Palabras de fe: Jean Guitton (2)

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés       No somos pocos los católicos que hemos visto nuestra historia de fe profundamente marcada por el Concilio Vaticano II. Desgraciadamente no todos parece que lo hayan “digerido” bien: unos porque piensan que el concilio traicionó la fe de siempre, otros porque se han quedado con los cambios superficiales y han vaciado su fe de todo significado y de toda certeza.

En todo caso, la profunda marca que nos dejó el concilio hace que Jean Guitton nos resulte muy cercano. En efecto, los puentes que él deseaba tender entre la fe y la ciencia se corresponden con los que construyó en casi todos los ámbitos de su vida y su pensamiento. Quienes hayan vivido la Iglesia de los años setenta y ochenta, entenderán que le podamos calificar de “cristiano del diálogo”. Así le vemos alineado perfectamente con su gran maestro y amigo, el Papa Pablo VI, y con el espíritu y la letra del Concilio Vaticano II.

Desde su juventud y bajo la influencia de algún sacerdote, como el P. Pouget, a quien considerará toda su vida como “un tesoro enterrado en un campo”, practicó el diálogo, aunque entonces tuviera que hacerlo en una especie de “clandestinidad”. Lo vivió en el ámbito ecuménico (en reuniones a escondidas con representantes de otras confesiones cristianas), como en el ámbito del pensamiento contemporáneo, en sus contactos con teólogos y filósofos abiertos a la modernidad, como en el de los problemas socioculturales, en su participación en las semanas sociales. Se entenderá que llegara a escribir:

“El Concilio ha sido la sorpresa, la corona y la dicha de mi vida, el acontecimiento esperado y, no obstante considerado imposible, que… se convertía para mí en el término y en el misterio, en un término y en un origen”.

Pocos católicos laicos habrán anhelado, gozado, vivido el Concilio Vaticano II como él, invitado por el Papa a participar como observador y habiendo hablado en la asamblea de obispos: para él se trataba verdaderamente de una Iglesia abierta al

diálogo.

Pero, ¿qué significaba esto realmente? La tercera parte de su encantador libro Diálogos con Pablo VI, viene titulada como “El diálogo sobre el diálogo”. Ambos interlocutores glosan lo que el Papa había expuesto en el capítulo 5º de su encíclica Ecclesiam suam sobre esta cuestión. ¿Es posible realmente el diálogo, incluso el diálogo entre un creyente y un ateo? ¿No acabamos cada uno con su opinión, no corremos el peligro de disolvernos o de buscar un puro consenso para que nadie se moleste?… Guitton retenía una frase que su madre había copiado en su Carnet malva:

“Es preciso que se restablezca la armonía entre los modernos sin fe y los creyentes sin modernidad, es preciso que los primeros encuentren a Dios y que los segundos marchen adelante sobre la tierra”.

Él tenía claro un principio básico: el diálogo es un camino para llegar a un lugar, una búsqueda para encontrar algo. Ese lugar y ese “algo” es la Verdad. “¿Qué es un concilio, sino un órgano comunitario, destinado a mantener, a purificar, a promover la fe?”, dirá en Lo que yo creo. La belleza del diálogo injertado en el camino de la fe, consiste en propiciar la búsqueda en común, en lo que tiene de intercambio, de escucha, de humildad, de práctica del amor cristiano. Pero su sentido y su valor estriban en ser un medio para que un día la Verdad buscada juntos también sea disfrutada en común. De nada habrá servido el Concilio Vaticano II si no nos ha hecho creer más y mejor.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.