Los Mártires, testigos supremos del amor al Cristo – Carta pastoral con motivo de la ceremonia de beatificación de los mártires de la persecución religiosa en España del siglo XX

Mons. Jaume PujolMons. Jaume Pujol     A los sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, laicas con misión pastoral,  miembros de institutos seculares y fieles laicos y laicas de la archidiócesis de Tarragona.

Amados todos en el Señor Jesús muerto y resucitado:

Con mucha ilusión y alegría os escribo, unos meses antes de la gran ceremonia de beatificación de los mártires de la persecución religiosa en España del siglo XX, estas líneas de mi quinta carta pastoral.

Espero que os puedan ayudar a meditar sobre lo que significa el martirio y a dar gracias a Dios por esta magna beatificación.

ANTECEDENTES

El día 28 de junio del año 2012, en la audiencia privada concedida al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el papa Benedicto XVI, ahora emérito, aprobaba y firmaba el Decreto de martirio del obispo Manuel Borràs Ferré, obispo auxiliar de Tarragona, y ciento cuarenta y seis compañeros mártires, junto con decretos de martirio de otras causas de la persecución religiosa acaecida en España entre los años 1934 y 1939. Con este Decreto del Sumo Pontífice culminaba un largo recorrido que se inició el día 18 de abril de 1952, bajo la presidencia del cardenal Benjamín de Arriba y Castro —es decir, abrió el proceso de beatificación como prerrogativa los obispos de las diócesis a las que pertenecían los mártires—, siendo postulador el Hno. Joaquín Donato, de la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle).

Evidentemente ha transcurrido mucho tiempo desde entonces, por lo que es legítimo preguntarse: ¿por qué se ha tardado tanto?… En primer lugar podemos decir que una causa de beatificación es, en general, un procedimiento largo y complejo. Es preciso contrastar muchos testigos, pruebas, etc., dado que se trata de un asunto muy serio que, como manda el derecho, debe llevarse a cabo con el máximo rigor. Por otra parte, aunque la de Tarragona fuese una de las primeras causas de beatificación presentadas a la Santa Sede, su curso se paralizó varias veces por razones diversas. Estos motivos explican, en parte, el hecho de que hayan pasado más de cincuenta años desde su introducción.

ALGUNAS PALABRAS SOBRE CÓMO SE TRAMITA UNA CAUSA

Llegados a este punto, podríamos recordar las diferentes fases de una causa. En primer lugar se empieza por la fase probatoria, es decir, la investigación o prueba que jurídicamente se hace de algo, en este caso de las circunstancias que rodearon todo lo relativo al martirio y al mártir. Una vez terminada la fase probatoria, se redacta un documento en el que se examinan los datos recogidos (la llamada positio) y se envían todas las actas a la Congregación para las Causas de los Santos, que es la instancia eclesial competente en esa materia.

Dentro de la Congregación existe un Colegio de Relatores. Su función es recibir las causas que llegan e impulsarlas, de acuerdo con las normas de la Congregación y con el máximo rigor. Una vez recibida la causa, se asigna a uno de los relatores, quien prepara la ponencia sobre el martirio del siervo de Dios, que es como será denominado en lo sucesivo el presunto mártir. La ponencia sobre el martirio se presenta a la Comisión de Teólogos, los cuales emiten su voto. Si éste es favorable, se entrega a los cardenales y obispos miembros de la Congregación.

Conviene explicar también que, en la Iglesia católica, un beato es un difunto cuyas virtudes han sido previamente certificadas por el Papa y puede ser honrado mediante el culto. El término beato significa literalmente ‘feliz’ (del latín beatus) —o ‘bienaventurado’ en un sentido más amplio—, aludiendo a la creencia de que esta persona disfruta ya del paraíso. La consideración de beato constituye el tercer paso en el camino de la canonización. El primero es siervo de Dios; el segundo, venerable; el tercero, beato y el cuarto, santo.

Si la causa de beatificación se sigue por vía de martirio, no se procede a la declaración de venerable. También es preciso recordar que para la beatificación de los mártires no es necesario que haya habido un milagro. Una vez aprobada la ponencia por parte de los dos grupos —Comisión de Teólogos y Congregación de Cardenales y Obispos— se presenta al Santo Padre, el cual, si lo estima conveniente, procederá a promulgar el decreto mediante el cual se aprueba el martirio del siervo de Dios y a ordenar su beatificación.

Dentro de la causa de los mártires de Tarragona, que fue pionera, se incluyen —además del obispo auxiliar de Tarragona, Manuel Borràs, los sesenta y seis sacerdotes y los dos seminaristas de la archidiócesis—, ochenta y tres personas más: veinte monjes del Monasterio de Montserrat, siete Carmelitas Descalzos, siete Misioneros del Corazón de María, treinta y nueve Hermanos de las Escuelas Cristianas, cuatro Terciarios Carmelitas de la Enseñanza y un padre Capuchino.

