La alegría de la Fe – LA IGLESIA (I)

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez      Las etapas del Año de la Fe nos van llevando a su final, pero aún quedan algunas y muy importantes en este recorrido al que Benedicto XVI invitó a todos los hijos de la Iglesia en octubre de 2012, hasta que otro Papa, Francisco, clausure este tiempo de gracia y renovación el 24 de noviembre de 2013, fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Nos queda espacio, pues, para seguir ahondando en esa fe que el Señor nos ha concedido; nos queda también momentos para experimentar la alegría que proporciona a nuestras personas creer en la Trinidad Santa, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

No sería posible esta alegría, si no existiera la Iglesia, que Jesús la constituye sobre el fundamento de los Apóstoles como comunidad de fe, esperanza y caridad, porque a través de ellos nos remontamos a Jesús mismo. La Iglesia no la construyen los hombres, pero es un hecho incuestionable que ella comenzó a constituirse cuando algunos pescadores de Galilea encontraron a Jesús y se dejaron conquistar por su mirada, su voz y su invitación cordial y fuerte: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mc 1,17; Mt 4,19). ¿Se refleja hoy el rostro de Cristo en la Iglesia actual, de manera que se sea visto como luz a mostrar a nuestros contemporáneos, a pesar de los límites y las sombras de la humanidad frágil y pecadoras de nosotros, sus miembros?

Sin duda que después de María, reflejo puro de la luz de Cristo, son los Apóstoles, con su palabra y su testimonio, quienes nos transmiten la verdad de Cristo. Ahora bien, la misión de la Virgen y los Doce no está aislada, sino que no se puede separar de los demás miembros de la Iglesia. Es un misterio de comunión, que implica a todo el Pueblo de Dios. Misterio, no en el sentido de cosa misteriosa, oculta, superior a nosotros, que también, sino en el sentido de riqueza de contenido de una realidad que nos desborda. Y ese misterio se ha ido realizando por etapas, desde la antigua a la nueva Alianza, que es una en realidad. Por eso se tergiversa del todo el mensaje de Jesús si se lo separa del contexto de la fe y la esperanza del pueblo elegido. Desde el primer momento de su actividad salvífica, Jesús de Nazaret tiende a congregar al pueblo de Dios, pues aunque su predicación es siempre una exhortación a la conversión personal, en realidad Él tiende continuamente a la constitución del Pueblo de Dios, que ha venido a reunir, purificar y salvar.

No es posible interpretar el anuncio que Cristo hace del Reino de Dios en sentido puramente individualista, como ha hecho la teología liberal, por ejemplo, en A. von Harnach: “El reino de Dios viene, porque viene a cada uno de los hombres, tiene acceso a su alma, y ellos lo acogen. Ciertamente, el reino de Dios es el señorío de Dios, pero el señorío del Dios santo en cada corazón” (La esencia del cristianismo, 1900). Aludo a este autor, un tanto lejano de nosotros en el tiempo, porque en realidad este individualismo de la llamada teología liberal es una acentuación típicamente moderna. Pero desde la perspectiva de la tradición bíblica y en el horizonte del judaísmo, que es en el que se sitúa de Jesús aún en su novedad, resulta evidente que la misión del Hijo encarnado tiene una finalidad comunitaria: unir a la humanidad dispersa, congregar y reunir al pueblo de Dios.

La señal clara de la intención de Jesús de reunir a la comunidad de la Alianza, para cumplir las promesas hechas a los Padres es la institución de los Doce: Subió al monte y llamó a los que quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a pr3edicar con poder de expulsar los demonios” (Mc 3,13-16 y paralelos).

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.