“He pedido por ti, para que tu fe no se apague”(Lc 22, 32) – Carta Pastoral del Obispo de Vitoria en el inicio del Curso Pastoral 2013-2014

Mons. AsurmendiMons. Miguel Asurmendi     Introducción.

El inicio de un nuevo curso pastoral no es tanto una fecha del calendario, cuanto la actualización viva de la llamada que Cristo sigue realizando a los creyentes: “Seréis mis testigos en Jerusalen, en toda Judea y Samaría, y hasta el confín de la tierra” (Act 1, 8).

En el curso que ahora iniciamos, junto a las actividades que emanan de los diversos carismas y dones que el Espíritu distribuye para el bien de la comunidad y su misión evengelizadora (Cf 1Cor 12, 1-11), deseo citar tres temas a los que dedicaremos un especial relieve.

1. En primer lugar, quedan dos meses para culminar El Año de la Fe, que iniciamos en el Adviento pasado, destinado a promover una especial reflexión sobre la fe y a estimular una renovación de la Iglesia.

2. El Plan diocesano de Evangelización 2009-2014 entra en su última etapa de desarrollo. Será también objeto de reflexión en las próximas Jornadas de Inicio del Curso Pastoral (días 1 a 3 de octubre).

3. Nuestra vida eclesial y nuestros empeños pastorales se siguen desarrollando en medio de un ambiente profundamente marcado por la larga crisis económica y social, que nos afecta a todos. No debemos contemplar y padecer pasivamente esta realidad tan dolorosa que está malogrando el presente y oscureciendo el futuro de tantas personas y colectivos.

I.– El Año de la Fe.

Iniciamos este nuevo curso pastoral coincidiendo con los últimos meses del Año de la Fe. Hasta el próximo 24 de noviembre, festividad de Cristo Rey, tenemos la oportunidad de aprovechar esta iniciativa eclesial de Benedicto XVI.
Es conveniente recordar los fines para los que se convocó. En la Carta Apostólica La puerta de la Fe (Porta fidei, 2011; en adelante PF) se proponía con claridad que este año fuera un tiempo intenso de reflexión y redescubrimiento de la fe, con unos objetivos concretos (cf. PF 6):

– la renovación de la Iglesia, mediante

– el testimonio ofrecido por la vida de los creyentes.

A dos meses de su clausura, es oportuno realizar un esfuerzo por culminar adecuadamente el Año de la Fe.
Con gratitud, hemos acogido la reciente Carta Encíclica La Luz de la Fe (Lumen fidei, 2013; en adelante LF) en la que el Papa Francisco firma un excelente texto inicialmente preparado por Benedicto XVI. Esta Carta nos servirá de guía en estos propósitos. Es un texto breve y de recomendable lectura personal y comunitaria para conocer y profundizar la fe cristiana, y ponerla en práctica en las condiciones de nuestro hoy.

1.– Tiempo de reflexión y redescubrimiento de la fe.

La reflexión sobre la fe ha de ser un ejercicio personal e intenso. La fe cristiana busca situarse en el centro más íntimo de la persona y desde ahí impregnarla en su totalidad. Reflexionar no es únicamente un movimiento mental; es un proceso íntimo que implica simultáneamente a la inteligencia (lo que entendemos) junto al corazón (lo que sentimos), la voluntad (lo que queremos) y la libertad (lo que decidimos). Máxime cuando la fe cristiana se centra y se asienta no en unas formulaciones, sino en una Persona que es Cristo. Así ocurre también en la vida cotidiana. No es lo mismo reflexionar sobre ideas, asuntos o temas, que sobre personas con las que nos sentimos cercanos y vinculados. La reflexión sobre la fe versa sobre nuestra relación y vinculación a Cristo: lo que esto significa, lo que vitalmente implica y las consecuencias prácticas a las que nos impulsa. Cristo Salvador no es una idea; es una Persona viva y presente en medio de nosotros con la que deseamos relacionarnos.
La citada carta La luz de la fe centra la reflexión en la imagen bíblica de la luz. La Luz de la Fe es el “gran don traído por Jesucristo” (PF 4). Esta luz tiene la capacidad de iluminar y esclarecer la existencia humana con realismo y verdad. Es la función propia de la luz; sin ella todo es confusión y desorientación. Quien ha vivido la experiencia de verse sorprendido por la oscuridad, sabe que en esos momentos de zozobra y confusión, un punto de luz, aunque sea pequeño, significa orientación, alivio y esperanza. La luz nos atrae porque nos orienta y proporciona calma y sosiego. Estamos hechos para en la vida ver, y viendo, movernos en la dirección correcta. Así es la fe. Es la antorcha que pone a nuestra disposición la vida y su verdadero significado que, en el caso de la fe cristiana, es el Amor.

2. – Cristo, Luz para vivir según el Amor.