UN RECUERDO AGRADECIDO

La causa del martirio de Tarragona, iniciada mencionado de 1952, largamente esperada y felizmente concluida con el Decreto del Santo Padre, ha significado la voluntad de la Iglesia metropolitana de no olvidar la memoria de aquellos que por causa de Cristo sufrieron muerte violenta, dándonos el testimonio más alto de la fe. Nosotros no queremos olvidar el recuerdo de quienes amaron al Cristo hasta la efusión de la sangre. No podemos olvidar a unas personas que amaron tanto a Dios y a la Iglesia que se entregaron ellos mismos.

Quiero hacer memoria de los arzobispos, antecesores míos en esta sede, que tuvieron la voluntad de seguir esta causa martirial y velaron para que prosperara. También quiero recordar a la generación de sacerdotes de nuestro presbiterio que han mantenido viva la memoria, así como a los postuladores de la causa en las diversas etapas del largo proceso canónico. Y, sobre todo, también deseo recordar ahora a tantos fieles de la archidiócesis que han orado a Dios Padre con el fin de que esos siervos de Dios fuesen glorificados.

 

UNA JORNADA PARA LA HISTORIA

El día 13 de octubre de 2013, junto con nuestros mártires, serán beatificados también otra multitud de siervos de Dios, más de 500, originarios de diversas diócesis y congregaciones religiosas de España, víctimas de la persecución religiosa del siglo XX. Desde ahora sus nombres serán inscritos en el Martirologio de la Iglesia y serán objeto de veneración y de culto. Hoy por hoy, esta solemne beatificación será la más numerosa de la historia de la Iglesia y este día quedará inscrito en la historia de la archidiócesis como histórico y memorable.

El Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española (CEE) recoge la beatificación de mártires del siglo XX en España como una de las grandes acciones, inscritas en el Año de la fe. En ese Plan se recuerdan las palabras de Benedicto XVI cuando, precisamente al convocar el Año de la fe, señaló que «por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor cual el perdón a sus perseguidores» (n. 13).

Recientemente, el pasado 18 de mayo, respondiendo a una pregunta que le hicieron en el encuentro con los movimientos eclesiales en la vigilia de Pentecostés, el papa Francisco afirmó que «para anunciar el Evangelio son necesarias dos virtudes: la valentía y la paciencia. Los cristianos que sufren están en la Iglesia de la paciencia. Ellos sufren y todavía se cuentan más mártires hoy que en los primeros siglos de la Iglesia; ¡más mártires! Hermanos y hermanas nuestros. ¡Sufren! Llevan la fe hasta el martirio. Pero el martirio nunca es una derrota, el martirio es el grado más alto del testimonio que debemos dar. Nosotros estamos en camino hacia el martirio, los pequeños martirios: renunciar a esto, a hacer aquello… pero estamos en camino. Y ellos, pobrecitos, dan la vida, pero la dan por amor a Jesús, confesando a Jesús. Un cristiano debe tener siempre esta actitud de mansedumbre, de humildad; precisamente la actitud que tienen ellos, confiando en Jesús, encomendándose a Jesús».

Y después de otras consideraciones, añadía: «Quiero haceros una pregunta: ¿rezáis por esos hermanos y esas hermanas? ¿Oráis por ellos? ¿En la oración de cada día? No pediré ahora que levante la mano quien rece: no. No lo pediré, ahora. Pero pensadlo bien. En la oración de cada día decimos a Jesús: “Señor, ¡mira a este hermano, mira a esta hermana que sufre tanto!” Ellos hacen la experiencia del límite, precisamente del límite entre la vida y la muerte. Y también para nosotros: esta experiencia debe llevar a promover la libertad religiosa para todos. ¡Para todos! Cada hombre y cada mujer deben ser libres en la confesión religiosa propia, cualquiera que sea. ¿Por qué? Porque ese hombre y esa mujer son hijos de Dios.»

El lema que hemos escogido los obispos para esta beatificación es «Testigos de la fe firmes y valientes». Como apéndice a esta carta pastoral, podéis leer el mensaje que los obispos de la Plenaria de la Conferencia Episcopal Española aprobamos el pasado 18 de abril.

¿POR QUÉ TARRAGONA?

El día 22 de noviembre del año 2012, también en una Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, se decidió por mayoría que la ceremonia de beatificación de los mártires del siglo XX en España se celebrara en Tarragona por razón del número; pero, sobre todo, por razones pastorales.

La Iglesia de Tarragona posee una gran tradición martirial que se remonta a los primeros tiempos del cristianismo. Mártir fue san Pablo, quien difundiera el mensaje de la Buena Nueva desde la ciudad; mártires fueron los santos protectores de Tarragona, Tecla y Magín; pero fueron los santos mártires Fructuoso, obispo, y Augurio y Eulogio, diáconos, quienes abren y marcan la tradición local. Por otra parte, la Causa de Tarragona es la más numerosa en cuanto al número de beatos de las treinta y cuatro causas que componen esta magna beatificación.

