La Iglesia ante la crisis (VII)

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella     En mi escrito correspondiente al 23 de junio hice referencia al amor social: la revalorización del amor en la vida social y que se ha de plasmar y concretar en la fraternidad entre todos los hombres, fraternidad que nace de nuestra condición de hijos de Dios, propia de todos los seres humanos, independientemente de su raza, cultura y lengua. Y terminaba exhortándoos a vivir la solidaridad, no sólo para que crezca en estos momentos la cantidad de donativos para los afectados por la crisis, sino, más bien, para que – por el bien común – todos nos sintamos verdaderamente responsables de todos.

Hoy pretendo fijarme expresamente en las víctimas de la crisis. Tienen nombre, tienen cara. A muchos afectados los conocemos. De entrada habría que decir que debemos estar muy atentos y preocupados por esas personas. Están a nuestro lado. Viven en nuestro mismo pueblo, en nuestro mismo barrio, en nuestra misma casa. Nuestros hijos van a la misma secuela. Juegan juntos. Hablan entre ellos de lo que cada uno ve en su hogar.

Cáritas, habitualmente a través de los estudios de la fundación FOESA, nos pone ante los ojos la tremenda realidad de esas víctimas, haciéndose eco de la solicitud tantas veces manifestada por el papa emérito Benedicto: “¿Cómo no pensar en tantas personas y familias afectadas por las dificultades y las incertidumbres que la actual crisis financiera y económica ha provocado a escala mundial?” (Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático, 8 de enero de 2009).

Estar pendientes de la situación dramática de tantas familias y de tantas personas se ha de traducir en:

– Un compromiso en acciones adecuadas y en obras concretas que faciliten la búsqueda de soluciones a los problemas del desempleo, el hambre, la emigración forzosa, la pérdida de la salud y la pérdida de la calidad de vida de los pobres. Nadie debe olvidar que la existencia en el mundo de la llamada, y a menudo demasiado idílica,“ciudad del hombre” no se consigue sólo con relaciones basadas en derechos y obligaciones sino, antes y más todavía, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión.

– En segundo lugar, y siempre con la atención puesta en tantas víctimas de la crisis, la Iglesia – los creyentes y las comunidades cristianas – ha de hacer, hemos de hacer, un esfuerzo valiente para aportar los bienes que ayuden eficazmente a los que no los tienen. ¿De qué bienes hablamos? Con el papa Juan Pablo II hemos de matizar que hay bienes necesarios, convenientes y superfluos. Los bienes convenientes deben ser objeto de decisión por parte de los cristianos para darlos a los necesitados (una parte del salario, de los beneficios…). Pero es que el Beato Juan Pablo II la invitación que nos hacía era a desprendernos, no sólo de lo conveniente, sino incluso de lo necesario. De ahí mi pregunta en estos momentos: ¿no deberíamos tomar opciones más extraordinarias todavía? ¿qué opciones? De hecho, y en su momento, hicimos entrega a Cáritas de una cantidad respetable del dinero del IRPF, pero ¿es suficiente o tendríamos que hacer un esfuerzo mayor?

– Finalmente, y tal vez sea lo más prioritario, es preciso impulsar mucho más toda la labor del voluntariado. Se trata de una de las mayores riquezas – humanas y cristianas – que tiene la comunidad eclesial, como atinadamente observó la Comisión Episcopal de Pastoral Social, en el documento “La Eucaristía, vida y fortaleza del voluntariado cristiano”, de 2011.

Dadas las circunstancias en las que hoy se desenvuelve la opinión pública, es preciso destacar que la Iglesia posee una riqueza incomparable en lo que a la generosidad del voluntariado se refiere, que difícilmente podrán alcanzar otras instituciones. De hecho, donde hay pobreza, donde hay pobres, enfermos, personas abandonadas, gente excluida, allí hay cristianos dispuestos a dar no sólo dinero y tiempo, sino a darse a sí mismos en una oblación que se parece a la entrega del Maestro Jesús, que siendo rico se hizo pobre con los pobres.

No puedo por menos, y ya termino, que fijar la atención en la presencia de nuestros voluntarios en Cáritas, Manos Unidas, las distintas modalidades de la Pastoral con enfermos, con inmigrantes, con gitanos, con los presos; todo ello sin olvidar lo que hacen tantas asociaciones y tantas ONGs surgidas de congregaciones y órdenes religiosas. Es de justicia reconocerlo.

El próximo escrito lo dedicaré a exponer la prioridad que para la Iglesia supone la formación y la educación de la conciencia social.
Con mi afecto y mi bendición,
+Juan José Omella Omella,

Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
Acerca de Card. Juan Jose Omella 357 Articles
Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.