En Jesucristo se nos manifiesta esa Luz que ilumina y orienta la existencia desde su verdad más honda y genuina: el Amor. En el presente, son muchas las instancias con similares pretensiones: iluminar y orientar la vida de hombres y mujeres. A la hora de la verdad, cada uno debe decidir y escoger qué luz desea para su vida, cual es la que de verdad le orienta. Desde hace dos milenios, Jesucristo mantiene su presencia viva para que ante Él tomemos una decisión. Nadie está forzado a acoger su invitación, ni conviene hacerlo desde la mera rutina
o la simple costumbre.

Sin embargo, la reflexión sobre la fe conduce al momento de decidir, para también actuar. Es así como se llega a la fe madura y adulta, tras una decisión honda y personal, sabiendo en Quien se confía, y las implicaciones vitales y prácticas de esta decisión. Tras la decisión de confiar en El y seguirle, el creyente ha de actualizar regularmente su respuesta a la pregunta personal que, en su momento, dirigió al apóstol Pedro: “Simón, hijo de Juan ¿me amas?” (Jn 21, 16).

Conviene, además, que esta reflexión y redescubrimiento de la fe se realice de forma compartida en grupo o en comunidad. La fe y la decisión por Cristo es, sin duda, personal; pero en su núcleo más íntimo y auténtico anida la llamada a madurarla e incrementarla en comunión con quienes también la comparten. Así es la fe y el seguimiento de Cristo, porque así es también la sabiduría y la lógica del Amor: o se comparte y se dinamiza, o se agarrota y se desvanece.

3.– La vida desde la luz de la fe.

El creyente no sólo mira y se reconoce en Jesús, el Amor de Dios hecho humanidad, sino que percibe la realidad, su propia vida y la de los demás “desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver” (LF 18). De este modo, la persona con fe comprende y hace suya la exclamación de San Pablo que reconoce “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20). Quien se abre a la fe, dice el Papa, “aprende a verse a si mismo a partir de la fe que profesa: la figura de Cristo es el espejo en el que descubre su propia imagen realizada” (LF 22). A partir de ese momento único, el creyente percibe que ha de aprender a situarse y a caminar en la vida desde los ojos, los sentimientos, las actitudes, los criterios, los valores, etc., de Cristo y su Buena Noticia, y sumarse activamente a sus proyectos y empeños salvíficos. La fe orienta hacia la búsqueda y la realización del Amor pleno, convencida de que el Amor es capaz de transformar la vida y el mundo. La luz que es la fe no oculta, ni distorsiona la realidad; la acoge tal cual es, y con esperanza la percibe como posibilidad para vivirla desde el Amor y en el Amor. Esa es la tarea, personal y eclesial, del creyente: esforzarse para que la vida, en todas sus dimensiones, se configure y se encauce eficazmente a su plenitud en el Amor.
Ojalá, que la celebración del Año de la Fe nos vaya aproximando a percibir la vida desde los ojos de Jesús, a redescubrir día a día la novedad de su mirada, para hacer visible e intensificar la presencia y el dinamismo del Amor de Dios entre nosotros y en nuestro mundo; en suma, para construir aquí el Reino de Dios.

4.– “La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes” (PF, 6).
Benedicto XVI señaló como objetivo para el Año de la Fe la renovación de la Iglesia. Como máximo Pastor de la Iglesia universal en aquel momento, su propósito era que toda ella experimentara una renovación desde el continuo redescubrimiento de la fe, y el testimonio de vida de creyentes y comunidades.

La fe cristiana es vinculación a Cristo, a su persona, a su buena noticia y a su proyecto salvífico, todo ello inconfundiblemente marcado por el sello del Amor. Desde Cristo, todo se percibe desde la peculiar luz del Amor. “La fe transforma toda la persona precisamente porque la fe se abre al amor” (LF 26). Y el amor que brota de la fe no es únicamente un pensamiento o una idea, es un dinamismo vivo y fecundo. Es la fuente de actitudes, motivos y criterios para configurar un estilo de vida. Simultáneamente, las obras según el amor demuestran que quien las realiza está motivado e impulsado por el Espíritu de Jesús. De este modo, la fe y las obras del amor (caridad) conforman una síntesis inseparable.

Así se forja la autenticidad de la vida creyente, personal y eclesial. La fe y sus obras se necesitan y se alimentan mutuamente. No existen la una sin las otras. Muchos de nuestros contemporáneos son refractarios a la recepción de doctrinas y discursos teóricos, por muy elaborados y bellos que sean. Sin embargo, son receptivos y sensibles a los hechos reales y concretos, y a lo que significan. La renovación de creyentes y comunidades pasa por el obligado test del testimonio vivo y fecundo.

