Nuestros Mártires en la Beatificación del “Año de la Fe”

Mons. Julian LópezMons. Julián López    Queridos diocesanos:

El próximo día 13 de octubre, domingo, tendrá lugar en Tarragona uno de los actos de mayor relieve del Año de la Fe que venimos celebrando desde el 11 de octubre de 2012 y que será clausurado en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Se trata, como sabéis, de una nueva gran beatificación de mártires, testigos de la fe en el siglo XX en España, prevista como una de las acciones más importantes de las programadas en el Plan pastoral 2011-2015 de la Conferencia Episcopal Española (n. 30).

El acontecimiento, no por repetido, deja de tener su importancia para toda la Iglesia que reconoce y proclama el supremo testimonio de amor hasta el derramamiento de la sangre por otro ingente grupo de mártires de Cristo cercanos todavía a nosotros en el tiempo. Para las diócesis españolas en las que nacieron a la vida cristiana y para los institutos religiosos en los que realizaron su vocación, esta beatificación es una nueva llamada de Dios para que admiremos la hondura y la belleza del seguimiento de Jesucristo y, en definitiva, de la fuerza de la fe que les ayudó a superar el temor a la muerte y mantenerse fieles hasta el final perdonando incluso a quienes les arrebataban injustamente la vida.

Para nuestra diócesis que va a sumar a su largo martirologio y santoral iniciado por San Marcelo en el siglo III a otros 18 beatos, celebrar este acontecimiento es un motivo de alegría y un deber de gratitud que nos invita a recoger esta herencia y honrar a los hijos más preclaros de la Iglesia legionese. Estos mártires, como los ya
beatificados en anteriores ocasiones, son hermanos nuestros muy queridos, nacidos en nuestros pueblos y bautizados en nuestras parroquias, de donde salieron siguiendo la llamada del Señor siendo todavía niños o adolescentes, criados y educados en la fe por familias cristianas y generalmente numerosas. Muchos de vosotros, además, estáis unidos a ellos por los vínculos de la carne o del paisanaje. Todos los diocesanos sin excepción, pastores y fieles, debemos sentirnos orgullosos del testimonio supremo que asocia a estos hermanos a nuestro Redentor Jesucristo, a la vez que nos invita a imitarles en la fidelidad a la fe recibida y a las exigencias de la vocación de cada uno. En el Año de la Fe que está concluyendo debemos recordar estas palabras del papa que lo convocó: “Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores. Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar” (Benedicto XVI, Carta apostólica Porta Fidei, n. 13).

1. QUIÉNES SON ESTOS MÁRTIRES Y DE DÓNDE PROCEDEN

En el libro del Apocalipsis se narra la visión de “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (Ap 7, 9). y uno pregunta: “¿quiénes son y de dónde han venido?” y responde: “Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero” (7, 13-14). La historia de la Iglesia en el siglo XX y particularmente en España y en otros países que han conocido persecuciones, genocidios y otras formas de exterminio por motivos religiosos la mayoría de las veces, ha estado teñida de sangre pero también de heroísmo y de fortaleza cristiana. Lo recordaba el beato Juan Pablo II en vísperas del Gran Jubileo de 2000 señalando a la vez una consecuencia práctica: “En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi «militi ignoti» de la gran causa de Dios. En la medida de lo posible no deben perderse en la Iglesia sus testimonios… Es preciso que las Iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio, recogiendo para ello la documentación necesaria” (Carta apostólica Tertio Millennio Adveniente, n. 37). Esta exigencia es la que ha llevado a las diócesis españolas y a los institutos de vida consagrada a promover las causas de declaración de martirio de sus hijos más distinguidos, que son precisamente los que dieron su vida como testimonio de fe y, en definitiva, de amor (cf. Mt 10, 39; Jn 12, 25; 15, 13).

El número total de mártires que serán beatificados en Tarragona por el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las causas de los santos, en nombre y representación del papa Francisco, asciende a 522, de los que 88 son diocesanos (3 obispos, 82 sacerdotes y 3 seminaristas), 15 sacerdotes operarios, 412
pertenecientes a distintos institutos de vida consagrada, y 7 fieles laicos. Las causas de declaración de martirio y beatificación de estos mártires se iniciaron hace mucho tiempo en una veintena de diócesis españolas, generalmente las relacionadas con el lugar del martirio. En nuestra diócesis, hasta ahora, tan sólo se ha incoado
una causa de este tipo y que afecta a siete miembros de nuestro presbiterio sacrificados entre 1936 y 1937. La documentación se encuentra ya en Roma a la espera de su estudio por la referida congregación. Sin embargo, como ya he señalado, en la próxima beatificación serán glorificados 18 mártires oriundos de la diócesis
de León según sus actuales límites. Como anexo a esta carta pastoral figura, por institutos de vida consagrada, la lista de todos ellos.

