Palabras de fe: conservar viva la fe

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés      La Segunda Carta a Timoteo pone en boca de San Pablo esta expresión, que suena a testamento, a palabras definitivas, esenciales, de esas que merecen figurar en un epitafio: “He mantenido la fe” (2Tm 4,7). No era para menos, pues, según su contexto, responden al momento en que el Apóstol se enfrenta a la muerte, considerándose a sí mismo como un “ser sacrificado”: por su mente pasarían momentos de lucha, de combate y de “carrera”, aunque ve ya próximo el triunfo final y la meta. Por tanto podemos entender que esta expresión es todo un programa de vida.

“He mantenido la fe” puede tener un doble significado: haber conservado íntegro el conjunto de verdades que creemos (el Credo) o, también, haber seguido creyendo en Cristo, a pesar de los momentos difíciles que ha vivido.

Respecto del primer significado, es decir, haberse mantenido en la ortodoxia, hay que precisar lo siguiente. La expresión “conservar el depósito de la fe” es engañosa, pues sugiere que lo que creemos es el resultado de una especie de almacenamiento de ideas preservadas de la vida, para evitar su contaminación. En realidad ocurre lo contrario. Ya en la Iglesia primitiva se difundían doctrinas que no coincidían con lo que Jesús había predicado. La voluntad de conservar íntegra la fe no respondía a una manía de inmovilismo, integrismo o cosa parecida, sino que San Pablo y los Apóstoles sabían que una modificación en el contenido de la fe, el mensaje transmitido, siempre suponía un cambio en la vida, en la idea de Dios o en el concepto de ser humano, de la vida, del mundo o de la salvación. De ahí las palabras tan fuertes que dirige San Pablo a quienes modificaban el evangelio que habían recibido (sea un apóstol, un ángel o incluso él mismo: Gal 1,8-9).

Según el segundo significado, la expresión

viene a decir: “a pesar de todas las crisis y sufrimientos de mi vida, o precisamente en ellos, he seguido creyendo”. Este mensaje hoy es urgente, toda vez que para muchos el sufrimiento es motivo de perder la fe. Con San Pablo diremos “nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (del amor que él nos tiene y del nuestro hacia él: Rm 8,39). Aplicamos a la fe lo que G. Thibon afirmaba del amor en su libro “Una mirada ciega hacia la luz”:

La fe, como el amor, crece y madura “ante los enemigos”, supera los límites del destino, su pureza se mide por la cantidad de crisis que ha podido superar sin morir.

Los momentos difíciles u oscuros de la fe se deben frecuentemente a nuestras negligencias, pero nunca a que la fe cristiana sea una especie de ocultismo o pensamiento enigmático: la causa principal es que la fe consiste en andar un camino de penetración vital en el misterio del amor de Dios. Así lo explicaba H.U. von Balthasar hablando de San Juan de la Cruz. A veces la fe cuesta porque la fe es apertura confiada, y abrirse así no nos nace espontáneamente:

– Abrir el oído a la Palabra que ilumina e interpela.

– Abrir el corazón a una presencia personal y viva que saca de la soledad y la impotencia.

– Abrir los brazos a una amistad, que vincula y compromete.

Abrir los brazos cuesta toda una vida. Alguien ha dicho que Cristo los abrió y los dejó clavados para mantenerlos así por toda la eternidad.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.