«ID Y HACED DISCÍPULOS» – Carta Pastoral sobre la Nueva Evangelización

Mons. Atilano RodríguezMons. Atilano Rodríguez   INTRODUCCIÓN

I. LA MISIÓN DE LA IGLESIA ES LA EVANGELIZACIÓN

1. Jesucristo, evangelio de Dios

2. Fidelidad de los apóstoles y de los primeros discípulos

3. Cambios profundos y acelerados en el mundo y en la Iglesia

4. Importantes transformaciones sociales y religiosas en nuestra diócesis

5. Urgencia de una nueva evangelización

6. ¿En qué consiste la nueva evangelización?

7. ¿En qué debe ser nueva la evangelización?

8. Todos los bautizados tienen el derecho y deber de evangelizar

II. ACTITUDES EVANGÉLICAS DE LOS EVANGELIZADORES

1. Fundamentados en Cristo

2. La comunión imprescindible

3. Enviados al mundo

4. Encarnando el mandamiento nuevo en la vida diaria

5. Para ser sus testigos

6. La Eucaristía, alimento para el camino

7. La Palabra de Dios, luz en medio de la oscuridad

8. Necesitados de constante conversión

III. NECESIDAD DE UN CAMBIO PASTORAL

1. De una pastoral de conservación a una pastoral misionera

2. De una pastoral individualista a una pastoral corresponsable

3. Una pastoral más comunitaria

4. Una pastoral que haga posible la personalización de la fe y ayude a la formación de militantes cristianos

5. Una pastoral que ponga su prioridad en el servicio a los pobres

6. Nueva orientación de la piedad popular

IV. POSIBLES ACCIONES PASTORALES PARA LOS PRÓXIMOS AÑOS

1. Descubrir la vocación cristiana

2. Responder a la llamada de Dios

3. Amar como Dios nos ama

4. Potenciar los espacios de comunión

CONCLUSIÓN


 

SIGLAS UTILIZADAS

CELAM   Conferencia Episcopal Latino Americana

CIC          Código de Derecho Canónico

DV          Concilio Vaticano II, Constitución dogmática “Dei Verbum” sobre la divina revelación.

GS           Concilio Vaticano II, Constitución pastoral “Gaudium et spes” sobre la Iglesia en el mundo actual.

LG           Concilio Vaticano II, Constitución dogmática “Lumen Gentium” sobre la Iglesia en el mundo actual.

ONG        Organización no gubernamental

UdAP      Unidad de acción pastoral

SC           Concilio Vaticano II, Constitución “Sacrosanctum Concilium” sobre la liturgia.

 

 

«ID Y HACED DISCÍPULOS»

      Queridos hermanos sacerdotes, religiosos y cristianos laicos:

Al comenzar esta carta pastoral, quiero haceros llegar a todos mis sentimientos de sincero afecto y estima en el Señor, dando gracias a Dios por los extraordinarios acontecimientos eclesiales vividos durante el último año. Sin detenerme ahora a hacer una reflexión sobre cada uno de ellos, sí quisiera enumerar brevemente aquellos que, a mi modo de ver, han tenido y tendrán una especial repercusión en el devenir de la Iglesia y en su misión evangelizadora.

Entre estos hechos tan relevantes para el presente y el futuro de la Iglesia y para el cumplimiento de su misión evangelizadora, considero de gran importancia la celebración del Sínodo de los Obispos sobre “la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, la experiencia espiritual del “Año de la fe”, la renuncia al gobierno de la Iglesia por parte del papa Benedicto XVI, la elección del papa Francisco y la reciente celebración de la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro.

Detrás de estas celebraciones está la preocupación de los últimos Papas por el impulso de la nueva evangelización para responder a los nuevos desafíos que nos presenta la realidad de increencia y de indiferencia religiosa. Todos necesitamos crecer en la adhesión a Jesucristo para avanzar en el camino de la conversión, recuperar la alegría de ser creyentes y comunicar con entusiasmo la experiencia de Jesucristo a los demás, especialmente a los que se han alejado de Dios[1].

En comunión con la Iglesia universal, en nuestra diócesis hemos programado distintas actividades con ocasión de la celebración del “Año de la fe”. Esto nos ha permitido experimentar la catolicidad de la Iglesia, celebrar el testimonio martirial de algunos hermanos, dialogar con los alejados en el “Atrio de los Gentiles”, convocarlos a encontrarse con el Señor en la oración y poner en el centro de la vida y de la misión la Palabra de Dios como guía segura para el camino. En estos momentos tenemos que dar gracias al Señor por lo vivido y celebrado con el propósito de abrir nuevos caminos para el anuncio de la Buena Noticia.

Al tiempo que os agradezco a todos, sacerdotes, religiosos y cristianos laicos el entusiasmo con el que habéis asumido los proyectos pastorales y la colaboración decidida en la realización de los mismos, en esta carta os propongo unas sencillas reflexiones sobre la “nueva evangelización”. Espero que estos apuntes iluminen el trabajo pastoral de los próximos años y nos ayuden a todos a acoger con generosidad la invitación del Señor a ser sus discípulos y apóstoles en este momento de la historia.

I. LA MISIÓN DE LA IGLESIA ES LA EVANGELIZACIÓN

      Las enseñanzas del Concilio Vaticano II, de cuya apertura se cumplen ahora los cincuenta años, pretenden poner a la Iglesia ante la Palabra de Dios para que asuma con renovado entusiasmo la evangelización. Este encuentro con la Palabra presupone la fe en Jesucristo y, al mismo tiempo, la alimenta. Por eso, el papa Francisco nos decía recientemente que el Vaticano II fue un Concilio sobre la fe, “en cuanto nos ha invitado a poner de nuevo en el centro de nuestra vida eclesial y personal el primado de Dios en Cristo”[2].

En continuidad con el Concilio, el papa Pablo VI, preocupado por la necesidad de que todos los bautizados fueran evangelizadores, nos exhortaba a permanecer en actitud meditativa ante el Señor para descubrir la grave responsabilidad de anunciar el Evangelio y de proponer la salvación de Dios a todos los hombres: “Los hombres podrán salvarse por otros caminos gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero, ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza –lo que San Pablo llama avergonzase del Evangelio– o por ideas falsas omitimos anunciarlo?”[3].

Desde entonces, los Sucesores de Pedro, tanto en sus alocuciones al Pueblo de Dios como en sus documentos magisteriales, no han cesado de recordar a todos los católicos la necesidad de permanecer atentos a las enseñanzas del Señor y a las necesidades de los hombres para asumir la gozosa misión de engendrar hijos de Dios, mediante la transmisión de la fe y la participación en los sacramentos.

Como consecuencia de esta absoluta centralidad de la acción evangelizadora para la Iglesia, todos tendríamos que preguntarnos por la madurez de nuestra fe y por nuestra actitud como evangelizadores en este momento de la historia. Aunque hoy existan motivos de preocupación para llevar a cabo la evangelización, no debemos olvidar nunca que Jesucristo es el primer evangelizador, el que nos envía en misión y el que nos precede y acompaña siempre mediante la acción del Espíritu Santo.

1. Jesucristo, evangelio de Dios

Jesucristo es al mismo tiempo la Buena Noticia de Dios a la humanidad y el modelo de todo evangelizador. Él define y concreta el contenido de su misión en un momento de oración con sus conciudadanos en la sinagoga de Nazaret. Partiendo de las enseñanzas del profeta Isaías, se presenta entre los suyos como la Buena Noticia para los excluidos, los encarcelados, los pobres y los que sufren de cualquier modo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 3,18-19).

Con esta declaración de intenciones, Jesucristo ha roto el silencio de Dios y se ha manifestado a los hombres para decirles que existe y que los ama con amor infinito. En virtud de la encarnación, Dios ha entrado en la historia de la humanidad y quiere compartirla con cada ser humano para que todos conozcan a Dios.

A lo largo de su vida pública, Jesucristo nos ha revelado el corazón misericordioso del Padre con sus gestos, signos y enseñanzas. De un modo especial, con la donación de su vida en la cruz por la salvación de todos los hombres, Jesús nos dice hasta dónde llega su amor al Padre celestial y el amor del Padre a cada una de sus criaturas.

Resucitado de entre los muertos, hoy sigue hablándonos a todos a través de su Palabra, de su presencia sacramental y de los acontecimientos de la vida. En la respuesta positiva a su amor y a sus enseñanzas está nuestra salvación, puesto que Él es la piedra angular y el punto de partida de toda la vida cristiana, de la Iglesia y de su misión evangelizadora.

En nuestros días, como en otros momentos de la historia, para progresar en la vida espiritual y para dar un nuevo impulso a la evangelización es preciso que volvamos una y otra vez a Cristo para partir siempre de Él y de sus enseñanzas. Tenemos que llegar a la convicción de que sólo podremos ser auténticos evangelizadores si entramos en el corazón de Cristo para compartir sus sentimientos y si pedimos la ayuda del Espíritu.

Sin esta entrada en la mente y en los sentimientos de Cristo, podremos hablar de Él, pero no seremos nunca auténticos testigos de su amor y de su salvación. En este sentido, los evangelizadores hemos de actuar siempre desde una profunda humildad, asumiendo que somos meros instrumentos de su presencia salvadora y de su acción santificadora en el mundo y en el corazón de los hermanos.

2. Fidelidad de los apóstoles y de los primeros discípulos

Después de su resurrección de entre los muertos y antes de ascender al cielo, Jesucristo, que ya había enviado a sus discípulos de dos en dos a las aldeas a las que Él pensaba ir posteriormente (cfr. Lc 10,1), envía ahora a los apóstoles como continuadores de su misión hasta los confines de la tierra: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,18-20).

Cuando nos paramos a contemplar la salida de los apóstoles en misión, descubrimos algunas enseñanzas a las que debemos prestar atención especial los evangelizadores de todos los tiempos. Quienes habían sido llamados por el Señor a primera hora pueden dar testimonio de su resurrección porque previamente se han encontrado con Él y porque han abierto la mente y el corazón a la “fuerza de lo alto”, es decir, a la acción purificadora y transformadora del Espíritu Santo (cfr. Hch 1,8).

Los apóstoles, cuando se dejan transformar interiormente por la acción del Espíritu en Pentecostés, superan el miedo a los judíos y se atreven a salir del cenáculo para anunciar a todos que Jesucristo es el Mesías de Dios. Desde entonces, los primeros cristianos, guiados, fortalecidos y transformados interiormente por la acción constante del Paráclito, por la escucha de la Palabra y por la participación en la “fracción del pan”, asumen el encargo de proponer la gran noticia de la salvación de Dios a los hombres y mujeres de todos los tiempos para que puedan llegar a ser discípulos del Señor.

A pesar del escándalo de algunos ante el mensaje proclamado y a pesar de los comportamientos violentos de otros con los mensajeros, los apóstoles y discípulos del Señor, hombres y mujeres, niños y adultos, no han cesado de anunciar el amor y la salvación de Dios hasta nuestros días, llegando en bastantes ocasiones al derramamiento de su sangre. Todos los que se acercaban a recibir las aguas bautismales estaban convencidos de que quien se incorporaba a la comunidad cristiana por la fe y el Bautismo tenía que ser evangelizador, es decir, testigo de la Buena Noticia.

A lo largo de los siglos, la Iglesia, con sus luces y sombras, no ha dejado de cumplir la misión confiada por su Señor. En los primeros momentos la evangelización se lleva a cabo casi de boca a boca en las actividades laborales, en el seno de la familia o en las grandes empresas militares y comerciales. Con el paso de los siglos el cristianismo se extenderá hasta los últimos rincones del mundo conocido gracias a la experiencia creyente y al testimonio de santidad de los monjes y de los grandes misioneros.