Podemos repasar el conjunto de acciones y actividades que desarrollamos habitualmente creyentes y comunidades. Todas aquellas que no broten y testimonien, de algún modo, el amor salvífico de Jesús probablemente carecen de significado evangelizador. En la vida cristiana lo importante no es hacer y actuar muchas actividades, sino el amor que las motiva, la estimula, las dirige y las realiza. Si lo que hacemos no está impregnado por ese Amor que de Él recibimos no sería nada, ni serviría de nada (Cf 1Cor 13, 1-13). Por el contrario, la acción aparentemente más insignificante, realizada con la generosidad del Espíritu de Jesús y pensando más en los necesitados que en uno mismo, es capaz de recibir tanto el elogio sincero (cf Lc 21, 3-4), como la bendición del Señor (cf Mt 25, 34).
II.– El Plan diocesano de Evangelización.

Las orientaciones y finalidades que los Papas Benedicto XVI y Francisco han establecido para celebrar eficazmente el Año de la Fe, se pueden aplicar con fidelidad y docilidad eclesial a los objetivos del vigente Plan diocesano de Evangelización (PDE). La diócesis de Vitoria se marcó el objetivo de renovar evangélicamente nuestras comunidades. Es el cometido que Benedicto XVI propuso para el Año de la Fe, la renovación de la Iglesia, llevado a la concreción de nuestra iglesia local diocesana.

El PDE anima a afrontar los objetivos y empeños pastorales desde una adecuada espiritualidad. Es el modo concreto de vivir y desarrollar la fe en las circunstancias eclesiales y sociales del presente. Esta espiritualidad necesaria se definía como “asumir nuestra propia existen­cia desde Dios, al modo de Jesús, siendo conducidos y animados por su Espíritu. Esto supone descubrir una nueva relación existencial consigo mismo, con Dios, con los demás y con el mundo en el que vive” (PDE, p. 10) La renovación de los creyentes y de las comunidades sólo es posible y está garantizada si se hace a la Luzde la Fe que mira la vida y sus realidades desde las innumerables posibilidades del Amor. Sólo así es posible la puesta en práctica de los tres Objetivos generales previstos en el PDE: seguir a Jesús (vocación), compartiendo comunitaria y eclesialmente la fe y la vida (comunión) para continuar fielmente la obra evangelizadora que se nos encomienda (misión).

El PDE destaca varios colectivos eclesiales y sociales donde impulsar esas tres dimensiones de la vida cristiana: vocación personal, comunión eclesial y misión evangelizadora (cf págs. 21-36). Desde su situación y posibilidades, creyentes y comunidades diocesanas verán el modo concreto de desarrollar estas dimensiones teniendo en cuenta prioritariamente los colectivos que se citan. Ellos son centro de atención (cf PDE, 21) para la puesta en práctica de la renovación de nuestras comunidades, y lugar evangélico para el testimonio de vida de los creyentes.

En este nuevo curso haremos un esfuerzo pastoral incidiendo en las posibilidades, desafíos y oportunidades que emanan de la situación concreta de cada uno de estos colectivos: el laicado, los pobres, los jóvenes, las familias y los inmigrantes. Hay que recordar que la renovación se impulsa en el contexto concreto de la crisis económica y social presente, que a todos afecta, incluidos los colectivos citados. Esta Carta Pastoral se ocupa más adelante de algunos aspectos de la crisis actual a tener en cuenta en la misión pastoral de renovación evangélica de nuestras comunidades.

1.– El laicado.

La Iglesia no es capaz de desarrollar su potencial evangelizador sin la implicación y el concurso del laicado. Su experiencia de Dios y su presencia dinámica en el interior de la vida cotidiana son la plataforma adecuada para que el Reino de Dios se haga presente y fecundo en la Iglesia y en la sociedad. El laicado percibe la vida real como el escenario vital donde ejercer y testimoniar su vocación, que no es otra que impregnarlo todo de la mirada y del contenido peculiar de la fe cristiana: el amor de Dios manifestado y recibido en Cristo. Laicas y laicos no son agentes pasivos, sino que en corresponsabilidad eclesial están llamados a ejercer con madurez y dedicación un servicio activo en el interior de la comunidad y, por su testimonio y encarnación, en el tejido de la sociedad actual.

Entre las líneas de acción previstas en el PDE para este amplio colectivo eclesial y social (págs. 23-24) conviene destacar las que alientan su espiritualidad específica, su formación y su testimonio. Para ello resulta hoy muy fecundo la lectura personal y compartida de la Palabra de Dios donde se esclarecen las dimensiones públicas y sociales del amor al prójimo y la solicitud por ‘los más pequeños’ (Sermón de la Montaña, Bienaventuranzas, Parábola del Buen Samaritano, pasajes como Mt 25, 31-46, etc.).

Conviene ir madurando aquellas plataformas eclesia-les desde las que el laicado vea facilitada y potenciada su misión apostólica: órganos de corresponsabilidad eclesial, asociacionismo laical, Ministerios laicales, presencia y participación en la vida pública, etc.

2.– Los pobres.

