Atraídos siempre por la belleza de la luz de Cristo

Mons. Carlos OsoroMons. Carlos Osoro    Hay situaciones y momentos de la vida en los que es necesario tener la misma experiencia que tuvieron los Magos en Belén: “entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego los cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11). Cuando encontramos con rostro a quien es la Luz, surge con espontaneidad postrarnos, adorarlo y ofrecerle lo que somos y tenemos. ¿A quién le estamos dando nuestra vida hoy los hombres? ¿Quién nos conquista? ¿Dónde están los vacíos más importantes de nuestra existencia? ¿Los caminos que se nos proponen están haciendo acaso felices a los hombres? ¿Las visiones de la vida y del hombre que se nos entregan llenan el corazón y nos hacen ser más abiertos a todos los otros, menos violentos y con una vida más inclusiva para todos?

Siempre estamos caminando. Pero, ¿siempre en ese camino estamos a gusto y hacemos que estén más a gusto los demás, quienes nos rodean? Por ello, es bueno preguntar ¿dónde está el camino, la vida, la verdad? Como todos los hombres que vienen a este mundo, siempre buscamos la felicidad, la luz, las salidas, el camino verdadero. Por eso, ¡qué importancia tiene el encontrar la Luz! Es algo esencial.

En un mundo como el nuestro, que parece haber perdido el rastro de Dios, urge invitar a todos los hombres a ir a Belén y contemplar a quien nos deja sin palabras, pero nos abre a un horizonte de vida único. En su presencia se nos abre un modo nuevo de existir, de construir este mundo, de relacionarnos entre nosotros, de proyectar el desarrollo del hombre y de la sociedad. Por eso, urge un audaz testimonio de la Luz, de quien vino a este mundo a encontrarse con nosotros en todas las situaciones de la vida y ofrecernos su vida que Luz. No es cuestión secundaria el dejarnos atraer por la belleza y el valor de la persona de Cristo. En el rostro del Hijo, descubrimos la “luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9).

Los cristianos pertenecemos a ese pueblo que caminaba en las tinieblas y que ha visto una gran luz (cf. Is 9, 1). Por eso, hemos de convertirnos en lámparas que arden e iluminan en la medida que permanecemos unidos a Cristo. No tenemos luz propia. Solamente Jesucristo es la Luz e ilumina a todos los que tengan sombras de muerte, oscuridades. La “nueva evangelización” necesita hombres nuevos, convertidos y luminosos, que no engendren dudas, ni oscuridades, que no entreguen sus teorías, que difundan la luz del amor de Dios que es la verdadera sabiduría que da significado a la existencia y a la actuación de los hombres.

En la homilía de la solemnidad de la Epifanía del Señor, el Papa Francisco nos pedía a los creyentes “tener santa astucia para custodiar la fe”. Y es que los Magos nos enseñan a no caer en la oscuridad y tiniebla, sino a defendernos de la oscuridad que pretende cubrir la vida del ser humano y de todos los hombres. Necesitamos sabios compañeros de camino que nos fascinen por la bondad, la belleza, la verdad y la vida. ¡Qué maravilla descubrir en la figura de Herodes como todo un mundo edificado sobre el poder, el prestigio y el tener, queda desenmascarado y se pone en crisis por un Niño! En este sentido, al iniciar un año nuevo, os convoco a todos los cristianos, sacerdotes, miembros de la vida consagrada y laicos, a ser luz, a tener la sabiduría de este Niño al que adoramos y al que le entregamos todo nuestro ser y tener. No tengáis la tentación de entregar baratijas de sabiduría que cuestionan la fe de la Iglesia, no organicéis nada al margen de nuestra madre Iglesia que vela y quiere entregar a todos los hombres a Jesucristo y de la manera que Él ha querido hacerlo a través de la Iglesia.

En el Itinerario Diocesano de Renovación, en este curso, se nos hace la misma invitación que el Señor hizo desde el inicio de la evangelización a sus primeros discípulos: “seréis mis testigos”. El Beato Juan Pablo II nos invitaba a “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles a los designios de Dios y responder a las profundas esperanzas del mundo” (NMI 43). Os convoco, pues, a entregar la sabiduría y la luz que el Niño nacido en Belén nos ha regalado como gracia. ¡Qué bello es vivir en comunión con esta Sabiduría y con esta Luz!

Muchos os acordaréis de aquella espléndida película de Frank Capra “¡Qué bello es vivir!”. Nos habla de cómo ante las locuras en las que podemos caer los hombres, nunca entreguemos veneno, siempre hagamos todo para que los demás vivan. Os recuerdo algunas imágenes de la película. George es un niño de diez años que trabaja en la droguería del pueblo. El droguero le manda llevar unas cápsulas para un niño enfermo de difteria. El dueño de la droguería que estaba trastornado de pena por la muerte de su hijo se equivoca y le da unas cápsulas que son un veneno mortal. George se da cuenta de la equivocación y marcha pero no cumple el encargo. La madre del enfermo reclama al droguero el encargo. Y éste se pone furioso contra George, a quién pega con fuerza. ¿Cuál es la reacción de George? Decir: no me pegue, se ha equivocado con la receta, era veneno lo que me dio; pero no es culpa suya, pues usted lo está pasando muy mal, no se lo diré nunca a nadie, prefiero morir. Cuando George ya era un hombre, hay una escena en la que su ángel de la guarda lanza esta pregunta: ¿dijo algo de las píldoras? Y una voz celestial responde: No, jamás.

¿A qué viene el relato de esta historia? Los cristianos somos luz, no oscuridad. No podemos entregar a otros veneno. El veneno mata, dispersa y divide. Tampoco podemos estar culpando a los demás, pues ello deja sin atracción y divide a la comunidad cristiana. Esto sucede cuando no vivimos la comunión, cuando no entregamos la Luz, cuando damos doctrinas que no son las de la Iglesia, cuando hacemos confesión de fe diferente, cuando ponemos en duda o nos situamos en oposición al Magisterio de la Iglesia, cuando con aires de una falsa renovación proponemos teorías o doctrinas que disgregan. La Luz, que es el mismo Jesucristo, nos dice que la unidad prevalece sobre el conflicto. El conflicto no puede ser ignorado o disimulado, debe ser asumido, pero no podemos dejar atraparnos por él. Cuando hay conflicto las reacciones pueden ser: 1) mirar y seguir adelante, lavarse las manos; 2) entrar de tal modo que quedamos prisioneros de él y provocando confusiones, insatisfacciones y rupturas; y 3) situarnos ante el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un proceso nuevo.

Os invito a que os situéis siempre en la tercera reacción, de tal manera que propiciemos la comunión en las diferencias, pues nos sitúa más allá de la superficie y nos hace mirar a los demás en su dignidad profunda. ¿Dónde está ese más allá de la superficie? En Jesucristo, en sus palabras con las que nos llamaba a permanecer en la unidad. La unidad es superior al conflicto. Y el Señor legitimó a quienes tenían y debían mantener esa unidad frente al conflicto. Ayudadme a mantener la unidad. Un buen discípulo de Cristo es quien acepta esta apuesta, que no es sincretismo.

Con gran afecto os bendice

+ Carlos Osoro

Arzobispo de Valencia

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.