Ni la persecución ni la muerte violenta de tantos mártires a lo largo de la historia de la Iglesia pudieron paralizar el ardor misionero de los restantes miembros del Pueblo de Dios. Al contario, ellos, adaptándose a cada situación histórica, política y cultural, seguirán dando testimonio de lo que han visto y oído, porque eran conscientes del encargo del Señor.

3. Cambios profundos y acelerados en el mundo y en la Iglesia

El Concilio Vaticano II, al hablar de los signos de los tiempos, ya anunciaba la llegada de profundos cambios en la historia de la humanidad: “El género humano se halla hoy en un periodo nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero”[4].

Hoy podemos constatar que aquellos inesperados y rápidos cambios sociales, culturales, filosóficos y políticos, anunciados por el Concilio Vaticano II, han influido de forma decisiva en la maduración de la fe de muchos cristianos y en el alejamiento de Dios de otros. La secularización de la sociedad, la concepción errónea de la libertad y el relativismo en los comportamientos personales y sociales, además de provocar una profunda crisis de las conciencias, está afectando gravemente a muchas personas que han caído en la indiferencia religiosa, han disociado la fe de la vida, no han desarro­lla­do las exigencias de la vocación bautismal e ignoran las verdades fundamentales de la fe.

Este debilitamiento de la fe es uno de los mayores obstáculos para el impulso de la evangelización en nuestros días. Bastantes bautizados, sin llegar a negar la existencia de Dios, se comportan como si no existiese. Mientras el ateo se preocupa de Dios para negar su existencia, el indiferente vive despreocupado de Él y de la religión.

El papa Benedicto XVI constata con dolor este hecho cuando dice que “en muchos países en los que, en otro tiempo, la religión y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a comunidades de fe viva y operativa, en la actualidad están sometidos a dura prueba e, incluso, alguna que otra vez son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo”[5].

Esta realidad nueva e inesperada, en la que se palpa el relativismo y la incoherencia religiosa, podemos descubrirla en muchos hermanos con los que convivimos y nos relacionamos cada día. Si nos fijamos en sus manifestaciones religiosas, vemos que con cierta frecuencia confiesan creer, pero al margen de la Iglesia y de sus enseñanzas.

4. Importantes transformaciones sociales y religiosas en nuestra diócesis

Estas transformaciones sociales y religiosas también nos afectan a nosotros. En mis visitas a las distintas parroquias de la diócesis he tenido la oportunidad de descubrir el testimonio creyente de excelentes cristianos, disponibles, eclesiales, participativos y bien formados. Pero, en las conversaciones y encuentros con sacerdotes y laicos, percibo también la existencia de una realidad de paganismo, sobre todo en las áreas urbanas y en las nuevas edificaciones que han surgido en las proximidades de algunos pueblos.

Como consecuencia del relativismo ambiental, del individualismo y del subjetivismo, un elevado número de bautizados manifiesta una fe muy débil, desconoce los contenidos fundamentales de la misma y ha abandonado las prácticas religiosas como si fuese mejor y más moderno ser no creyente que creyente.

Si en otros momentos el ambiente cultural y social podía mantener viva durante largo tiempo una fe débil, en la actualidad todos podemos comprobar que si la fe no se alimenta en la formación y se celebra frecuentemente en la liturgia con los restantes miembros de la comunidad cristiana, se enfría y puede llegar a desaparecer.

En muy poco tiempo hemos pasado, de una sociedad tradicionalmente cristiana y articulada desde la estabilidad de la familia, a una sociedad más concentrada en las grandes ciudades, secularizada, y en la que la transmisión de la fe no está ya garantizada por los padres ni es favorecida por el ambiente social. Hoy nos faltan ya los asideros de la familia, de la escuela y de la sociedad para la transmisión de la fe a niños y jóvenes: “Mientras en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en referencia al contenido de la fe, y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”[6].

Además, como consecuencia de las oleadas migratorias de las últimas décadas, podemos constatar que muchas zonas de la diócesis han experimentado la salida masiva a la ciudad y sus periferias de niños, jóvenes y adultos. En el caso de la población adulta, esta marcha se incrementa durante los meses más fríos del año. A todo esto hay que añadir el descenso progresivo del número de sacerdotes en activo y la falta de vocaciones al sacerdocio.

La nueva realidad social, demográfica y religiosa, nos obliga a revisar desde la confianza en Dios y en su providencia toda la actividad pastoral y evangelizadora para poder cumplir en este momento de la historia el mandato misionero del Señor.

5. Urgencia de una nueva evangelización

Para poder evangelizar en esta nueva realidad, lo primero que hemos de hacer es reconocerla. Aunque nos duelan los comportamientos religiosos de muchos hermanos que consideran la religión como un objeto más de consumo, tenemos que asumir con paz que la realidad ha cambiado. Del mismo modo que quien no reconoce los males nunca podrá remediarlos, el que no asuma la nueva realidad nunca podrá evangelizarla.

Ciertamente tenemos que dar gracias a Dios porque aún son muchas las personas que se acercan a nuestras parroquias buscando acogida, solicitando acompañamiento espiritual, pidiendo la celebración de los sacramentos y confiando en la ayuda de la Iglesia. Pero estos aspectos positivos no pueden impedirnos reconocer el alejamiento de Dios de muchos bautizados. Si no lo hacemos, nos engañamos a nosotros mismos.

El Señor nos envía a evangelizar, no a una realidad imaginaria, sino a una realidad concreta, en la que siempre contaremos con la gracia de Dios para poder amar a cada ser humano y para afrontar las dificultades. “Nadie elige el contexto ni a los destinatarios de su misión. Cada época tiene sus problemas pero Dios da en cada tiempo la gracia oportuna para asumirlos y superarlos con amor y realismo”[7].

La constatación de esta realidad de increencia impulsó al beato Juan Pablo II, en el año 1983, a proponer a toda la Iglesia la urgencia de emprender una nueva evangelización “con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones”. Si somos sinceros, hemos de reconocer que la invitación del Santo Padre, a pesar de sus insistentes llamadas, apenas encontró eco en el seno de la Iglesia.

El papa Benedicto XVI, aunque no lo manifiesta públicamente en ningún momento, es muy consciente de que las propuestas del beato Juan Pablo II sobre la nueva evangelización no han sido asumidas ni llevadas a la práctica con la convicción, la urgencia y el vigor necesarios. Por ello, vuelve a convocar a toda la Iglesia a repensar la realidad para darle un impulso más decido a la nueva evangelización.

Además de legarnos sólidas enseñanzas y profundas meditaciones sobre la evangelización, que deberíamos tener especialmente en cuenta en la actividad pastoral, para dar este nuevo impulso a la misión evangelizadora de la Iglesia, Benedicto XVI crea el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, convoca a toda la Iglesia a celebrar el “Año de la fe”, anima a la celebración del “Atrio de los Gentiles” y preside el Sínodo sobre “La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana”.

Detrás de todos estos proyectos pastorales, está la profunda convicción de que todo ser humano necesita a Dios para llenar el vacío existencial en el que vive. La evangelización, por tanto, debe provocar el encuentro con Jesucristo ya que sólo Él puede colmar las profundas aspiraciones del corazón humano: “El hombre del tercer milenio desea una vida más auténtica y plena, necesita verdad, libertad profunda, amor gratuito. En los desiertos del mundo secularizado, el alma humana tiene sed de Dios, del Dios vivo”[8].

Con este enfoque antropológico, el papa Benedicto XVI está proponiendo a toda la Iglesia la urgencia de una nueva evangelización para ofrecer sólidas respuestas a las carencias espirituales del ser humano. Él es consciente de la dificultad del relativismo y del subjetivismo para establecer un diálogo lógico y racional con el hombre de hoy, pero también es consciente de que el ser humano vive abierto al Dios del amor y está capacitado para responderle con un amor sobre todas las cosas.

La nueva realidad y los nuevos puntos de vista de nuestros conciudadanos exigen una nueva evangelización que les ayude a plantearse las dudas y las preguntas sobre el sentido de la vida y que les permita responder a las mismas desde Cristo. Para ello, es preciso, además del ardor misionero, la búsqueda de nuevos métodos y de nuevas formas para proponer a todos la Buena Noticia a fin de que provoque también en nuestros días la conversión y el seguimiento de Jesucristo.

6. ¿En qué consiste la nueva evangelización?

Teniendo en cuenta lo dicho hasta aquí, deberíamos preguntarnos: ¿En que consiste esa nueva evangelización de la que nos hablan con tanta insistencia los últimos Pontífices? En principio habría que decir que la nueva evangelización no consiste en una simple repetición de la primera evangelización ni en la búsqueda de acciones de proselitismo religioso, como afirman algunos, puesto que el Evangelio se propone pero no se impone. La nueva evangelización tampoco consiste en la crítica sesgada de lo que la Iglesia ha hecho en el pasado ni en la presentación de un evangelio nuevo, porque “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8).

A mi modo de ver, entre lo mucho que se ha escrito durante los últimos años sobre la nueva evangelización, la descripción de la misma que nos legó el beato Juan Pablo II es la que expresa con más exactitud sus fines y objetivos. Dice el Papa: “Nueva evangelización” significa “reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor 9,16). Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera que no podrá ser delegada en unos pocos especialistas, sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos”[9].

Si partimos de esta definición, tendríamos que concluir que la nueva evangelización supone ante todo una profunda renovación espiritual de cada bautizado para recuperar la fuerza y el coraje evangelizador de los primeros cristianos. Si no se produce este renacimiento espiritual en el corazón de los evangelizadores, no será posible dar el paso a una pastoral misionera que haga posible encontrar respuestas evangélicas a la realidad de increencia, al debilitamiento de la fe y a la expansión del ateísmo.

En este sentido, aunque la nueva evangelización tenga como principales destinatarios a quienes se han alejado de Dios y rinden culto al tener, al poder y al placer, no puede dejar de lado a quienes nunca oyeron hablar de Dios y a quienes necesitan madurar en su fe mediante la pastoral ordinaria. En consecuencia, el celo pastoral y el ardor misionero de los evangelizadores deben abarcar todos los ámbitos de la vida y de la acción pastoral. Por ello la nueva evangelización “es principalmente una tarea y un desafío espiritual. Es una tarea de cristianos que desean alcanzar la santidad”[10].

Ciertamente, es necesario que busquemos nuevos métodos y nuevas formas para proponer el Evangelio al hombre de hoy, pero si no partimos de la transformación de la mente y del corazón de los evangelizadores, desde el encuentro frecuente con el Señor y desde la meditación de su Palabra, todos los cambios se quedarán en fuegos de artificio y en transformaciones externas que no llegarán a tocar el corazón de quienes viven alejados de Dios.

7. ¿En qué debe ser nueva la evangelización?

Una vez que hemos clarificado cuál ha de ser en este momento la actitud interior de los evangelizadores y cuáles los principales destinatarios de la evangelización, tendríamos que hacernos otra pregunta más: ¿En qué debe ser nueva la evangelización?

En principio hemos de reconocer que la Iglesia no puede predicar un Evangelio distinto al que nos transmitieron los evangelistas, aunque sea necesario proponerlo con formas y métodos nuevos. La Iglesia es depositaria de la Palabra de Dios, pero no es dueña de la misma. Por eso no puede modificarla para acomodarla a las modas cambiantes de la cultura ni a los vientos que soplen en cada época. Ante una situación similar a la que vivimos en la actualidad, el apóstol Pablo es claro y tajante: “Quien anuncie un Evangelio distinto, aunque sea un ángel venido del cielo, sea maldito” (Gál 1,9).

