Palabras de fe: conservar viva la fe

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés     La Cruz, vivida en primera persona es el momento cumbre de la fe, el momento «crucial», si se nos permite la redundancia. Como creyentes, deberíamos querer morir así, con los brazos abiertos.

Hace unos días recibí la noticia de dos testimonios concretos y actuales, de plenitud de fe y de amor. Uno, el de los católicos de Somalia, masacrados y obligados a huir a países vecinos por el acoso implacable y cruel de las milicias islamistas, según testimonia la carta que nos ha enviado el administrador apostólico de Mogadiscio, Mons. Gregorio Bertin. Otro el de los monjes y fieles de Maaloula (Siria), donde murió santa Tecla, pueblo hoy «teñido de rojo y negro», tras los incendios y saqueos provocados por los rebeldes fundamentalistas, como nos informa el P. Manel Nin, monje de Montserrat y rector del Colegio greco-católico de Roma. Son unos de tantos testimonios de fe martirial que hoy se están dando en todo el planeta, sin contar los que permanecen en el anonimato humilde de la vida cotidiana.

Es bueno concluir el Año de la Fe teniendo ante los ojos la Cruz. En ella la máxima oscuridad hace posible el mayor y más radical acto de fe. Este, como ya hemos venido exponiendo, es esencialmente un acto libre de abandono y de amor confiado en el Padre Dios.

No sabemos cuál será nuestro futuro. ¿Quién lo puede adivinar, quién osará controlarlo?

B. Pascal y S. Kierkegaard nos han recordado que la fe cristiana consiste en una apuesta. Una apuesta radical por la que nos jugamos todo a la carta de Dios. Por eso, un enemigo peligroso de la fe es el miedo. El miedo a adentrarse y caminar por un terreno que no podemos calcular ni controlar. En ayuda nuestra viene una multitud de testimonios que nos dicen: «Dios es fiable, se ha acreditado ante nuestros ojos, de él damos

testimonio». Pero todavía no tenemos una evidencia absoluta y dudamos. Quizá pedimos en esto más evidencias que en tantos otros campos de la vida, en los que se nos exigen continuos actos de fe: la medicina, la política, la técnica, la relación de amistad, la enseñanza…

Sea como fuere, la fe viene a ser como la osadía de abrir una ventana, desde la cual contemplamos un valle hermosísimo y armonioso donde discurre la vida entera, hasta las tragedias más duras… El gran teólogo y filósofo Romano Guardini sintetizó en unas pocas páginas el proceso de crecimiento de su fe hasta su madurez:

—Tenía bien claro que aquel principio evangélico: «Quien retenga para sí su vida la perderá y quien la entregue la ganará.»

—Pero ¿a qué o a quién puedo entregar mi vida? Ha de ser un dios absoluto, que merezca mi entrega absoluta. Y ¿qué dios? No podrá ser fruto de mi/nuestra imaginación o razonamiento, pues acabaríamos creyendo en nosotros mismos.

—El único Dios que se me ha mostrado y ofrecido él mismo, con rostro y realidad humana, no construido por hombre alguno, es el Padre de Jesucristo.

—Jesucristo nos ha llegado a través de muchas versiones e interpretaciones. ¿Quién me puede asegurar que lo que conozco de Jesucristo es realmente suyo? La Iglesia que Él mismo fundó y a la cual dejó su palabra y la misión de continuar su presencia en el mundo.

Al fin, el motivo más cercano para nuestra fe, es que, tras haber apostado por este Padre de Jesucristo con todas sus consecuencias, uno recobra realmente su vida: es la felicidad de creer y vivir en la Verdad.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 337 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.