Resulta muy apropiado que Tarragona acoja esta emotiva ceremonia ya que, como hemos dicho en muchas ocasiones, el primer fulgor del martirio en tierras de Hispania brilla en la antigua Tárraco con el de los santos Fructuoso, obispo de Tarragona, y sus diáconos Augurio y Eulogio. Por su venerable historia eclesial y martirial, la sede de Tarragona es merecedora y digna de acoger esta solemne beatificación: conviene no olvidar que san Fructuoso es la primera de las grandes figuras que nos ofrece la historia de la Iglesia española. Pastor de la comunidad cristiana de Tárraco a mediados del siglo III, era venerado tanto por los fieles como por los paganos. Expuso muchas veces su vida atendiendo —sin distinción de credo— a las víctimas de la peste que, por aquel entonces, asoló el imperio; sin embargo, Dios lo reservaba para el sacrificio más glorioso del martirio. El próximo 13 de octubre de 2013 podrá resonar otra vez el himno escrito por Aurelio Prudencio:

«Feliz Tárraco, oh Fructuoso, levanta

la cabeza que, resplandeciente con vuestras llamas,

por ti y tus dos diáconos a la luz brilla.» [1]

También pueden aplicarse a nuestra ciudad aquellas palabras de san Cipriano, obispo de Cartago y contemporáneo de nuestros protomártires, que dicen así: «Oh, bienaventurada Iglesia nuestra que Dios ha querido honrar con un resplandor tan grande, iluminada en nuestros tiempos por la sangre gloriosa de los mártires; blanca antes por las obras de los hermanos, roja ahora por la sangre de los mártires. No faltan entre las flores ni lirios ni rosas.» [2]

INVITACIÓN

A todos los fieles de la archidiócesis, con mucha alegría y mediante esta Carta pastoral, os anuncio esa celebración y os invito a participar en ella. Desearía que la hicierais íntimamente vuestra. Durante su vida, el obispo Manuel Borràs Ferré y los hermanos sacerdotes formaron parte de nuestro presbiterio y sirvieron a nuestras comunidades parroquiales. Es justo que la Iglesia a la que sirvieron esté presente en la hora de su glorificación, recoja con amor su testimonio y dé gracias a Dios.

Nos uniremos también a las diócesis hermanas y a las familias religiosas, que peregrinarán a Tarragona para participar en tal jornada. La beatificación del día 13 de octubre tiene que ser una fiesta compartida por las Iglesias de la vieja piel de toro, en comunión con el Santo Padre. El martirio cristiano hace que la Iglesia halle de nuevo la unidad en la fe por la que murieron los mártires, una unidad basada en el Espíritu de Dios mismo que estrecha siempre los lazos de la caridad. Como dice el Apóstol: «Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como también es una la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido convocados” (Ef 4,4).

¿QUIÉNES SERÁN BEATIFICADOS?

De una manera particular, dada la significación espiritual que posee en nuestro país, quiero mencionar a la comunidad benedictina de Santa María de Montserrat y a los veinte monjes que serán beatificados. Es un grupo de diversas edades, que comprende desde el más joven, Hildebrand Casanovas —de tan sólo dieciocho años de edad— hasta el más anciano, P. Josep Maria Fontserè —de ochenta y dos—, y entre los que se cuenta el gran compositor P. Ángel Rodamilans, cuya Salve se escucha todavía en la querida basílica montserratina.

Todos ellos participan ahora de la liturgia del cielo en la felicidad de la Jerusalén celestial (Urbe Ierusalem beata pacis dicta, tal como está escrito en la fachada del querido Monasterio). Saludo, pues, con afecto a la comunidad de Montserrat, al tiempo que participamos de su alegría por la glorificación de esos veinte hermanos. Al mismo tiempo, encomendamos a la Virgen de Montserrat la celebración de esta beatificación en nuestra ciudad —no olvidemos que María es la Reina de los mártires— para que sean abundantes sus frutos espirituales.

No pasemos por alto que junto con el Dr. Manuel Borràs, obispo auxiliar de Tarragona, serán beatificados dos obispos más: el Dr. Salvi Huix Miralpeix, obispo de Lleida, y el Dr. Manuel Basulto Jiménez, obispo de Jaén. Con su martirio honran a las Iglesias cuyos pastores fueron y reciben la corona que Dios tiene reservada a quienes le aman (cf. Sant 1,2). En ellos se cumplen las palabras del apóstol Pedro: «Y, cuando aparezca el Pastor supremo, recibiréis la corona inmarcesible de la gloria» (1 Pe 5,4). Y a ellos puede referirse también el bonito responsorio del Común de los Mártires: «Los hombres santos derramaron por el Señor una sangre gloriosa, amaron a Cristo durante la vida, le imitaron en la muerte y han merecido la corona de la victoria.» La glorificación de estos obispos y de tantos compañeros mártires es para todos una llamada a vivir la santidad.

Así pues, sean bienvenidos los fieles de las diferentes diócesis de Cataluña y de España que se unirán a nosotros en este acontecimiento eclesial tan dichoso. Hagámonos el propósito de que el día 13 de octubre sea una celebración de la comunión eclesial, una efusión del Espíritu Santo por los méritos de tan gran número de intercesores y también un signo de paz y de reconciliación.