Es en los pobres donde la comunidad diocesana debe asentar la parte más importante de su renovación eclesial y evangélica. “De nuestra dedicación a ellos depende en gran parte la renovación de la Iglesia. Porque no son sólo destinatarios de nuestro servicio. Son también intermediarios de la salvación de Dios” (Carta Pastoral conjunta, Renovar nuestras comunidades cristianas. Cuaresma–Pascua 2005, n. 66).

De siempre, la pobreza ha sido una referencia evangélica importante, siempre que no coloque a personas y colectivos en condiciones de vida indignas: miseria, necesidad aguda y crónica, vulnerabilidad física o social, dependencia de poderes arbitrarios, etc. El ideal de pobreza evangélico está compuesto de elementos como dignidad reconocida, austeridad suficiente, uso adecuado de los bienes y recursos, destino universal de los bienes, etc., y siempre con justicia y fraternidad. No es esta la situación actual de muchas personas y grupos. La situación de crisis está deteriorando drásticamente sus condiciones de vida, y lo que es peor sin perspectivas esperanzadoras de futuro.

Las líneas de acción ofrecidas en el PDE (págs. 26-27) tienen un doble foco misionero: los pobres son protagonistas de la evangelización, y no hay renovación eclesial sin una adecuada recepción de los pobres y su potencial evangelizador. De todas ellas, conviene destacar las que con más realismo y amor samaritano abren la vida creyente a la situación de los pobres; también aquellas que los sitúan como los privilegiados en la solicitud de Dios, en la encarnación de Jesucristo, y por ello en la misión de evangelizar la Iglesia y la sociedad. Hoy más que en otras circunstancias, corresponde incrementar todo aquello que signifique promover la reivindicación de los pobres mediante mecanismos eficaces y universales de justicia, equidad y solidaridad.

3.– Los jóvenes.

Los jóvenes son una de las más intensas preocupaciones pastorales de la Iglesia y de nuestra comunidad diocesana. Son también un foco preferente de atención para nuestra sociedad, ya que en ellos y en sus expectativas se juega el presente y el futuro.

Sin embargo, la realidad actual es muy problemática para amplios sectores de la juventud. El paro o un trabajo incierto y precario, el desmantelamiento de los mecanismos para la igualdad de oportunidades, la carestía de la vida y de múltiples servicios básicos, el incremento del precio de la vivienda, etc., conforman un presente precario y un futuro borroso para muchos de ellos. No obstante, la juventud se sigue caracterizando por la ilusión y la esperanza ante lo por venir. Sigue siendo válido el criterio de que lo idóneo para afrontar el futuro, sea cual sea, es una buena y completa preparación. Esta incluye no sólo una formación técnica y profesional, sino antes que nada una buena construcción de la identidad y personalidad sólidas, forjadas con elementos como energía personal, autonomía vinculada y solidaria, libertad madura y responsable, voluntad sólida, criterios éticos arraigados, etc., sin descuidar una progresiva y madura identidad religiosa.

De las líneas de acción del PDE para este sector (págs. 29-30) en este curso conviene incidir en las que con claridad colaboran en la construcción de una identidad y personalidad sólida y cristiana de los jóvenes: desde una cuidada estructuración y realización de los procesos de iniciación y maduración cristiana, a todas aquellas actividades que promuevan los valores humanos y evangélicos idóneos para afrontar la vida desde el Amor de Dios y los valores personales y sociales del Reino. Se trata de contribuir a promover una juventud capaz de afrontar y protagonizar un futuro mejor de paz y justicia, de igualdad, solidaridad y fraternidad donde ellos y ellas puedan desarrollar holgadamente sus proyectos vitales.

4.– Las familias.

La familia es uno de los núcleos de la vida más afectado por los cambios sociales, culturales y económicos. Con todo, sigue siendo el principal referente para las personas y la sociedad. En este contexto, sigue siendo válida y orientadora la visión cristiana de la vida conyugal y familiar. Es un espacio privilegiado donde vivir, practicar y experimentar el amor en sus expresiones más auténticas y gratuitas. Puede ser la primera y mejor escuela donde impregnarse de la sabiduría de la fe y del amor cristianos.

Al mismo tiempo, la familia es una caja de resonancia de lo que ocurre en su entorno y en la sociedad. Nos hemos acostumbrado a valorar y a exigir mucho de la familia, pero no tanto a apoyarla eficazmente con los recursos necesarios para que cumpla sus magníficos cometidos. En momentos de zozobra social y económica, la familia se ve forzada a acoger y paliar las necesidades afectivas y materiales que la sociedad está negando a tantos. Cada día son más las personas cuyas necesidades más básicas se solucionan y remedian en los núcleos y redes familiares. Demasiadas familias están afrontando los efectos de la crisis mediante altas dosis de abnegación, renuncias,
solidaridad y comunicación de bienes.