Aquellos que pretenden reducir las exigencias evangélicas para dar gusto a los deseos de ciertos grupos sociales no han asumido que el Evangelio ha sido y seguirá siendo siempre ocasión de escándalo para quienes desean compaginar sus enseñanzas con los criterios del mundo o con los gustos personales.

Teniendo esto en cuenta, el papa Benedicto XVI, al referirse a los aspectos novedosos de la evangelización, señala que ésta debe ser nueva no en los contenidos, sino en el impulso interior de los evangelizadores, abiertos a la gracia del Espíritu Santo, que es siempre el auténtico renovador de la Iglesia. Además, ha de ser nueva en la búsqueda de formas que respondan a la acción del Espíritu Santo y que sean adecuadas a las situaciones actuales. Finalmente, ha de ser nueva porque ha de llevarse a cabo en países que han recibido hace siglos el anuncio del Evangelio[11].

La nueva evangelización nos exige a todos los bautizados superar la autosuficiencia espiritual y el conformismo pastoral para recorrer nuevos caminos teniendo en cuenta la nueva realidad, en la que la Iglesia debe llevar a cabo su misión en estos momentos. Se trata, por tanto, de proclamar el Evangelio de siempre en unos países, como el nuestro, en los que muchos bautizados viven y actúan sin tener en cuenta a Dios y han olvidado el testimonio de fe de sus antepasados, a pesar de haber recibido en su día el Bautismo y una formación cristiana.

Esta realidad totalmente nueva para nosotros exige la proclamación y el anuncio del Evangelio de una forma nueva, con nuevo ardor, con nuevo lenguaje y con nuevas expresiones. Sólo personas transformadas por la gracia de Dios y por el cumplimiento gozoso de sus enseñanzas podrán provocar cambios en la sociedad y tendrán la fuerza necesaria para abrir la mente y el corazón de los hombres a Él.

No se trata de partir de cero, sino de formar comunidades cristianas con una fe madura, consciente, activa y animada por el fervor de los santos para que, desde su experiencia creyente, hagan posible el encuentro con Jesucristo de quienes se han alejado de Él.

8. Todos los bautizados tienen el derecho y deber de evangelizar

El papa Pablo VI decía que la evangelización “constituye, en efecto, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar”[12]. Esto quiere decir que la evangelización no está reservada a un grupo de escogidos, sino que es una responsabilidad y un derecho de todos los miembros del Pueblo de Dios. En virtud de la participación en el sacramento del Bautismo, ningún cristiano queda exento de la obligación de anunciar y dar testimonio del Evangelio.

Hemos de evangelizar, porque el Señor nos lo pide, porque la salvación de los hermanos depende de la acogida de su Persona y de la respuesta a sus enseñanzas pero, sobre todo, hemos de evangelizar porque hemos llegado a la convicción personal de que el Señor es el tesoro más importante para nosotros y para nuestros semejantes. Dios tiene sus caminos para salvar a la humanidad, pero no debemos olvidar nunca que el amor a los hermanos consiste en darles aquello que es más importante para nosotros.

Cuando contemplamos la realidad de nuestras parroquias, debemos reconocer que son muchos los bautizados que han descubierto esta responsabilidad y que la viven con gozo y generosidad. Gracias a Dios, son bastantes los laicos que colaboran en las actividades pastorales de la parroquia y que están implicados también en la evangelización de las realidades temporales de acuerdo con los valores del Reino. Pero, si somos sinceros, hemos de reconocer que otros muchos viven una religiosidad intimista, centrada en unas prácticas religiosas rutinarias sin asumir ningún compromiso ulterior.

Tal vez en estos momentos uno de los mayores retos de la Iglesia para impulsar la nueva evangelización consista en ayudar a los bautizados a descubrir su vocación para que puedan vivirla de forma consciente y responsable en la misión confiada por el Señor. Podríamos decir que, hoy, es necesario evangelizar para despertar en cada bautizado la inquietud por evangelizar.

El beato Juan Pablo II, al referirse a la responsabilidad del laico en la evangelización, afirma que «los fieles laicos tienen una parte que cumplir en la formación de las comunidades eclesiales, no solo con una participación activa y responsable en la vida comunitaria y, por tanto, con su insusti­tuible testimonio, sino también con el empuje y la acción misionera entre quienes todavía no creen o ya no viven la fe recibida en el Bautismo»[13].

Los Obispos españoles, partiendo de las enseñanzas del Concilio y pensando en la necesidad de que los laicos se incorporasen de forma responsable a la misión evangelizadora de la Iglesia, decíamos hace años: “En un mundo secular, los laicos –hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos– son los nuevos samaritanos, protagonistas de la nueva evangelización, con el Espíritu Santo que se les ha dado”. Y añadíamos: «La nueva evangelización se hará, sobre todo, por los laicos o no se hará»[14].

Al hacer esta afirmación, los Obispos no estábamos pensando tanto en el descenso de vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, sino en la necesidad de que los laicos desarrolla­sen en toda su plenitud la vocación bautismal. Cada bautizado, además del derecho a asociarse para cumplir su misión evangelizadora, tiene una tarea confiada por el Señor a través de la Iglesia que es “original, insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos»[15].

II. ACTITUDES EVANGÉLICAS DE LOS EVANGELIZADORES

      Cada página del Evangelio es una llamada del Señor al seguimiento, a la conversión y al descubrimiento de la voluntad de Dios para vivir con Él y en Él. Sin embargo, en el conjunto de estas llamadas, hay algunas actitudes que deberíamos valorar de un modo especial a la hora de pensar en la nueva evangelización. Sin pretender ser exhaustivo en la propuesta, señalo las siguientes:

1. Fundamentados en Cristo

“Sin mí, nada podéis hacer”

(Jn 15,5)

      El papa Benedicto XVI decía en un discurso a un grupo de evangelizadores: “El anuncio del Evangelio tiene que ser precedido y seguido por la oración. Necesitamos establecer una íntima comunicación con el Señor en una intensa vida de oración. El mundo de hoy necesita personas que hablen a Dios para poder hablar de Dios”[16].

Entre las prioridades pastorales para el cumplimiento de la misión confiada por el Señor, los cristianos tenemos que partir siempre de la firme convicción de que en ningún momento de la historia fue posible evangelizar sin una profunda experiencia de fe en Jesucristo, alimentada en la oración personal y litúrgica.

Sin esta relación de amistad con el Señor, que es quien nos acompaña en la vida y nos guía en la evangelización, todos corremos el riesgo de dispersarnos en la búsqueda de cuestiones secundarias y de dejarnos arrastrar por nuestros impulsos egoístas o por los aplausos de la sociedad. La búsqueda de nosotros mismos, con el paso del tiempo, provoca frustración y nos deja interiormente vacíos.

En la relación frecuente y prolongada con el Señor, descubriremos sus sentimientos, actitudes y criterios, y creceremos en la identificación con Él para ser sus testigos. De este modo, además de seguirle, imitarle, servirle y amarle con todo el corazón, estaremos también en condiciones de poder evangelizar pues, como bien sabemos, la evangelización consiste ante todo en mostrar y entregar a los otros lo que hemos contemplado en la oración.

Ahora bien, para lograr el conocimiento del Señor y para poder mostrarlo a los demás, debemos orar constantemente teniendo en cuenta que es el Padre quien nos atrae y nos lleva al conocimiento del Hijo y asumiendo también que es el mismo Jesucristo quien se revela a nosotros en la oración mediante la iluminación constante del Espíritu Santo.

La lectura espiritual de la Sagrada Escritura será siempre la mejor ayuda para encontrar al Señor, para conocerlo y para vivir en su amistad: “Tenemos que conocer al Señor de una manera cada vez más personal, escuchándole, viviendo junto a Él. Escucharlo en la lectio divina, es decir, leyendo la Escritura Sagrada, pero no de una manera académica, sino espiritual; de este modo aprendemos a encontrar a Jesús presente que nos habla”[17].

2. La comunión imprescindible

“Como tú en mí y yo en ti. Que
también ellos sean uno en nosotros”

(Jn 17,21)

      Además de una vida espiritual intensa, para evangelizar de nuevo es necesario asumir también que quien evangeliza es la Iglesia de Jesucristo, y nosotros, en la medida en que vivimos y actuamos como miembros vivos de la misma. Nadie puede evangelizar actuando como francotirador o como llanero solitario. Cuando alguien se comporta de este modo, es porque antepone los criterios personales a las programaciones pastorales diocesanas y arciprestales.

En España, durante las últimas décadas, el olvido de la comunión eclesial por parte de bastantes cristianos como consecuencia del relativismo cultural ha sembrado confusión en muchos bautizados y ha hecho muy difícil el anuncio de la Buena Noticia. A pesar de que Jesucristo nos dice con mucha claridad que los hombres no creerán en Él si sus discípulos no mostramos en la vida diaria la comunión que Él vive con el Padre desde toda la eternidad, con frecuencia hemos desautorizado con nuestras obras lo que anunciábamos con las palabras.

En la Iglesia tenemos que ser libres para dialogar sobre todo, pero después de todos los diálogos hemos de contemplar con los ojos del corazón el misterio Trinitario para actuar siempre como grupo de hermanos y como miembros vivos de una Iglesia que es misterio de comunión para la misión. En este momento de la historia, a los cristianos se nos pide que volvamos a lo esencial, al corazón del Evangelio, para dar juntos al mundo un testimonio del Dios vivo. Esta será la única forma de hacer creíble el Evangelio a quienes se han alejado de la Iglesia o no han tenido la dicha de conocer al Salvador.

Pero, además, para acoger y mostrar la comunión eclesial, hemos de permanecer vigilantes y atentos a la misma concepción de la Iglesia, pues hoy, muchos cristianos, arrastrados por los criterios culturales, la conciben y presentan como una institución social más o como una organización política. El papa Francisco nos invita a superar esta visión contemplando a la Iglesia desde Cristo: “La Iglesia es institución, pero cuando se erige en “centro” se funcionaliza y poco a poco se transforma en una ONG. Entonces, la Iglesia (…) se vuelve cada vez más autorreferencial y se debilita su necesidad de ser misionera”[18].

Si no penetramos en el misterio de la Iglesia, sintiéndonos miembros vivos, y la vemos como querida por el Padre desde toda la eternidad, fundada por Cristo y animada por la acción del Espíritu Santo, difícilmente podremos evangelizar. Transmitiremos nuestra ideología o nuestras visiones personales de la Iglesia, pero no las enseñanzas de Jesucristo.

La nueva evangelización, que es la cooperación con Dios en la transmisión de su amor y de su salvación, exige vivir la comunión con Él. Dios nos implica en su misión y nos invita a actuar con Él y desde Él para el bien de los demás, dando testimonio aún en situaciones difíciles. Los cristianos damos testimonio de un tesoro, de una perla preciosa, que hemos encontrado porque se nos ha comunicado (cfr. Mt, 13,44-46). Pero no podremos regalar este tesoro a nuestros semejantes, si no lo hacemos en comunión.

3. Enviados al mundo

“Como el Padre me envío al mundo,
así yo os envío al mundo”
(Jn 17,18)

      La comunión con Dios y entre nosotros es siempre para el cumplimiento de la misión. El gran peligro de la Iglesia en todos los momentos de la historia, al detectar las dificultades para la evangelización, es el de encerrarse sobre sí misma, vivir con criterios mundanos y pensar que no se puede hacer nada porque el mundo está muy mal.