Es el mismo Espíritu quien nos une en la profesión de una misma fe, una fe por la que murieron los mártires. Que ese día sea un día de alabanza a nuestro Salvador, y que, por la intercesión de tantos hombres y mujeres que perecieron por causa de la palabra de Dios, nos sean dados la verdadera libertad de espíritu, la firmeza y la pureza de la fe.

AÑO DE LA FE

Como hemos dicho anteriormente, esta beatificación tiene la voluntad de ser el acto culminante de las diócesis españolas en el Año de la fe, promulgado por quien en ese momento presidía la Iglesia universal, el venerado papa emérito Benedicto XVI. La Profesión de fe de esos siervos de Dios es admirable, porque la fe que proclamaron con los labios fue rubricada con su propia sangre. Ellos, que vivieron en el don de la fe, murieron por causa de esa misma fe y no se avergonzaron de la cruz del Señor (cf. 2 Tim 1,8). Es ahora el mismo Señor quien, mediante el ministerio de la Iglesia, les glorifica para la edificación del cuerpo de Cristo y para la gloria de la santa Trinidad.

Durante el Año de la fe, gracias a tantas iniciativas pastorales, estamos todos aprendiendo a hacer la confessio fidei con una comprensión de lo que creemos, buscando una mayor coherencia entre vida y fe a fin de convertirnos en testigos del Evangelio y semilla para una reevangelización de nuestra sociedad.

Impresiona pensar que, por esa fe que nosotros proclamamos, muchas personas dieron su vida. Son para nosotros ejemplo de fidelidad y fortaleza. Quiero hacer memoria de quien hasta hace poco era Pontífice de la Iglesia católica mediante su carta apostólica en forma de “motu proprioPorta fidei: “Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.» [3]

Que la glorificación de tantos siervos de Dios sea para todos nosotros un acicate para renovar la fe, y llene de nueva vitalidad nuestras diócesis. En la tradición cristiana se ha considerado que un mártir es una persona que muere por la fe religiosa, y en muchos casos es torturada hasta la muerte. En múltiples ocasiones asimilamos “mártir” a los mártires cristianos de los tres primeros siglos, quienes fueron asesinados por sus convicciones religiosas. Sin embargo, ha habido más mártires cristianos en el siglo XX que en el conjunto de los diecinueve siglos anteriores. Cabe señalar también que en nuestro siglo XXI continúan las persecuciones religiosas, y que la mayoría de ellas tienen a los cristianos como víctimas.

TARRAGONA ES GLORIOSA POR EL MARTIRIO DE LOS  SANTOS

Es bueno que la celebración de esta beatificación tan numerosa se realice en nuestra ciudad de Tarragona como reconocimiento a su tradición eclesial y martirial, una Iglesia que se llama a sí misma «Tárraco, Iglesia de Pablo, sede de Fructuoso». Tarragona —arraigada, según tradición venerable y atendible, en la misma predicación del apóstol Pablo— tiene el honor de disfrutar de los protomártires Fructuoso, obispo, y los diáconos Augurio y Eulogio. El día 21 de enero del año 259, debido a su valiente profesión de fe, perecieron quemados vivos en el anfiteatro de la ciudad durante la persecución cruenta y selectiva decretada por los emperadores Galieno y Valeriano, dirigida a privar a  la Iglesia de sus líderes.

De su martirio estamos exactamente informados a través de sus Actas[4] , documento auténtico considerado el más antiguo de la literatura cristiana hispánica. Huelga decir que estas Actas martiriales, que respiran paz, alegría y fortaleza, han sido copiadas generación tras generación y traducidas a veintidós dos lenguas… por ahora.

El relato de su martirio mueve a la conversión del corazón y a la alabanza a Dios. Ya el poeta cristiano Aurelio Prudencio, como hemos citado anteriormente, les dedica el famoso himno antes mencionado, extraido del Libro de las Coronas, conocido también como Peristephanon. Por otra parte, san Agustín (354-430), obispo de Hipona, predica sobre la Passio Fructuosi en la memoria del nacimiento de nuestros protomártires[5]  . Todo ello es exponente de que el martirio de los Santos de Tarragona era conocido en la Iglesia universal.

El día 21 de enero del año 259, justo a la mitad del siglo III, la Iglesia de Tarragona escribía la primera página del Martirologio, pero la que por ahora será la última página se escribirá el día 13 de octubre del presente año. ¡Cómo late el corazón al recordar ese arco de tantos siglos que nos lleva a descubrir la belleza y la convicción de la fe! El amor a Cristo de san Fructuoso y de sus diáconos es el mismo amor por el que finaron esos hermanos de nuestro tiempo, un tiempo tan reciente como son setenta y cinco años. ¡Cuán extraordinario es que, desde los días de san Fructuoso (siglo III) hasta los nuestros (siglo XXI), resplandezca el testimonio de tantos y tantos que han vivido la misma fe, la misma eucaristía y la misma caridad! A todos ellos puede aplicarse el versículo del Apocalipsis: «Estos son los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus vestiduras y las blanquearon en la sangre del Cordero» (Ap 7,14).

