Creo en la Santa Iglesia Católica (III)

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez   LA IGLESIA CATÓLICA

La Iglesia es universal, está abierta a todos los pueblos de la tierra para anunciarles la buena noticia del Evangelio. Las últimas palabras de Jesús antes de ascender al cielo constituyen su encargo más importante, son su testamento: “Id y bautizad a todas las gentes…” (Mt 28, 19) y“hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). El primer Concilio de Jerusalén indicó que para Dios no hay acepción de personas y que la vocación de la Iglesia es ser universal. Y en nuestros días el Concilio Vaticano II indica que todos los hombres están invitados a formar parte del Pueblo de Dios. “Gracias a este carácter, la Iglesia Católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu” (LG 13).

Las Iglesias particulares o diócesis, aunque sean pequeñas o pobres o vivan dispersas, están “formadas a imagen de la Iglesia Universal. En ellas y a partir de ellas existe la Iglesia católica, una y única” (LG 23). Son plenamente católicas gracias a la comunión con una de ellas: la Iglesia de Roma “que preside en la caridad” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 1, 1). Pedro es quien recibió del Señor la potestad de “atar y desatar” y la Iglesia universal la promesa de que “los poderes del infierno no la derrotarán”. (Mt 16, 18). La universalidad no le viene de la suma de las particularidades sino que lo es por vocación y misión ya que es un mismo objetivo el que se va enraizando “en la variedad de terrenos culturales, sociales, humanos, tomando en cada parte del mundo aspectos y expresiones externas diversas” (EN 62).

Toda la gran familia humana está invitada a formar la unidad católica del Pueblo de Dios. Pertenecen a ella de diversas maneras o a ella están destinados los católicos, plenamente incorporados mediante el bautismo, los lazos de la fe, de los sacramentos y del gobierno eclesiástico y de la comunión (LG 14). Los demás cristianos e incluso todos los hombres en general están llamados a la salvación por la gracia de Dios (LG 13).

LA IGLESIA APOSTÓLICA

La voz que llama y convoca es la de los Apóstoles y sus sucesores. El apóstol es el encargado de despertar la fe y reunir a la comunidad de los creyentes. Se pregunta San Pablo: “¿Cómo podrán creer e invocar a Dios, si no han oído hablar de Él y cómo oirán si nadie es enviado a predicar?” (Rm 10, 17). Las comunidades cristianas surgen de la fe provocada por la predicación. Por lo tanto la apostolicidad de la Iglesia es la base de que exista y sea una, santa, y católica. Decimos que es apostólica porque en su construcción los apóstoles son el fundamento y la piedra angular Cristo. Ellos son los testigos valientes que no pueden dejar de anunciar lo que han visto y oído del Señor.

Los obispos, por tradición apostólica, suceden a los apóstoles como pastores de las almas, en unión con el Papa, para realizar la obra de Cristo pastor eterno (CD 2). Ellos son encargados de propagar la fe, conservar la verdad y la unidad. Los obispos son los primeros misioneros por antonomasia pues han sido enviados a consolidar la obra de Cristo y los Apóstoles a lo largo de los tiempos.

Dice el Catecismo en el número 862: “Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser ejercido perennemente por el orden sagrado de los obispos”. Por eso, la Iglesia enseña que “por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió” (LG 20).

Toda la Iglesia es apostólica porque todos sus miembros estamos enviados a “propagar el Reino de Cristo por toda la tierra” (AA 2). Cada uno lo cumple en su vocación personal, en su trabajo, en su ambiente. Pero para todos, el ejercicio de la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, “siempre es como el alma de todo apostolado” (AA 3).

Quedaría incompleto este tema sobre la Iglesia y con un vacío inexcusable si no se concluyese con la joya de la Iglesia Madre que es María, la madre de la Iglesia. Ella es primicia, prototipo y profecía de lo que ha de ser la Iglesia. María está en el corazón mismo del misterio de Cristo y de la Iglesia. María inseparable de Cristo lo es también de la Iglesia. Ya desde el día de Pentecostés está María, como solícita madre, cobijando y acompañando los primeros pasos de la Iglesia por eso recibe con razón el título de Madre de la Iglesia.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).