Son dieciocho nombres, dieciocho vidas preciosas a los ojos de Dios (cf. Sal 116 [Vg 115], 15), inmoladas como nuestro Señor Jesucristo, que se unen a los mártires del s. XX de nuestra diócesis ya glorificados: san Julián Alfredo y los seis beatos de las primeras beatificaciones de esta persecución religiosa, los treinta y cuatro beatificados en Roma el 28 de octubre de 20071y los diez oblatos de María Inmaculada de la beatificación del 17 de diciembre de 2011 en Madrid2. Suman todos sesenta y nueve hombres y mujeres mártires, en su mayoría pertenecientes a institutos de vida consagrada y buena parte de ellos también sacerdotes. Entre todos hay un seglar, el beato Antero Mateo, beatificado el 28 de octubre de 2007, y dos mujeres, la beata Concepción Rodríguez, religiosa beatificada el 11 de marzo de 2001, y Gaudencia Benavides Herrero, hija de la caridad, que lo será en la próxima beatificación.

Llama también la atención, en el conjunto del grupo de Tarragona, la presencia de ocho frailes capuchinos leoneses, encabezados por el célebre P. Andrés de Palazuelo (bautizado MiguelFrancisco), protomártir de su comunidad y provincia religiosa. él encabeza precisamente la lista de 31 compañeros mártires, 22 de
ellos pertenecientes a la provincia de Castilla3. También es preciso destacar que en la misma lista hay dos religiosos del mismo pueblo:
Villalquite. y un religioso trinitario, de Laguna de negrillos, que se une a otro, ya beatificado, del mismo pueblo, Melchor Rodríguez.

Sin duda, en cada lugar se conocerá la biografía y la ascendencia familiar y social de cada mártir. Con motivo de la beatificación se han editado numerosas publicaciones y catálogos de los nuevos beatos4. Confío también en que los institutos religiosos, las familias, las parroquias y aun los propios pueblos se ocuparán así mismo de
dar a conocer las referencias principales de los nuevos beatos.

2. ALCANCE HISTÓRICO DE ESTA BEATIFICACIÓN EN TARRAGONA

Hasta ahora se han celebrado 14 ceremonias de beatificación con 1001 beatos vinculados a las diócesis españolas, de los cuales once están ya canonizados, entre ellos nuestro san Julián Alfredo, ya mencionado5
. La primera de estas beatificaciones tuvo lugar en Roma el 29 de marzo de 1987, la última hasta ahora, en Madrid el 17 de diciembre de 2011, en la que fueron beatificados los 10 oblatos de María Inmaculada leoneses. En España se había realizado ya otra beatificación, en Mataró (Barcelona) en enero de 2010, y la canonización de algunos santos, entre ellos el mártir san Pedro Poveda, el 4 de mayo de 2003, con ocasión de la V visita apostólica del beato Juan Pablo II. Las restantes beatificaciones y la canonización de los mártires de Turón (1934) se habían celebrado en Roma. ¿Por qué ha sido elegida Tarragona como sede de la próxima beatificación? Merece la pena conocer los motivos. La decisión fue tomada por la asamblea plenaria de la Conferencia episcopal española acogiendo la petición del arzobispo de aquella diócesis.

En efecto, el primer motivo obedece a que Tarragona es la promotora de la causa más numerosa de las 33 que han llegado a feliz término para la próxima beatificación y, además, la más antigua de las que se iniciaron en España tras la guerra de 1936-39. Comprende 147 mártires en total, encabezados por el obispo auxiliar de aquella sede, Mons. Manuel Borrás, y 66 sacerdotes diocesanos más, además de monjes de Montserrat y religiosos, religiosas y laicos de toda España martirizados en aquella zona.