San Fructuoso, antes de entrar en el suplicio, quiso rezar por la Iglesia «extendida desde oriente hasta occidente». De esa manera, manifestaba que la Iglesia particular —que él presidía— era abierta, acogedora y solidaria con toda la Iglesia universal. Penetrado de ese mismo espíritu —tan profundamente eclesial— quiero dar la bienvenida a la ingente multitud de fieles que, procedentes de diversas diócesis españolas, vendrán a la ciudad de Tarragona para glorificar a los que la Iglesia, tras un minucioso examen canónico, quiere declarar públicamente mártires de Cristo.

La organización de esta ceremonia de proclamación pública —y de otros eventos conectados— corresponde a la Secretaría General de la Conferencia Episcopal Española a través de la Oficina para las Causas de los Santos de la propia Conferencia, con la colaboración de la diócesis anfitriona, la archidiócesis de Tarragona.

EL OBISPO MANUEL BORRÀS Y LOS PRESBÍTEROS MÁRTIRES DE LA ARCHIDIÓCESIS

Evoquemos, por ejemplo, la vigorosa figura del obispo Manuel Borràs Ferré. Nació en La Canonja el 9 de septiembre de 1880, fue ordenado sacerdote el 19 de septiembre de 1903 y sería consagrado obispo auxiliar de Tarragona en la Catedral Metropolitana y Primada el día 2 de julio de 1934. Sirvió a la Iglesia diocesana con pulcritud y fidelidad, viviendo veintiún años a la sombra del cardenal Francisco de Asís Vidal y Barraquer, de quien fuera un servidor fiel y discreto.

Tras diecinueve días de cautiverio en la prisión de Montblanc, sin que nadie se preocupara por su suerte, fue finalmente asesinado en el Coll de l’Illa la tarde del 12 de agosto de 1936. La noche de aquel día memorable, uno de quienes le habían dado muerte, exclamaba: «¡Y aún ha osado bendecirnos!»

Habiendo cubierto de ramas su cuerpo, le rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Dejaron el cuerpo insepulto al borde de la carretera. A él y a tantos otros les cuadra el texto de Marcos: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). No perdió la vida, sino que la ganó en Cristo. Para siempre.

El cardenal Francisco de Asís Vidal y Barraquer, que había iniciado el camino del exilio, no se enteró hasta más tarde del asesinato de su obispo auxiliar —de quien le habían forzado a separarse— y de tantos sacerdotes de la archidiócesis. La tristeza le acompañó hasta su muerte. Fue el martirio del corazón. Tanto el uno como el otro hicieron ofrenda de su vida a la Iglesia de Tarragona, de la cual eran pastores. El cardenal vivió y murió en un exilio sin retorno —pobre y olvidado de muchos— el día 13 de septiembre de 1943. El epitafio del papa san Gregorio VII puede aplicarse a la persona de quien fue considerado «el Cardenal de la paz»: «He amado la justicia y he odiado la iniquidad, por eso muero exiliado.»

El mismo cardenal Francisco de Asís Vidal y Barraquer lo había reconocido en la primera carta que, desde su exilio en la Cartuja de Farneta, dirigió a su presbiterio:

Para animaros y fortaleceros os dirijo estas líneas de saludo. Son más tiernas y efusivas para con aquellos que pasan todavía, o han pasado ya, mayores peligros y aflicción. Ellos, sobre todo, han sido en todo momento y, lo son todavía, objeto de mi vivísima solicitud. Que les sirva un poco de consuelo el saber que yo también, quizás antes que ellos, he experimentado y vivido, en todas las etapas, sus emociones, penas, humillaciones y sufrimientos, que sólo un designio del buen Dios permitió no acabaran en el desenlace gloriosísimo que parecía inevitable. Ciertamente, yo sufro con ellos, pero me consuela pensar que también ellos, en la prueba, experimentan intensamente aquel caudal de asistencia superior que nos hizo posible afrontar, con una serenidad sobrehumana, aquellos momentos y aquellas horas supremas; lo que llegó a impresionar, y casi a ganar, a quienes creían hallar en nosotros a sus enemigos. ¡Cómo iban desvaneciéndose los prejuicios y cuánto les conmovía oir cosas que nunca habían escuchado! ¡Cómo la suavidad y dulzura les iba desarmando! ¡Cuánto me complace poder decir que, aunque pobre y sufriente, como vosotros, he padecido algo a causa de Cristo!  [6]

Así pues, en 1944, el Dr. Salvador Rial Lloberas, administrador apostólico del Arzobispado de Tarragona, podía afirmar rotundamente: «Indudablemente entre el clero de la archidiócesis la primera víctima fue el Pastor, el eminentísimo señor cardenal arzobispo. Sin efusión de sangre, pero verdadera víctima y mártir. Recordemos que la Iglesia venera como mártires a muchos que sufrieron persecución pero sin efusión de sangre. Fue la primera víctima por su dignidad, quizá también por ser el primero y, ciertamente, por la duración» de la persecución a la que fue sometido por unos y otros.[7]

Los restos venerables del obispo Borràs, a pesar de las incansables pesquisas efectuadas, no han sido aún hallados; pero, en la cripta de la capilla de San Fructuoso, cerca del sepulcro del cardenal Vidal y Barraquer, puede verse un memorial suyo, cincelado en mármol, donde se manifiesta el deseo del «Cardenal de la paz» de descansar junto a su querido auxiliar.

