Don Marcelo, pastor bueno y humilde. En el noveno aniversario de su muerte, el 25 de agosto de 2004

Mons. Cerro ChavesMons. Francisco Cerro Chaves      Tengo que comenzar diciendo, como una confesión en voz alta, que don Marcelo ha sido una de las personas que más han influenciado en mi vida. Hoy, obispo de Coria-Cáceres, tengo una historia que ha marcado lo que soy y lo que amo y que con gozo manifiesto que don Marcelo ha sido clave.

¿Cuáles han sido los aspectos esenciales que don Marcelo ha marcado en mi vida y la de otros muchos que lo reconocen como un don de su vida a la Iglesia?

1. El Corazón Vivo de Jesús: Recuerdo que en mis muchos encuentros y conversaciones con Don Marcelo, en un momento se le escapó como una confidencia que se dejaba ver: Mira, cuando tengo momentos difíciles en mi vida, cuando parece que no puedo más repito una y otra vez: ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío! Esto me llena de una paz que no desaparece nunca. Es mi fuerza en esa tribulación.

Todavía recuerdo sus  muchas homilías, conferencias, pláticas y meditaciones que tuve el gozo de escucharle y que nunca me cansaban. Además de su perfecta voz y su calidad de hablar un buen castellano, en su rico y extenso vocabulario, que le hacía ameno y que siempre captaba a los que hablaba. Siempre transmitía su pasión por Cristo. No hablaba de teoría, sus palabras eran «lo que hemos visto y oído». Era su experiencia de  amor a Cristo que denotaba era el centro de su corazón de pastor bueno. Sus discursos nunca fueron fríos, teóricos, lejanos de la realidad. Todos salíamos entusiasmados porque nos contagiaba su amor a Dios que tiene siempre su Corazón abierto. Fue un auténtico y fascinante predicador en su don de transmitir con sencillez.

2. Amar apasionadamente a la Iglesia: Cuando iba a recibir el diaconado, don Marcelo tenía la práctica habitual de la cercanía a los seminaristas. Tuve la oportunidad de hablar largamente con él. Recuerdo que me preguntó: «¿Cuáles son tus grandes convicciones cuando vas a dar este paso tan clave en tu vida?» Le dije: «Siempre ha marcado mi vida la oración, como una relación cordial con Cristo y, también, como segunda convicción una docilidad y adhesión total al Magisterio de la Iglesia. No soy capaz de hablar mal de mi Madre». Le terminé diciendo que lo había aprendido de lo que él nos había transmitido siempre. Me miró y me dio una palmada y con ese tono familiar me dijo: «Adelante, es esplendido lo que dices».

En unos momentos nada fáciles para la Iglesia, don Marcelo nos hizo estar anclados en lo esencial, su amor a la Iglesia cuando está en crisis  y la fidelidad a Cristo. Nunca dejó don Marcelo que en su corazón anidase la amargura de la «sospecha» sobre la Iglesia. Una y otra vez, siempre con caridad de buen pastor, vivió  «la contestación» al Magisterio de la Iglesia. La fecundidad de Don Marcelo, brotó de que no miró con nostalgia el pasado cuando no brota de la fuente de la Revelación. Ni tampoco se lanzó. como hacían otros,  que se lanzaron por caminos que una y otra vez se manifestaban estériles, porque  no bebían del Amor fiel que busca la santidad como vivencia de «los sentimientos de Cristo». Su pasión por la Iglesia fue incontestable.

No le fue fácil a don Marcelo permanecer fiel, cuando a un lado y a otro caían y no miraban a lo esencial. Como el Hermano Rafael no miraba a los lados sino al centro, a Cristo. En mi cercanía a este gigante del espíritu, el pastor bueno y dócil, ví que muchos no le entendían porque creían que era demasiado «social»,  demasiado preocupado por los pobres, que  hizo lema de su vida episcopal. Ha sido de los obispos, en su época, que han trabajado más por el servicio a los necesitados. En Toledo potenció las Cáritas y creó en cada zona albergues para acoger y cuidar a los pobres más pobres de los pobres.

