La alegría del Evangelio

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella     La semana pasada traté de una virtud que siempre ha caracterizado la esencia de la vida cristiana, la alegría que brota de nuestra condición de hijos de Dios. Hoy, y ya entrando de lleno en la Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium”, quiero invitaros – con el Papa Francisco – a vivir con talante alegre esta apasionante etapa evangelizadora que, por providencia de Dios, nos ha tocado a todos en los inicios del siglo XXI, aquí en España, aquí en La Rioja.

Es ya llamativo el que este documento papal – ya en sus primeras páginas – proponga el antídoto de la alegría como el único remedio eficaz contra la tristeza individualista que nos está invadiendo hace ya demasiado tiempo. Nunca a lo largo de la historia ha habido en nuestro mundo una oferta tan abundante de riqueza en forma de medios alimentarios, de medios de comunicación, de educación, de bienestar, de salud, de ocio, etc., como los que disfrutamos hoy. Y esto, en lugar de proporcionarnos una mayor satisfacción, en vez de ayudarnos a vivir de manera más gratificante, nos está llevando a una tristeza personal y colectiva que se percibe nada más poner los pies en la calle. ¿Sucedáneos de la alegría? ¡Todos los imaginables! ¿Alegría de verdad? ¡Con cuentagotas!

El Papa lo describe así: “El gran riesgo del mundo actual con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada”. Os invito a reflexionar en los calificativos que emplea el Romano Pontífice para describir el corazón del hombre de nuestros días, del que dice que es “cómodo y avaro”, de la oferta del consumo “múltiple y abrumadora”, y la búsqueda de los placeres superficiales a la que designa como “enfermiza”.
Pero no todo se reduce a esto. Sabemos cómo el Papa ha hecho mención frecuente a nuestro Dios que no se cansa de perdonar. Es imposible acercarse al Evangelio, la Buena Nueva de la alegría, si no ha habido previamente por nuestra parte una actitud sincera de vernos tal como somos, débiles, inconstantes, imperfectos, pecadores en una palabra. No podemos cansarnos de acudir a la misericordia de Dios.

El Papa Francisco nos propone en los comienzos de su Exhortación un remedio que siempre se ha vivido en la Iglesia, siguiendo los pasos del Maestro que “pasó por la vida haciendo el bien” (Hch 10, 38), y no es otro que vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana, hasta el punto de que nos llega a decir con cierto humor que “no nos podemos privar de pasar un buen día”. Lo que nos deseamos todos de forma tal vez rutinaria “que tengas un buen día”, el Papa nos da los mejores argumentos para hacer eso cierto: si hacemos bien lo que tenemos que hacer, en el plano personal, familiar, profesional o social, que no nos quepa duda de que nos llenaremos de satisfacción y de autoestima.

El Papa es muy consciente de que hay muchas personas a las que resulta particularmente difícil vivir la alegría dado que las dificultades a las que han de enfrentarse son muy grandes y muy acuciantes, de forma que la tristeza aparece como algo absolutamente inevitable. Es la hora, nos dice el Papa en la “Evangelii gaudium”, de empezar a despertar la alegría de la fe, aunque sea muy poco a poco. El Papa Francisco está absolutamente convencido de que la fe mueve montañas, tal como ya advirtió Jesús hace dos mil años. Y las montañas en forma de angustia y miedo no van a ser la excepción. “No tengáis miedo, dijo el Señor, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Termino con estas hermosas palabras del Papa: “los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mi vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse”. Y continúa: No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
¡Qué bien nos puede venir en este comienzo de año!
Con mi afecto y bendición,
+ Juan José Omella Omella,

Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.