La Eucaristía, Cristo crucificado y María, pilares de la espiritualidad de San Juan de Ávila

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San Juan de Ávila y el Cristo de la Yedra

Contaban los Doctores y Maestros antiguos
de las escuelas de Baeza, discípulos del Maestro Ávila,
que tenía devoción de ir un día de la semana a decir Misa
a una ermita algo distante del lugar donde moraba.
Luis Muñoz (1671, III, 15)
 

A media legua de Baeza, allí donde un venero rompe su manantial de agua, sitúan las gentes del lugar la aparición de la Virgen del Rosel. Una imagen de apenas algo más de un codo fue el centro de una pequeña ermita de la que aún se mantiene en pie un paño de sus muros y el brocal de un pozo abastecido en otro tiempo por aquella fuente. Sobre parte de esta ermita a finales del s. XVI se levantó un edificio de mejor fábrica y mayor envergadura.

Cuentan los lugareños que por la abundancia de la hiedra, la Virgen del Rosel trocó su nombre y se llamó “Virgen de la Yedra”. Cuentan también que San Vicente Ferrer, después de predicar por estas tierras, dejó tras de sí un discípulo que, diestro con la gubia, talló la imagen de un Crucificado; una imagen milagrosa a la que acudían con súplicas las gentes de aldeas y pueblos comarcanos. Ante aquella imagen se recogieron en oración los santos trinitarios Miguel de los Santos y Juan Bautista de la Concepción y probablemente también el místico carmelita, San Juan de la Cruz. Con el fin de venerar ambas imágenes, se constituyó en 1411 la Real Archicofradía del Santísimo Cristo de la Yedra y Nuestra Señora del Rosel.

Y cuentan crónicas y biógrafos que el Padre Maestro Ávila cuando vivía en Baeza, solía retirarse a la ermita de la Yedra para orar y celebrar misa. Luis Muñoz y Francisco de Vilches, uno de los cronistas, nos recuerdan que

a esta devotísima imagen tenía recurso el Venerable Padre Ávila haciendo su estación a pie y las más veces solo por estar desocupado para meditar los misterios de la Cruz y Pasión de nuestro Redentor. Regalábase grandemente cuando decía misa en el altar del santo Cristo y Dios le pagó y alentó a esta devoción apareciéndosele una vez. Fue así que haciendo un viernes esta su estación se fatigó mucho en el camino, paróse a deliberar si podría proseguir y decir misa cuando de improviso se vio asistido de Cristo, nuestro bien, en hábito de peregrino, el cual le preguntó dónde iba. “A decir misa” -respondió el Padre Ávila- “mas hallándome tan cansado, que dudo si podré llegar a una iglesia que está no lejos de aquí”. Animóle el peregrino con el premio de la buena obra y aseverando el Padre ser imposible decir aquel día misa por la mucha fatiga en que se hallaba, descubrió su pecho el peregrino y en él una llaga y otras dos en las manos, y añadió estas palabras: “¿Y cuando a mi me pusieron de esta suerte, estaría fatigado?”. Admiróse el venerable Padre, mas no se turbó con la presencia del Soberano peregrino y quedó tan alentado que pudo con facilidad proseguir el camino y quedó tan alentado que pudo con facilidad proseguir el camino, decir misa con el espacio y devoción que se deja entender y dar vuelta a Baeza. Deste día fue tanto el afecto que cobró al santo Crucifijo y su Iglesia de la Yedra que frecuentó su devoción más a menudo y tomó cuidado de ella con licencia del prelado y lo vinculó en sus discípulos, Rector y Claustro de la Universidad (que por ellos ha corrido la provisión de este Priorato) advirtiéndoles del favor que nuestro Señor le había hecho para que ellos continuasen y exhortasen a la estación santa. (Santos y Santuarios del Obispado de Iaén y Baeza. Madrid 1653, c. LVII, f. 172.

Esta historia es tan similar a tantas otras que nos hace dudar de su veracidad, pero, más que un recurso literario encargado de aliviar la monotonía del relato, es la síntesis, didáctica y cercana, elaborada o, mejor aun, reutilizada por gentes sencillas para resumir con admirable atino lo que a veces ocupa pesados volúmenes de hombres sabios y sensatos. Esta historia resume con acierto los sólidos pilares sobre los que se asentó la espiritualidad del ascético, del místico Juan de Ávila: la Eucaristía, Cristo crucificado y María, reunidos significativamente al amparo de los fuertes muros de una iglesia-ermita levantada en donde brota un manantial de agua.

 (sanjuandeavila.conferenciaepiscopal.es)

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