Mons. García Aracil: «Haber podido servir a la Iglesia ha sido, y sigue siendo, la llamada más clara a la humildad»

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Natural de Valencia, donde nació en 1940, Mons. Santiago García Aracil, lleva casi 10 años al frente de la Archidiócesis de Mérida Badajoz. Ordenado Obispo muy joven, con menos de 45 años, su vida ha estado muy ligada a la labor pastoral en los ámbitos de la educación y la acción social: fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria  en Valencia entre 1972 y 1984, fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971, miembro de la comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis… etc.

En la actualidad, encabeza la Comisión Episcopal de Pastoral Social, una comisión que, a través de su trabajo, se enfrenta al reto de dar respuesta cristiana a las numerosas cuestiones de índole social que la actual situación social, cultural y económica ha despertado en nuestro entorno.

Mons. García Aracil ha concedido una entrevista a Agencia SIC, en ésta primera parte recorre sus 50 años de vida sacerdotal y las respuestas de la Iglesia ante los retos sociales actuales.

P.- Usted celebra este año sus bodas de oro sacerdotales y el próximo año, cumplirá 30 años de ministerio episcopal. ¿Cómo resume estos cinco decenios al servicio de la Iglesia? ¿Cuáles son sus principales recuerdos?

[pullquote]Haber podido servir a la Iglesia como presbítero y como obispo ha sido, y sigue siendo, la llamada más clara a la humildad (…) Esto es muy serio, y no siempre lo tiene uno suficientemente en cuenta. Ese es el peligro de la mediocridad esterilizante de la que estamos tan cerca. Por eso es deber nuestro mantener una permanente actitud de conversión[/pullquote]

R.- Estos cinco decenios de vida sacerdotal han sido, para mí, una permanente gracia de Dios difícil de valorar en toda su profundidad dada su magnitud siempre sorprendente. Cada día hasta hoy, la celebración de la Santa Misa, sobre todo, ha sido la manifestación del misterio de la elección divina de que he sido objeto, y que trasciende todo deseo, niega toda conciencia de protagonismo personal, y atrae el alma hacia la contemplación admirada que lleva a adorar al Señor y a renovar la entrega personal a su santa voluntad.

Haber podido servir a la Iglesia como presbítero y como obispo ha sido, y sigue siendo, la llamada más clara a la humildad –no fácil de lograr- a medida que se va descubriendo, por la fe y la experiencia religiosa, que sólo Dios puede haber hecho de la debilidad humana un instrumento de su gracia. Esto es muy serio, y no siempre lo tiene uno suficientemente en cuenta. Ese es el peligro de la mediocridad esterilizante de la que estamos tan cerca. Por eso es deber nuestro mantener una permanente actitud de conversión para la que todos los años posibles resultan insuficientes.

Los principales recuerdos, además de los momentos de la ordenación sacerdotal y episcopal, son los encuentros inesperados con almas exquisitas que, en los niños, en muchos jóvenes y en adultos, me han hecho gozar de la presencia de Dios en el corazón humano. Esto ayuda a entender y a vivir el mandamiento del amor, y a tomarse en serio el a cercamiento al Señor en la intimidad de la oración.

P.- Preside usted la Comisión de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal española. En unos momentos en las que nuestro país se encuentra inmerso en una problemática de escasez laboral y agudizamiento de los problemas socio-económicos. ¿Cuál ha de ser la respuesta de la iglesia ante las demandas que se le plantean en el campo espiritual, y asistencial?

[pullquote]La Iglesia, sin dejar de atender a las necesidades de subsistencia de las personas necesitadas, ha de ofrecer las orientaciones que, desde el Evangelio, ayuden a vivir con unas actitudes limpias, y a mantener unos comportamientos lejanos de todo egoísmo, de todo interés innoble, y de toda injusta competitividad personal o institucional[/pullquote]

R.- La Iglesia, habitualmente, y sobre todo en estos momentos de crisis profunda y plural, ha de vivir el amor al prójimo, poniéndose en su lugar y trabajando generosa, paciente y constantemente para contribuir, según sus recursos materiales y espirituales, a la liberación de las personas y de las familias que sufren el azote y la humillación de la penuria y de la agobiante oscuridad que impide intuir posibles soluciones a corto plazo. Esta ayuda debe ser incondicional y caritativa procurando vivir su acción como una contribución a la justicia, que no se está cumpliendo por otros conductos o instancias.

Al mismo tiempo, la Iglesia debe reflexionar y ayudar a la reflexión sobre las causas de la crisis económica, laboral, política, sindical, educativa y social, etc.  Ello exige a la Iglesia que, sin dejar de atender a las necesidades de subsistencia de las personas necesitadas, se esfuerce por ofrecer a todos las orientaciones que, desde el Evangelio, ayuden a vivir con unas actitudes limpias, y a mantener unos comportamientos lejanos de todo egoísmo, de todo interés innoble, y de toda injusta competitividad personal o institucional. Para ello, la Iglesia debe difundir su doctrina social en las distintas vertientes que la integran.

Finalmente, la Iglesia debe abrir el corazón de las personas a la esperanza que es la puerta de la ilusión y de la constancia en la lucha por lo que es justo, legítimo y posible.

P. Este año se cumple el cincuentenario de la publicación «Pacem in Terris», sin embargo, las situaciones de conflicto son numerosas, ¿Cómo han de afrontar los cristianos su responsabilidad social ante estas situaciones?

[pullquote]Es muy fácil hacer un discurso magistral sobre la paz (…) Pero es incoherente y neutralizador mantener, al mismo tiempo, en la vida familiar y en el propio ámbito de relaciones sociales, unas actitudes autoritarias, unos monólogos cerrados a la escucha del otro, y un espíritu de venganza o destrucción, aunque sea verbal, del enemigo. Esto es sencillamente hipócrita[/pullquote]

R.- En el cincuentenario de la Encíclica “Pacem in terris” la responsabilidad del cristiano, como la de toda persona ante los conflictos entre pueblos y entre grupos humanos, debe  asumir, en primerísimo lugar, la revisión de las propias actitudes ante los demás y ante “lo de” los demás. Sabemos que es muy fácil y frecuente, por una parte, hacer un discurso magistral sobre la paz, sobre el diálogo que ha de precederla, y sobre los necesarios acuerdos, renuncias y concesiones que implican. Pero es incoherente y neutralizador mantener, al mismo tiempo, en la vida familiar y en el propio ámbito de relaciones sociales, unas actitudes autoritarias, unos monólogos cerrados a la escucha del otro, y un espíritu de venganza o destrucción, aunque sea verbal, del enemigo. Esto es sencillamente hipócrita y estéril de cara a la consecución de la paz en la tierra.

Desde estas consideraciones podemos concluir en la necesidad de un equilibrio personal para lograr el urgente equilibrio social. De lo contrario, no habrá paz; a lo sumo se conseguirá el silencio del vencido que, en su soledad, estará maquinando la venganza posible en el momento preciso. Así vemos que ha discurrido la historia antigua y reciente. Y así vemos que discurren las manifestaciones entre quienes deberían dar testimonio perceptible de un verdadero interés por la paz; porque la paz implica un radical respeto a los otros, y un esfuerzo por evitar el binomio vencedores y vencidos, porque en ello está la causa de una espiral de la violencia en cualquiera de sus formas.

(Mª José Atienza  – Agencia SIC)

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