En el apéndice de esta Carta pastoral encontraréis el nombre de los presbíteros que murieron a causa de la fe. La lectura de sus nombres y  de los lugares donde ejercieron su ministerio pastoral provoca en nuestro corazón ternura y escalofrío. Son sacerdotes de nuestros pueblos y de nuestras parroquias, de nombres tan entrañables. No los percibimos lejanos. Sus fotografías se conservan y ponen de manifiesto que eran de toda condición y edad, desde los más jóvenes, que aún llevaban el santo crisma fresco en sus manos, hasta los más ancianos. Viven todavía en nuestros pueblos personas que recuerdan el ministerio de alguno de ellos. Con sus virtudes y defectos, eran hombres íntegros y dedicados a servir a sus feligreses, dentro del estilo pastoral de la época.

HACIA EL MARTIRIO

En julio de 1936, desconcertados ante la persecución religiosa, se abrió para aquellos sacerdotes una senda que les conduciría al martirio. Los relatos de los últimos días de sus vidas son realmente aterradores: fugitivos, ocultos, delatados,  torturados, y, a la postre, asesinados. La oración y la intercesión de la Virgen les sostenía.

¿Quién puede afirmar que quisieran mal a nadie? ¿De quién eran enemigos? Eran hombres valientes: la oración y la eucaristía les había hecho fuertes. Y con esa fortaleza —la fortaleza que es un don del Espíritu Santo— afrontaron la muerte con palabras de perdón en los labios, encomendando su vida a la Virgen y rogando por aquellos que les mataban. Del mismo modo que Jesús, quien —pese a pender de la cruz— no se sintió víctima de ninguna injusticia, sino de la ignorancia de los hombres, también ellos asumieron la situación e hicieron suyas las palabras que el Señor había pronunciado mientras le clavaban al instrumento del suplicio: «Padre, ¡perdónalos, porque no saben lo que hacen!»

Esta conciencia se hace patente en una carta del cardenal Francisco de Asís Vidal y Barraquer al cardenal Eugenio Pacelli (futuro Pío XII), a la sazón secretario de Estado de la Santa Sede:

Es ciertamente muy doloroso y subleva el alma noble, generosa y recta el dejar sin pública protesta tantos sacrilegios y pecados, tantos asesinatos y atrocidades, tantas destrucciones y devastaciones; pero, tal como Jesucristo y los primitivos mártires, conviene tener una gran prudencia y paciencia hacia quienes no reflexionan, hacia quienes están cegados, exacerbados, y ofuscados por la pasión y el deseo de venganza. No saben lo que hacen y llegan al extremo de beber la sangre de los ministros del Señor y de los buenos católicos, tras haber saciado su odio martirizando horriblemente a las víctimas. [8]

Habrían podido abdicar de la fe, incluso de su condición sacerdotal, y no lo hicieron. Realmente amaron a Dios y, reavivando su recuerdo, podemos evocar las palabras de la primera carta de san Juan: «Amar a Dios significa guardar sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es aquel que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5,3-5). Ellos, verdaderamente, amaron a Dios y con su fe vencieron al mundo.

Soy plenamente consciente de que no están todos, que hay muchos otros sacerdotes de quienes es posible comenzar el proceso de canonización, así como también el de muchos laicos y laicas. Entre ellos recordamos la ya incoada causa del Sr. Mariano Mullerat, de Santa Coloma de Queralt, médico de Arbeca —donde sufrió el martirio—, así como la memoria de los jóvenes miembros de la Federación de Jóvenes Cristianos, tan arraigada en nuestro país, cuya causa también ha sido iniciada. También para ellos pedimos la glorificación.

La proximidad temporal de su muerte gloriosa nos hace afirmar que el Credo —la confesión tan entrañable, musicada por Mn. Romeu—, que nosotros cantamos con solemnidad y devoción, es el mismo Credo y la misma melodía que ellos cantaron. Así queda consignado en los anales de su martirio, en esa hora suprema de su oblación. Su memoria no puede ser olvidada, su martirio honra la tradición eclesial de Tarragona y fortalece el sentido de pertenencia a la Iglesia diocesana, que se abre a la comunión de los santos de la Iglesia del cielo y de la tierra.

Esto debería hacernos pensar que formamos parte de una Iglesia que lleva savia antigua y santa. Somos hijos de una tierra eclesial regada con sangre de mártires. Nunca debemos olvidar una verdad teológica: el misterio de la Iglesia siempre precede a los mártires. Antes que la Iglesia de los mártires, está la Iglesia mártir toda ella. Y toda forma de martirio expresa la vocación de toda la Iglesia en ser testigo de la Verdad de Cristo.

 

¿POR QUÉ ‘MÁRTIRES DEL SIGLO XX’?