El papa Francisco nos previene contra estas tentaciones y nos recuerda que es preferible una Iglesia accidentada por salir al mundo a una Iglesia encerrada sobre sí misma por no hacerlo: “Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad de la Iglesia encerrada en la autorreferencialidad: mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar ‘la dulce y reconfortadora alegría de evangelizar’”[19].

Ciertamente los comportamientos de algunos hermanos y sus manifestaciones públicas pueden disgustarnos y no acabamos de entenderlos, pero no debemos olvidar nunca que este mundo herido por el pecado así como las personas que forman parte del mismo siguen siendo creación de Dios, regalo de Dios. Por lo tanto, el mundo y el hombre son amados por Dios y deben ser también amados por nosotros.

En el horizonte de la evangelización debe estar siempre la convicción de que las dificultades para llevarla a cabo han existido, existen y existirán. Pero si las contemplamos con la mirada de Dios, estas dificultades no pueden ser nunca un problema sino un reto y un desafío nuevo para el anuncio del Evangelio. Así nos lo recuerda el mensaje al Pueblo de Dios del último Sínodo, cuando dice: “Las dificultades del presente no os pueden abatir, queridos cristianos europeos: éstas se deben mirar como un desafío por superar y como ocasión para un anuncio más gozoso y vivo de Cristo y de su Evangelio de vida”[20].

Además, los evangelizadores debemos asumir que la nueva evangelización, al igual que la primera, no puede llevarse a cabo sin conflictos y sin aceptar la cruz. Así le ocurrió a Cristo y así tiene que sucederles a sus discípulos, puesto que no somos más que el Maestro. Por lo tanto, ante la indiferencia o la actitud hostil de aquellos a los que somos enviados, no podemos dejarnos llevar por el pesimismo ni por la cerrazón. El Espíritu, que sopla cuando quiere y donde quiere, está actuando siempre en la Iglesia, en el mundo y en el corazón de cada ser humano, aunque viva alejado de Dios. Antes de que nosotros lleguemos a los demás con nuestro testimonio, ya ha llegado el Señor mediante la acción del Espíritu.

En todo momento hemos de tener muy presente lo que nos decía Benedicto XVI en los últimos días de su pontificado, cuando recordaba que la Iglesia está en buenas manos, en las manos del Señor. Si esto es así, también la misión de la Iglesia, la nueva evangelización, está en las manos de Dios: “La primera palabra, la iniciativa auténtica, la actividad verdadera, vienen de Dios y sólo si entramos en esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa, podremos llegar a ser –con Él y en Él– evangelizadores”[21].

4. Encarnando el mandamiento nuevo en la vida diaria

“Amaos como yo os he amado”
(Jn 15,12)

      Dios, que es amor, nos muestra su amor a través de la vida de Jesús y, de un modo especial, en su muerte y resurrección por la salvación del mundo. Jesús ama a todos los hombres con el mismo amor que Él recibe del Padre y con el que vive constantemente unido a Él. Desde esta experiencia personal, el mandato de Jesús a sus seguidores es muy sencillo: Permaneced en mi amor para poder amar así a Dios y a los hombres (cfr. Jn 15,9).

A partir de la donación de su existencia, como expresión del mayor amor, Cristo podrá pedir a sus discípulos que se amen los unos a los otros como Él los ha amado. Por lo tanto, los cristianos solamente podremos ser convincentes y atractivos para los demás si encarnamos y reflejamos el amor de Dios en nuestra vida y en nuestros comportamientos, como lo hicieron los primeros discípulos. Es más, sólo si somos capaces de perdonar y amar a los demás sin esperar nada a cambio, el mundo podrá conocer que somos discípulos de Jesús.

En ocasiones, el cumplimiento del mandamiento nuevo, especialmente cuando se refiere a los enemigos, resulta especialmente difícil y no tenemos muy claro el camino para hacerlo realidad. Por eso, deberíamos preguntarnos: ¿Cómo podemos encarnar y hacer realidad el amor de Dios en nuestros comportamientos diarios en la familia, en el trabajo y en la convivencia social?

Una vez más hemos de recurrir a la Palabra de Dios. En ella el Señor nos recuerda que debemos acoger la fuerza y la acción del Espíritu Santo, puesto que es Él quien nos purifica de nuestros egoísmos y derrama el amor de Dios en nuestros corazones. Cuando esto acontece, entonces podemos convertirnos en llamas de amor vivo con el poder de encender e iluminar el corazón de los hermanos. Si el otro permite que su corazón se transforme por el amor de Dios, la evangelización crece y se difunde por el mundo.

Para dar testimonio de Dios ante los hombres y para ser testigos de que Dios es amor, antes es preciso haber creído en el amor que Dios nos tiene y haber experimentado que el Padre, por medio de Jesucristo y bajo la acción del Espíritu Santo tiene el poder de transformar nuestro corazón, nuestra mente y nuestros sentimientos. Cuando nos sentimos perdonados y amados por Dios, llegamos a descubrir que vivir es amar. Por el contrario, cuando esto no sucede, todo permanece bajo la oscuridad de los propios criterios.

El anuncio de la Palabra y la celebración de la fe son medios importantísimos para el impulso de la nueva evangelización, pero si falta el amor no pueden dar fruto. Sólo el amor es convincente. Todo lo demás son añadiduras. En la actividad pastoral podemos emprender acciones espectaculares en el servicio a los hermanos, pero sin el verdadero amor de Dios y la necesaria humildad para dejarnos guiar por Él, todo resulta vacío y no conduce a la evangelización.

Al pensar en la nueva evangelización y en la urgencia de impulsarla, los cristianos tenemos que pedir este amor de Dios para encarnarlo en las relaciones con nuestros semejantes. De un modo especial, es necesario que esto lo hagamos realidad en la acogida cordial de quienes se acercan a nosotros o acuden a las parroquias buscando una luz para vivir y un consejo para orientar su existencia. En ocasiones, estos hermanos sólo llegarán a descubrir que Dios les ama si nosotros les amamos.

Para evangelizar a los que se han alejado de la Iglesia, para salir a su encuentro, a veces sobran las palabras. Con frecuencia la cercanía a sus problemas, la capacidad de escucha y el acompañamiento en los momentos de sufrimiento pueden ser la ocasión propicia para ayudarles a descubrir que Dios les ama y se interesa por ellos. El cristiano, como el Señor, debe sentir compasión por todos (cfr. Mc 6,34).

5. Para ser sus testigos

“Seréis mis testigos…hasta
los confines de la tierra”
(Hch 1,8)

      El papa Pablo VI decía que “no hay verdadera evangelización mientras no se haga el anuncio del misterio de Cristo muerto y resucitado por la salvación de los hombres”[22]. Ahora bien, para evangelizar, no basta el anuncio. Éste debe ir siempre precedido y acompañado de la caridad y del testimonio de vida de los evangelizadores. Son siempre las obras las que confirman las palabras.

Los apóstoles fueron llamados por el Señor en primer lugar para estar con Él, para ser sus amigos y para descubrir el amor misericordioso del Padre (cfr. Mc 3,13-14). Desde ahí, los apóstoles son enviados hasta los confines de la tierra para ser testigos de lo que han visto y oído al Maestro. El encuentro con Jesús termina siempre en el envío, en una invitación a ser evangelizadores.

Con ocasión de la última Jornada Mundial de la Juventud, el papa Francisco, al referirse a la actitud del discípulo de Cristo, decía: “El discípulo-misionero es un des-centrado: el centro es Jesucristo que convoca y envía. El discípulo es enviado a las periferias existenciales”[23].

Aunque todos tenemos la experiencia de que en algunos ambientes no resulta fácil un anuncio explícito del Evangelio, sin embargo siempre es posible ofrecer el testimonio de la alegría, de la paz y del amor de Dios mediante el amor a nuestros semejantes. En este sentido, todos podemos ser evangelizadores, puesto que todos podemos colaborar con la gracia de Dios, ofreciendo el testimonio de nuestra pobreza, desprendimiento y libertad frente a los poderes del mundo.

Por medio del testimonio y del anuncio de hombres y mujeres que irradien en su vida la experiencia de haberse encontrado con Jesucristo, todos podrán llegar a prestarle la adhesión de fe, para vivir la comunión con Él y para participar de la vida nueva, que nos ha conseguido por su muerte y resurrección. Sólo cuando tiene lugar esta adhesión de mente y corazón a Jesucristo el cristiano puede confiar de verdad en Dios y dar respuesta a sus Palabras.

En los primeros momentos de la Iglesia, la difusión del Evangelio en la sociedad no se realiza tanto por lo que los cristianos dicen, sino por lo que viven. Eran admirados por los paganos porque se amaban y porque compartían sus bienes con los necesitados. Ciertamente, todo esto podían hacerlo porque antes se reunían en las casas para la oración en común, para la escucha de la Palabra y para la fracción del pan (cfr. Hch 2,42).

6. La Eucaristía, alimento para el camino

“El que me come vivirá por mí”
(Jn 6,57)

      La “fracción del pan” fue siempre algo nuclear en la vida de la comunidad cristiana. Desde los primeros momentos de la Iglesia, los cristianos asumen el encargo del Señor y se reúnen para celebrar su victoria sobre la muerte y el pecado en la Eucaristía. Por medio de los sacramentos, el Resucitado actúa y se hace presente en medio de nosotros. El mismo Dios viene a nosotros para hacernos partícipes de su vida divina y gloriosa.

Este misterio insondable tendría que impulsarnos a dar constantemente gracias a Dios por haberse quedado con nosotros y a renovar nuestra fe en la presencia real de Jesucristo bajo las especies sacramentales para recibir con un corazón bien dispuesto lo que Dios nos regala por medio de Jesucristo. Como nos dice el papa Francisco: “La naturaleza sacramental de la fe alcanza su máxima expresión en la Eucaristía, que es el precioso alimento para la fe, el encuentro con Cristo presente realmente en el acto supremo de amor, el don de sí mismo, que genera vida”[24].

En la actualidad, los sacerdotes, religiosos y muchos cristianos de fe madura experimentáis un constante sufrimiento al constatar que en muchos bautizados se ha roto la necesaria relación entre la fe y los sacramentos y al observar la frivolidad con la que muchas veces se reciben estos dones sagrados. Bastantes cristianos siguen pidiendo los sacramentos o se acercan a ellos, pero sin la adecuada preparación y garantías de su cuidado. Como consecuencia de esta falta de fe, aunque los sacramentos se reciban válidamente, no llegan a producir el fruto deseado ni alcanzan toda su eficacia santificadora.

En la preparación para la recepción de los sacramentos, especialmente para los sacramentos de la iniciación cristiana, tenemos un gran reto los sacerdotes, religiosos y catequistas. Ante este reto, existen dos posibles salidas: la más fácil es seguir haciendo las cosas como hasta el presente, aunque nos cause disgusto. La más difícil es revisar la formación y la catequesis que ofrecemos para introducir las correcciones oportunas.

Sé que estáis dando pasos en esta dirección, pero debemos avanzar con decisión, pues en ocasiones da la sensación de que la catequesis y la formación cristiana se quedan en la mera instrucción y no tienen la fuerza necesaria para provocar la conversión a Dios. Es cierto que no debemos apagar la mecha humeante, pero sí debemos soplar un poco más para que la luz de la fe vuelva a arder nuevamente y, de este modo, sea posible garantizar la autenticidad de los sacramentos.