Destaca el colectivo de las personas mayores. Muchas se están viendo regresar a una situación de penuria y agobios económicos. Sus discretos ingresos se ven mermados o recortados, y muchas veces dedicados a resolver agudos problemas económicos de sus hijos y nietos. Es la generación que con esfuerzo y esperanza, con firme voluntad y abnegación, con generosidad y entrega reconstruyeron nuestra sociedad, y sacaron adelante su familia en un esforzado y sostenido pensar más en las generaciones venideras que en su propio bienestar. Ellos son testigos vivos de esa sabiduría humana y cristiana que significa asumir y compartir lo poco o lo mucho que se tenga, de echar siempre que se pueda una mano solidaria a quien la necesita, movidos por un claro espíritu de amor, de entrega y de responsabilidad. Ellos son un tesoro a admirar, respetar y a cuidar en la Iglesia y en la  sociedad.

El PDE propone (págs. 32-33) varias líneas de acción pastoral pensando en las familias. A lo largo de este curso, conviene poner en práctica aquellas que ayudan a los matrimonios y familias a desarrollar una vida centrada y marcada por el amor mutuo. En primer lugar, dinamizar adecuadamente todas las actividades en torno a los sacramentos de la Iniciación cristiana y del Matrimonio, así como cuidar espacios y ocasiones para el encuentro, la reflexión y el diálogo compartidos a fin de facilitar la misión eclesial y social propia de las familias.

Dadas las circunstancias de crisis, que no falte la acogida y el apoyo a las familias en situaciones de especial desorientación y de precariedad. Se debe cuidar también el lugar y la función de las personas mayores y sus situaciones concretas en la coyuntura actual.

Al mismo tiempo, conviene estimular y compartir la justa reivindicación de unas políticas sociales y económicas que faciliten la vida familiar, así como el fin de toda medida que entorpezca la consecución de los fines y de la misión que la familia desarrolla en la sociedad y en la Iglesia.

5.– Los emigrantes.

La renovación de nuestras comunidades no puede ignorar a los colectivos de inmigrantes que, en estos últimos años, conviven y forman parte de la sociedad y la Iglesia diocesana. Muchos de ellos están bien integrados en parroquias y comunidades. Su presencia y sus aportaciones son un signo de la universalidad de Cristo y de su bendición en medio de nosotros. Otros pertenecen a distintas confesiones y tradiciones cristianas no católicas. Desde el mutuo aprecio y respeto son una oportunidad para el enriquecimiento mutuo, y para un saludable ecumenismo. Desde la mirada común de la fe y del evangelio, estos creyentes son ocasión para vivir la fraternidad y para compartir bienes materiales y espirituales.
Otros colectivos de inmigrantes, llegados de zonas con diferentes confesiones y tradiciones no cristianas, también conviven desde hace años entre nosotros. A nadie se le escapa que su presencia es un estímulo para practicar los mejores valores de la hospitalidad, la convivencia, la fraternidad y la cordialidad mutuas.

Al mismo tiempo, estas personas, familias y colectivos de inmigrantes son especialmente vulnerables a los efectos de una crisis económica y social. La falta de arraigo, la improvisación o premura de su llegada, su situación legal y administrativa, la carencia de trabajo, el recorte o anulación de medidas de integración, etc., generan unas especiales dificultades para un arraigo estable.

El PDE se hace eco de estas situaciones y propone unas líneas de acción pastoral (págs. 35-36) valiosas de cara a la acogida, la hospitalidad, el proceso de su integración y el mutuo enriquecimiento. Es conveniente que, en este curso, cada comunidad y grupo eclesial sea consciente de las condiciones de vida material, social y espiritual de estos colectivos. A partir de ahí, escoger aquellas acciones destinadas a salvaguardar su dignidad humana, promover el mutuo respeto y aprecio, la acogida y su favorable integración social, cultural, económica y religiosa.

No hay que olvidar aquellas actividades destinadas a poner de manifiesto que las personas inmigrantes son hijos del Padre común, cuya dignidad personal y condiciones de vida hay que proteger de modo efectivo con justicia y equidad, solidaridad y fraternidad.

Asimismo, es importante reconocer que ningún colectivo escapa hoy a la posibilidad de la emigración. Los flujos migratorios son siempre cambiantes, de modo que es importante promover una sana y responsable cultura globalizada ante las personas que, por diversos motivos, recorren la diversidad de territorios y de países en busca de oportunidades y condiciones de vida propicias para ellos y sus familias.

III.– En medio de la crisis, “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia” (Mt 5, 6).

El Concilio Vaticano II, cuyo 50 aniversario se celebra también en el Año de la Fe, afirmó que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (Gaudium et spes, 1). Por ello no hay plan o proyecto pastoral que pueda olvidar las condiciones en las que se desarrolla la vida de las personas y de los pueblos. La luz de la fe y del evangelio se nos ha concedido para iluminar desde el Amor la realidad de la vida, que ahora transcurre bajo el signo de una fuerte y larga crisis económica y social. Nunca puede faltar en la comunidad eclesial y en cada creyente un esfuerzo eficaz de empatía, solidaridad y caridad hacia quienes están afectados con mayor rigor por esta situación.

