Una representación molesta

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora    La peregrinación a la tumba de un Apóstol tiene, para los católicos, una significación muy especial puesto que encierra en sí misma el acercamiento a la vida de quien fue testigo de primera mano de los acontecimientos de la Redención. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, se ve la importancia que tuvo el hecho de ser testigo directo en la elección de S. Matías como sustituto de Judas Iscariote. Se nos dice: «Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección» (Hch 1, 21–22).

Nuestra mejor Tradición Apostólica es la de haber recibido el Evangelio, en España, de las manos del Apóstol Santiago cuyo sepulcro ha sido y es meta de peregrinaciones de nuestras diócesis y de toda Europa. Podemos testificar personalmente cómo, a pesar de no ser Año Santo Compostelano, tanto el año pasado como este, la ciudad del Apóstol se llena constantemente de peregrinos de toda clase y condición, y utilizando los muchos medios que permiten hoy las comunicaciones sociales.

En este Año de la fe es muy conveniente que renovemos nuestra fe con un acto explícito personal y comunitario, y una buena ocasión puede ser la Solemnidad del Apóstol Santiago, el jueves próximo, día 25 de este mes. Los que participamos en la modesta peregrinación diocesana del mes pasado sabemos de la especial emoción que llena el corazón al confesar la fe recitando el Credo en el sepulcro del Apóstol. Felizmente el Camino de Santiago es también en este año una de las acciones programadas por la Delegación de Juventud y, en el caso de los adultos, el Camino Diocesano del 1 al 12 de Agosto.

Dos realidades aparecen en nuestra vida cristiana que hay que cuidar muy especialmente en estos tiempos de publicada e interesada increencia. Por una parte, dado que no ayuda el ambiente a confesar la fe, necesitamos fortalecerla. El Pilar de Zaragoza que lleva plantado a las orillas del Ebro desde los primeros tiempos de la era cristiana, es todo un símbolo de la firmeza con que hay que asentar en nuestra vida personal y social la fe en el Señor Resucitado, Cristo Jesús. Como nos dijo Benedicto XVI en la convocatoria del Año de la fe, deberemos repasar el Catecismo último, publicado por Juan Pablo II el 11 de octubre de 1992, para ilustrar y profundizar los contenidos de nuestra fe. Nuestros contemporáneos nos exigen y tienen derecho a que les sepamos dar las razones de nuestra fe.

Además, hay una segunda realidad que nos urge hoy y que viene dada desde los comienzos de la Iglesia naciente, caracterizada por la muerte de los Apóstoles, pues todos menos S. Juan murieron mártires de la fe, y Santiago fue el primero de todos en el tiempo. En nuestras sociedades occidentales no se suele dar la muerte violenta a causa de la confesión de la fe, pero se produce de muy diversas formas el acoso a la fe católica que exige de nosotros un esfuerzo que podemos llamar martirial para saber y poder dar razones de nuestra fe (cabeza), ofrecer los mejores sentimientos religiosos que pacifican y engrandecen a la persona que los posee (corazón), así como una moral personal, familiar y social (manos) que muestre la dignidad de las personas y la permanente inquietud por el bien común apoyado en los valores del Reino de Dios: justicia, paz, verdad, vida, santidad, gracia y amor.

El «Patrón de las Españas», como reza el himno a Santiago, nos sabrá dar la energía y el valor de la entrega a la vez que intercede por nosotros y «protege a nuestra nación».

Vuestro obispo, +Antonio

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.