Creo en la Comunión de los Santos (1)

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez     La fe en la Iglesia nos lleva al siguiente artículo del credo: la comunión de los santos. Es afirmar que existe una Iglesia triunfante y una  Iglesia purgante. Posiblemente este sea el artículo del credo menos explicado como tal y  más confuso para los creyentes en general. La liturgia, que es consecuencia de lo que se cree, se desenvuelve mayormente en torno a esta fe, ya que muchas de nuestras celebraciones van dirigidas a honrar a los santos y a orar por los difuntos. En las celebraciones dominicales proclamamos en el credo con una voz común, con fuerza, unidos a los demás creyentes: “creo en la comunión de los santos”, pero no nos paramos a pensar qué entendemos. Por eso es conveniente aclararlo en este año de la fe.

Afirmamos que la Iglesia es una y está en tres situaciones distintas: la Iglesia triunfante compuesta por los que ya se han salvado y están junto a Dios, la Iglesia  purgante, que está en camino de purificación para llegar a la Iglesia triunfante y la Iglesia militante, peregrina en la tierra, que somos todos nosotros, que también nos encaminamos hacia la Iglesia celestial.

Afirmamos que los miembros de esta única Iglesia, que vive tres etapas diversas, estamos en perfecta comunión. Significa que estamos unidos, conectados e intercomunicados como en una conversación entre personas. Y también hay entre todos  una relación como la de los vasos comunicantes de un único depósito de gracia común que administra el Espíritu Santo. Con otra comparación podríamos decir que hay un fondo común de bienes espirituales, como una libreta de ahorros para todos, en la que entran los méritos, las buenas obras, la santidad y el bien de todos; el administrador, que es el Espíritu Santo, los va distribuyendo en beneficio de todos.

Es como una transfusión entre las almas. Dependemos unos de otros como miembros del mismo cuerpo, cuya cabeza es Cristo. Estas comparaciones nos hacen atisbar el misterio, pues si decimos “creo” es porque la comunión de los santos es un misterio de una triple comunión: entre los fieles vivos, entre los del cielo y los de la tierra y con las almas del purgatorio.

A) COMUNION ENTRE LOS FIELES VIVOS.- Los bautizados somos miembros de un mismo cuerpo cuya cabeza es Cristo. Somos la Iglesia peregrina en la tierra. No caminamos solos. Mientras avanzamos hacia la salvación eterna nos ayudamos y dependemos unos de otros. En efecto, San Pablo le dice a su discípulo Timoteo: “Cuídate tú y cuida la enseñanza; sé constante; si lo haces, te salvarás a ti y a los que te escuchan” (1Tim 4, 15).  Es cierto lo que dice San Agustín: “El que te creó sin ti no te salvará sin ti” (cfr. Rm 4, 18-25) Pero es también como un axioma para las comunidades cristianas que nadie se salva solo, o te salvas con los otros o no te salvas. Esto implica la idea de que vamos unidos, como del brazo, hacia la vida eterna. Vamos caminando en comunidad. Así, las buenas obras elevan el nivel de santidad y los pecados lo rebajan. Todo lo bueno y lo malo repercute.

No podemos ser cristianos solitarios como no puede un miembro del cuerpo ir por su cuenta, funciona en armonía con los demás. Así es como San Pablo nos aconseja a llevar las cargas unos de otros y cumplir la ley de Cristo (cfr. Gal 6,2). Cuando uno flaquea los fuertes le sostienen. “Si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los otros a una lo notan” (1 Cor 12, 26). La fuerza de la oración de unos por otros queda de manifiesto en la liberación del apóstol San Pedro. Mientras estaba en la cárcel “la Iglesia oraba por él” (Hch 12, 5) y misteriosamente fue liberado por un ángel. El papa Francisco no hace más que repetir la misma súplica: “rezad por mí”. Conoce por experiencia la fuerza de la oración.

La oración de la comunidad junto con la práctica de las obras de misericordia, espirituales y corporales, ayuda  a todos: a los enfermos, a los pecadores, a los que están en crisis de fe, a los que padecen persecución para tener fortaleza. Todos nos necesitamos y todos nos podemos ayudar. Conocemos cómo la oración, la vida apartada y los sacrificios de los monjes y monjas de clausura y de todos los creyentes que ofrecen sus vidas al Señor, especialmente los enfermos, son muy eficaces para la vida de toda la Iglesia. Así se entienden las oraciones de San Estaban protomártir produjeron más adelante la conversión de San Pablo y así como Santa Teresita del Niño Jesús resultó ser patrona de las misiones sin salir del convento

Hay una comunión de fe, de caridad, de carismas que se comparten y enriquecen a todos. El depósito de la gracia se distribuye entre los fieles sobre todo por medio de los sacramentos. Dice el catecismo de la Iglesia católica: «Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros […] Es, pues, necesario creer […] que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza […] Así, el bien de Cristo es comunicado […] a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia» (947). «Como la Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común» (Catecismo Romano, 1, 10, 24).

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

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Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).