En esta revisión de la formación y de la catequesis para provocar la conversión y la adhesión a Jesucristo, deberíamos tener presente que la evangelización debe ser para la Eucaristía, en la Eucaristía y desde la Eucaristía. Esta ha de ser siempre la fuente, el centro y la meta de la vida cristiana y de la acción evangelizadora de la Iglesia. “Son tres aspectos inseparables de cómo la Iglesia vive el misterio de Cristo y cumple su misión de comunicarlo a todos los hombres”[25].

En una sociedad descreída, como la nuestra, la experiencia nos dice que no podemos dar nada por supuesto en lo que se refiere a la celebración de los sacramentos. Muchos bautizados, como consecuencia del abandono de las prácticas religiosas y de la falta de formación cristiana, no conocen el significado de los signos y de los símbolos utilizados en las celebraciones sacramentales. Esto les impide participar activa y conscientemente en los mismos.

Por otra parte, pensando en la nueva evangelización, la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, sin prisas y con unción, ha de ser un testimonio para los no creyentes o indiferentes de la presencia real de Jesucristo y un anuncio de la Buena Noticia de la salvación de Dios.

Además, como el sacramento no concluye con su celebración en el templo sino que ha de producir sus efectos y dar sus frutos en los comportamientos de la vida ordinaria, al salir del templo todos deberíamos tener muy presente la recomendación del Señor de vivir, celebrar y anunciar en cada momento del día el misterio del amor de Dios revelado y actualizado en las celebraciones sacramentales.

7. La Palabra de Dios, luz en medio de la oscuridad

“No sólo de pan vive el hombre, sino de
toda Palabra que sale de la boca de Dios”
(Mt 4,4)

      En la celebración de los sacramentos se proclama siempre la Palabra de Dios para que sea la luz verdadera que ilumine las oscuridades del corazón humano y brújula segura para la renovación de la vida espiritual y el impulso de la evangelización. “Escuchar la Palabra es escuchar a Dios mismo: Pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es Él quien habla”[26].

Pero los cristianos no podemos reducir la escucha y meditación de la Palabra de Dios a las celebraciones sacramentales. Si queremos superar las tentaciones del camino y edificar nuestra vida cristiana sobre sólidos cimientos, necesitamos escuchar constantemente la voz de Dios para descubrir su voluntad.

Además, cuando nos planteamos la necesidad de impulsar la nueva evangelización, no debemos olvidar nunca que en la acción evangelizadora hemos de poner siempre la confianza en Dios y no en nuestros esfuerzos y proyectos personales. Si la nueva evangelización supone sobre todo una renovación de la fe y del ardor misionero en los evangelizadores, esta transformación espiritual sólo puede surgir del encuentro con Cristo sacramentado y de la meditación de sus enseñanzas.

El testimonio de los discípulos de Emaús es clarividente para entender esta afirmación. Con la muerte del Maestro, sus esperanzas se habían visto truncadas. Caminaban tristes y desalentados hasta que el Señor resucitado se les acercó, les acompañó en el camino, les explicó las Escrituras y partió con ellos el pan. La fracción del pan, memorial de la muerte y resurrección del Señor, y la explicación de las Escrituras, encendieron de nuevo en sus corazones el fuego que estaba a punto de extinguirse: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras?” (cfr. Lc 24,32).

Los padres sinodales, convencidos de la bondad de esta experiencia para profundizar en el conocimiento de Jesucristo, entre las proposiciones presentadas al Santo Padre nos invitaban a mantener abierta la puerta de la Sagrada Escritura a todos los creyentes y para ello “animan a las diócesis, parroquias y pequeñas comunidades cristianas a que continúen con el estudio serio de la Biblia, la lectio divina y la lectura orante de las Escrituras (cfr. DV 21-22)”[27].

Si pretendemos conseguir una renovación de la Iglesia y de su misión evangelizadora, tenemos que comenzar por nuestra propia renovación espiritual. Por ello no podemos dejar de alimentar cada día nuestra fe por medio de la meditación de la Palabra de Dios y la participación frecuente en los sacramentos para que crezca según el don de Dios y para que nos ayude a unificar nuestra personalidad de creyentes. Solamente una fe adulta y madura podrá transformarnos interiormente e impulsarnos a ser evangelizadores. De este modo nuestra actuación y nuestras palabras serán revelación de la presencia del Señor en nuestras vidas.

8. Necesitados de constante conversión

 “Convertíos y creed en el Evangelio”
(Mc 1,15)

      En la celebración de los sacramentos y en la convivencia diaria, los cristianos no podemos olvidar nunca la llamada a la conversión por parte de Jesús. Esta invitación, aunque se realice en momentos concretos, atraviesa todas las páginas del Evangelio. Es preciso convertirse a Dios, creer en el Evangelio y abandonar el pecado, porque llega su Reino y porque Él es la respuesta plena de sentido para la existencia de todo hombre (cfr, Mc 1,15).

Esta llamada a la conversión no es para unos pocos, sino para todos. Cuando nos referimos a la nueva evangelización, podemos caer en el error de pensar que la conversión es solamente para quienes se han alejado de la fe. Sin embargo, los que nos confesamos creyentes y practicantes, somos los más necesitados de ella. Para poder evangelizar a otros, debemos dejarnos evangelizar, buscando en todo momento la voluntad del Señor para descubrir qué es lo que espera y quiere de nosotros.

No es posible hablar de nueva evangelización sin una disposición sincera a la conversión. Dejarse reconciliar con Dios y con el prójimo es el camino primero para la nueva evangelización (cfr. 2 Cor 5,20). Sólo, cuando nos dejamos purificar interiormente de nuestras contradicciones y pecados, podemos experimentar la dignidad de ser hijos de Dios, la alegría de sabernos amados por Él y el gozo de pertenecer a su Iglesia.

En virtud del Bautismo, todos estamos llamados a reflejar en nuestra vida la santidad de Dios. Sin embargo, cuando nos vemos bajo la claridad de su luz, tenemos que reconocer humildemente que en nuestra vida existe el pecado y que nuestros pecados personales son el principal obstáculo para que brille la santidad de la Iglesia y para que ésta pueda cumplir eficazmente la misión confiada por el Señor. En definitiva, la llamada a la evangelización se concreta para todos en una llamada a la conversión.

Ahora bien, como todos sabemos, la conversión y la transformación interior del corazón son siempre el resultado de la acción del Espíritu Santo. El cambio interior de cada uno de nosotros y la renovación de la Iglesia no dependen tanto de nuestros esfuerzos, sino de la respuesta a la gracia y a la acción del Espíritu Santo, ya que Él es siempre el principal artífice de la evangelización.

El impulso de la misma debe partir de la firme convicción de que no somos nosotros, sino el Espíritu quien nos purifica, nos transforma interiormente y nos empuja a salir de nosotros mismos para evangelizar. Es siempre el Espíritu el que nos enseña lo que debemos hacer y el que nos recuerda todo lo que Jesús nos ha dicho, aún en las circunstancias más difíciles. Por eso, en el mensaje al Pueblo de Dios, los padres sinodales nos recuerdan que “es nuestro deber vencer el miedo con la fe, el cansancio con la esperanza, la indiferencia con el amor”[28].

III. NECESIDAD DE UN CAMBIO PASTORAL

      La conversión a Dios lleva consigo la conversión pastoral. La Iglesia no puede evangelizar si no progresa en el camino de la conversión pastoral y ésta implica prestar especial atención a la constante acción del Espíritu y vivir atentos a los signos de los tiempos para descubrir lo que hemos de hacer. Hablar de conversión pastoral significa no sólo la conversión interior de los pastores y de los fieles, sino la transformación de las estructuras y de las acciones pastorales para dar respuesta evangélica a las exigencias de la nueva realidad.

1. De una pastoral de conservación a una pastoral misionera

La conversión pastoral implica el paso de una pastoral de conservación de lo que hay a una pastoral más misionera y evangelizadora. La Iglesia es misionera por naturaleza y, si en algún momento dejase de serlo, no sería la Iglesia de Jesucristo.

Cuando nos ponemos ante el Evangelio, descubrimos que nunca nos dice que permanezcamos tranquilos en los templos o en nuestras casas, sino que nos levantemos y salgamos al mundo porque cada persona, aunque no sea consciente de ello, tiene necesidad de Dios y espera su salvación. Por eso hemos de actuar en todo momento con la profunda convicción de que la pastoral de conservación ya no tiene sentido.

Desde la ilusión y el gozo por llevar a Cristo a los demás, no podemos contentarnos con administrar lo que ya existe ni podemos quedarnos en nuestros templos pensando en la incorporación de nuevos miembros. Es urgente que todos los cristianos asumamos con gozo que el Señor nos envía a evangelizar el mundo, pasando de una pastoral de conservación a una pastoral de misión.

A todos nos cuesta superar esquemas pastorales heredados del pasado, porque tenemos miedo a equivocarnos y porque pensamos que no vamos a ser comprendidos por los demás. Sin embargo, es urgente que entremos con convicción en un proceso de pastoral misionera para acercarnos a quienes se han alejado de la fe y para desechar aquellas estructuras caducas que no ayudan a crecer en la adhesión a Jesucristo. El papa Francisco nos ha dicho en distintos momentos de su pontificado que prefiere una Iglesia quebrada por haber salido, a una Iglesia encerrada sobre sí misma.

El deseo de que todos encuentren en Jesucristo la verdad sobre el hombre y la esperanza de alcanzar la vida eterna, nos obliga a acompañar en la fe a quienes se confiesan creyentes y a proponerla con decisión y entusiasmo a quienes no lo son. En este sentido, deberíamos prestar especial atención a las personas que tienen una sensibilidad religiosa, pero cuya fe es débil e inmadura.

¿Cómo dar los primeros pasos en esta conversión pastoral? Sin duda, la búsqueda de caminos para programar una pastoral más misionera tiene que partir de la búsqueda de la voluntad de Dios, que nos llama desde la realidad de indiferencia religiosa a que seamos evangelizadores. La respuesta a la invitación de Dios nos dará luz para revisar lo que ya estamos haciendo y para comprobar qué actividades pastorales ayudan a crecer en la fe y cuáles nos mantienen anclados en la rutina pastoral.

En estos momentos es necesario que hagamos una revisión de nuestra identidad misionera pensando no sólo en quienes no creen, sino en aquellos que solicitan los sacramentos de la iniciación cristiana o el sacramento del matrimonio sin saber muy bien el significado de los mismos para la vida personal y comunitaria. Ante la constatación de la fe débil de muchos, tendríamos que preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo con los padres de familia para ayudarles a asumir su responsabilidad en la formación cristiana de sus hijos y qué podemos hacer? ¿Cómo ayudar a la maduración de la fe de los jóvenes que desean contraer matrimonio canónico?

Para dar pasos en el camino de la fe, además de una acogida cordial y de un amor compasivo, los alejados necesitan recibir el primer anuncio de Jesucristo muerto y resucitado por nuestra salvación. A partir de este primer anuncio, podrán avanzar en su conversión y crecer en el seguimiento de Jesucristo. Cuando se trata de ayudar a los hermanos a vivir en la verdad de Dios, no podemos ser condescendientes, miedosos o mantenernos en lo políticamente correcto.

Ya sé que las cosas no son fáciles, pero si mantenemos viva la ilusión por llevar a Cristo a los demás y si nuestra oración es sincera, la escucha del Señor nos impulsará a ofrecer una acogida cordial a cada persona y a dar los pasos oportunos para la conversión de nuestras actitudes pastorales. Los sacerdotes, religiosos, catequistas y miembros de movimientos apostólicos debemos actuar con más decisión en el impulso de esta pastoral misionera, aunque nos parezca que no da los frutos deseados. Si no lo hacemos, nunca podrán surgir vocaciones laicales, a la vida consagrada y al sacerdocio.