Por otra parte, la Iglesia tarraconense, vinculada a la posible presencia de San Pablo en España (cf. Rm 15, 24), cuenta con los protomártires hispanos el obispo san Fructuoso y sus diáconos san Augurio y san Eulogio, que dieron testimonio de su fe el año 259 bajo los emperadores Valeriano y Galieno en el anfiteatro

romano que en buena parte todavía puede visitarse. Este martirio fue muy celebrado en la antigüedad por las demás Iglesias locales, especialmente por san Agustín en el norte de áfrica6. Resulta muy sugestivo unir la celebración de los mártires del siglo XX con estos testigos de la fe del siglo III.

El amor aquilatado por el sacrificio de la propia vida supera los límites humanos, las diferencias culturales, lingüísticas, políticas, etc., por legítimas que estas sean. La persecución religiosa de los años 30 en España se inscribe entre las que sufrieron los cristianos de todas las confesiones en Europa durante el siglo XX, y
habría que recordar también a otros credos religiosos. Las beatificaciones de los mártires no obedecen en absoluto a ninguna memoria histórica ni forman parte de reivindicación alguna. Tan sólo se quiere destacar el testimonio de la fe, la paciencia al soportar tanto vejaciones como insinuaciones a renegar de su condición cristiana, el heroísmo hasta el final, y el perdón generoso a quienes les arrebataban la vida. La reciente película “Un Dios prohibido” que narra el martirio de un grupo de 51 religiosos y seminaristas claretianos de Barbastro durante el mes de agosto de 1936, muy fielmente y con gran verismo en los gestos y en las palabras, ayuda a comprender cómo sucedieron las cosas entre la irracionalidad y el fanatismo de unos desalmados y la firmeza
en la vocación y la bondad de las víctimas. En las beatificaciones tampoco se acusa a nadie ni se buscan culpables. Tan sólo se quiere destacar la fidelidad de los discípulos de Cristo hasta la muerte y proponerlos como modelos de la fe e intercesores nuestros delante de Dios, como sugiere también el Apocalipsis: “Y subió el
humo de los perfumes con las oraciones de los santos de mano del ángel a la presencia de Dios” (Ap 8, 4; cf. 3).

3. LOS MÁRTIRES, MODELOS FIRMES Y VALIENTES EN EL TESTIMONIO DE LA FE.

Al comienzo de este escrito he citado una frase de la Carta apostólica Porta Fidei de Benedicto XVI, que ponía de relieve no solamente el supremo testimonio de fe y de amor de los mártires sino también la coherencia del martirio respecto a una vida marcada por la vivencia de los consejos evangélicos. Algunos de nuestros mártires eran muy jóvenes todavía. Cuatro de ellos tenían entre 20 y 28 años (el H. Jorge, el H. León, el H. Luis, maristas los tres, y el H. Publio, hospitalario), y otros tres apenas habían cumplido los 30 (el H. ángel, marista, y los capuchinos Eustaquio y Miguel). A cada uno de ellos se les pueden aplicar las palabras del Libro de la Sabiduría: “Maduró en poco tiempo, cumplió muchos años” (Sab 4, 13). La de más edad de nuestro grupo es Sor Gertrudis, pastorina, que tenía 66 años. Pero en todos los casos el martirio vino a consumar unas vidas consagradas enteramente a Dios en el cumplimiento de los consejos evangélicos, en el servicio de los pobres y de los enfermos, en la educación de los niños y de los jóvenes, en las misiones populares y en la pastoral ordinaria del confesonario, la eucaristía, los actos de piedad, etc.

Los testimonios que se conocen de los últimos días de la vida de estos testigos de la fe y del amor a sus enemigos son conmovedores: oración continua, confesiones y absolución de los pecados, comunión sacramental a escondidas en algunos casos, rezo del rosario, ejercicios de piedad… Como se afirma en el Mensaje
de la Conferencia Episcopal con motivo de esta beatificación (19 de abril de 2013): Los mártires “mostraron, de un modo muy notable, aquella firmeza en la fe que San Pablo se alegraba tanto de ver en los cristianos de Colosas (cf. Col 2, 5). Los mártires no se dejaron engañar ‘con teorías y con vanas seducciones de tradición
humana, fundadas en los elementos del mundo y no en Cristo’ (Col 2, 8). Por el contrario, fueron cristianos de fe madura, sólida, firme. Rechazaron, en muchos casos, los halagos o las propuestas que se les hacían para arrancarles un signo de apostasía o simplemente de minusvaloración de su identidad cristiana” (n. 9). y, si en alguno de ellos no se había alcanzado un mayor grado de perfección o se manifestó en algún momento la debilidad humana, el martirio cubrió con creces cualquier imperfección, pues no en vano no existe mayor prueba de amor que dar la vida por aquel a quien se ama (cf. Jn 15, 13), en este caso Jesucristo, que les saldría al encuentro en cumplimiento de su propia promesa:

“A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 31-32).

