Palabras de fe: de claredad en claredad

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés      Decía San Pablo, según una expresión característica de su apasionamiento, que nosotros, los cristianos, “con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor y nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos” (2Co 3,18), como andando de claridad en claridad… Aunque él mismo, como San Juan de la Cruz, también sabía de oscuridades.

Los grandes maestros siempre dijeron que en las cosas del espíritu o se crece o se muere. Nuestra fe ha de crecer sin cesar. Lo que ocurre es que ese crecimiento no suele ser lineal y uniforme. En él siempre hay claridades y oscuridades. Esto, por cierto, era para el filósofo, maestro de muchos ateísmos, Feuerbach, un argumento para afirmar que la fe no podía ser cierta. Olvidaba que esa ley de crecimiento rige en todos los ámbitos de la vida humana, como la adhesión a grandes ideales, la relación de amistad, la misma creación artística, etc. Lo que sí afirmamos los cristianos es que el crecimiento sano y verdadero de la fe, ha de incluir una permanencia de la confianza fundamental, una paz profunda, que ni se asusta de las oscuridades, ni se deja llevar por un fácil optimismo en los momentos de claridad: es el crecimiento de quien sabe que ningún hallazgo es definitivo, mientras no lleguemos a la visión. Más aún, crece quien sabe que atravesar confiadamente la oscuridad nos lleva a una nueva y mayor claridad.

Para ello el creyente no ha de dejar de buscar. El profesor Antoni Blanch, en sus excelentes estudios sobre la presencia de lo trascendente en la literatura, hace notar la importancia de la tensión vital hacia una mayor claridad. Así descubre la pasión y búsqueda que vivió el poeta Carles Riba (Elegies de Bierville), del todo semejante a la que realizó San Agustín toda su vida. Así se expresaba el santo buscador:

“Insiste, alma mía, pon en juego todas tus fuerzas: Dios es nuestra ayuda. Ha sido Él quien nos ha hecho, y no nosotros a nosotros mismos

Presta atención para descubrir por dónde despunta el alba de la verdad” (Confesiones 11,27,34).

Pero tan importante como mantener la tensión de la búsqueda es acertar en la manera de hacerlo. Porque hay muchas maneras de buscar. Hay quien busca con ansia y ambición, para apropiarse de lo hallado, como quien tiene mucha hambre y anhela la comida para deglutirla al instante. Si buscamos así a Dios no lo hallaremos nunca. Decía San Bernardo, citando al Sabio (Sermón 15), que la Sabiduría es como la miel, que, siendo tan buena y nutritiva, daña al glotón que se adueña y se harta de ella: esto sería como “escudriñar” el misterio, en lugar de recibirlo agradecido. Dios y la fe no son una conquista nuestra, sino un hallazgo, un encuentro. Hemos de esforzarnos en continuar buscando a Dios, pero siguiendo, sobre todo, una vía de purificación. Decía Simone Weil en su colección de Pensamientos desordenados, que lo único posible y necesario es ir renunciando a los ídolos que no son Dios, incluso a uno mismo… y después esperar, quizá gimiendo o gritando, pero “como el niño perdido que ha de quedarse quieto hasta que su madre le encuentre”.

– No pretendamos “mandar sobre Dios”.

– Incluso después de creer y prometer seguirle, Él sigue siendo el misterio no controlable, no disponible.

– Se deja encontrar sorprendiéndonos, de forma inesperada, como un don.

Esto no nos debe extrañar. Ojalá nos tratásemos así las personas en la convivencia cotidiana. De hecho cada uno somos un misterio, llevamos dentro algo del misterio de Dios. También nos hemos de “buscar”, y “creer” unos en otros.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.