Junto a una activa caridad, es necesario añadir una reflexión sobre las causas y los factores más importantes que dieron origen a esta situación de crisis, sobre los elementos que la sostienen hoy, y sobre las opciones que pueden orientar su salida futura. Para ello contamos con la sensibilidad peculiar de quien se acerca a la desde la Luz de la Fe, imitando la forma de mirar de Cristo; una mirada marcada por el realismo y la preocupación preferencial por los más afectados y golpeados. El pasaje evangélico de las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-12; Lc 6, 20-23) sintetiza el ideal de esperanza y de caridad más nítido para la vida de fe y el seguimiento de Jesús. De todas ellas, es en especial relevante ahora la bienaventuranza que ensalza la justicia como apetencia radical e imprescindible del bienaventurado. Conviene pues desde ella observar la realidad de esta crisis.
Nos ayuda, también, la Doctrina Social de la Iglesia, y el Magisterio más reciente de los Papas que han pastoreado la Iglesia precisamente en los años de impacto de esta situación de crisis. En un ámbito eclesial más cercano a nosotros, sigue vigente y actual la Carta Pastoral Conjunta Una economía al servicio de las personas, Cuaresma-Pascua 2011.

1.-Una situación y un diagnóstico.

La crisis arrancó en el ámbito financiero especulativo en un mundo globalizado. Este ámbito financiero no es de fácil comprensión para el ciudadano no preparado. Es un tipo de economía que ha nacido recientemente. Maneja capitales y productos complicados en los que la subida y bajada de los precios depende de cálculos muy complejos y de expectativas a corto plazo. El mercado financiero ha resultado nada transparente, y sigue siendo de muy difícil comprensión. Sin embargo, los efectos de su derrumbe están al alcance de todo el mundo. No hay más que mirar la realidad que nos rodea, y ver cómo tantas personas y colectivos se están viendo inmersos en unas condiciones de vida y con unos problemas materiales y económicos agudos y difíciles.

No ha sido una catástrofe natural, sino el resultado de la unión de factores técnicos, desatinos éticos y de una visión de la vida económica errónea y distorsionada. Los valores éticos y humanizadores que deben orientar y sustentar la vida social y económica se han visto eclipsados, y sustituidos por las dinámicas de la inmediatez, la ganancia rápida y la falta de responsabilidad ante los riesgos.

La finalidad de la vida y de la actividad económica ha de ser siempre la satisfacción, sostenible y sensata, de las necesidades materiales de los seres humanos. Así se constituye “una economía al servicio de las personas”. Sin embargo, la codicia, el afán ilimitado de beneficio y lucro personal e inmediato, el riesgo incontrolado en las operaciones económicas se constituyeron en los motores y en la finalidad de una economía que en lugar de servir a las personas, las convirtió en una mercancía más. De alguna manera, en pleno siglo XXI, se ha caído en la milenaria tentación de querer convertir portentosamente las piedras en pan (Cf. Mt 4,3), olvidando que el pan, como cualquier otro bien material y social, requiere un minucioso proceso de elaboración y de trabajo personal, pensado y coordinado comunitaria y socialmente.

2.-Un modelo económico y un modelo humano.

Cada manera de entender y poner en práctica la economía se corresponde con un tipo de persona y una mentalidad social que favorezca la consecución de los fines que la economía pretende. No es lo mismo que la economía se oriente, por ejemplo, hacia la generación sostenible de bienestar, al ritmo que las circunstancias lo permitan, a que la vida económica se oriente hacia la obtención del beneficio rápido y a cualquier precio.

Una economía al servicio de las personas, colocará a estas en el lugar preponderante que les corresponde y pondrá a su servicio todos los elementos de la vida económica. Su finalidad será satisfacer ordenada y progresivamente, atentos a las posibilidades reales, las necesidades materiales y el bienestar de las personas, en especial de las más vulnerables. “Objeto de la economía es la formación de la riqueza y su incremento progresivo, en términos no sólo cuantitativos, sino cualitativos; todo lo cual es moralmente correcto si está orientado al desarrollo global y solidario del hombre y de la sociedad en la que vive y trabaja”(Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 334).

Por el contrario, un modelo económico que se olvida de las personas, y se centra en otros objetivos tratará de generar y de estimular un modelo de ser persona a la medida de estas finalidades. Una economía de este tipo necesita -y promoverá– ejecutivos, empleados y trabajadores con un perfil y características muy precisas: sujetos plenamente identificados con un individualismo codicioso y desvinculado, afincados en la auto-complacencia, en el culto a uno mismo y en el consumismo constante. Poco espacio queda para la vinculación personal y social, para la solidaridad y para la construcción de un bien común que, de forma sostenible, beneficie a todos, aunque no sea tan velozmente. “Un capitalismo salvaje ha enseñado la lógica del beneficio a cualquier precio; de dar para obtener; de la explotación sin contemplar a las personas… y los resultados los vemos en la crisis que estamos viendo” (Papa Francisco, Visita a la casa de acogida ‘Dono di Maria’, 21.05.2013).

