Cinco nuevos mártires de nuestra diócesis

Arzobispo Ricardo Blázquez Mons. Ricardo Bláquez     El día 13 de octubre en Tarragona, donde la tradición martirial se remonta al año 259, en que fueron martirizados el obispo Fructuoso y los diáconos Augurio y Eulogio, tendrá lugar la beatificación de 522 mártires que sellaron su fe con la sangre en los convulsos años treinta del siglo pasado, cuando se rompió gravemente nuestra convivencia como pueblo. Cinco religiosos de nuestra Diócesis forman parte de este grupo: Tres Hermanos de las Escuelas Cristianas (Evencio, nacido en Quintanilla de Abajo, Gregorio, nacido en Bolaños de Campos y Teodoro, nacido en la ciudad de Valladolid) y dos Misioneros Claretianos (Melecio y Otilio, nacidos en Bustillo de Chaves). Nuestra Diócesis se siente honrada con la vida, el martirio y la beatificación de estos amigos de Dios y hermanos nuestros que nos han precedido en la fe. Con estas líneas invito a todos a dar gracias a Dios y a pedirle que su fidelidad nos aliente en el seguimiento del Señor. Cuando está declinando el Año de la Fe esta beatificación multitudinaria es un precioso colofón. En la cercanía de la fiesta de la beatificación permitidme unas consideraciones sobre el sentido de la misma y del martirio.

a) Serán beatificados, es decir, declarados solemnemente por el Delegado del Papa y en su nombre, bienaventurados, dichosos, felices. La beatificación es como un eco de las palabras de Jesús en el Evangelio: “Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor” (cf. Mt. 25, 21.23; Lc. 12, 35-40). La alegría es signo de la presencia de Dios (cf. Lc. 2, 10) y de la renovación del corazón por el Espíritu Santo (cf. Lc. 11, 27-28; Act. 2, 46; Gál. 5, 22). Dios es fuente de paz y gozo. Porque Dios no es triste, se comprende aquella genial e ingeniosa expresión de Santa Teresa de Jesús: “Un santo triste es un triste santo”. Hoy, en medio de las perturbaciones del mundo, “Aún es posible la alegría” (J. Mª Cabodevilla). La beatificación es el broche de una vida iluminada por el conocimiento interno de Dios, por su amor y su servicio en la Iglesia y en los necesitados, ya que a esta forma de vivir está prometida la alegría evangélica. La Iglesia con la beatificación pone ante nuestra mirada el testimonio de los mártires que rubricaron con la entrega de la vida su adhesión al Señor. Si la tristeza y la muerte son salario del pecado, en la comunión con Dios y en la Santidad se genera la alegría, que es compatible con los trabajos y sufrimientos por le Reino de Dios. La beatificación significa que nuestro destino es el gozo eterno.

b) La fe sin obras es estéril (cf. Sant. 2, 20); la fe actúa por la caridad (Gál. 5, 7), ya que la fe abre al amor y el amor retroalimenta la fe; fe y caridad son inseparables, deben caminar unidas y se refuerzan mutuamente. Por esto, las obras del amor avalan la autenticidad de la fe. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn. 15, 13-14). El martirio es, consiguientemente, proclamación del Evangelio y testimonio de la fe. El martirio es una prueba fehaciente de que el amor de Dios puede llegar hasta el extremo (cf. Jn. 13, 1). Aunque humanamente sea incomprensible, los mártires apoyando su fragilidad en la fuerza de Dios, pudieron ir al martirio serenos, gozosos y hasta cantando, como podemos leer en las actas de su martirio. El martirio es una especie de test de calidad de la fe y el amor cristianos. Cuando la persona es incapaz de entregar la vida por nada y por nadie es indicio de que nada ni nadie llena su corazón. Lo que nos impulsa a vivir con plena dedicación nos capacita para vivir con entrega sacrificada.

c) Los mártires no eligieron por su cuenta el martirio ni fiándose de sus fuerzas se presentaron ante los perseguidores para morir. Murieron palpando por una parte su debilidad y por otra fortalecidos con el poder de Dios. Todo lo pudieron en aquel que les dio fuerzas (cf. 2 Cor. 12, 9-10). Puestos los mártires ante laalternativa, no provocada por ellos sino forzada irrevocablemente por otros y planteada en los términos siguientes: O reniegas de tu fe y salvarás la vida o si te empeñas en mantener la fe, la condición de cristiano, tu vocación y el seguimiento de Jesús te matamos; ellos prefirieron la muerte por Dios; le hicieron el obsequio de su vida, con la certeza de que Dios es fiel y mantiene su alianza. Es admirable la confianza en Dios, valentía y fidelidad de los mártires. Fortalecidos por la oración, los sacramentos y la animación mutua soportaron los tormentos en ocasiones terribles. Amaron a Dios sobre todas las cosas, también sobre su propia vida, que habían recibido de El y a la que nunca hubieran puesto término por desesperación.

d) Murieron sin rencor, perdonando a los que los mataban; no murieron con el corazón envenenado y clamando a Dios venganza. Aprendieron de Jesús el ejemplo: “Al ser insultado, no respondía con insultos, al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia” (1 Ped. 2, 23). En muchos casos los mártires pronunciaron el perdón cara a cara de sus perseguidores. Los mártires son un despertador de nuestras vidas adormecidas, un impulso para nuestra fidelidad diaria también en medio de las pruebas (cf. Heb. 12, 1-4). ¡Que los mártires, nuestros amigos, familiares y hermanos en la fe intercedan por nosotros, que caminamos entre las tribulaciones del mundo y los consuelos de Dios!

e) Los mártires no son beatificados contra nadie. La celebración del día 13 en Tarragona no tiene como finalidad reabrir heridas o mantenerlas abiertas. La Iglesia tiene el deber de hacer memoria de nuestro Señor Jesucristo (cf. 2 Tim. 2, 8 ss.) y de sus servidores más destacados, ya que glorificaron de manera eminente el poder de Dios en su debilidad, y son para nosotros estímulo, ejemplo e intercesores. La Iglesia al beatificar a los mártires del siglo XX en España quiere recibir el mensaje de su muerte: Perdonaos, trataos como hermanos, vivid en paz. ¡Que su martirio sea una lección también para nuestra generación!.

+ Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)