¿Por qué esta denominación de mártires del siglo XX y no otra? Numerosos estudiosos del tema sostienen que cuando se denomina a las víctimas —en el caso que nos ocupa— mártires de la guerra civil, se están manipulando los términos. La guerra civil es el contexto sociopolítico en que se produjo la muerte de la mayoría, pero ellos son víctimas no de una guerra civil, sino de una persecución religiosa, dos conceptos totalmente diferentes.

Un argumento a favor de la tesis antes expuesta la constituye la beatificación de unos Hermanos de la Salle de Turón (Asturias), asesinados en Oviedo en 1934. En aquellos tiempos no había guerra civil, sino una situación en la que hubo persecución religiosa: quema de conventos y de iglesias, asesinatos de personas a causa de su fe, etc., con la anuencia y, por tanto, con una responsabilidad moral por parte de quienes toleraron aquellos hechos. El término mártires de la guerra civil se presta a manipulación, de manera que se prefiere la expresión mártires del siglo XX en España.

Es evidente, como decíamos antes, que el contexto mayoritario del martirio de los nuevos beatos fue la guerra de 1936, una guerra que nunca hubiera debido estallar. Todas las guerras son execrables. Quiero deciros que una beatificación no se hace jamás en contra de nadie, de modo que proclamar la bienaventuranza de nuestros hermanos no es proclamar de ninguna de las maneras la maldición o la condena de los otros. Por desgracia, toda guerra tiene víctimas inocentes. Son muchas las lágrimas de madres que lloraron la muerte de sus hijos en uno y otro bando. Toda muerte inocente es respetable y digna de compasión.

¿POR QUÉ SE BEATIFICARÁ A ESTAS PERSONAS?

Luego, alguien puede preguntarse: ¿Por qué se beatificará a esas personas y no a otras? La respuesta es muy sencilla: serán beatificadas como víctimas de una persecución religiosa y por considerar que la violencia sistemática ejercida contra las personas miembros de la Iglesia católica lo fue por esa condición. Los mataron in odium fidei ‘por odio a la fe’, por el solo hecho de ser católicos, ya fueran religiosos o laicos, y porque no quisieron apostatar de su fe para salvar la vida. En una contienda o en una revuelta mueren muchas personas, pero no todas fallecen por razón de su creencia religiosa. Ahí está la diferencia.

Cuando la Iglesia proclama la bienaventuranza de quienes han muerto por causa de Jesucristo, no quiere de ninguna manera tomar partido ideológico. No honra a unos para condenar a otros. Ni tampoco hace ningún juicio histórico acerca de un acontecimiento tan doloroso cual es una guerra que enfrentó a hermanos contra hermanos. No sería correcto que alguien pensara eso.

La Iglesia quiere amar a todos y, si alguna vez no lo ha hecho, se avergüenza y pide perdón. La Iglesia sabe perfectamente que en toda guerra son innumerables las víctimas inocentes, merecedoras de honor y respeto, sean cuales fueren sus posiciones ideológicas. Una beatificación, por lo tanto, no se hace en contra de nadie, y tampoco a favor de nadie. Hay juicios que pertenecen a la historia, y es a ella a quien corresponde la explicación objetiva de los hechos.

La Iglesia simplemente desea exponer a plena luz, ante todo el mundo, el testimonio de hombres y mujeres que murieron por causa de Cristo. Es decir, que si no hubieran sido de Cristo o no hubieran tenido fe, no les habrían matado violentamente. Y no les admira como héroes, sino como testigos de la fe. No es la muerte violenta lo que hace que uno sea mártir, sino la causa de esa muerte. Los mártires morían por Jesucristo, y tenían la certeza de que el destino de Cristo en la gloria era su propio destino. Jesucristo es la causa y el fundamento de todo martirio.

Así, san Agustín dirá: «Los mártires no lo son por la pena, sino por la causa.» Por tanto, la Iglesia les glorifica sólo porque ellos murieron por causa de Cristo y a causa de Cristo, como un cumplimiento de las palabras de Jesús, que anunciaban que sus discípulos sufrirían persecución y muerte: por causa del Hijo del hombre (cf. Lc 6,2), por causa de mi nombre (cf. Jn 15,21) y por mí (cf. Mt 5,11).

Así también lo reconocía el Dr. Jaume Toldrà Rodon, presbítero del Arzobispado de Tarragona, al cardenal Vidal y Barraquer:

Casi todos los sacerdotes hemos pasado (y estamos pasando, aunque con menos gravedad) días harto angustiosos y llenos de peligros, en los cuales el único placer era el consuelo espiritual de que éramos perseguidos sólo por el hecho de ser sacerdotes y, por tanto, sufríamos por Dios, y si nos asesinan seremos mártires de la Santa Fe. Será una gran satisfacción para Vuestra Eminencia, en medio de la profunda pena, irse enterando de que ha habido muchos sacerdotes de nuestra querida diócesis que han muerto predicando la Fe y perdonando públicamente a quienes les fusilaban; aún vibra, pues, en nuestro sacerdocio el mismo santo coraje de los mártires de los primeros tiempos. También religiosos y algunos seglares se han comportado igualmente. [9]

