El precioso don de ser abuelos

Mons. Amadeo RodríguezMons. Amadeo Rodríguez     Me pongo a escribir sobre los abuelos y, de inmediato, me doy cuenta de que es un tema hermoso y de que, además, es justo que, al llegar su día, se digan sobre ellos palabras de gratitud y homenaje. No obstante, también descubro enseguida que no es fácil abordar este tema, porque son muchos los aspectos que hay que tener en cuenta al acercarnos a quienes centran el amor y el respeto de la familia, al menos de la familia cristiana. Aunque desearíamos de corazón que a ningún abuelo, en cualquier otro modo de entender la familia, le faltara el afecto de los suyos.

Los franceses denominan a los abuelos con un término en mi parecer hermoso y, sobre todo, significativo: grand-père. De este modo la paternidad envuelve a toda la familia; por los abuelos toda la familia está acogida y amada: hijos, nietos, bisnietos… Por ellos, cuando están bien situados en el entorno familiar, fluye lo más genuino de la vida familiar, que es el amor, que en los abuelos tiene una concentración especial por parte de todos los miembros de la familia: ellos lo dan y ellos lo reciben. Se puede decir que ser abuelo o abuela es un precioso don para toda la familia.

Es evidente que esta descripción idílica afortunadamente aún se puede demostrar en muchas familias; sin embargo, también es cierto que en otros muchos casos esa sintonía de todos los miembros de la familia en el amor y el respeto, se rompe sobre todo por los mayores. Las condiciones de vida de esta sociedad moderna, si bien es cada día más sensible a su necesidades, también convierte cada vez más a los mayores en víctimas, sobre todo del desamor, que es la peor de las carencias en las que se puede vivir. Aun comprendiendo que en muchos casos las residencias y hogares de las administraciones públicas, de la Iglesia o de particulares es una solución idónea para la atención de los abuelos; sin embargo, esto no puede ser una coartada para desentenderse de ellos. En cualquier circunstancia, a los mayores no les ha de faltar el afecto, lo más cercano posible, de los suyos. La distancia no puede ser la causa del olvido y el desafecto; del mismo modo que las condiciones de vida, como el trabajo de los hijos o la situación de la vivienda, no puede ser la justificación fácil para desentenderse de ellos.

El día 26 de julio, festividad de San Joaquín y Santa Ana, abuelos de Jesús, es una buena oportunidad para un homenaje de todos nosotros hacia aquellos que merecen todo nuestro respeto y gratitud. Es un buen día para renovar lo que un día pudimos sentir hacia nuestros abuelos, que estoy seguro siempre fue mucho amor y mucha confianza. Lo que sentimos de niños ha de reverdecer en el corazón, con más fuerza si cabe, a lo largo de toda la vida; es más, debería reverdecer cuando los vemos más limitados e impotentes. Hijos y nietos tienen que reencontrarse con la gratitud y la comprensión cuando ven el declive de sus mayores.

Es entonces cuando se ha de reconocer que el gran padre y la gran madre (abuelo y abuela) ofrecieron a sus hijos y a sus nietos, cuando los necesitaron, lo mejor de sí mismos. Hasta llegar a donde están ha sido mucho lo que han dado y siempre en fidelidad a la vocación de ser personas útiles en la sociedad con su trabajo, de ser padres con el don de la vida y con la educación generosa de sus hijos hasta que éstos pudieron abrirse camino. Y en cuanto a sus nietos, de todos es sabido que en estos tiempos muchos abuelos incluso asumen el cuidado y la educación de los niños por el trabajo de los padres. Lo hacen, además, con mucho gusto y con una excepcional generosidad.

Y lo que hacen maravillosamente es la educación cristiana de los nietos en sus primeros pasos. Si hoy llegan los niños y niñas a la catequesis con un cierto despertar de su fe es porque sus abuelos los han iniciado en las primeras oraciones, en los primeros gestos, en las primeras actitudes y porque los abuelos han pronunciado para ellos las primeras palabras de fe. Y, sobre todo, por los abuelos saben los nietos lo que es el amor a Dios y el respeto por su voluntad.

Por todo lo que han sido y por todo lo que son, y especialmente por lo que están siendo para muchas familias en estos tiempos de crisis, bien merecen los abuelos un recuerdo especial en este día en el que evocamos el testimonio precioso de los del Señor. Joaquín y Ana cuidaron la crianza y la educación de María, su hija, lo que luego influyó definitivamente en la crianza y la educación que, tanto ella como su esposo José, le dieron a ese maravilloso Niño, de nombre Jesús, que crecía en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.