Evidentemente el martirio requiere una gran fortaleza, sin duda obra también de la gracia de Dios que hace triunfar la debilidad de los que son perseguidos por causa de la justicia, es decir, de la obediencia a Dios, y a los que el Señor llamó “bienaventurados… porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 10; cf. v. 11-12). Esa
fortaleza está al alcance de todos los bautizados, de todos nosotros, en la medida en que, sin fiarnos en nuestras propias fuerzas, invocamos la ayuda divina y nos proponemos seguir la senda del evangelio y de los mandamientos de Dios con valentía y paciencia.

Estas dos virtudes las proponía el papa Francisco a los cristianos de hoy el pasado 18 de mayo en el encuentro de los movimientos eclesiales en Roma con motivo del Año de la Fe. Decía el papa: “Para anunciar el evangelio son necesarias dos virtudes: la valentía y la paciencia. Ellos [los cristianos que sufren] están en la Iglesia de la
paciencia. Ellos sufren y hay más mártires hoy que en los primeros siglos de la Iglesia; ¡más mártires! hermanos y hermanas nuestros.

¡Sufren! Llevan la fe hasta el martirio… Nosotros estamos en camino hacia el martirio, los pequeños martirios: renunciar a esto, hacer esto… pero estamos en camino… Un cristiano debe tener siempre esta actitud de mansedumbre, de humildad, precisamente la actitud que tienen ellos, confiando en Jesús, encomendándose a Jesús”.

4. ALGUNAS SUGERENCIAS PASTORALES

Como en las beatificaciones anteriores deseo invitar a todos los fieles de la diócesis, especialmente a los feligreses de las parroquias de origen de los próximos beatos, a prepararse espiritualmente para el acontecimiento. Es la mejor garantía para celebrarlo como corresponde a los que nos consideramos depositarios de la memoria y del testimonio de unos mártires que son nuestros porque salieron de esta Iglesia diocesana.

Esta preparación no debe quedar reducida solamente a recibir el anuncio de la beatificación y al propósito de participar en la misa de acción de gracias en la diócesis o en la parroquia. La grandeza del testimonio de los mártires merece que los conozcamos, que se recaben noticias y recuerdos de ellos pero, sobre todo, que se acuda a su intercesión y se fomente el deseo de imitar su valentía y paciencia en las dificultades de la vida como sugería el papa Francisco en el texto que he citado antes, para poder participar un día en el destino glorioso de los mejores discípulos de Cristo. Sería conveniente, así mismo, que se organizase una peregrinación a Tarragona para que los familiares y convecinos de los mártires que lo deseen, puedan participar en la beatificación. Recuerdo nuevamente que esta se inscribe entre los actos del Año de la Fe para toda la Iglesia en España.

Invito a todos los sacerdotes a que anuncien este acontecimiento al pueblo en las misas del domingo anterior a la beatificación, explicando brevemente su significado y el alcance para nuestra diócesis, e invitando a seguir la ceremonia del 13 de octubre a través de los medios de comunicación. Posteriormente se anunciará una santa misa de acción de gracias que presidiré en la catedral para toda la comunidad diocesana y en la que podrán concelebrar los presbíteros que lo deseen. A los párrocos o encargados de las parroquias en las que fueron bautizados los nuevos beatos les pido, además, que organicen una vigilia de oración u hora santa en la tarde-noche del día 12 de octubre en dichas parroquias y, según la oportunidad,
que convoquen también en ellas a los feligreses para una celebración eucarística de acción de gracias posteriormente, fuera de los domingos o solemnidades y fiestas del calendario general. Espero también que los institutos de vida consagrada a los que pertenecen los mártires, organicen los actos que estimen convenientes, participando así mismo en la celebración diocesana.