3.-“Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia” (2Pe 3, 13).

No es posible aventurar cómo será la evolución de la crisis, y cuando se superará esta penosa situación. Ante todo, hay que rechazar ese fatalismo engañoso y paralizante que sugiere que ahora toca aguantar sin más. Tampoco es de recibo la acomodación dócil y silenciosa a una realidad tan difícil como injusta. De ninguna manera, consentir pasivamente el incremento de tanta pobreza, desigualdad e injusticia. Por muy dura que sea la situación, no puede faltar la esperanza activa que estimula a realizar algo, poco o mucho según la capacidad de cada cual, siempre en la dirección correcta.

A. No caer en la acomodación o la indiferencia pasiva.

En primer lugar, es urgente la toma de medidas que frenen el deterioro de las condiciones de vida de tantas personas y colectivos afectados. Antes de pensar en cómo salir de la crisis hemos de mirar y remediar la situación inhumana de quienes ya están en la exclusión o a punto de ella.
En tiempos como los actuales, los creyentes y la comunidad cristiana han de sostener y, si es posible, incrementar la generosidad, y la caridad solidaria. Sean cuales sean las causas de esta situación, el clamor de los hermanos y hermanas en situación de necesidad debe ser atendido generosa y diligentemente. Por muy largo que esté resultando este tiempo de precariedad, el Espíritu de Jesús nos revela y recuerda que es el mismo Jesús quien padece en la piel y la carne de los desahuciados, los parados, los empobrecidos, los golpeados, los inmigrantes, los marginados, etc. (Cf. Mt 25,40). Así lo hemos expuesto e insistido en las Cartas Pastorales con motivo del Inicio del Curso Pastoral de estos años de crisis, y en la Carta Pastoral Conjunta ya citada de Cuaresma-Pascua 2011. Que nunca carezcamos de una respuesta adecuada y coherentemente evangélica cuando Dios, el Padre Nuestro que está en los cielos nos pregunte: ¿Qué has hecho de tu hermano? (Cf Gen 4, 9-19).

B. Una economía pensada para (todas) las personas.

Junto a esta práctica efectiva de la opción preferencial por los pobres, no podemos olvidar que situaciones como la presente necesitan una actuación en el ámbito estructural, donde frecuentemente anidan “estructuras de pecado” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 36) que es preciso corregir y reorientar según criterios de verdad, justicia y libertad. Las situaciones de crisis pueden ser ocasión para gestar y alumbrar algo nuevo y mejor, si se es capaz de aprender de los errores.

Hace unos meses, en el Mensaje con motivo de La Jornada Mundial por la Paz 2013, Benedicto XVI era muy claro y rotundo en su crítica, y animaba a aprovechar la crisis “como una ocasión de discernimiento y un nuevo modelo económico. El que ha prevalecido en los últimos decenios postulaba la maximización del provecho y del consumo, en una óptica individualista y egoísta, dirigida a valorar a las personas sólo por su capacidad de responder a las exigencias de la competitividad. Desde otra perspectiva, sin embargo, el éxito auténtico y duradero se obtiene con el don de uno mismo, de las propias capacidades intelectuales, de la propia iniciativa, puesto que un desarrollo económico sostenible, es decir, auténticamente humano, necesita del principio de gratuidad como manifestación de fraternidad y de la lógica del don” (n. 5).

La reconstrucción de la vida económica no puede estructurarse sobre los pilares quebradizos que han propiciado la situación actual. Desde hace más de cien años la Doctrina social de la Iglesia viene aportando, desde una visión humanista y cristiana de la realidad, un conjunto de “principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción” (Pablo VI, Octogesima adveniens, 4) sobre los ámbitos de la vida social, incluidos el mercado, la vida económica y el desarrollo. Su principal objetivo es salvaguardar y promocionar, en las situaciones históricas concretas, el gran principio rector de la vida social: la dignidad de la persona humana, o sea, la irrenunciable dignidad de todos y cada uno de los seres humanos, y su disfrute real

C. Bien común, destino universal de los bienes y solidaridad.

En el ámbito concreto de la vida económica, el principio de la dignidad universal orienta la promoción de “una economía al servicio de las personas”. Para ello, es imprescindible una actividad según el principio del bien común. Puede definirse como “el conjunto de condiciones de vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y fácil de la propia perfección” (Gaudium et spes, 26). Todos los factores y elementos de la economía deben organizarse en función de que todos los seres humanos puedan vivir como tales. No es la simple suma o la media estadística de los bienes particulares. El bien común debe contener a todos los colectivos humanos y a todas las personas de los colectivos. Es un principio que si no se universaliza, se quiebra. En consecuencia, el bien común incluye a todos, especialmente, a los que en la vida encuentran mayores dificultades, los más débiles, pequeños o peor situados.