Me contó un día que estando predicando en Valladolid en una novena, suprimió la predicación al conocer la noticia de la muerte de un hombre de hambre en la ciudad. Era la forma que tenía de rebelarse contra algo que le desbordaba y que los cristianos de entonces no hiciesen más por los pobres.

3. Su profunda humildad: Pocas personas he conocido más humildes que don Marcelo. Una vez nos contó que un seminarista que había enviado un obispo de Latinoamerica, después de unos años como buen seminarista y con gran esfuerzo, vio que no podía con los estudios. Con toda humildad fue a visitar a don Marcelo con la intención de volver a su país. Cuando se lo comentó, este seminarista, nos contó que le emocionó su profunda humildad. Le dijo: «No sirvo y soy un pobre hombre, no tengo mucha inteligencia, me cuesta sacar las asignaturas, hay muchos mejores que yo». Don Marcelo le dijo que siguiese que hiciese lo que pudiera y que era más grande su humildad que sus limitaciones que le hacía apto para el sacerdocio que es la identificación con el Corazón sacerdotal de Cristo «manso y humilde de corazón». Se sentía identificado con los humildes, amaba y le ganaban el corazón los sencillos, los pobres, los humildes. No quería prepotentes porque el Señor, decía, «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes».

Don Marcelo fue un pastor humilde. Enseñó a generaciones de sacerdotes, de vida consagrada y de laicos, el valor profundo de la humildad. Su corazón profundamente evangélico hacía descubrir el valor inmenso de evangelizar desde los  sencillos y humildes. Pocos han influenciado tanto en lo esencial de la Iglesia de su momento y pocos lo han hecho desde una profunda humildad, como lo hizo él.

Don Marcelo pertenece a los grandes pastores de la Iglesia de todos los tiempos, que como hoy con el Papa Francisco, sabía que al hombre le convence la profunda humildad y sencillez  de los pastores y  cómo echa para atrás «el orgullo de los satisfechos», un Dios que María creyó que «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes».

+Francisco Cerro Chaves

Obispo de Coria-Cáceres

Mons. Francisco Cerro Chaves
Acerca de Mons. Francisco Cerro Chaves 204 Articles
Nació el 18 de octubre de 1957 en Malpartida de Cáceres (Cáceres). Cursó los estudios de bachillerato y de filosofía en el Seminario de Cáceres, completándolos en el Seminario de Toledo. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1981 en Toledo, desempeñó diversos ministerios: Vicario Parroquial de "San Nicolás", Consiliario de Pastoral Juvenil, Colaborador de la Parroquia de "Santa Teresa" y Director de la Casa Diocesana de Ejercicios Espirituales. En la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma se licenció y doctoró en Teología Espiritual (1997), con la tesis: "La experiencia de Dios en el Beato Fray María Rafael Arnáiz Barón (1911-1938). Estudio teológico espiritual de su vida y escritos". Es doctorado en Teología de la Vida Consagrada en la Universidad Pontificia de Salamanca. Autor de más de ochenta publicaciones, escritas con simplicidad y dirigidas, sobre todo, a la formación espiritual de los jóvenes. Miembro fundador de la "Fraternidad Sacerdotal del Corazón de Cristo". Desde 1989 trabajó pastoralmente en Valladolid. Allí fue capellán del Santuario Nacional de la Gran Promesa y Director del Centro de Formación y Espiritualidad del "Sagrado Corazón de Jesús", Director diocesano del "Apostolado de la Oración", miembro del Consejo Presbiteral Diocesano; delegado Diocesano de Pastoral Juvenil y Profesor de Teología Espiritual del Estudio Teológico Agustiniano. El 2 de septiembre de 2007 fue ordenado Obispo de Coria-Cáceres en la ciudad de Coria. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, departamento de Pastoral de Juventud, y de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada.