La Iglesia ante la crisis (VIII)

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella    El domingo pasado dediqué mi escrito a las víctimas de la crisis, a la par que apunté algunas reflexiones que nos pueden servir para prestarles una ayuda eficaz y oportuna. Hoy nos adentraremos en la necesidad que tenemos todos de formarnos, con el fin de poseer una conciencia social tal como la Iglesia y, en concreto, los últimos papas nos vienen pidiendo.

La formación y la educación de la conciencia social es una prioridad urgente y un desafío para la Iglesia en este mundo globalizado en el que vivimos. Es el reto de lo que podríamos llamar la metafísica del “humanum”, de “lo humano”, lo que supone tener unas nuevas relaciones con los otros en medio de una cultura individualista, desorbitadamente neoliberal y poco comprometida.

De entrada, he decir alto y claro que “ocuparse de los otros” con interés y con entrega generosa, desde esta perspectiva y desde este horizonte, es una tarea de profundo calado cristiano, no sólo social. De ahí que la educación de la conciencia social del cristiano no es algo estático sino que se va configurando – se va realizando – desde su identidad cristiana, esto es, desde la verdad y desde el amor. Todo ello en un proceso dinámico que ni es resultado sólo de las propias fuerzas, ni se obtiene tampoco sólo desde las instituciones que intervienen en el mismo, sino que lo podemos identificar como “un verdadero camino vocacional en el marco de un desarrollo humano integral” (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 11).

La conciencia que tiene el cristiano de pertenecer a la familia humana se manifiesta a partir de una valoración de la “relacionalidad” como su elemento esencial. Esta expresión – relacionalidad – puede decirse que la ha acuñado el mismo papa emérito en la encíclica citada. Y es así: el hombre no ha sido creado para vivir sólo en una isla al modo de Robinsón Crusoe, ¡no! Hemos sido creados para vivir relacionándonos unos con otros, partiendo de la familia propia que es el ámbito de relaciones humanas más determinante. Si no conseguimos la vivencia de esa relacionalidad, difícilmente podremos hacer frente a los auténticos y graves problemas que estamos viviendo, tanto morales como sociales.
Con palabras de la encíclica Populorum progressio, hay que afirmar que para alcanzar el desarrollo hacen falta “pensadores de reflexión profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno hallarse a sí mismo” (Populorum progressio, 20) Es, pues, muy deseable lograr la propuesta de modelos de humanismo, de intelectuales que orienten la dirección del desarrollo personal y social. Este es uno de los problemas más graves – en el plano de la educación de la conciencia social – de nuestro tiempo. No basta con elaborar grandes reflexiones y publicar importantes documentos, dado que la doctrina, la teoría, por sí misma sería insuficiente. Son necesarios los testigos, los grandes referentes, que los ha habido en todas las épocas y en todas las sociedades.

Y ¡atención! “nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica”, en bellísima expresión de Benedicto XVI en su Instrucción apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, 85, que concluye diciendo: “el testimonio es el medio como la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándole a acoger libremente esta verdad radical”.

¿Cómo sabremos que hemos llegado a poseer una conciencia social bien desarrollada? ¿Acaso por la pertenencia a determinadas instituciones? ¿Tal vez por los programas o las ideologías que la sustentan? Decididamente no: solamente la responsabilidad humana ofrecerá la garantía segura de tal desarrollo. Todas las estructuras deben verse mediatizadas por la libertad y la responsabilidad humana.

Termino con una afirmación que resume lo dicho hasta aquí: No hay más que un humanismo verdadero y no es otro que el que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación, de una respuesta responsable. En el próximo número hablaremos de la educación en la verdad y en la caridad.

Con mi afecto y bendición,
+ Juan José Omella Omella, Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.