Las cosas, claras

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora   Ya se han pasado las fiestas del verano. Y puede ser muy saludable hacer balance sereno de nuestras manifestaciones populares religiosas. Suele ocurrir que algunos, con muy buena voluntad o llevados por una devoción de la que nadie parece tener derecho a decir nada porque, simplemente, es la suya… ah, y con el latiguillo de que «esto es tradición del pueblo» y que «siempre se ha hecho así», quieren imponer su voluntad y su manera de expresar sus sentimientos supuestamente religiosos en nuestros templos y en nuestras procesiones.

Estamos asistiendo a tensiones, más frecuentes de lo deseable. Sacerdotes y directivos de las Hermandades tienen que enfrentarse con este tipo de personas y de actuaciones. Es verdad que no siempre se acierta con la solución y con los modos más correctos, sobre todo en el crítico momento en que se desarrollan las manifestaciones. Y más todavía, cuando los que reclaman determinadas presencias y protagonismos son personas ajenas a la vida de nuestras Asociaciones (sólo aparecen de año en año), o lo hacen con argumentos carentes de exactitud (se atribuyen supuestas representaciones de la ciudadanía), o se mueven en niveles mínimos de vivencia y celebración de su fe. Incluso se está haciendo comportamiento habitual el airear en los medios de comunicación las dificultades que surgen en la vida de nuestras Asociaciones.

Todo tiene, de alguna manera, su explicación: la situación de la sociedad española es, por un parte, de libertad religiosa personal e institucional, y, por otra, venimos de una historia que ha sido confesional y que todavía mantiene una especie de un todo revuelto de religiosidad mezclada con formas paganas que hace que, en las fiestas populares y llegada la fecha del Santo o de la Patrona, no se distinga suficientemente entre criterios y valores de un signo y de otro. Todavía se dan casos de querer proclamar alcaldesa o regidora perpetua a la Virgen. Los hay que siguen porfiando por que su Hermandad tenga el título de «Real o Pontificia». No faltan aquellos que designan como Hermanos de Honor a personas relevantes políticamente o a instituciones sin ninguna significación ni comportamiento religiosos. Esto, casado en la práctica, con la celebración de actos culturales o deportivos a la misma hora de la Misa, o con la invitación a «presidir» la procesión a la autoridad civil, o mil ocurrencias de este tipo.

¿Qué hacer ante esta situación? La más mínima prudencia pastoral requiere que, en el interior de los templos y en las procesiones, los que tenemos la responsabilidad de los actos de nuestras Hermandades (Juntas Directivas, Consiliarios), mantengamos con firmeza las decisiones tomadas en el seno de las mismas. Los dirigentes de las hermandades no pueden obviar el parecer del sacerdote en estos asuntos. Esto requiere no dejar nada a la improvisación y preparar muy meticulosamente (como por lo general se viene haciendo) el desarrollo de las distintas celebraciones. Supone, igualmente, asegurar las relaciones correctas con las autoridades civiles, manteniendo la necesaria separación en el ámbito de las competencias de cada parte. Y, supone, ante todo, que los Presidentes de nuestras Asociaciones de Fieles y sus Juntas Directivas se distingan por su hondo sentido religioso, por el cuidado de su fe y de su vida espiritual, por su inserción cordial en la vida de la Iglesia a través de sus parroquias, y por su comportamiento ejemplar civil y socialmente.

Os pido a todos los que valoráis este mundo de la religiosidad popular que os suméis con interés a este trabajo serio de purificación que este mundo requiere. Sólo así podremos poner en juego tantos y tantos aspectos positivos como encierra.
Pido la ayuda del Cielo para saber acertar y acoger con caridad cristiana las mil historias que puedan ocurrir sin renunciar a la Verdad, Bondad y Belleza de Dios, como tratamos de expresar en nuestra Iglesia Diocesana. Ahí están las Orientaciones pastorales vigentes.

Vuestro obispo,

† Antonio.

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.