2. De una pastoral individualista a una pastoral corresponsable

El sacramento del Bautismo nos hace hijos de Dios, miembros de Cristo, templos del Espíritu Santo y nos introduce en la vida de la comunidad cristiana. Cada uno, de acuerdo con la vocación recibida, está llamado a participar en la vida y misión de la única Iglesia de Jesucristo desde la corresponsabilidad con los demás.

El Concilio Vaticano II recuerda a todos los bautizados esta necesidad de cooperar a la salvación de la humanidad: “Los sagrados pastores conocen perfectamente cuánto contribuyen los laicos al bien de la Iglesia entera. Saben los pastores que no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia en el mundo, sino que su eminente función consiste en apacentar a los fieles y reconocer sus carismas y servicios de tal suerte que todos, a su modo, cooperen unánimemente en la obra común. Pues es necesario que todos, abrazados a la verdad en todo, crezcamos en caridad, llegándonos a Aquel que es nuestra cabeza, Cristo”[29].

Si nos fijamos en el texto conciliar, resulta fácil concluir que en la Iglesia nadie es imprescindible ni protagonista, pero todos somos necesarios pues estamos llamados a vivir y actuar como piedras vivas de la misma. Solo el Señor debe ser protagonista porque es el único Salvador y el único con poder para enviar en misión, como Él fue enviado por el Padre. Por gracia y misión del único Señor, todos tenemos el encargo de evangelizar y nadie puede delegar esta responsabilidad en los demás.

Ciertamente, el número de cristianos que se han incorporado durante las últimas décadas de forma consciente a la transmisión de la fe y a la actividad caritativa en la Iglesia ha sido muy importante. Pero hemos de reconocer que no tenemos un laicado adulto, corresponsable y comprometido en la misión de la Iglesia. En ocasiones, quienes tienen una buena formación cristiana actúan más desde sus proyectos personales o desde las directrices del propio movimiento que desde su pertenencia a la Iglesia diocesana y desde los objetivos pastorales de la misma.

Para dar pasos en esta pastoral más corresponsable, entre otras cosas deberíamos revisar la función del arciprestazgo, replantearnos la constitución de las Unidades de Acción Pastoral (UdAP) y volver a pensar en la misión de la parroquia. Al revisar la identidad y el funcionamiento de las parroquias, hemos de tener en cuenta las indicaciones del papa Francisco a los Obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas durante la reciente Jornada Mundial de la Juventud: “No podemos quedarnos enclaustrados en la parroquia, en nuestra comunidad, en nuestra institución parroquial o en nuestra institución diocesana, cuando tantas personas están esperando el Evangelio. No es un simple abrir la puerta para que vengan, para acoger, sino salir por la puerta para buscar y encontrar. (…) Pensemos con decisión en la pastoral desde la periferia, comenzando por los que están más alejados, los que no suelen frecuentar la parroquia. También ellos están invitados a la mesa del Señor”[30].

Si nos fijamos en los arciprestazgos, vemos que en la mayor parte de los casos, siguen funcionando solamente como instituciones para la ayuda espiritual y para la formación de los presbíteros pero con escasa participación de los fieles laicos.

Sin embargo, cuando nos paramos ante las enseñanzas del Concilio y del mismo Código de Derecho Canónico, descubrimos que su función debería ser distinta. El Código de Derecho Canónico nos ofrece una visión eminentemente pastoral de los arciprestazgos: “Para facilitar la cura pastoral mediante una actividad común, varias parroquias cercanas entre sí pueden unirse en grupos peculiares, como son los arciprestazgos” (can. 374 § 2). Según esto, el arciprestazo es la unión de parroquias y de otras realidades eclesiales del territorio para facilitar la acción pastoral común.

Si partimos de aquí, el arciprestazgo debería hacer posible el encuentro y la colaboración entre sacerdotes, laicos y miembros de la vida consagrada presentes en el territorio. Entre otras cosas, tendría que ser espacio para la oración en común, para el diálogo, para el conocimiento mutuo, para el análisis de la realidad pastoral, para la búsqueda de respuestas evangelizadoras, para la formación permanente y para la programación de las acciones pastorales de acuerdo con el Plan Pastoral diocesano.

La Iglesia, tanto en las parroquias como en los arciprestazgos, tiene que ser una comunidad viva y misionera, que no vive centrada en sí misma sino que es convocada para ser enviada al mundo, para realizar el anuncio de la Buena Noticia y la celebración de los sacramentos. En definitiva, se trata de impulsar la creación de comunidades cristianas que celebren y anuncien a Jesucristo y que den testimonio de fraternidad, especialmente con los hermanos más necesitados.

En estas comunidades, con el paso del tiempo surgirán laicos bien formados, dispuestos a dar razón de su fe y asumir la misión de la Iglesia no sólo en el seno de la parroquia, sino en el mundo, en la familia, en las realidades sociales, en las actividades culturales y en el noble arte de la política.

El impulso de esta nueva orientación pastoral debería llevarnos a dar gracias a Dios porque va realizando su obra por medio de nosotros, siervos inútiles, y porque nos ha ayudado a vivirlo desde una actitud de fraternidad cristiana y de corresponsabilidad eclesial. Por supuesto, la formación espiritual y la formación integral de quienes participan en estos organismos de comunión y de corresponsabilidad son imprescindibles, pues no son grupos sólo para hacer cosas, sino para dar testimonio de Jesucristo.

Este es uno de los principales retos que tenemos los presbíteros en el servicio pastoral a nuestras comunidades: el impulso de la espiritualidad y la preocupación por la formación de todos los cristianos, especialmente de quienes asumen responsabilidades en la actividad pastoral de la parroquia y del arciprestazgo. Lo prioritario en la pastoral y en la evangelización no es hacer cosas, sino vivir en Cristo y actuar desde Él.

3. Una pastoral más comunitaria

El beato Juan Pablo II, al terminar el Jubileo del año 2000, afirmaba en la Exhortación Novo Milennio Ineunte, que el gran reto para los cristianos, al comienzo del nuevo milenio, era hacer de la Iglesia casa y escuela de comunión. Y añadía que las razones últimas de este reto eran dos: la fidelidad a la voluntad de Dios y la necesidad de encontrar respuestas evangelizadoras convincentes para la sociedad y para el hombre de hoy, atrapado por el individualismo.

La Iglesia debe ser casa y escuela de comunión, puesto que se sabe habitada y animada en su misión por la acción del Espíritu Santo, que es vínculo de comunión. Las puertas de la Iglesia deben estar abiertas a todos para que experimenten la fraternidad y puedan celebrar la comunión con Dios y con los restantes miembros de la comunidad. Desde esta experiencia, la comunión con Dios podrá proyectarse a todos los ámbitos de la vida.

Como todos sabemos muy bien, la realización y la vivencia de la comunión no es fácil, puesto que cada uno tiende a actuar por su cuenta y a organizar la pastoral según sus propios criterios. En ocasiones, algunos llegan incluso a utilizar la palabra comunión para descalificar a los que no piensan como ellos. Quienes actúan de este modo, suelen medir el grado de comunión y la santidad de los demás según coincidan más o menos con su forma de ver la vida y de organizar la pastoral.

Por esto, el mismo Juan Pablo II dirá que, para acoger e impulsar la comunión, es necesaria una espiritualidad de comunión que nos permita adentrarnos en la contemplación del misterio Trinitario, en el que vivimos, nos movemos y existimos, para descubrir a Dios en cada hermano y para acogerlo como alguien que nos pertenece. Si no seguimos los dictados del Espíritu, “los instrumentos externos de la comunión se convertirían en medios sin alma, en máscaras de comunión, más que en sus modos de expresión y crecimiento”[31]. Esto quiere decir que, para convertirse en escuelas de comunión, las comunidades cristianas y los movimientos apostólicos antes tienen que ser escuelas de oración.

En la actualidad la Iglesia nos ofrece un conjunto de medios para el ejercicio de la comunión y la corresponsabilidad. Entre estos medios, tendríamos que prestar especial atención a la constitución y dinamización de los consejos económicos y de los consejos pastorales parroquiales y arciprestales. En ocasiones, se suele decir que no son eficaces, pues les falta el rodaje necesario, pero si no damos los pasos oportunos para constituirlos, nunca podrán funcionar adecuadamente y los laicos no podrán aportar su carisma a la misión de la Iglesia ni tendrán el cauce adecuado para ofrecer su experiencia de las realidades temporales.

Pensando en la renovación interna de la Iglesia, el papa Francisco formulaba unas preguntas a los Obispos del CELAM que hago mías y que me atrevo a plantearos para que nos ayuden en la reflexión sobre este aspecto de la comunión eclesial: “¿Es un criterio habitual el discernimiento pastoral, sirviéndonos de los Consejos Diocesanos? Estos Consejos y los Parroquiales de Pastoral y de Asuntos Económicos ¿son espacios reales para la participación laical en la consulta, organización y planificación pastoral? El buen funcionamiento de los Consejos es determinante. Creo que estamos muy atrasados en esto”[32].

Una vez constituidos estos consejos para vivir de la comunión y para ejercer la corresponsabilidad, los primeros pasos a dar pasan por la oración en común para descubrir lo que el Señor quiere de nosotros y por la programación de aquellas acciones pastorales que permitan a todos los bautizados poner sus talentos al servicio de la comunidad. Esto nos llevará a confiar responsabilidades pastorales a personas concretas y a revisar las programaciones pastorales, teniendo en cuenta que lo que Dios realiza en el corazón de cada persona nos supera y no podrá ser nunca objeto de evaluación.

Además, la preocupación por la vivencia de la comunión eclesial tiene que ayudarnos a favorecer la complementariedad entre movimientos apostólicos y parroquias. Los movimientos apostólicos y las nuevas realidades eclesiales, que prestan un servicio generoso a la evangelización, tienen que insertarse de forma más plena en la pastoral parroquial y diocesana. Pero, para ello, es preciso que desde las parroquias se les ofrezca, no sólo la acogida cordial, sino el apoyo espiritual que necesitan.

Teniendo en cuenta que la comunión eclesial es para la misión y que ésta debe propiciar la comunión con Dios y con los hermanos, tenemos que favorecer espacios para el diálogo y para la escucha mutua en todos los ámbitos de la pastoral y de la evangelización. La búsqueda de nuevos métodos y de nuevas formas para evangelizar pasa por favorecer la imaginación y el diálogo fraterno para mantener la unidad en lo esencial y para buscar opciones ponderadas en lo opinable.

4. Una pastoral que haga posible la personalización de la fe y ayude a la formación de militantes cristianos

El Sínodo de los Obispos sobre la “Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana” nos presenta un conjunto de escenarios culturales, sociales, económicos, políticos, científicos, comunicativos y religiosos, que han de ser confrontados con los contenidos de la fe cristiana. Con frecuencia los planteamientos que se hacen desde estos escenarios no tienen en cuenta a Dios como pregunta para el hombre, influyen negativamente en las convicciones religiosas de muchos bautizados e impiden dar el salto a la fe por parte de los alejados.

La nueva evangelización está orientada a introducir nuevamente en el mundo la pregunta sobre Dios y a poner al hombre en comunión con Él para ayudarle a salir del “desierto interior” en el que se encuentra. Por lo tanto, si queremos que estas exigencias de la nueva evangelización se cumplan, hemos de asumir con seriedad la realidad del mundo en el que vivimos y la situación concreta de aquellos a quienes tenemos que evangelizar, a quienes queremos invitar a vivir la comunión con Dios.

