La itinerancia estable del Obispo

Mons. Amadeo RodríguezMons. Amadeo Rodríguez     Queridos diocesanos:

Cuando me reúno con niños o jóvenes, con frecuencia me preguntan cómo es un día ordinario en la vida del obispo. Mi respuesta siempre va precedida de una observación: les digo con sinceridad que no es fácil para mí hacer un diseño de una jornada habitual en mi vida. Es más difícil responder cuando, como sucede ahora, estoy en visita pastoral al arciprestazgo de Miajadas. Eso me convierte en obispo itinerante, para el que cada día es distinto, aunque en esta itinerancia todo sea estable; porque cuando se visita a las parroquias de la diócesis no se va de paso, sino para estar tranquilamente en ellas y entre la gente. Durante esos días en cada parroquia está la residencia episcopal.

Al contaros lo que sucede en cada pueblo, entenderéis lo que os digo. Hace ya algunas fechas que comencé la visita pastoral, y a día de hoy os puedo decir que estoy francamente muy contento: cada visita a una parroquia es una verdadera fiesta. Y lo es por muchas razones: ante todo por la actitud con la que voy, con ilusión y mucho afecto; pero lo es especialmente por la acogida tan cariñosa que experimentó en cada pueblo que visito. Se nota que ha sido preparada con una buena catequesis, en la que se han mostrado los rasgos eclesiales que ayudan a los fieles a descubrir quién es realmente el obispo, lo que significa en su vida cristiana y, sobre todo, lo que va a hacer en su encuentro con cada una de las comunidades.

En efecto, cuando llego a las parroquias, y durante el tiempo que transcurre la visita, todo es más fácil para ellos y para mí, y la sintonía es mayor, si se sabe interpretar mi paso por ellas. Yo lo noto de inmediato e intuyo enseguida que también los que me reciben: se experimenta que la sintonía está en saber que un cristiano llega entre cristianos. Hablamos de muchas cosas, como enseguida os diré, pero cuando hablamos de Jesucristo encontramos siempre el argumento que nos une y la Persona que focaliza nuestro corazón. Se nota enseguida que el pueblo cristiano sencillo suele llevar la fe a flor de piel.

A partir de esa primera sintonía en la fe es más fácil la misión que me lleva a estar entre los sacerdotes, los consagrados -allí donde están presentes-, y los laicos que constituyen el círculo más activo y unido de la comunidad cristiana. Estos son los que por su formación y por su compromiso eclesial descubren con mayor hondura al obispo como el padre y pastor, que en nombre de Jesucristo, el Buen Pastor, les visita para alentarles en su vida cristiana. Es de ese núcleo de quien el obispo recoge un conocimiento más cercano, detallado y exacto de la vida de la comunidad que visita. Con los más comprometidos en las parroquias se celebra una asamblea, que es un fiel reflejo de lo que esa comunidad vive cada día y cada año. Los grupos, movimientos, asociaciones, cofradías me exponen las actividades que desarrollan, así como las motivaciones que les mueven en su participación corresponsable en la vida parroquial. De un modo detallado me hablan de la catequesis, de la formación de los laicos, de la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos, de sus fiestas litúrgicas y populares, de su vida de oración, de su piedad individual y comunitaria, de su actitud de servicio a los más pobres y de sus inquietudes apostólicas. En esa asamblea, en la mayoría de las ocasiones, al contarle al obispo lo que hacen, se cuentan ellos mismos la riqueza de su vida cristiana, y descubren que están siempre proyectados hacia la evangelización. Como el obispo suele llevar los ojos muy abiertos, para conocer del mejor modo posible todos los entresijos de la Diócesis, procura estar muy atento a todo lo que se hace, para estimular lo bueno, orientar lo que necesite ser completado y corregir lo que tenga que cambiar de rumbo.

Y no deja de mirar con atención y preocupación hacia la situación de los pueblos: sus posibilidades, sus carencias, sus problemas. Se informa, sobre todo, de la pobreza que se manifiesta en cada comunidad cristiana y anima a todos hacia la caridad, invitando siempre a mirar al hermano desde el corazón de Cristo. Pero no sólo se informa, también se pone en contacto con todas las realidades sociales de la parroquia y del pueblo: se acerca con respeto a sus autoridades; visita los centros educativos; se deja acoger en los lugares de trabajo y desarrollo de la gente; se reúne con las asociaciones y, en especial, las de carácter social y cultural; está muy cerca de los mayores y conoce uno a uno a los enfermos y lleva la cercanía de la Iglesia tanto a ellos como a sus familiares.

Naturalmente celebra la Eucaristía, y es de en este Sacramento como se manifiesta una Iglesia en marcha y unida. En la Eucaristía se pone en el altar la esperanza reflejada en la vida de cada parroquia; se fortalece la unidad entre sus miembros y con la Iglesia diocesana; y se anima la misión que todos juntos realizamos en esta porción de tierra en la que vive la gente que por la fe en Jesucristo forma en pueblo de Dios que camina en Plasencia.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.