Creo en la resurección de la carne (I)

perez_gonzalezMons. Francisco Pérez     Ante todo es conveniente aclarar el término “carne” para evitar que la imaginación, que quiere saber cómo será la “resurrección de la carne”, nos juegue una mala pasada pensando en algo físico, material. Lo aclara enseguida el propio Catecismo en el número 990 cuando dice: “El término “carne” designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad” (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” (Rm 8, 11) volverán a tener vida”.

San Pablo usa el símbolo del revestimiento para que entendamos que “este cuerpo corruptible se tiene que revestir de incorrupción y esto mortal se tiene que revestir de inmortalidad”. (1Cor 15,53) A esto mismo se refiere cuando dice que “si se destruye esta nuestra morada terrena tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos. Los que vivimos en esta tienda suspiramos abrumados, por cuanto no queremos ser desvestidos sino sobrevestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida y el que nos ha preparado para esto es Dios” (2 Cor 5, 1. 4-5).

Aclarado esto, nos interesa sobre todo reafirmar y profesar nuestra fe en la resurrección porque éste es el dogma que sustenta todo el edificio de nuestro ser religioso y cristiano. Es la afirmación más fundamental. Tan importante es que San Pablo llega a decir que sin fe en la resurrección todo lo demás no se puede sostener. “¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe […] ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron” (1Co 15, 12-14. 20). Creemos en la resurrección porque creemos que Cristo resucitó y como Él resucitaremos.

La fe en la resurrección de los muertos ya aparece y va madurando en el Antiguo Testamento. El libro de la sabiduría hace una hermosa reflexión: “La vida de los justos está en manos de Dios… ellos están en paz… esperaban seguros la inmortalidad… Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí…” (Sb 3, 1-9). El profeta Daniel anuncia que “los que duermen en el polvo resucitarán” (Dn 12, 2). Y el profeta Ezequiel en su visión sobrecogedora del valle lleno de huesos secos, anuncia de parte de Dios: “Yo abriré vuestros sepulcros y os sacaré de vuestros sepulcros… y pondré en vosotros mi espíritu” (Ez 37, 12).

Muchas son las citas pero sin duda resume la consistencia de esta convicción el libro de los Macabeos cuando dice que Judas Macabeo “obrando con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección”, encargó oraciones en Jerusalén para que se les perdonasen los pecados a los soldados caídos en la batalla. “Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos (2Mac 12, 43-46). Y los hermanos Macabeos afirman seguros, llenos de confianza y valientes ante los verdugos: “El Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna… Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él” (2 Mac 7, 9-14).

Pero lo que nos sostiene en la fe es la resurrección de Jesucristo. Él no nos ha fallado. No nos falla nunca. Nuestra resurrección está unida definitivamente a la suya. Porque Cristo resucitó, creemos que hemos de resucitar. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él. Por eso, aunque en el credo ya se le ha dedicado un artículo, conviene repasarlo aquí. Sabiendo Jesús que la fe en la resurrección iba a ser fundamental para la existencia de sus seguidores tuvo especial empeño en cimentar la doctrina sobre la misma con palabras y hechos. Anunció de forma insistente a sus discípulos, tres veces, que iba a morir, pero que al tercer día resucitaría. Después de la confesión de Pedro reconociéndolo como Mesías e Hijo de Dios vivo, comenzó a explicarles qué clase de mesianismo era el suyo. “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día”. (Mt 16.21: cf Mt 17, 22-23 y 20, 18-19) Los discípulos trataron de torcer el camino de Jesús, pues no entendían que la muerte de Jesús era el camino que hacía posible su Reino.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).