Testigos de amor y de perdón

Gil_HellinMons. Francisco Gil Hellín     El martirio pertenece a la entraña misma de la fe cristiana. Mártir fue Jesucristo, mártires fueron los apóstoles, muchos obispos y no pocos papas de los primeros siglos, y mártires han sido, con mucha frecuencia, los primeros evangelizadores y evangelizados de los países donde se implantaba el cristianismo. Ha habido momentos de especial virulencia, como las persecuciones durante el Imperio romano. Pero el siglo XX se lleva la palma, como lo atestiguan la persecución hitleriana, y las soviética y china. La que tuvo lugar en España entre 1934 y 1939 no les queda a la zaga.
La Iglesia no busca intencionadamente el martirio. Más aún, desea que todos sus hijos puedan vivir en paz su fe y que ninguno sea represaliado por tratar de vivir como discípulo de Jesucristo. Sin embargo, cuando se encuentra ante la alternativa de conservar la vida o traicionar fe, la Iglesia no duda en aceptar la muerte, antes que ser infiel a su Fundador. No importan la edad ni las demás circunstancias. De hecho, en la persecución española antes citada, murieron sacerdotes y religiosos en plena juventud, otros en la madurez de su vida, otros cuando daban clase en un colegio de enseñanza o regían una diócesis como obispos.
La Iglesia exige dos condiciones indispensables para declarar que alguno de sus hijos es mártir: sufrir la muerte “por odio a la fe” y “morir perdonando”, como Cristo perdonó en la Cruz a quienes le estaban matando. De tal modo que, cuando existe la más mínima duda sobre alguno de estos requisitos, la Iglesia no les incluye en su martirologio. La Iglesia que peregrina en España es una Iglesia de mártires, pues –como ha recordado la Conferencia Episcopal Española- “fueron muchos miles los que entonces ofrecieron ese testimonio supremo de fidelidad”. Ahora, el domingo 13 de octubre próximo, beatificará solemnemente en Tarragona a más de quinientos.
Burgos es una tierra en la que la fe en Jesucristo está muy arraigada desde hace siglos. Eso explica, entre otras cosas, que haya sido un campo feraz de vocaciones sacerdotales y religiosas. No es de extrañar, por tanto, que cuente con abundantes mártires. Limitándonos a la beatificación de Tarragona, 68 religiosos burgaleses recibirán oficialmente la palma del martirio. Todos dieron su vida por Cristo fuera de nuestra geografía. Muchos en Levante, bastantes en Madrid, Cataluña y Aragón; y algunos otros en ésta o aquella provincia.
La diócesis, como tal, no ha seguido el proceso de beatificación de ninguno de ellos, pues lo han llevado a cabo sus respectivas familias religiosas. Sin embargo, como es lógico, la diócesis estará presente en la magna ceremonia de Tarragona. Y, como es lógico también, yo concelebraré junto con otros muchos obispos de España.
En vísperas de tan magno acontecimiento, invito a todos los cristianos burgaleses -y a los hombres y mujeres que quieran escucharme-, a pensar en estas palabras del Vaticano II: “La Iglesia siempre ha creído que  los mártires, que han dado con su sangre el supremo testimonio de fe y de amor, están íntimamente unidos a nosotros en Cristo. Por eso, los venera con especial afecto e implora piadosamente la ayuda de su intercesión” (Constitución dogmática sobre la Iglesia, n. 50). Y estas otras de Benedicto XVI: “Es decisivo volver a recorrer la historia de la fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse entre santidad y pecado” (Porta fidei, n. 13).
A la luz de ambos testimonios no es difícil afirmar con verdad que “la beatificación del Año de la fe es una ocasión de gracia, de bendición y de paz para la Iglesia y para toda la sociedad” españolas, porque “vemos a los mártires como modelos de fe y, por tanto, de amor y de perdón” (Conferencia Episcopal Española). Un amor y un perdón que tanto necesitan muchas personas de nuestra patria.
+Francisco Gil Hellín,
arzobispo de Burgos
Mons. Francisco Gil Hellín
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Mons. D. Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Realizó sus Estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de Murcia entre 1957-1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1966-1968. Además, estudió Teología Moral en la Pontificia Academia S. Alfonso de Roma entre los años 1969-1970. Es Doctor en Teológía por la Universidad de Navarra en 1975. CARGOS PASTORALES Ejerció de Canónigo Penitenciario en Albacete entre 1972-1975 y en Valencia de 1975-1988. Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia de la Santa Sede de 1985 a 1996. Fue Vicedirector del Instituto de Totana, Murcia entre 1964-1966 y profesor de Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1975-1985). También en el Istituto Juan PAblo II para EStudios sobre el Matrimonio y Familia (Roma, 1985-1997) y en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz en Roma (1986-1997). Juan Pablo II le nombraría despues Secretario del Dicasterio de 1996 a 2002. Fue nombrado Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos el 28 de marzo de 2002, dejando su cargo en la Santa Sede, y llamado a ser miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia desde entonces. El papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Burgos el 30 de octubre de 2015, siendo administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor, el 28 de noviembre de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desde el año 2002. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Burgos desde 2011 hasta 2015. Además fue miembro de la Comisión Episcopal del Clero de 2002 a 2005.