Palabras de fe: Hannah Arendt (3)

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés     La postura que adoptaba Hannah Arendt ante los políticos y sus decisiones nos resulta muy familiar a quienes intentamos aplicar criterios cristianos, es decir, la Doctrina Social de la Iglesia, al discernimiento moral de la vida política concreta. Ella era una filósofa, pero su actitud y sus palabras rozaban de alguna manera lo que un creyente podía vivir y decir desde su fe.

Así, tomaba postura ante cuestiones tan graves como la guerra del Vietnam o el escándalo del Watergate, y en el marco de sus conferencias y coloquios era interpelada, sobre todo por sus alumnos y gente joven, para que se definiera políticamente, si era conservadora o liberal… A lo que ella respondía:

“Realmente no lo sé… Supongo que nunca estuve situada en ningún de esas posiciones. Tú sabes que para la izquierda soy conservadora y que los conservadores me toman por una izquierdista, una inconformista, o sabe Dios qué… No creo que la cuestión real de este siglo acabe siendo iluminada por este tipo de cosas”.

En definitiva, ella vivía en el espacio de las ideas y del pensamiento, donde los problemas se ven con toda su profundidad y se descubre “lo que debe ser”, el ideal. Pero el sufrimiento y el conflicto venían cuando tenía que vivir lo que realmente es. Esto no nos resulta extraño a los cristianos. Sabemos que una palabra de fe referida a la política siempre será crítica e inconformista, pues ninguna opción política realizará el ideal evangélico en el que creemos; y, sin embargo, no podremos dejar de optar en concreto, para no pecar de evasión y falta de compromiso. Sólo que la fe nos facilita una salida a este conflicto, que quizá ella no pudo practicar.

Creemos que esta tensión marcó toda la existencia de Arendt, incluida su existencia personal e íntima. Lo podemos ver en su actitud frente a la gran cuestión del valor de la vida humana y de la muerte.

Ella se mostró siempre absolutamente apasionada de la vida humana. Pero tuvo que afrontar episodios de enfermedad y muerte como una trágica contradicción difícil de digerir. La enfermedad y muerte de su marido, un accidente de tráfico que le

pudo haber costado la vida, la muerte de amigos íntimos… ¿Cómo afirmar apasionadamente la vida? El Papa Juan XXIII falleció en el verano de 1963, estando Arendt en Roma. Quedó sorprendida de la personalidad del Papa, ese hombre sencillo, lleno de confianza en sí mismo, un hombre cuya fe le parecía inspiradora y que puso de manifiesto en las palabras que pronunció en su lecho de muerte: “Cualquier día es bueno para nacer, cualquier día es bueno para morir”. Arendt expresó su admiración en el ensayo El cristiano en la silla de Pedro y el filósofo J. Glenn Gray le hizo esta observación: “Me he percatado de que se trata de la misma robusta afirmación de la vida en ti (como en él). Supongo que sólo los poseídos por este sentimiento de afirmación pueden permitirse poner en cuestión el valor de la existencia en absoluto”.

A la hora de la verdad, Arendt no integró con paz todas las experiencias de muerte que la realidad le tenía deparadas. Eran una contradicción insufrible a su energía y sus ganas de vivir. En su propia enfermedad no soportó la convalecencia, despreció el tratamiento, se volvió agresiva y displicente y compensó la soledad aferrándose obsesivamente a los amigos. Le sobrevino la muerte en plena actividad…

La fe nos permite afirmar apasionadamente la vida humana hasta reconocerla como eterna, y al mismo tiempo asumir hasta el fondo la tragedia de la muerte, siempre que la vivamos como lo hizo Jesucristo, es decir, amando hasta el final.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.