Creo en el Espíritu Santo (III)

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez    El día de Pentecostés aquellos rudos pescadores de Galilea quitaron el miedo, abrieron las puertas, se llenaron de ardor apostólico y se lanzaron a predicar el Evangelio por todo el mundo. Pedro, el de la espada desenvainada en Getsemaní, el de las negaciones en el pretorio de Pilatos, el de la triple afirmación de fidelidad y amor, es ahora, por fin, propiedad absoluta del Espíritu. Su conversión es radical. Ya no le queda nada para sí mismo. Es todo para el Evangelio. Sus palabras, dictadas por el Espíritu, llegaron al fondo del corazón de los oyentes. Y lo mismo sucedió con sus compañeros.

El Espíritu es el que mantiene a los discípulos fieles, unidos en la verdad y valientes. Cuando sientan el odio del mundo. Él será el defensor y maestro de la verdad. “Haz que ellos sean completamente tuyos por medio de la verdad, tu Palabra es la verdad” (Jn 17,17). Hace lo contrario que el diablo, que se define como padre de la mentira y de la discordia, el que provoca la confusión como en Babel (cf. Jn 8, 42). El primer efecto del Espíritu en Pentecostés fue unir en la misma comprensión a personas de lenguas distintas. Éste es el Espíritu que impulsa a Pedro a decir a su auditorio la verdad sobre la muerte y resurrección de Jesús. Es el Espíritu que hizo que aquel día acogieran la verdad y se bautizaran unos tres mil. Es el mismo Espíritu que guía a la Iglesia hasta la verdad plena.

En los sacramentos se manifiesta la actuación del Espíritu Santo. Él hace que sean signos sensibles y eficaces de la gracia. Ninguno se realiza sin invocarle. En el bautismo diremos: “Envía tu Espíritu sobre el agua de esta fuente para que tenga el poder de santificar…” Y en la Eucaristía pediremos: “envía tu espíritu sobre este pan y este vino para que sean el cuerpo y la sangre del Señor”. Especialmente en el sacramento de la confirmación, el sacramento en el que más claramente el Espíritu es el protagonista, su sacramento por antonomasia, pediremos al imponerse las manos: “Envía sobre ellos el Espíritu Santo Paráclito” y a continuación los siete dones: “llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y fortaleza, de espíritu de ciencia y piedad, y cólmalos del espíritu de tu santo temor.”

En el momento de ungir con el santo crisma la frente del confirmando se afirma: “Recibe, por esta señal, el don del Espíritu Santo”. El Concilio Vaticano II define los efectos que produce esta unción: “Por el Sacramento de la Confirmación (los fieles) se vinculan con más perfección a la Iglesia, se enriquecen con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe, con sus palabras y sus obras como verdaderos testigos de Cristo” (LG 11). La unción con el santo crisma recuerda que es un sello, una marca en el alma, por el cual somos consagrados como pertenencia de Dios. En los sacramentos conocemos y vivimos unidos al Espíritu Santo.

La Iglesia reconoce agradecida y llena de gozo al Paráclito, abogado, consolador, el espíritu de la verdad, de la promesa, de la adopción, de la gloria; el Espíritu de Cristo, del Señor, de Dios. Le dedica sus mejores alabanzas llamándole: “alma de la Iglesia naciente, que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos, que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas” (Prefacio de la solemnidad de Pentecostés). Le dedica expresiones poéticas para afirmar la variedad de sus funciones: luz, padre, don, fuente, dulce huésped del alma, descanso, tregua, gozo. Él riega, sana, lava, da calor, doma y guía las almas… La Iglesia, antes de las grandes celebraciones, deliberaciones y decisiones, lo invoca con insistencia y confianza sabiendo que actuará eficazmente.

La antífona más repetida es: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. El himno del Veni Creator es la oración más solemne, cantado siempre con gran unción y fe, ante las grandes responsabilidades. Así hemos podido experimentar en los últimos tiempos su acción en el Concilio Vaticano II y en la elección de los papas. Él dirige a la Iglesia y la edifica en cada momento de la historia con los carismas que va haciendo surgir y con los ministerios de los fieles obedientes a sus inspiraciones. Los mejores signos son la caridad, la vida apostólica y misionera. Él actúa en los fieles cristianos manifestando su santidad.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).