A los mismos párrocos o encargados de parroquias les pido que escriban una nota marginal en la partida de bautismo de cada nuevo beato al modo como se hace con la recepción de algunos sacramentos, indicando: “Fue beatificado en Tarragona como mártir el día 13 de octubre de 2013, Año de la Fe”. Así mismo recomiendo que, junto a la pila bautismal, se coloque una sencilla placa en la que se diga: “Aquí fue bautizado el beato N.N. mártir de Cristo en (lugar y fecha del martirio). Fue beatificado en Tarragona, el día 13 de octubre de 2013, Año de la Fe”. La placa se puede descubrir el día de la beatificación o el día de la misa de acción de gracias. nada impide que en la respectiva iglesia parroquial, de acuerdo con las posibilidades, se coloque en lugar destacado y respetando la estética y características del espacio elegido, una escultura, pintura o fotografía del nuevo beato para que reciba culto según las normas litúrgicas.

En cuanto a la celebración de la memoria de los beatos, téngase presente, en primer lugar, que en la imposibilidad de incluir a cada uno de ellos en el calendario litúrgico diocesano en su dies natalis –la fecha o aniversario del martirio–, salvo san Julián Alfredo, ya canonizado, y los primeros beatos que fueron incluidos ya7, tenemos establecida su celebración conjunta como memoria obligatoria el día 6 de noviembre de cada año, bajo este título:

Beato Antero Mateo y mártires del siglo XX en España. Ahora bien, cada uno de los nuevos beatos podrá ser celebrado en la respectiva parroquia de origen y en otros lugares relacionados con ellos, como memoria libre el día mismo del aniversario de la muerte, salvo que la fecha esté impedida por ser domingo, solemnidad, fiesta o memoria obligatoria del calendario litúrgico general, pudiendo ser trasladada al primer día libre.

Quiera el Señor, por intercesión de los nuevos beatos, concedernos la gracia de que en nuestra diócesis se despierte en los niños, adolescentes y jóvenes el deseo de imitarles en el seguimiento de Jesucristo a través del ministerio sacerdotal o la vida consagrada. y que la celebración de su memoria sea motivo de renovación de la vida cristiana en todos los diocesanos.

León, 30 de agosto de 2013
Memoria del Beato Constantino Fernández
Presbítero y mártir

+ Julián López,

Oobispo de León

Mons. Julián López
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Mons. D. Julián López Martín nace en Toro (Zamora) el 21 de abril de l945. Estudió en el Seminario Diocesano de Zamora y en el P. Instituto de San Anselmo de Roma, donde obtuvo el doctorado en Teología Litúrgica en 1975, como alumno del P. Colegio Español y del Centro Español de Estudios Eclesiásticos anexo a la Iglesia Nacional Española de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Zamora el 30 de junio de 1.968. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor de Villarín de Campos y cura ecónomo de Otero de Sariegos (1968-1970), coadjutor de la parroquia de Cristo Rey en Zamora (1973-1989) y, desde 1978, canónigo Prefecto de Sagrada Liturgia de la Catedral de Zamora y delegado diocesano de Pastoral Litúrgica, miembro del Consejo Presbiteral y del Colegio de Consultores desde 1984. Ha sido también consiliario diocesano del Movimiento Familiar Cristiano (1976-1986) y consiliario de la Zona Noroeste de este Movimiento (1980-1983). Profesor de Religión en el Instituto "Claudio Moyano" (1975-1976) y en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado en Zamora (1981-1983). Ha sido director del Centro Teológico Diocesano "San Ildefonso" y de la Cátedra "Juan Pablo II" (1984-1992); delegado diocesano para el IV Centenario de la Muerte de Santa Teresa de Jesús (1980-1982); Año de la Redención (1983-1984); Año Mariano Universal (1987-1988); V Centenario (1992) y Congreso Eucarístico de Sevilla (1993). Profesor de Liturgia y Sacramentos de la Universidad Pontificia de Salamanca (1975-1981 y 1988-1994), ha sido también Presidente de la Asociación Española de Profesores de Liturgia (1992-1995), habiendo impartido clases en las Facultades de Teología de Burgos (1977-1988) y de Barcelona (1984-1989). El 15 de julio de 1994 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo por el Papa Juan Pablo II, tomando posesión el 25 de agosto del mismo año. Cargo que desempeñó hasta su nombramiento como Obispo de León el día 19 de marzo de 2002, tomando posesión el 28 de abril. El 6 de julio de 2010 Benedicto XVI le nombró miembro de la congregación para el Culto Divino de la Santa Sede. En la CEE ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 1996 a 1999. De 1993 a 2002 formó parte de la Comisión de Liturgia y desde 2002 a 2011 fue Presidente de dicha Comisión. Desde 2011 es miembro de ella