Atender a los heridos encontrados en el camino de la vida

Mons. Carlos OsoroMons. Carlos Osoro     El Domingo escuchábamos los cristianos una página del Evangelio (cf. Lc 10, 25-37), que nos pone frente a la realidad por la que todos los días pasamos y nos hace observadores, por una parte, de las heridas tan grandes que tiene el ser humano y, por otra, de la urgencia de atender a todos los que las padecen. No podemos pasar de largo. Pero para mí, lo más impresionante de la página del Buen Samaritano, es la pregunta previa por la cual el Señor nos relata esa parábola. Es la pregunta de aquél escriba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”, es decir ¿cómo ser verdaderamente feliz? ¿Cómo tener una vida plena? Es la pregunta de cualquier ser humano que se toma la vida en serio y desea tomarse en serio la vida de los demás.

Esta pregunta es necesario que hoy nos la hagamos todos los hombres. Estamos metidos de lleno en una gran crisis, a cuya raíz más profunda hay que ponerle un nombre: crisis moral. Que lo es, entre otras cosas, porque surge un ser humano al que se le han quitado los lugares reales de su nacimiento como tal, se siente naciendo fuera de lo que son manantiales auténticos de vida y no es feliz, siente vacío. Se le apartan de su vida, nutrientes fundamentales como son la fe, la racionalidad y apertura acogedora consciente y orante de Dios. Por eso, pregunta unas veces de una manera y otras de otra, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna, para dar sentido con hondura a mi vida, para no tener vacíos, para ayudar a los demás y no solamente respetar su dignidad, sino promover esa dignidad que todo ser humano tiene?

A estas preguntas estamos dando respuestas diferentes a las que daba Jesucristo. Él sabe quien es de verdad el ser humano. Y lo sabe porque es Dios mismo y porque cuando ha querido decirnos quién es el hombre, Él se ha hecho hombre. Él es la plenitud de lo que es el hombre, es la medida auténtica de lo humano, su misma vida es la que responde a la pregunta que un día le hizo aquél escriba: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Por eso desea que sea el escriba mismo quien dé la respuesta y le hace esta pregunta, “¿qué está escrito en la Ley?” A mí lo que me impresiona también es la respuesta del escriba, ya que sabía qué era y quién era, qué le hacía feliz y quién le ponía en un camino de realización de sí mismo y de los demás: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”.

El cuestionamiento de la presencia de Dios en la vida del hombre y de la historia es una gran tragedia para todos. Hemos de ser valientes para llamar a las cosas por su nombre. Cuando a Dios le retiramos de la vida humana, cuestionamos la misma, pues no tenemos capacidad de penetración en la vida, en los derechos del hombre, en sus deberes para consigo mismo y los demás. Apropiarnos de la vida a nuestro antojo, sin luz, sin verdad, sin pureza original, solamente desde el instinto, es retornar a la vida salvaje. ¿Quién define la vida? ¿Quién marca dirección? ¿Quién promueve la libertad? ¿Quién le dice al ser humano la verdad? ¿Serán otros como cualquiera de nosotros? Os aseguro, siempre habrá seres humanos que deseen contar con Dios. Por eso, tomar la decisión de que Dios sobra y no poder legitimar su presencia pública entre los hombres, es eliminar la libertad. Y tiene que haberla para acoger la transcendencia, que es fuente de amor y generosidad.

Cuando Dios desaparece del horizonte del hombre, ¿quién nos dice qué es lo que está bien y mal o dónde está el bien y el mal? La pregunta que el escriba plantea a Jesús tiene una importancia capital, “¿quién es mi prójimo?” Y la respuesta de Jesús es clara y contundente. No quiere que sea abstracta y, además, desea interpretar la realidad de todos los tiempos. Dios y el hombre están tan unidos, que ha sido el mismo Dios quien nos ha revelado que, para que el hombre lo sea de verdad, tiene que ser reflejo vivo de Dios, es “imagen y semejanza de Dios”. Quiere describir la realidad de la vida humana y de nuestro mundo con tal realismo y fuerza que nos habla de la necesidad de ser “samaritanos” todos los hombres, de la urgencia que en todos los momentos de la historia existe de hacer frente a los bandidos y ladrones, a quienes destruyen, hieren o matan al hombre. La destrucción más grande es no dejar que el hombre ame a Dios. Y en esto está la realidad de todas las demás penalidades, pues no sabe quién es y no sabe tampoco quiénes son los que le rodean y qué debe hacer con los que tiene a su alrededor.

La parábola del Buen Samaritano nos pone de manifiesto lo que el ser humano aporta en muchas ocasiones de su historia personal y colectiva: los fundamentos mismos de la comprensión del hombre. ¡Qué importante es aceptar el emplazamiento que Jesús hace al escriba y a todos los hombres! No nos emplaza ante una idea, sino ante una presencia personal que, misteriosamente, nos sale al encuentro y nos nombra por nuestro nombre propio, nos emplaza a sentir la potencia de su gracia, no como una amenaza, sino como un don que nos ofrece a integrarnos en ese orden de la vida que solamente puede darnos Dios mismo. Es el orden en el que se nos sitúa siempre contando con Dios y viendo en los demás imágenes reales de Dios. Donde mejor se observa esta realidad es en la descripción que hace del samaritano: “pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él (se refiere al hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos que lo dejaron medio muerto) y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándole aceite y vino y montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó una posada y lo cuidó”.

Ciertamente que la adhesión sincera a Dios, tal y como nos la revela Jesucristo, nos lleva a explicitarla históricamente. En Jesucristo se nos da la revelación suprema de Dios mediante su muerte y resurrección. Es en Él donde vivimos la experiencia de Dios como gracia y salvación, como perdón y reconciliación, como vida nueva y pertenencia a otro mundo que comienza ya en este. Es desde Él, desde donde nuestra vida moral se constituye como respuesta agradecida y testimoniada, como acción de gracias ante Dios y de gracia para los demás hombres, en orden a ser testigos auténticos de Jesucristo en su misión y en su amor. Desde aquí entendemos la lógica de la parábola del Buen Samaritano, se acerca a quien está tirado y herido, lo cura, le presta su cabalgadura, es decir, pone a su disposición todo lo que tiene y lo lleva a una posada para que lo cuiden hasta que sea devuelta toda su dignidad. Tenemos delante de nosotros una gran exigencia como es contribuir a superar la crisis moral en la que estamos inmersos y una manera singular de hacerlo es mostrar con nuestra vida el rostro de Dios, el que nos revela Nuestro Señor Jesucristo. Esto no se hace ni con dogmatismos, ni con imposiciones, tampoco dejando que el ser humano caiga cada día más en hundimientos que le destruyen. Ofrezcamos la fuerza del Evangelio, la juventud regeneradora de Jesucristo con nuestras palabras y con nuestras obras: ir a todos los heridos y a todas las heridas, no hacer sublimaciones teóricas, la persona en primer lugar. Dios nos llama en medio de todas las realidades y nos invita a acciones concretas y a decisiones reales. Demos a esta historia la luz que Cristo nos regala con la parábola del Buen Samaritano.

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.