Final de un año de alegría de la fe

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez       La fe da alegría. Insisto: da alegría. ¿Qué tipo de alegría? La que tiene que ver con lo más profundo del corazón humano, porque afecta sin duda a nuestro más profundo centro, que es difícil de llenar. La fe tiene un componente clarísimo de verdad; una verdad que no es fácil, pero no imposible; una verdad que hacer surgir en nosotros un anhelo de búsqueda y de comprensión. “Fides quaerens intelectum”, dice el antiguo adagio teológico: “la fe busca comprender”. Este es un aspecto de la fe que siempre ha subrayado la Tradición cristiana más genuina, y que Benedicto XVI, el Papa que convocó el Año de la Fe, ha subrayado en todo su pontificado.

Interesa mucho este aspecto de la fe, porque huye del intelectualismo racionalista y también evita pensar que la fe no es una forma de conocer el mundo, el ser humano y Dios, y que únicamente vale el conocimiento científico experimental. Semejante visión cercena la vida interior del hombre y lo reduce a sus evidencias, que siempre han de ser resituadas a medida de nuevos descubrimientos tecnológicos, matemáticos o de las ciencias humanas. El recorrido intelectual de Joseph Ratzinger y sus numerosas publicaciones sobre esta racionabilidad de la fe son una luz impagable para la Iglesia y sus hijos.

Pero la fe abarca muchos más aspectos, porque la fe es descanso y acogida. La encíclica Lumen Fidei es un regalo a la Iglesia que nos han hecho tanto el Papa Francisco como Benedicto XVI, Papa emérito. Es un texto cuya lectura hace descansar y contemplar la belleza de la Revelación de nuestro Señor a sus hijos, los hombres y mujeres del siglo XXI. Pero la fe católica no es reduccionista y evita centrarse únicamente en algún aspecto en detrimento de los demás. La fe es sinfónica, no es música de cámara, aunque ésta sea tantas veces genial.

Por ejemplo, la fe católica lleva al ser humano a moverse hacia lo que le rodea, sobre todo a las personas de nuestro entorno, y aún a los que están lejos, con una mirada de benevolencia, de amor de caridad, sobre todo hacia los más pobres o alejados de la Iglesia. El Papa Francisco lo llama marchar a las periferias de la sociedad en que vivimos. La fe no nos permite “balconear”, esto es, mirar los problemas desde lo alto, desde una mirada simplemente curiosa o sorpresiva. Es preciso “bajar” a los que sufren. La fe católica nos enseña eso: la acción caritativa y social por amor a Cristo pobre es parte de la Revelación de Dios, es algo constitutivo también de lo que Dios quiere de nosotros.

La fe católica es personal, pero también comunitaria. La fe nos dice que la Iglesia es muy concreta y tiene que ver con la comunidad cristiana, alejada de un individualismo paralizante: la fe católica se vive en una determinada Iglesia particular o Diócesis, en una comunidad parroquial concreta, en un grupo apostólico concreto, en un grupo de referencia en el que me integro según mi deseo, según me lo ha mostrado el Señor, según la experiencia cristiana en la que he encontrado a Jesucristo, pero siempre en su Iglesia.

La fe católica tiene que ver con la belleza, con las cosas bellas de la existencia, la ternura, la emoción y la voluntad de hacer el bien o participar del bien común; participa de los deseos de un mundo más justo y más humano, más fraterno y pacífico, porque mira a las Bienaventuranzas de Jesús. La fe católica nos abre a un mundo ancho, sin ingenuidades.

La fe católica, por fin, abre este mundo a una realidad más amplia: la vida eterna, la vida sin fin, donde Dios será todo para todos. Todo se juega en esta dimensión terrena de la existencia, pero no sin la gracia de Cristo y su victoria sobre la muerte y el pecado; y con la esperanza de su segunda venida, que, como nos exhorta san Agustín, no debe significar para nosotros temor o terror. La victoria de la resurrección Cristo llena nuestra vida acá, en esta dimensión de la vida humana de itinerantes. Sin esta perspectiva de vida eterna, la fe católica no tendría sentido. La Virgen Madre, la toda limpia y ya glorificada en su totalidad, interceda por esta Iglesia del Señor y todos sus hijos.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.