La Jornada Mundial de las Misiones está ya a la puerta

Mons. Manuel UreñaMons. Manuel Ureña    El próximo domingo, 20 de octubre, XXIX del Tiempo ordinario, celebraremos en la Iglesia el DOMUND, el Domingo mundial de oración y de colecta por la propagación de la fe.

Como nos recuerda Mons. Anastasio Gil, Director nacional de OMP, la Jornada Mundial de las misiones fue, de entre las de este género, la primera que se celebró en la Iglesia Católica por voluntad expresa de la Santa Sede. El papa Pío XI la instituyó con el nombre de “Domingo Mundial de las Misiones”, el 14 de abril de 1926, a los pocos años de haber nombrado “Pontificias” tres iniciativas particulares que promovían la cooperación misionera. Desde 1943 es conocida como Domund en todos los ámbitos eclesiales de lengua española.

El Santo Padre el papa Francisco, en su Mensaje para la Jornada, nos presenta precisa y concisamente el fin perseguido por ésta con los siguientes términos: “[se trata de] animar y profundizar la conciencia misionera de cada bautizado y de cada comunidad, ya sea llamando a la necesidad de una formación misionera más profunda de todo el Pueblo de Dios, ya sea alimentando la sensibilidad de las comunidades cristianas a ofrecer su ayuda para favorecer la difusión del Evangelio en el mundo” (Mensaje, nº 5).

El Evangelio de Jesucristo, que es la Palabra de Dios hecha carne, esto es, la persona misma de Jesucristo, el logos preexistente y eterno venido a nosotros por medio de María, es intrínsecamente necesario para que el hombre pueda cumplir las exigencias de su vocación sobrenatural, a saber, conocer, amar y servir a Dios en esta vida y verle cara a cara y gozarle plenamente en la otra.

Pero, además, el Evangelio de Jesucristo debe ser anunciado en toda época porque es de hecho necesario para el recto desenvolvimiento del hombre en la tierra. Como dice Francisco en su Mensaje, en la hora actual, cuando “el horizonte del presente y del futuro parece estar cubierto por nubes amenazantes es aún más urgente llevar con valentía a todas las realidades el Evangelio de Cristo, que es anuncio de esperanza, reconciliación, comunión; anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación; anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir al camino del bien”.

Así, pues, es urgente creer en el Evangelio, adherirse a él, prestarle la obediencia de toda la persona y, amándolo en cuerpo y en alma, anunciarlo y comunicarlo a los hombres de nuestro tiempo. De ahí que la misión del cristiano sea, como muy bien dice el lema del Domund de este año, practicar “la fe + la caridad”. Ambas virtudes teologales, la fe y el amor, no sólo no se pueden separar, sino que están íntimamente unidas. No en vano decía Benedicto XVI que “la existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios”.

Y no hay mayor obra del amor nacido de la fe que la obra de la evangelización. Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, más caritativa hacia el prójimo que repartir a éste el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio. Dicho lacónicamente, la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana.

Ciertamente, a nadie se le oculta que la obra de la evangelización encuentra obstáculos tanto fuera como dentro de la misma Iglesia. A este respecto, debemos tener bien presente que llevar la verdad del Evangelio a los hombres no es violentar la libertad humana. Es cierto que, como decía Pablo VI en “Evangelii numtiandi”, sería un grave error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos. Pero esto no obsta para que debamos tener siempre el valor y la alegría de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo, de hacernos heraldos de su Evangelio. Y, en lo que se refiere a las dificultades que emergen de la misma Iglesia, señala el papa Francisco que, superando perspectivas demasiado pequeñas, debemos tomar la “missio ad gentes”, esto es, el mandato confiado por Cristo a los Apóstoles de anunciar el Evangelio a todos los pueblos, no como un aspecto secundario de la vida cristiana, sino como un aspecto esencial (Mensaje nº 2).

Esto supuesto, es tarea prioritaria de todas las Iglesias particulares considerar muy en serio que su propio compromiso apostólico no está completo si no contiene el propósito firme de dar testimonio de Cristo ante las naciones. De este modo, tan grande es la obligación de las iglesias de antigua cristiandad de seguir enviando misioneros a las iglesias nacientes como lo es la obligación de las iglesias jóvenes de subvenir a las necesidades de evangelización que sufren hoy las iglesias de antigua cristiandad (cf Mensaje nº 5).

Abrámonos, pues, a la Missio ad Gentes y ayudemos a ésta con recursos humanos y con recursos económicos. Mostremos nuestra generosidad con la oración por las misiones y con la aportación de nuestra limosna generosa a la colecta.

† Manuel Ureña Pastor,

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.