Un segundo principio, muy arraigado en la antigua tradición cristiana, es el destino universal de los bienes. Dios hizo el mundo como el hogar para todos sus hijos, la gran familia humana. Así nació un incipiente ‘derecho de propiedad’ pensado para que a nadie le falte lo imprescindible para una vida digna. La historia posterior trastocó este carácter protector del débil, y aplicó esta fórmula para salvaguardar incluso al opulento. Regresar al principio del destino universal de los bienes es reconocer que la propiedad nunca es un derecho absoluto. Los bienes, incluso privados, deben someterse, con justicia y equidad, al criterio del bien común.

Un tercer principio apunta al corazón humano, lugar donde anida la solidaridad, que hay que hacer brotar y estimular, con realismo y sabiduría, en las personas, las instituciones y las legislaciones. La solidaridad permite contemplar la vida humana desde la perspectiva, no del yo aislado, prepotente y egoísta, sino desde el nosotros, vinculante, armonioso, activo y sin exclusiones. Es en estos tiempos cuando creyentes y no creyentes tenemos la novedosa posibilidad de activar en nosotros una solidaridad globalizada, y de construir una globalización solidaria. No perdamos la oportunidad.

Estos principios son el cimiento para construir una economía que merezca la pena, porque satisfaga las necesidades, y haga real y efectivo el disfrute de la dignidad universal de todos y de cada uno. Desde ellos es posible una tierra nueva en la que habite la humanidad en verdad, justicia y libertad, que son valores básicos y exigencias elementales de la naturaleza humana.

Este conjunto de principios y valores requieren y, al mismo tiempo, promueven una manera peculiar, serena y saludable de ser humanos y de entendernos a nosotros mismos. Es lo que se alude cuando los últimos Papas hablan de ‘civilización del amor’ (Pablo VI y Juan Pablo II), ‘principio de gratuidad’, y ‘lógica del don’ (Benedicto XVI). “La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo. Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres. La unidad entre ellos se podría concebir solo como fundada en la utilidad, en la suma de intereses, en el miedo, pero no en la bondad de vivir juntos, ni en la alegría que la sola presencia del otro puede suscitar” (Papa Francisco, Luz de la fe, 51). También en la vida económica estamos hechos para el don, para dar y compartir aquello que somos, podemos y tenemos. Es una forma de entender y vivir lo humano en clave de gratuidad y de solidaridad, siendo fraternos y “misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 26).

Conclusión.

En medio de los efectos dramáticos de esta situación de crisis económica y social, es fácil desear que se repita constantemente el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Los relatos evangélicos de estos milagros (Mc 6, 30-44; Lc 9, 10-17; y Jn 6,1-15) nos transmiten que el verdadero milagro es repartir y compartir de forma orga-nizada lo poco o lo mucho que tengamos. Con poco o mucho, repartiendo y compartiendo habrá para todos. Esta es la respuesta adecuada cuando las situaciones de la vida se miran y se afrontan desde el evangelio y sus criterios. O lo que es lo mismo, desde la mirada lúcida y misericordiosa de Cristo Salvador.

Esto es lo que a diario expresamos los creyentes, cuando en el Padrenuestro deseamos que la voluntad de Dios, nuestro Padre común, se realice “en la tierra, como en el cielo” (Mt 6, 10), para que a nosotros ni a nadie le falte hoy el pan de cada día (Cf Mt 6, 11; Lc 11, 3).

Que a lo largo de este curso pastoral, el Espíritu de Jesús incremente nuestra fe, y dirija nuestros esfuerzos pastorales tras una renovación eclesial y social donde cada frase de la oración Padrenuestro que pronunciamos, sean una petición, un compromiso y una gracia alcanzada.

+Miguel Asurmendi,
Obispo de Vitoria Vitoria-Gasteiz

8 de septiembre 2013
Fiesta de la Natividad de la Virgen, y en el Añodela Fe.

 

 

Mons. Miguel Asurmendi
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Nació en Pamplona el 6 de marzo de 1940. Profesó como Salesiano el 16 de agosto de 1957 y se ordenó sacerdote el 5 de marzo de 1967. Fue elegido Obispo de Tarazona el 27 de julio de 1990, siendo consagrado el 30 de septiembre de ese mismo año. En aquella etapa, el Obispo realizó Visitas Pastorales a todos los pueblos de la diócesis de Tarazona, 141. En 1992, por el impulso del espíritu de los sacerdotes religiosas y l aicos surgió una comunidad misionera en Cochabamba (Bolivia). El 8 de septiembre de 1995, Miguel Asurmendi fue elegido Obispo de Vitoria. Tomó posesión de la Diócesis el día 4 de noviembre de ese mismo año. En la actualidad, la diócesis avanza por el camino del Plan Diocesano de Evangelización. Monseñor Asurmendi es en la actualidad el Obispo responsable de las Misiones Diocesanas Vascas.