Celebrar la salvación de Dios

Mons. Atilano RodríguezMons. Atilano Rodríguez      Las celebraciones del tiempo litúrgico de Navidad y de la Epifanía están centradas en la gran noticia del nacimiento y de la manifestación de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre a todos los pueblos de la tierra. Los cristianos hemos escuchado en muchas ocasiones este anuncio pues, a pesar de la indiferencia religiosa, los encuentros familiares, las celebraciones litúrgicas y el testimonio gozoso de muchos creyentes nos lo recuerdan.

En tiempos de Jesús, este mensaje caló con rapidez en las clases más humildes de la sociedad y también en el corazón de muchos poderosos, pues confiaban y esperaban el cumplimiento de lo anunciado por los profetas. Además, necesitaban un Dios al que poder dirigir sus oraciones con la confianza de ser escuchados, pues habían llegado a la conclusión de que los dioses paganos, a los que oraban, eran seres de polvo y paja, incapaces de salvar a nadie.

Nosotros, a pesar de haber oído en muchas ocasiones esta incomparable noticia, corremos el peligro de acostumbrarnos a escucharla y no darle la importancia que tiene para nosotros y para la salvación de la humanidad. Con frecuencia, nos cuesta asumir el hondo significado de que un Dios se encarne en el seno de una Virgen para compartir nuestra humanidad y para regalarnos la salvación.

Sin embargo, cuando nos paramos a pensar, podemos descubrir que si Cristo no se hubiese encarnado, muerto y resucitado, no tendríamos noticia del amor infinito de Dios hacia cada uno de nosotros. Nos faltaría la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo para poder caminar con seguridad y certeza al encuentro del Padre y de los hermanos. Nos encontraríamos sin la gran esperanza que nos ofrece el triunfo de Cristo sobre el poder del pecado y de la muerte y que puede dar una nueva orientación a nuestra existencia.

Esta nueva esperanza, que tiene su fundamento en el nacimiento y en la resurrección de Jesucristo, aunque no tenga la virtualidad de eliminar los problemas y las dificultades de la vida, sí tiene el poder de ayudarnos a vivirlos de forma distinta, pues como nos recordaba el Papa Benedicto XVI: “Cristo mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto” (Spe salvi, 6).

El recordatorio de los misterios de la vida de Jesucristo no puede quedarse simplemente en una buena noticia del pasado sin repercusión en el momento presente. Los cristianos no sólo recordamos los misterios de la salvación de Dios como simples acontecimientos del pasado, sino que podemos actualizarlos mediante la acción constante del Espíritu Santo en los sacramentos. Los misterios de la vida de Cristo se hacen presentes para nosotros en la liturgia y permanecen siempre actuales para que todos podamos encontrarnos con Él y experimentar el amor, el perdón y la salvación de nuestro Dios.

Con mi bendición, feliz día del Señor.

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.