Día de la Iglesia Diocesana

Mons. Adolfo MontesMons. Adolfo González     La Jornada de la Iglesia diocesana llega este año con este lema, que quiere hacer caer en la cuenta de que la Iglesia está al servicio de todos en la sociedad, y que este servicio es realidad tangible. Cualquiera que no sea víctima de prejuicios puede verlo, porque la Iglesia no tiene otra vocación que la del servicio, siguiendo la consigna de Cristo, su divino Fundador: “El que quiera ser el más grande entre vosotros, será servidor, y el que quiera ser  el primero entre vosotros, será vuestro esclavo” (Mt 20,26b-27).

Todo el mundo comenta cómo en la crisis económica y social, la caridad de la Iglesia se ha hecho proverbial y las delegaciones parroquiales de Caritas han salido al encuentro de necesidades perentorias de las personas sin trabajo y familias en las que se han encontrado en paro todos sus miembros, porque —como ha dicho el Papa Francisco ateniéndose a la doctrina social de la Iglesia— ésta se siente responsable del hombre entero y, por esto mismo, también del hombre como cuerpo y ser social.

No quiero, sin embargo, escribir una carta que, ponderando la utilidad social de la Iglesia, recabe de cuantos la lean una ayuda económica para su autofinanciación, silenciando aquello que más identifica a la Iglesia por su propia y genuina misión de evangelizar. Cristo la envió a anunciar el Evangelio de la vida y de la salvación del pecado y de la muerte eterna, resultado del pecado. Por eso, quiero decir con entera claridad que la Iglesia no se acredita sólo por su utilidad social. Si así fuera sería una sociedad benefactora o filantrópica más, tal vez excelente entre las mejores, pero nada más.

La Iglesia se acredita haciéndose todo para todos al llevar el Evangelio a los hombres sin distinción de raza o cultura, sin servirse de la condición social de las personas, como si a cambio de su servicio pidiera un reconocimiento público y su propia financiación. La Iglesia, por el contrario, propone a todos el Evangelio que descubre el misterio de Dios y el destino del ser humano, también a los marginados a los que ayuda y a los sintecho y transeúntes a los que acoge, a los enfermos que cuida y ayuda a sanar mediante la dedicación generosa de los religiosos y religiosas que consagran su vida a los pobres y enfermos.

La Iglesia anuncia al Dios de la vida que da sentido a la existencia de los hombres y genera esperanza en los corazones heridos; la Iglesia inspira la generosa entrega de la propia vida de los sacerdotes y de los que se consagran a Dios y, por su amor, se hacen todo con todos, para llevar a cada persona el amor de Dios y su infinita misericordia con los pecadores.

La Iglesia educa en la fe para lograr el desarrollo íntegro e integrador de todos los valores humanos que orientan la vida de las personas, iluminando las relaciones humanas y proponiendo la paz social que es fruto de la práctica de la justicia; ayudando a la infancia y a la juventud a abrir la conciencia a la luz de la fe que inunda de sentido cuanto los hombres pueden hacer por sí mismos y por los demás. Respetuosa de la libertad de la persona, la Iglesia propone sin imponer la visión del mundo que proporciona la fe en Cristo y que ha sido el gran patrimonio histórico de la civilización cristiana. La Iglesia quiere seguir haciéndolo hoy, aceptando la pluralidad de la sociedad actual, pero convencida de que no sólo tiene palabras, sino también y sobre todo testimonios de amor como el testimonio de los santos y de los mártires que han dado su vida por Cristo, invitando a constatar la verdad profunda de la palabras de Jesús, en su generosa entrega a Dios, que quien entrega su vida por amor, la recupera para siempre.

Una sociedad sin la Iglesia es más pobre, porque carece del horizonte espiritual que el hombre necesita para respirar como ser humano abierto a Dios su Creador. Una sociedad sin Iglesia es, además y sobre todo, más ciega, porque es incapaz de apreciar los valores y las virtudes que colman una vida verdaderamente humana abierta a Dios, fundamento de todo cuanto existe y destino del hombre. No cuestiono la bonhomía y la honradez que cuantos en fidelidad a su conciencia viven con altura ética la propia existencia, pero aun aceptando que obran de un modo moralmente responsable, su ceguera le impide ver que el fin último del hombre es Dios, que ha dado a conocer al hombre su amor en nosotros en la entrega de su Hijo a la muerte para salvarnos del sinsentido, del triunfo del mal y de la muerte.

Ciertamente, la Iglesia es útil, pero lo es no sólo porque estimula y orienta el compromiso social de los católicos, sino porque abre al hombre a su propio destino como ser espiritual. Ayuda a la Iglesia, ganamos todos.

Con mi afecto y bendición.

Almería, a 17 de noviembre de 2013

Día de la Iglesia diocesana

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

Mons. Adolfo González Montes
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MONSEÑOR ADOLFO GONZALEZ MONTES nació en Salamanca en 1946. Sacerdote desde 1972, ejerció su ministerio en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva. Fue Capellán de la Universidad Pontificia de Salamanca, además de Director espiritual y miembro del equipo de formadores durante dos años del Colegio Mayor Santa María de Guadalupe, de dicha Universidad Pontificia. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, fue profesor y desde 1988 catedrático de Teología Fundamental. En 1997 fue nombre obispo de Ávila por Juan Pablo II. El 15 de abril de 2002 es nombrado Obispo de Almería y tomó posesión canónica de la diócesis el 7 de julio. En febrero de 2005 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, formando parte desde entonces de la Comisión Permanente de la misma. En la XCI Asamblea Plenaria celebrada del 3 al 7 de marzo de 2008 es reelegido Presidente de la misma Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y miembro de su Comisión Permanente. El 2 de noviembre de 2005 fue elegido en la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEE representante de la Conferencia Episcopal Española en la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), con sede en Bruselas.