El Año de la Fe ¿Qué hemos hecho mal?

Mons. Francesc Pardo i ArtigasMons. Francesc Pardo i Artigas   Con frecuencia, asistiendo a las reuniones con los sacerdotes de nuestros arciprestazgos  he escuchado de nuevo la pregunta: ¿Qué hemos hecho mal para que muchos de aquellos jóvenes, de la época en que éramos vicarios, no hayan continuado vinculados a la Iglesia, no participen  en la celebraciones de la Misa y hayan arrinconado la fe cristiana? La misma pregunta y queja sobre lo que hemos hecho mal la he escuchado de labios de padres, abuelos… Yo mismo me la he formulado con frecuencia. 

Como sacerdote joven dediqué muchas horas, reuniones, diálogos, excursiones… a los jóvenes, la mayoría de los cuales —si valoramos la práctica religiosa y la vinculación a las parroquias— constato que han arrinconado la fe sin  atreverme a decir que la hayan perdido. Sólo Dios lo sabe. Muchos otros sacerdotes, padres y abuelos, habrán tenido o tienen la misma experiencia.. 

No me atrevo a afirmar que lo hemos hecho todo mal, al contrario, entre todos hemos hecho un gran esfuerzo de transmisión de la fe cristiana, de la forma que, a nuestro entender, nos parecía la más adecuada. Podemos decir como los apóstoles: “Nos hemos esforzado toda la noche y no hemos pescado nada”. Ciertamente, hemos sembrado, pero no vemos los frutos. Puedo confesar lo que personalmente creo haber hecho mal, pero no me atrevo a hacerlo de los demás. 

Es verdad que el cambio cultural producido a partir de 1968, hasido radical. Como explica D. Xavier Morlans, muchos de nuestros conciudadanos se hallan sin memoria de veinte siglos de humanismo griego, latino y cristiano, sin tradición que inspire confianza y con un cierto menosprecio y rechazo a la tradición cristiana, propiciado por algunos grupos de poder mediático; sin el texto sagrado de referencia para la vida (la Biblia), situando al mismo nivel cualquier novela o libro esotérico que la Palabra de Dios; sin autoridad reconocida; con padres, maestros, políticos, sacerdotes, en crisis… Sin valores o convicciones firmes, “todo es relativo”. Incluso he oído a alguna coral cantar repetidamente que “todo es relativo”. Con frecuencia, sin vínculos afectivos estables y sociales firmes; sin esperanza en un final feliz de la historia y de la humanidad, mirando únicamente la tierra sin pensar ni esperar “el cielo”, expresión que ayuda a entender que la problemática del presente ahoga la mirada hacia el futuro, ni que sea utópica. Un cambio cultural no asumido. 

Pensando en este escenario no es de extrañar que nos cueste tanto transmitir la fe a las nuevas generaciones, y animar de nuevo a aquellas personas que durante su juventud pasaron por nuestros movimientos, comunidades, escuelas y parroquias. 

Sin atreverme a juzgar a nadie, si me atrevo yo a hacer autocrítica de mi misión, especialmente de los primeros años de mi ministerio. Lo hago brevemente remarcando dos aspectos, para que –sin culpabilizarnos- aprendamos de nuestra historia pastoral como transmisores de la fe. 

         Durante un cierto tiempo la palabra clave fue “el compromiso”, dando título incluso al libro Creer es comprometerse. Cierto que la fe nos pide coherencia y compromiso, pero el Evangelio, la Buena Nueva, no exige en primer lugar  “nuestro compromiso”, sino que describe y ofrece el compromiso de Dios hacia nosotros. La primera pregunta que debemos ayudar a responder es lo que Dios —por medio de Jesucristo— ha hecho y hace por nosotros. No supe remarcar el gran regalo que es ser creyente, el gran regalo que Dios nos ofrece. Normalmente empezábamos por lo que Dios esperaba de nosotros por medio de una serie de compromisos: sociales, políticos, culturales, sindicales, laborales, afectivos y de sexualidad. Únicamente viviendo todo el amor que Dios nos ofrece podremos responderle con “los compromisos”.

         También, con el paso del tiempo, te das cuenta que el Evangelio quedaba reducido, frecuentemente, a una pauta de vida, de comportamiento, y no a hacer posible una experiencia intensa de relación con Jesucristo. Experiencia personal y sostenida por la comunidad (parroquia-movimiento…), por medio de la plegaria y los sacramentos. 

Debemos aprender de la propia historia para afrontar los retos de hoy.

 + Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.