética para nuestro tiempo.

Una vida entregada plenamente a Dios para el servicio de los hermanos, especialmente de los pobres en sus múltiples carencias, sólo se entiende si la luz de Cristo ha entrado en el corazón de esa persona y ha tirado de ella para hacer de su vida una ofrenda de amor. Una vida entregada en la virginidad, la obediencia y la pobreza, vivida en comunidad, es una luz llamativa para el mundo de hoy. Son los más altos valores del Reino, vividos por Jesús, y que iluminan la vida de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

En nuestra diócesis de Córdoba contamos con abundancia de personas consagradas en todos los campos. Monjas y monjes de vida contemplativa, con clausura y sin clausura, que nos reclaman para la oración y que ofrecen sus comunidades como oasis de paz para el encuentro con Dios y consigo mismo, para la oración litúrgica, para la adoración eucarística, para el sosiego que sólo Dios puede dar.

Religiosos y religiosas en la escuela católica. Miles de alumnos y muchos más antiguos alumnos, que se benefician del testimonio de tales religiosos y religiosas en sus diferentes colegios. Cuánto bien han hecho y siguen haciendo a la sociedad. Nunca han sido un negocio, sino un servicio, en el que tantas personas consagradas han dedicado su vida a tiempo completo a la preciosa tarea de la educación. Y lo mismo podemos decir, de los que sirven a los ancianos, a los enfermos, a los pobres en distintos ámbitos. Esa mano amable, esa sonrisa que comparte lo que tiene, ese corazón maternal para los momentos de dolor. Tantas personas necesitadas, niños, jóvenes, adultos, ancianos han encontrado en esta persona consagrada el rostro amable de Jesús buen samaritano, que cura las heridas del camino.

Gracias a todos los consagrados de nuestra diócesis. Que vuestro testimonio alumbre el corazón de tantos jóvenes, que conociéndoos puedan sentir la llamada a seguir al Señor por el mismo camino. Gracias por vuestra entrega, de toda la vida, algunos de vosotros ya cargados de años y de méritos. Que esta Jornada de la vida consagrada nos haga reconocer la luz que aportáis a la Iglesia y podáis seguir iluminando con la luz de Cristo, a manera de la Candelaria –María-, para que todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo encuentren a Jesús, y a través de todos vosotros participen de su misericordia.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.