Creo en el Espíritu Santo (I)

Mons. PérezMons. Francisco Pérez     Se sigue diciendo que el Espíritu Santo es el gran desconocido. Esta convicción viene repitiéndose desde que San Pablo llegó a Éfeso y preguntó a unos pocos discípulos que encontró allí: “¿Habéis recibido el Espíritu Santo al abrazar la fe? Ellos le contestaron: Ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo” (Hch 19, 2). Sin duda puede afirmarse lo mismo en nuestro tiempo. Así lo reiteraba el papa Francisco admitiendo que “la falta de conciencia que manifiestan los cristianos hace dos mil años no es solo algo de los primeros tiempos, sino que el Espíritu Santo es siempre como el desconocido de nuestra fe. Hoy en día, muchos cristianos no saben quién es el Espíritu Santo, qué es el Espíritu Santo…se le deja siempre al final de todo y no encuentra un buen lugar en nuestra vida” (13.05.13).

Sin embargo es el gran actor de la creación, la redención y la santificación de las almas. Él está siempre activo con una acción silenciosa, invisible y eficaz. Está siempre presente como el aire para respirar o el sol para que haya luz y calor o el agua para que haya vida. No solemos tener conciencia constante de la necesidad vital del aire, la luz y el agua. Lo damos por hecho que están y sólo cuando faltan nos preocupamos. Así pasa con el Espíritu Santo. Por lo tanto se trata de traerlo más constantemente a la conciencia en la oración, en la invocación y en la adoración. Así sucederá, si conocemos mejor quién es, cómo se revela en la historia, cómo actúa en la Iglesia y en cada uno de nosotros. Conocer al Espíritu Santo es entrar en lo más profundo del ser de Dios.

Da la impresión de que llegamos al artículo de fe que puede parecer más etéreo, misterioso y abstracto. Es porque tenemos un concepto equivocado sobre el Espíritu Santo. Pero resulta que es en realidad el más consistente, perceptible y concreto. Todo se produce y revela en la vida cristiana solamente gracias a la presencia oculta y discreta, pero determinante, del Espíritu Santo. El misterio de Dios Padre se revela en Jesucristo y se hace experiencia de fe y vida para los creyentes por la acción del Espíritu Santo. Dios, que es intangible, incognoscible e imposible de definir con palabras se manifiesta y se acerca hasta ser “Dios con nosotros” por medio del Espíritu Santo. Pero más que explicarlo vamos a declinar multitud de verbos que indican acción y son propios del Espíritu Santo. Él crea, sostiene, conserva, santifica, da vida, justifica, purifica, llama, atrae, salva, escudriña, fortalece, en definitiva es la fuente del amor. El capítulo de símbolos, nombres y adjetivos que recibe, es interminable. Esta riqueza de expresiones indica qué profusión de acciones ejerce y cuánto nos falta aún por conocer y definir sobre Él.

Dice San Pablo que lo que el hombre no puede ver, oír, ni pensar sobre Dios lo consigue con la ayuda del Espíritu que nos da “una sabiduría divina, miseriosa, escondida, predestinada por Dios… que nos la ha revelado por el Espíritu, que todo lo penetra y escudriña hasta las profundidades de Dios. Pues, ¿qué hombre conoce lo que en el hombre hay, sino el espíritu del hombre, que está en él? Así también las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios” (1 Cor 2,9-11). Entrar en el misterio de Dios es entrar en el misterio de cada uno, de las comunidades y de la Iglesia.

El Espíritu Santo actúa con tanta discreción, delicadeza, respeto y misterio y es tan polifacético, que por mucho que intentemos definirlo siempre será el gran desconocido.

 

QUIÉN ES EL ESPIRITU SANTO

Desde las primeras líneas de la Bíblia que narran la creación ya encontramos la actuación del Espíritu que se cernía sobre la superficie de las aguas (Gn 1, 2). Es el soplo, el aliento, el viento (ruah) que agita las aguas de donde va a salir la creación. Al crear al hombre Dios “le inspiró el espíritu de vida”(Gn 2, 7) y fue así el hombre un ser animado. El Espíritu es alma y vida de todo. Los profetas hablan movidos por el Espíritu. Ezequiel descubre al Espíritu en el viento que sopla sobre los huesos descarnados y los recubre de vida (Ez 37). Cuando falta este soplo del espíritu entra la muerte. El soplo que sale de la boca de Dios suscita profetas, reyes y sacerdotes que son ungidos por este mismo espíritu. El espíritu de Dios se define como hálito vital, fuerza psíquica operante, fuerza de vida y creación, fuerza moralmente activa.

El Nuevo Testamento está lleno de referencias, indicando que Jesús actúa movido por el Espíritu. Aparece en la Encarnación. María concibió a Jesús “por obra y gracia del Espíritu Santo” (Lc 1,23). En el bautismo se hace presente en forma de paloma que baja sobre Jesús. Después, el Espíritu lo empuja y lleva al desierto. Jesús al inicio de su vida pública proclama en la sinagoga de Nazaret su programa de acción: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque Él me ha ungido, me ha enviado…” (Lc 4,18) y en Isaías 11, 1-2 leemos: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor”.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).