Partiendo de lo que vive y piensa cada bautizado, descubriremos que hoy no sirven recetas generales para todos, puesto que la experiencia creyente de cada uno es distinta. Como consecuencia de ello, además de prestar un acompañamiento espiritual a cada bautizado, es preciso valorarlo y verlo no sólo como destinatario pasivo de la evangelización, sino como sujeto activo de la misma.

En esta labor de acompañamiento y formación espiritual los movimientos apostólicos y las nuevas realidades eclesiales están prestando una gran ayuda a muchas personas. La experiencia nos dice que en estas organizaciones eclesiales crecen humana y espiritualmente bastantes bautizados que, con el paso de los años, se convierten en auténticos testigos de Jesucristo.

Ciertamente la diócesis y las parroquias tienen que ser el espacio en el que todos los cristianos, sin exclusiones, encuentren su lugar. Para que esto sea posible, los presbíteros, además de acoger con gozo a los movimientos apostólicos, tenemos que acompañarles en sus diversos itinerarios formativos. Somos de todos y debemos servir a todos.

Esto quiere decir que la evangelización debe tocar todas las actividades pastorales y debe estar abierta a todas las realidades eclesiales. Pensando en las necesidades espirituales de cada bautizado y en el acompañamiento espiritual de los mismos, hemos de revisar la iniciación cristiana, la catequesis, la preparación para la celebración de los sacramentos, la liturgia, la participación de los laicos en las actividades de la comunidad y también las mismas estructuras, pues pueden existir estructuras caducas que impiden la transmisión de la fe.

Además, nos obliga a cuidar el lenguaje en la catequesis y en la formación cristiana de niños, jóvenes y adultos, teniendo en cuenta que no debemos reducir la actividad pastoral a la transmisión de contenidos doctrinales. Es la hora del corazón y, por tanto, en vez de hacer muchos discursos, hemos de responder a partir de las preguntas que se formulan las personas.

5. Una pastoral que ponga su prioridad en el servicio a los pobres

El papa Benedicto XVI nos decía que la celebración del “Año de la fe” ha de ser una buena ocasión para intensificar el testimonio de la caridad. Fe y caridad se necesitan mutuamente y no pueden caminar separadas la una de la otra. Por lo tanto, la autenticidad de la nueva evangelización depende en gran medida de la acogida y atención a los necesitados, puesto que en el rostro del pobre resplandece el mismo rostro de Cristo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

Contemplando a Cristo pobre, la Iglesia debe prolongar en el tiempo su actitud compasiva y misericordiosa con los necesitados y marginados de la sociedad. La opción preferencial por ellos lleva consigo la preocupación por ayudar a cada bautizado a crecer en la identificación más plena con Cristo pobre y la firme decisión de poner los medios para su liberación espiritual, material y humana.

Pero, además, pensando en la nueva evangelización, hemos de tener muy presente lo que el mismo Benedicto XVI nos recordaba en su primera encíclica: “La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de la otra…la caridad pertenece a su naturaleza (de la Iglesia) y es manifestación irrenunciable de su misma esencia”[33].

Esta llamada del Santo Padre deja muy claro que no puede haber nueva evangelización si nos centramos sólo en el anuncio y la celebración, olvidando la actividad caritativa. En la vivencia de la caridad, al igual que en la escucha de la Palabra y en la celebración de la fe, los cristianos no podemos ser nunca conformistas ni podemos reducir la actividad caritativa a un grupo de voluntarios.

Toda la comunidad cristiana tiene que implicarse cada día con más decisión en la atención a los pobres, a los enfermos, a quienes viven solos y a todos los marginados por la sociedad, no sólo para ofrecerles compañía y ayuda material, sino para mostrarles el rostro misericordioso de Dios.

El ser humano, además de necesidad de justicia, tiene siempre necesidad de ser amado: “La Iglesia nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta la actividad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor”[34].

Partiendo de estas enseñanzas de Benedicto XVI, deberíamos revisar la actividad de las Caritas parroquiales y la necesaria coordinación de las mismas entre sí y con la Vicaría de acción caritativa y social. Al mismo tiempo deberíamos preguntarnos por la formación espiritual y técnica de las personas que colaboran en el servicio a los pobres y por los pasos a dar en el futuro para concienciar a toda la comunidad cristiana, pensando no sólo en la ayuda a los necesitados, sino en su promoción integral y en la reforma de aquellas estructuras sociales que provocan injusticia y marginación.

En nuestros días hemos de dar gracias a Dios por el testimonio de amor y de solidaridad de tantos cristianos y personas de buena voluntad ante la prolongada crisis económica que estamos experimentando. A los cristianos y a los no creyentes tiene que interrogarnos el testimonio de tantos hermanos que, desde la contemplación del rostro de Cristo resucitado, dedican tiempo, recursos económicos y acompañamiento personal a los necesitados.

Pero no podemos centrar la actividad caritativa únicamente en aquellos hermanos que no tienen recursos materiales. Hoy existen nuevas pobrezas, como pueden ser la soledad, la enfermedad, la falta de sentido de la vida, la emigración…, que demandan una nueva imaginación de la actividad caritativa de la Iglesia y que esperan una colaboración más generosa de todos los miembros de nuestras comunidades parroquiales.

6. Nueva orientación de la piedad popular

En nuestra diócesis existen ricas manifestaciones de piedad popular, especialmente canalizada a través de hermandades y cofradías de distinto signo. Éstas han sido un tesoro para la Iglesia y un espacio importante para el encuentro con Jesucristo. Si nos fijamos en la trayectoria de las cofradías a lo largo de la historia, podemos descubrir auténticos testimonios de santidad de muchos hermanos que han vivido con sencillez una intensa relación con Dios y una preocupación por los más pobres.

Con el paso de los años, la experiencia nos dice que muchos miembros de estas hermandades y cofradías se han alejado de la vida parroquial, no han cuidado adecuadamente su formación cristiana, han olvidado la actividad caritativa y han perdido la inquietud por la transmisión de la fe a los demás.

Para que los miembros de estos organismos eclesiales no se queden simplemente en la organización de la fiesta de su patrono y asuman un mayor protagonismo evangelizador en la parroquia y en el mundo, será necesario proceder a la renovación espiritual de cada uno de ellos y a la revisión y puesta al día de sus estatutos a la luz de las directrices de la Iglesia.

Recientemente, el papa Francisco, con ocasión de la Jornada de las Cofradías y de la Piedad Popular, celebrada en Roma el día 5 de mayo de 2013, haciéndose eco de las enseñanzas de Benedicto XVI, les recordaba a los miembros de las Cofradías y Hermandades aquellos aspectos a los que deberían prestar especial atención en los próximos años, que resumía en tres propuestas bien concretas: autenticidad evangélica, eclesialidad y ardor misionero. Para dar pasos en la consecución de estos objetivos, todos los miembros de las Cofradías y Hermandades deberían revisar su fe en Jesucristo, prestar especial atención a la formación cristiana y participar asiduamente en las celebraciones litúrgicas y en la oración de la Iglesia.

La piedad popular debe vivirse en la Iglesia, en comunión con sus pastores y no según los gustos de cada uno, pues la finalidad de las Cofradías es la evangelización y el testimonio de la caridad. Las procesiones bien vividas, la invitación a otros a participar en las peregrinaciones y el ofrecimiento del amor de Dios a los hermanos, especialmente a los más necesitados, son auténticos testimonios evangelizadores y verdaderas manifestaciones de la misericordia de Dios.

A los sacerdotes y a los miembros de las cofradías y hermandades parroquiales o diocesanas os agradezco el testimonio de amor a Jesucristo, a su Santísima Madre y a los santos. Pero, al mismo tiempo que os hago llegar mi gratitud por vuestro testimonio de fe, os invito a emprender un camino de verdadera renovación cristiana y eclesial, secundando las enseñanzas del Santo Padre.

IV. POSIBLES ACCIONES PASTORALES
PARA LOS PRÓXIMOS AÑOS

      Teniendo en cuenta la centralidad de la Palabra de Dios para el crecimiento espiritual y la necesidad de conocerla para comunicarla a los demás, el año pasado iniciamos en la diócesis la lectura creyente y orante de la Palabra de Dios en grupo. La valoración positiva de los sacerdotes, de los monitores de los grupos y de los participantes en la revisión que se hizo a final de curso, además de llevarnos a dar gracias a Dios, nos está diciendo que la experiencia iniciada debe tener continuidad en el presente curso. En un momento de profundo cambio, como el que la humanidad está viviendo, es necesario hacer más vigorosa y consciente la adhesión al Evangelio[35].

Las enseñanzas de la Palabra de Dios y el análisis de la realidad nos recuerdan que todos hemos de avanzar en nuestra conversión espiritual y pastoral para asumir con gozo y esperanza la nueva evangelización. Para ayudarnos en la reflexión y en la toma de decisiones pastorales durante los próximos años, he considerado oportuno crear la Delegación diocesana para la Nueva Evangelización.

Por mi parte, me atrevo a proponeros un conjunto de acciones pastorales, a las que tendríamos que prestar especial atención en el futuro para hacer posible la evangelización. Algunas de estas acciones ya se están realizando. Otras tienen como trasfondo los retos que nos plantea la realidad a evangelizar y las propuestas del Consejo diocesano de pastoral y del Consejo de presbiterio.

Después de la oportuna y necesaria reflexión sobre las mismas, tanto en las parroquias como en los arciprestazgos durante el próximo curso pastoral, podríamos llegar a la redacción de un plan pastoral diocesano que nos permita centrar la atención en lo fundamental.

María, la peregrina de la fe, nos precede y acompaña con su testimonio de fidelidad a la voluntad de Dios y con su poderosa intercesión ante su Hijo. Orando con Ella el “Magníficat” en este año en el que, si Dios quiere, celebraremos el cincuenta aniversario de las peregrinaciones al Santuario de Nuestra Señora de la Salud de Barbatona, descubrimos algunas claves para la programación de la pastoral.

1. Descubrir la vocación cristiana

“Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”
(Lc 1,46-47)

      María reconoce la santidad, la grandeza y el poder de Dios. Esta santidad se manifiesta en sus gestos de fidelidad, compasión y misericordia con el pueblo elegido como consecuencia de la Alianza. Partiendo de su experiencia personal, María canta a Dios como el verdadero protagonista de su historia y de la historia de la humanidad.

En la respuesta de María podemos descubrir el amor incondicional de Dios a sus criaturas. A pesar de nuestras incongruencias, contradicciones y pecados, Dios, que es amor, nos ama siempre y nos ama primero.

Por eso lo más importante en la vida cristiana es el reconocimiento de lo que Dios ha hecho y hace en nosotros. De este reconocimiento nace la alegría y el gozo del abandono confiado en las manos del Padre.

En estos momentos todos nos lamentamos de la sequía vocacional en la diócesis. Las causas de esta falta de vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa son muchas. Para avanzar en la búsqueda de soluciones tendríamos que:

1.1. Presentar toda la vida cristiana en clave vocacional, ofreciendo una iniciación cristiana y litúrgica a los monaguillos y presentando a padres y niños en la catequesis la necesidad de favorecer la vocación cristiana y la vocación sacerdotal y religiosa.

1.2. Mantener o iniciar en las parroquias grupos de adoración eucarística para provocar el encuentro con Cristo y para pedir al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (cfr. Mt 9,38).

1.3. Acompañar espiritualmente a los niños y jóvenes que muestren inquietud o interés por la vocación a la vida sacerdotal y religiosa.

