LA ALEGRÍA DE LA FE – El Espíritu Santo (5)

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez     La comunión eclesial es una aspiración siempre necesaria, uno de esos contenidos de la fe católica imprescindibles. Nuestro pasado curso pastoral ha subrayado la comunión entre los que formamos la Iglesia diocesana como un ingrediente fundamental para la buena comida que alimenta y da sabor. La comunión eclesial es suscitada y sostenida por el Espíritu Santo, y es conservada y promovida por el ministerio apostólico, el que ejercen el Papa y los obispos en sus diócesis. Es lógico: a esta comunión la llamamos Iglesia, y abarca todos los tiempos y a todas las generaciones. Y os digo que es necesaria sobremanera. En esta comunión, pues, estamos unidos a los creyentes en Jesucristo en todas las partes del mundo y a todos los creyentes del pasado y los del futuro, con los que formamos una gran comunión.

¿Quién garantiza esta unión sino el Espíritu Santo con su presencia activa en el misterio en la historia? Él es el que asegura su realización a lo largo de los siglos. Gracias al Espíritu Paráclito, la experiencia de Jesús Resucitado, que hizo la comunidad apostólica en los orígenes de la Iglesia, las generaciones que han venido después han podido vivirla siempre en cuanto transmitida y actualizada en la fe, en el culto y en la comunión del Pueblo de Dios, peregrino en el tiempo. Por ello, nosotros ahora vivimos el encuentro con el Resucitado no sólo como algo pasado, sino en la comunión presente de la fe, de la liturgia, de la vida de la Iglesia.

La Tradición apostólica de la Iglesia consiste en esta transmisión de los bienes de la salvación, que hace de la comunidad cristiana la actualización permanente, con la fuerza del Espíritu, de la comunión originaria. De modo que la Tradición se llama así porque surgió del testimonio de los Apóstoles y de la comunidad de los discípulos en el tiempo de los orígenes de la Iglesia, fue recogida por inspiración del Espíritu Santo en los escritos del NT y en la vida sacramental, en la vida de fe, y a ella –a esta Tradición, que es toda la realidad siempre actual del don de Jesús- la Iglesia hace referencia continuamente como a su fundamento y a su norma a través de la sucesión ininterrumpida del ministerio apostólico, en Toledo a través de los 120 obispos que hemos servido a esta Iglesia.

¿Quién actualizará la presencia salvífica del Señor Jesucristo mediante el ministerio apostólico de los Apóstoles y sus sucesores y a través de toda la vida del pueblo de la nueva alianza? La respuesta es clara: el Espíritu Santo, según aquellas palabras de Jesús: “Vosotros sois testigos de estas cosas. Voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre” (Lc 24,48s). “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (He 1,8). Y esta promesa, al inicio increíble, se realizó ya en tiempo de los Apóstoles: “Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen” (He 5,32).

La Iglesia crece y camina, pues, “en el temor del Señor, llena de la consolación del Espíritu Santo” (He 9,31). Esta permanente actualización de la presencia activa de nuestro Señor Jesucristo en su pueblo, obrada por el Espíritu Santo y expresada en la Iglesia a través del ministerio apostólico y la comunión fraterna, es lo que en sentido teológico se entiende por el término Tradición: no es la simple transmisión material de lo que fue donado al inicio a los Apóstoles, sino la presencia eficaz del Señor Jesús, crucificado y resucitado, que acompaña y guía mediante el Espíritu Santo a la comunidad reunida por él.

Gracias a la Tradición, garantizada por el ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores, el agua de la vida que brotó del costado de Cristo y su sangre saludable llegan a las mujeres y a los hombres de todos los tiempos. Así, la Tradición es la presencia permanente del Salvador que viene a encontrarse con nosotros, para redimirnos y santificarnos en el Espíritu mediante el ministerio de su Iglesia, para gloria del Padre.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.