Evangelizar la realidad de la muerte en el Año de la Fe

Ramón del HoyoMons. Ramón del Hoyo     Queridos fieles diocesanos:

 1. Al abrirse el mes de noviembre los cristianos acostumbrados a recordar y orar, de una forma especial, por los fieles difuntos. Repasamos sus nombres y sus vidas, visitamos sus tumbas y, junto a nuestra oración, depositamos unas flores como expresión de amor y cariño.
 Los cristianos tenemos así una ocasión muy propicia para pensar serenamente en que el tema de la muerte nos interesa y nos afecta. Por mucho que se trate en convertir el hecho de la muerte en un especie de “tabú” prohibido en círculos de nuestra sociedad, sin embargo, la persona, aún de forma inconsciente, busca algo en qué esperar, porque su vocación es ser inmortal.
 Se teme a la muerte, porque se tiene miedo a la nada. No podemos aceptar que todo lo realizado durante el recorrido de la vida se borre y caiga en el abismo de la nada. Existe, además, la percepción de la existencia de un juicio sobre nuestras acciones, sobre cómo hemos gastado nuestra vida y tratamos de dejar limpia nuestra conciencia. En cierto sentido el afecto y oraciones con las que rodeamos a nuestros difuntos son como un modo de protegerlos para que sus equivocados pasos en la vida queden sin efecto y, sus obras buenas, prevalezcan.
 2. En la Homilía que pronunció Su Santidad Benedicto XVI en el funeral por el Cardenal Spidik, año 2010, hizo referencia a estas últimas palabras del difunto: “Durante toda la vida he buscado el rostro de Jesús, y ahora estoy feliz y sereno, porque me voy a verlo”. Esta es la verdadera respuesta de un cristiano ante la muerte.
Coincide este deseo expresado por el Cardenal con la oración de Cristo, cuando dijo: “Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado” (Jn 17,24).
 Pensemos que estas palabras de Jesús no son un mero deseo, una aspiración, sino que expresan su voluntad que siempre tiene cumplimiento. Nuestro fundamento seguro para creer y esperar radican en esta voluntad de Cristo precisamente. De hecho esta su voluntad coincide con la de Dios Padre y la obra del Espíritu Santo, lo que nos conduce a ese abrazo dulce y seguro de nuestra futura vida eterna.
Sabemos que Dios se hizo hombre cercano a nosotros. Y entró en nuestra vida y en nuestra historia. Él nos dice y asegura: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”(Jn 11, 25-26).
 3. La respuesta del cristiano ante la muerte es mirarla con fundada esperanza desde nuestra fe, que se apoya en la muerte y resurrección de Jesucristo. Con el paso de la muerte se abre la vida eterna que “no es un duplicado infinito del tiempo presente, sino algo completamente nuevo: una relación de comunión plena con el Dios vivo, estar en sus manos, en su amor, y transformarnos en Él en una sola cosa con todos los hermanos y hermanas que El ha creado y redimido, con toda la creación” (BENEDICTO XVI,Homilía en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos durante el año, 3-11-2012).
 En nuestro recorrido por esta vida no faltan dificultades y problemas. Pasamos por situaciones de dolor y sufrimiento, por momentos difíciles de comprender y aceptar. Todo alcanza un gran valor, dese la perspectiva de nuestra futura vida eterna, si las acogemos con paciencia y acertamos a unirlas a la Cruz de Cristo. Asociados a su Pasión, podemos lograr que nuestra existencia toda sea muy fecunda, en cualquier momento de su recorrido, como ofrenda agradable a Dios.
Como nos recuerda también la Sagrada liturgia: “La vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morara terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo” (Prefacio de difuntos).
¡Descansen en paz. Amén!
  Os saluda en el Señor.
+ Ramón del Hoyo López,
Obispo de Jaén
Mons. Ramón del Hoyo
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Mons. Ramón del Hoyo nació el 4 de septiembre de 1940 en Arlanzón (Burgos). Cursó estudios en los Seminarios Menor y Mayor de Burgos, entre 1955 y 1963. Obtuvo la Licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca (1963-1965) y el Doctorado en la Pontificia Universidad Angelicum (1975-1977). Fue ordenado sacerdote para la archidiócesis de Burgos el 5 de septiembre de 1965. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis burgalesa. Comenzó como coadjutor de la parroquia de Santa María la Real y Antigua y Director espiritual de la Escuela media femenina “Caritas”, entre 1965 y 1968. Desde este último año y hasta 1974 fue Notario eclesiástico y Secretario del Tribunal Eclesiástico. Además, en el año 1972 fue nombrado Provisor-adjunto de la Curia de Burgos y en 1978 Provisor, cargo que desempeñó hasta 1996. También fue Vicario Judicial del Tribunal Eclesiástico Metropolitano desde el año 1978 y hasta 1993, cuando fue nombrado Vicario General y Canónigo y Presidente del Capítulo Catedral Metropolitano. Estos cargos los compaginó, desde 1977 y hasta su nombramiento episcopal, con la docencia en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, como profesor de Derecho Canónico. El 26 de junio de 1996 fue nombrado obispo de Cuenca y recibió la ordenación episcopal el 15 de septiembre del mismo año. El 19 de mayo de 2005 se hacía público su nombramiento como obispo de Jaén, diócesis de la que tomó posesión el 2 de julio de 2005. El papa Francisco acepta su renuncia al gobierno pastoral de esta diócesis el 9 de abril de 2016 y le nombra administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor,el 28 de mayo de 2016. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, de la que fue presidente de 2005 a 2011. Ha sido miembro del Consejo de Economía desde 2012 a 2017. También fue miembro de la “Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia”, que se creó con el encargo de preparar la Declaración y la promoción de la figura del nuevo Doctor.