1.4. Colaborar con las iniciativas y propuestas de las Delegaciones de Pastoral vocacional, juvenil y familiar, contando siempre con su disponibilidad.

1.5. Tener en cuenta las orientaciones de la Delegación diocesana de Pastoral familiar en la preparación de los jóvenes para el matrimonio y en el acompañamiento formativo y espiritual de la familia.

1.6. Pensar en alguna iniciativa pastoral para la atención espiritual de los padres de familia y de sus hijos desde el momento en que piden el Bautismo para ellos hasta que los llevan a la catequesis.

2. Responder a la llamada de Dios

“Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí”
(Lc 1,48)

      María, contemplando la acción de Dios, descubre su proyecto salvador para todas las generaciones y para todos los tiempos. Dios, que ha hecho obras grandes por medio de su persona, quiere hacer cosas grandes en la historia, dar un vuelco a la misma, valiéndose de pobres y débiles instrumentos como nosotros.

Por la fe sabemos que Dios quiere contar con nosotros, como lo hizo con María, para dar testimonio de la buena noticia hasta los confines de la tierra. Contemplando los comportamientos de la Santísima Virgen, aprendemos a escuchar, meditar y poner en práctica la Palabra de Dios “para que nazca y crezca Cristo en el corazón de los creyentes para engendrarlos a una vida nueva”[36]. Para ello:

2.1. Continuar apoyando los grupos de lectura creyente y orante de la Palabra de Dios, favoreciendo la creación de nuevos grupos y acompañando a los animadores de los mismos.

2.2. Revisar los procesos de iniciación cristiana para ver si ayudan a suscitar la fe o no. Esto nos permitirá descubrir qué aspectos tendremos que cuidar especialmente en el futuro para centrar la catequesis en la persona de Jesucristo y superar una catequesis meramente nocional.

2.3. Favorecer la participación de los bautizados en los movimientos apostólicos y en las nuevas realidades eclesiales, dando pasos para la integración de los mismos en la parroquia, como expresión de comunión eclesial.

2.4. Crear una comisión que elabore el Directorio diocesano para la Iniciación Cristiana con el fin de actuar con los mismos criterios pastorales en la celebración de los sacramentos.

2.5. Poner los medios para la participación activa de los padres en los procesos de iniciación cristina de sus hijos, ayudándoles a descubrir su responsabilidad, como primeros educadores, en la formación integral de los mismos.

2.6. Hacer una reflexión y dar los pasos oportunos para recuperar la necesaria conexión entre parroquia, familia y escuela a fin de dar pasos seguros en la evangelización de los niños y jóvenes a partir del reciente documento de la Conferencia Episcopal sobre el tema.

2.7. Cuidar en cada parroquia la acogida a los alejados, animándolos a integrarse en la vida de la comunidad cristiana y ofreciéndoles un acompañamiento personal.

3. Amar como Dios nos ama

“Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los
hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”
(Lc 1,51-53)

      María contempla al mundo y a cada ser humano con la mirada de Dios. Al proyectar esta mirada sobre el mundo, descubre la especial complacencia de Dios en los humildes, en los pobres de espíritu y en los que tienen conciencia de su insignificancia. Dios nunca es imparcial.

Pero, al mismo tiempo, descubre a las personas humilladas en su dignidad y a quienes experimentan marginación y son tratados injustamente. Junto a estos hermanos empobrecidos conviven los ambiciosos y poderosos, que son quienes provocan la pobreza y se aprovechan de los necesitados. En su momento, Dios saciará a los pobres y enviará a los poderosos con las manos vacías.

La contemplación de la injusticia, la mentira y la pobreza de tantas personas en nuestro mundo ha de llevarnos a proclamar el amor de Dios, a denunciar las injusticias sociales y a volcarnos con gestos de amor y solidaridad hacia las personas marginadas por cualquier razón para ayudarlas a recuperar la dignidad y para que, de este modo, puedan vislumbrar un horizonte de esperanza. Para ello:

3.1. Dar los pasos necesarios para que la organización de la actividad caritativa se haga realidad en cada parroquia o UdAP, creando grupos de Cáritas donde sea posible y concienciando a todos los miembros de la comunidad cristiana del deber de amar a los hermanos, especialmente a los más necesitados.

3.2. Prestar especial atención en los grupos de Caritas a las nuevas pobrezas: enfermedad, soledad, falta de sentido… para acompañar a cada persona en su pobreza y para ofrecerle el consuelo de Dios, el único que puede librarnos a todos de nuestras pobrezas.

3.3. Acompañar humana y espiritualmente a las personas ancianas de nuestros pueblos.

3.4. Cuidar la formación integral de todos los miembros de Caritas para que, además de ofrecer atención a los hermanos necesitados, actúen siempre desde el amor de Dios y con criterios profesionales.

3.5. Contar con la colaboración de la Vicaría de acción caritativa y social, secundando sus iniciativas y proyectos para la organización de la caridad.

4. Potenciar los espacios de comunión

“Y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación” (Lc 1,50)

      La lectura meditada del Magnificat nos ayuda a descubrir también que Dios cuida a todos y se preocupa por cada una de sus criaturas. Dios quiere que su amor llegue a todas las personas, redimidas por la sangre de su Hijo. A lo largo de su vida, María encarnó este amor a su Hijo y a las personas más necesitadas.

La Iglesia, en su actividad pastoral, ha de tener especialmente en cuenta la situación concreta tanto de cada miembro de la comunidad cristiana como de los que no participan en la vida de la misma. La nueva evangelización exige la corresponsabilidad consciente de todos los cristianos laicos en la misión de la Iglesia, tanto en las actividades parroquiales como en la vida pública, desde la comunión con sus pastores y con los miembros de la vida consagrada.

En esta misión comunitaria, el amor y la misericordia que el Señor derrama en nuestros corazones deben ser el punto de partida del anuncio de la Buena Noticia y de la colaboración fraterna entre todos los miembros del Pueblo de Dios. Para ello:

4.1. Potenciar la vida espiritual de toda la comunidad cristiana, prestando especial atención a las celebraciones litúrgicas y a la oración comunitaria. Hacer mejor lo que ya estamos haciendo.

4.2. Dar pasos decididos para favorecer la comunión y la corresponsabilidad pastoral en la diócesis, arciprestazgos y parroquias, confiando actividades pastorales y organizativas a los cristianos laicos y ayudándoles a descubrir su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo.

4.3. Instaurar los Consejos Pastorales parroquiales y arciprestales, así como los Consejos de economía en las parroquias y UdAP donde no están constituidos.

4.4. Avanzar hacia la creación de un espacio de escucha y acogida permanente en Guadalajara, abierto al sacramento del perdón.

4.5. Prestar especial atención a las manifestaciones de piedad popular, cuidando la acogida, preparando las celebraciones con esmero y llenándolas de contenido evangélico para que quienes participen en ellas crezcan en la fe y en la adhesión a Jesucristo.

4.6. Preparar alguna peregrinación arciprestal a algún santuario de la Virgen como medio para el conocimiento, el encuentro, la oración y la fiesta.

4.7. Realizar una peregrinación diocesana a un santuario mariano, que en su momento se concretará, para favorecer la comunión eclesial y el sentido de pertenencia a la diócesis.

CONCLUSIÓN

      La reflexión sobre la nueva evangelización debe ocupar el centro de nuestras preocupaciones pastorales durante los próximos años. Para ser fieles a Dios en este momento de la historia, hemos de permanecer atentos a la escucha de la Palabra y a los signos de los tiempos. De este modo podremos detectar las carencias materiales, humanas y espirituales del hombre de hoy para responder evangélicamente a las mismas.

Pero, ante todo, hemos de trabajar con alegría, paz y esperanza. La falta de alegría y esperanza es una de las principales dificultades para el impulso de la evangelización. A pesar de las dificultades de la vida, los cristianos no podemos estar tristes, pues creemos en la resurrección de Jesucristo y en nuestra propia resurrección. Sabemos que el Señor, no sólo nos acompaña y cuida de nosotros en cada instante de la vida, sino que nos concede los dones de la alegría y de la paz.

El anuncio gozoso de Jesucristo resucitado y la experiencia de su presencia en medio de nosotros tienen que llenarnos de alegría, esperanza y paz para afrontar los retos del presente y para proyectar el futuro. La comunicación de la alegre noticia de la salvación de Dios a los demás debemos hacerla, teniendo en cuenta que la Iglesia y el mundo necesitan evangelizadores alegres y esperanzados, que irradien el gozo de la fe y la alegría de anunciar el Reino de Dios a los demás. En esta gozosa misión nos acompañan cada día con su oración, sacrificio y alegría las monjas contemplativas.

María, Estrella de la Nueva Evangelización acompañó los primeros pasos de la Iglesia, proclamó con alegría la grandeza del Señor y esperó con profunda confianza el cumplimiento de sus promesas. Que Ella abra nuestros oídos a la Palabra, aliente nuestros pasos para salir al encuentro de los hermanos, siembre en nosotros la alegría del Resucitado y nos descubra el amor de Dios para poder amar a todos sin esperar nada a cambio.

Que el Señor nos bendiga y María, Madre nuestra, interceda por nosotros.

Guadalajara, 15 de agosto de 2013

+ Atilano Rodríguez
Obispo de Sigüenza-Guadalajara



[1] Cfr. Benedicto XVI, Porta Fidei, 7.

[2] Francisco, Lumen Fidei, 6.

[3] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 80.

[4] GS 4.

[5] Benedicto XVI, Carta Apostólica, en forma de Motu Proprio, “Ubicumque et semper” (21-IX-2010).

[6] Benedicto XVI, Porta Fidei, 2.

[7] Benedicto XVI, Homilía en la misa con los seminaristas con ocasión de la JMJ (20-VIII-2011).

[8] Benedicto XVI, Homilía en las primeras Vísperas de la Solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo, (28-VI-2010).

[9] Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 40.

[10] Lineamenta para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 22.

[11] Cfr. Benedicto XVI, Homilía en las primeras Vísperas de la Solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo (28-VI-2010).

[12] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 14.

[13] Juan Pablo II, Christifideles Laici, 34.

[14] Conferencia Episcopal Española, Cristianos laicos, Iglesia en el mundo, 148.

[15] Juan Pablo II, Christifideles Laici, 28 y 30.

[16] Benedicto XVI, Discurso a los nuevos evangelizadores (17-X-2011).

[17] Benedicto XVI, Homilía en la misa Crismal (13-IV-2006).

[18] Francisco, Discurso a los Obispos responsables del CELAM (28-VII-2013).

[19] Francisco, Carta a los Obispos de Argentina (16-IV-2013).

[20] XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos, Mensaje al Pueblo de Dios, 13.

[21] Benedicto XVI, Meditación en la primera Congregación General de la XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos (8-X-2012).

[22] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 22.

[23] Francisco, Discurso a los Obispos responsables del CELAM (28-VII-2013).

[24] Francisco, Lumen Fidei, 44.

[25] Benedicto XVI, Discurso a los nuevos evangelizadores (17-X-2011).

[26] SC 7.

[27] XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos, Proposición 11.

[28] Asamblea General del Sínodo de los Obispos, Mensaje al Pueblo de Dios, 5.

[29] LG 30.

[30] Francisco, Homilía en la catedral de Río de Janeiro (27 de julio de 2013).

[31] Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 43.

[32] Francisco, Discurso a los Obispos responsables del CELAM (28-VII-2013).

[33] Benedicto XVI, Deus caritas est, 25.

[34] Benedicto XVI, Deus caritas est, 29.

[35] Benedicto XVI, Porta Fidei, 8

[36] LG 65.

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.