La mejor aventura

Mons. Ciriaco BenaventeMons. Ciriaco Benavente     En el mensaje para la próxima Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado nos dice el Papa Francisco: “Jesús, María y José experimentaron lo que significa dejar la propia tierra y tener que emigrar. El corazón materno de María y el corazón atento de José, custodio de la Sagrada Familia, mantuvieron siempre la confianza de que Dios no abandona jamás”.

Dios ha querido que su Hijo naciera, creciera y viviera asumiendo la condición humana. Y la manera típica de hacerlo es en una familia. No es porque sea ésta la manera cristiana, sino porque es la manera humana. Los más grandes antropólogos del pasado siglo han afirmado que la familia es el único, el perenne modelo humano en toda la historia capaz de garantizar los elemento esenciales para crecer humanamente, como son el sentido de seguridad, el sentido de pertenencia y la transmisión de los valores más significativos de la vida.

En la fiesta de la Sagrada Familia de este año la liturgia trae a colación la huida a Egipto porque Herodes quiere matar al Niño. Nos presenta, con todo realismo, a la familia de Nazaret dramáticamente inserta en el árbol de la tragedia humana. Jesús ha asumido nuestras características: una familia, un país de origen, una lengua, una tradición cultural y religiosa. El Dios omnipotente, al asumir en toda su verdad la condición humana, ha quedado paradójicamente a merced también de los poderes de este mundo.

José, levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye”. Miles de refugiados y emigrantes han vivido esta misma situación. En medio de la amenaza terrible que sacude a esta humilde familia de Nazaret, sus miembros han permanecido unidos. Pero cuántas familias se han visto obligadas, con inmenso dolor, a la disgregación para salvar la vida o para asegurar el sustento familiar.

Luego, cuando vuelvan a la paz de Nazaret, se nos dirá que el niño crecía en edad, en sabiduría y en gracia. Es a lo que está llamado todo niño que nace. Pero se requiere para ello un ambiente, el que creaban en su hogar María y José, lo que necesita todo niño que viene al mundo: un enraizamiento afectivo, una estabilidad profunda, un padre y una madre. Porque se necesita tiempo para establecer esas relaciones profundas que forman parte de lo constitutivo de nuestra personalidad.

Jesús ha encontrado en José y María unos sencillos y seguros modelos de referencia, como se dice ahora; de ellos ha recibido una educación ligada a la modesta cultura de aquel tiempo, pero una educación esencial, que se manifestaría, en la edad adulta, en la dulzura, la bondad y la ternura con que trataba a sus prójimos.

La Familia de Nazaret tiene todavía, en el siglo XXI, en que es tan difícil la estabilidad familiar, importantes lecciones que darnos. Pese a las buenas intenciones, con el paso del tiempo puede ir apagándose la llama del amor, empezar a pesar la presencia del otro, ponerse en duda la elección hecha. Eso, cuando no se ha procedido a una unión sin hondura, que, a veces, no dura más que la luna de miel. Es que muchas de las personas de la generación emergente reducen el amor a un sentimiento, a una pasión, a tener “química  sexual”; están convencidos de que el amor no puede ser para siempre, de que no se construye sobre el sacrificio y la renuncia; las relaciones se centran en “lo que siento hoy por ti”, más yuxtaposición que unión.

Sabemos de la debilidad humana, pero es hermoso el consejo de Pablo que escuchamos en las lecturas de este domingo: “Dejaos sostener por Cristo”.

La familia de Nazaret es una familia posible, no inalcanzable. Es bueno no dejarse llevar del pesimismo reinante. Hay también muchas experiencias que acreditan la posibilidad de que la aventura del matrimonio es una buenaventura, la mejor aventura. Contamos para ello con la ayuda de Jesús y de su Espíritu.

Pero volvamos al comienzo: No olvidemos que, aunque se encubra de legalidad o de legitimación social, sigue habiendo Herodes, dispuestos acabar con la vida naciente o con la no nacida. Y no olvidemos que numerosas familias viven en su piel el drama lacerante de la emigración forzosa, para salvar la vida o para buscar una posibilidad de futuro.

La peripecia de la Sagrada familia y la normalidad de su vida en Nazaret nos obliga a no olvidar los dramas familiares, cercanos o lejanos, a reactivar el valor y la dignidad de la vida humana y de la familia.

¡Enhorabuena a todas las familias que se sienten felizmente unidas!

+ Ciriaco Benavente Mateos

Obispo de Albacete

 

Mons. Ciriaco Benavente Mateos
Acerca de Mons. Ciriaco Benavente Mateos 200 Articles
Mons. D. Ciriaco Benavente Mateos nació el 3 de enero de 1943 en Malpartida de Plasencia, provincia de Cáceres y diócesis de Plasencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Plasencia y fue ordenado sacerdote el 4 de junio de 1966. Es Graduado Social por la Universidad de Salamanca (1971). Comenzó su ministerio sacerdotal en el pueblo salmantino de Béjar, donde fue coadjutor, de 1966 a 1972, y luego párroco, de 1973 a 1979, de la Parroquia de San Juan Bautista. Desde 1979 a 1982 fue Rector del Seminario de Plasencia y Delegado Diocesano del Clero entre 1982 y 1990. Este último año fue nombrado Vicario General de la diócesis, cargo que desempeñó hasta su nombramiento episcopal. El 22 de marzo de 1992 fue ordenado Obispo en Coria. Obispo de la diócesis de Coria-Cáceres hasta diciembre de 2006. En la Conferencia Episcopal Española ha sido Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones desde 1999 hasta 2005. En la Conferencia Episcopal Española en la actualidad es miembro de las Comisiones Episcopales de Migraciones y de Pastoral Social. Con fecha 16 de octubre de 2006 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Albacete, tomando posesión de la sede el día 16 de diciembre de 2006.