“Los catequistas, testigos de la fe y de la esperanza”

Mons. Manuel UreñaMons. Manuel Ureña     Hace poco, concretamente el primer domingo de este mes, celebrábamos en nuestras diócesis “el día de la educación en la fe”. Esta jornada sirve siempre de lanzamiento y de animación de la actividad catequética a desarrollar en el nuevo curso, a la vez que indica los objetivos y las acciones comunes.

El curso comienza con la estela encendida de la gozosa celebración del Año de la fe. La puerta de la fe está siempre abierta (Hch 14, 27), y los primeros llamados a mantenerla abierta somos los creyentes. La nueva evangelización es, sobre todo, una acción espiritual, una renovación desde dentro, es la capacidad de hacer nuestros el coraje y la fuerza de los primeros cristianos. Nada es más creativo que la fe profundizada y vivida personalmente y en comunidad. El lema y el cartel de este año expresan la invitación a ser testigos de la esperanza, esa esperanza que nos anima y que es como el ancla del corazón, esa esperanza que es el mismo Jesucristo. En esta dinámica esperanzada, los catequistas iniciamos un nuevo año catequético.

El anuncio, la transmisión y la vivencia del Evangelio se realizan en el seno de una Iglesia particular (cf DGC 217). Por eso, el Envío de los catequistas es un acontecimiento muy especial. La Iglesia local, en este caso la Diócesis, elige, da la responsabilidad y envía a unos miembros suyos para que anuncien a los adultos, a los jóvenes y a los niños la Buena Nueva de Jesucristo. Ser catequista no es un simple gusto o empeño de la persona. Nace de una llamada del Señor y, por tanto, constituye una verdadera vocación. La respuesta desinteresada y gozosa de los catequistas es un motivo de acción de gracias para toda la comunidad diocesana. Como dice Francisco, “quien se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado su voz y ha recibido su luz, no puede retener este don para sí. La fe, puesto que es escucha y visión, se transmite también como palabra y luz… La palabra recibida se convierte en respuesta, en confesión, y, de este modo, resuena para los otros, invitándoles a creer” (Cart. encíclica Lumen fidei, 37).

Pues bien, el sábado que se acerca, día 19 de octubre, tendrá lugar, a las 19 horas, en la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores, de Zaragoza, el envío diocesano anual de catequistas.

¿Quién es un catequista? Un catequista – dice el papa Francisco – “es aquel que custodia y alimenta la memoria de Dios; la custodia en sí mismo y sabe despertarla en los demás”. ¿Qué contiene esta memoria? El contenido de la memoria de Dios no es sólo Dios en sí mismo, sino también y sobre todo el actuar de Dios en la historia, ese actuar en Cristo por medio del cual Él, Dios Nuestro Señor, obró en nosotros la salvación. El contenido de la memoria de Dios es, así, su Palabra, que inflama el corazón, y también sus obras de salvación, con las cuales Él nos da la vida, nos purifica, nos cura, nos alimenta. Pues bien, el catequista es precisamente un cristiano que pone esta memoria al servicio del anuncio. Y no para exhibirse, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor y de su fidelidad.

Así las cosas, el catequista es un cristiano que lleva consigo la memoria de Dios, que se deja guiar por la memoria de Dios en toda su vida y que la sabe despertar en el corazón de los otros.

A la vista de lo expuesto, sería bueno que nos preguntáramos con el papa Francisco: ¿Somos nosotros, como catequistas, memoria de Dios? ¿Somos verdaderamente como centinelas que despiertan en los demás la memoria de Dios, que inflama el corazón? Y la respuesta es clara. Los catequistas somos hombres de la memoria de Dios si tenemos una relación constante y vital con Él y con el prójimo; si somos hombres de fe, si nos fiamos verdaderamente de Dios y ponemos en Él nuestra seguridad; si somos hombres de caridad, de amor, y si vemos a todos como hermanos; si somos hombres de paciencia, de perseverancia, capaces de saber hacer frente a las dificultades, a las pruebas, a los fracasos, con serenidad y esperanza en el Señor; si somos hombres capaces de comprensión y de misericordia. Dicho en síntesis, seremos buenos catequistas cuando sepamos custodiar y alimentar la memoria de Dios en la propia vida y la sepamos despertar en el corazón de los demás.

Ahora bien, para practicar la memoria de Dios hace falta estar unido a Cristo, que es el núcleo mismo de la memoria de Dios, hace falta ser hechos partícipes de su santidad, hace falta, en suma, caminar desde Cristo.

¿Qué significa caminar desde Cristo?

Significa, en primer lugar, vivir de su vida, al modo como los sarmientos viven de la savia vid, y sólo
están lozanos cuando permanecen unidos a ésta. Y caminar desde Cristo significa, en segundo lugar, imitar al Señor en el hecho de salir uno de sí mismo y en ir al encuentro del otro. Y, finalmente, caminar desde Cristo significa no tener miedo de ir con Él a las periferias por muy difíciles de penetrar que éstas nos parezcan.

Por tanto, caminemos siempre desde Cristo y hagámoslo en y desde el seno de su esposa, la Iglesia. Permanezcamos con Cristo, tratando de ser cada vez más una sola cosa con Él. Sigámosle, imitémosle en su movimiento de amor, en su salir al encuentro del hombre; y vayamos, abramos las puertas, tengamos la audacia de trazar nuevos caminos para el anuncio del Evangelio.

+ Manuel Ureña

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.