La Iglesia renueva el auténtico espíritu del Evangelio

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella     Es frecuente escuchar que la Iglesia debe renovarse, debe ponerse al día. Y qué duda cabe que todos los que formamos parte de la Iglesia, la amamos y nos debemos a ella, tenemos muy claro que la Iglesia ha de ser cada vez más fiel al proyecto que Jesucristo tuvo al fundarla. La Iglesia debe ser reflejo lo más perfecto de lo que Dios ha pretendido de ella. De ahí que todo cambio supone volver a las raíces, a los orígenes, a la voluntad fundacional del Fundador.

Jesús instituyó la Iglesia con la finalidad precisa de anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras y sin miedos. Esta pretensión la ha dejado muy clara el Papa Francisco a la hora de hablar acerca de la transformación misionera de la Iglesia, primer capítulo de su Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium”.

Es obvio que el Papa, buen pastor que conoce la realidad a lo largo y a lo ancho del mundo, desea que la Iglesia, de la que él es el máximo responsable por decirlo de algún modo fácilmente inteligible, esté de verdad a la altura de las circunstancias. Y habla de la conversión como de una primera premisa absolutamente necesaria. Conversión de los pastores, de los evangelizadores – con “olor a oveja” -, y de las propias ovejas que han de ir caminando por los mismos senderos que marcó Jesús. En la Iglesia, cuando se habla de cambio, se suele emplear el término griego “metanoia” que, a grandes rasgos, viene a significar el afán de conversión que surge en toda persona que se encuentra insatisfecha consigo misma. Esto hasta tal punto de que en la primitiva cristiandad se decía del que encontraba a Cristo que había experimentado una profunda “metanoia”, una profunda transformación en la manera de ver las personas y las cosas.

Este cambio es el que nos pide el Papa, a la luz del Evangelio. Y aún concreta más: la renovación de la Iglesia y en la Iglesia consiste esencialmente en un aumento real de la fidelidad a la vocación. “Sin auténtico espíritu evangélico, dice el Papa, cualquier cambio estructural en la Iglesia se corrompe en poco tiempo”. Y aún añade algo si cabe más estimulador: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación”.

Ya se ve que el Papa Francisco nos está animando a un cambio de chip que afecte a nuestra cabeza y, también, a nuestro corazón. Que comprometa todo nuestro ser. Nos pide una generosidad sin límites a la hora de marcarnos metas evangelizadoras, audacia y valentía ante las contrariedades. Fijaos lo que nos pide a los obispos en este orden de cosas: “El obispo estará a veces delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo; otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados”. En suma nos pide que en nuestra condición de responsables de la comunidad – maestros de la doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros para el gobierno – cumplamos fielmente con la misión del Buen Pastor al que siguen las ovejas.

No menos hermosa y sugerente es la petición que hace a las parroquias en su condición de comunidades de fieles, al afirmar que “la parroquia tiene que estar en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no puede convertirse en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos”. Y a propósito de la parroquia, no quiero dejar pasar por alto lo que el Papa pide a los sacerdotes en esta Exhortación Pastoral tan sugerente: “A los sacerdotes les recuerdo que el confesonario no debe una sala de torturas sino el lugar de la misericordia de Dios que nos anima a hacer todo el bien posible”.

Para terminar, invito a meditar sobre esta recomendación que nos da a todos: “La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre, la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.