La proclamación de su martirio es una alabanza a Cristo, que es el Rey de los mártires. También es una proclamación de su gracia, que les ha hecho fuertes en la adversidad (cf. 2 Cor 1,14). La fortaleza es un don del Espíritu Santo y esta «hace capaz de vencer el miedo, incluso el miedo a la muerte, de afrontar la prueba y la persecución» .[10]

Y no podemos olvidar que ellos perdonaron a sus verdugos, y, si ellos perdonaron, ¿cómo no hemos de perdonar nosotros? Así, pues, el mensaje profético que nos deja su martirio es el perdón, la reconciliación y el don de la paz, pero también es un rehusar siempre cualquier forma de pensamiento totalitario que use las armas y la violencia para imponerse. La libertad religiosa es uno de los primeros derechos de la persona humana. Es así que la beatificación de nuestros mártires no quiere herir ninguna susceptibilidad, no quiere abrir ninguna herida. La Iglesia sabe que son muchas las víctimas de una guerra, y toda víctima, por el solo hecho de ser inocente, es digna de una memoria honrosa.

UNA PROCLAMACIÓN DE PAZ Y DE RECONCILIACIÓN

Han transcurrido ya más de siete décadas de aquellos luctuosos acontecimientos y la perspectiva del tiempo hace que el martirio, desvinculado del esquema de vencedores y vencidos, resplandezca en su pureza y en lo que es: el testimonio supremo de la fe.

Insisto en esto: la Iglesia, cuando beatifica a esos siervos de Dios, no lo hace por venganza, ni siquiera por una reparación de la justicia humana, sino para afirmar que el bien es siempre superior al mal. Siempre será verdad que no hay amor más grande que aquel que da la vida.

La glorificación de estos mártires es, en definitiva, una proclamación de paz y de reconciliación. Su martirio es una lección ante la historia y un ejemplo a seguir por los cristianos. Al fin y al cabo, la valentía de los mártires ante la muerte violenta no fue mérito suyo, sino una gracia de Cristo. El mártir cristiano es consciente de su debilidad, pero también del poder de la gracia de Cristo, una gracia que transportamos siempre en vasijas de barro para que así se manifieste la gracia de Cristo. La fortaleza de los siervos de Dios ante el martirio no puede explicarse como una cualidad humana, sino como un don de la gracia de Cristo.

El propio Francisco de Asís Vidal y Barraquer no se recataba en insistir acerca del valor de la paz y de la reconciliación: «Nada de venganzas; caridad y caridad, por encima de todo y contra todos los vientos que puedan soplar en otros lugares. Esa ha de ser la piedra de toque.»[11] Y también, su vicario general, el Dr. Salvador Rial Lloberas, afirmaba con determinación: «Insisto mucho en ahuyentar a los espíritus de todo sentimiento de venganza, recordándoles que la venganza propia del cristiano es el amor; también les hago presente que nadie debe buscar la culpa o la responsabilidad en los demás, sino cada cual la propia, bien sea por pecados de comisión o por pecados de omisión.» [12]

 

LA OBLACIÓN DE LOS MÁRTIRES ES UN DON PARA TODA LA IGLESIA

Como ya lo hemos expuesto al principio, para la beatificación de un mártir es suficiente la declaración oficial del martirio por parte de la Iglesia. Para ello no se necesitan ni el proceso de virtudes heroicas ni tampoco el milagro, que, en cambio, se exige para la beatificación de una persona muerta por causas naturales.

Si el proceso se desarrolla por razón de martirio, la duda sobre la cual se establece el procedimiento es sobre si el fiel sufrió martirio por su fe. Para ello «es necesario recoger pruebas irrefutables sobre su disponibilidad al martirio —entendido como derramamiento de sangre— y sobre su aceptación por parte de la víctima, pero también debe aflorar, directa o indirectamente —aunque siempre de un modo moralmente cierto—, el odio a la fe por parte del perseguidor». [13]

La condición de la mayoría de los mártires que serán glorificados era la de ser «pastores de la Iglesia» por el ministerio del Orden que habían recibido. Ya desde los antiguos relatos de martirio, como puedan ser el de san Policarpo o el de san Fructuoso, se ve clara la relación intrínseca que existe entre la eucaristía y el martirio.

La literatura de los padres de la Iglesia contempla en la muerte del mártir —sea obispo o presbítero— la consumación de su oblación eucarística. No olvidemos que los sacerdotes, al celebrar la santa eucaristía in persona Christi, se ofrecen ellos mismos en la eucaristía que celebran, unidos a Cristo. Su martirio se convierte en la consumación de su eucaristía, porque les une íntimamente en el centro de la oblación de Cristo por todos los hombres. No cabe una identificación más alta y profunda entre ellos y Cristo.

Así, pues, su martirio es la más plena identificación con la ofrenda de Cristo al Padre en el Espíritu para la redención del mundo. Lo que rememoraban incruentamente en el altar, lo rememoran de manera cruenta en su martirio. Y si el sacerdote actúa en la persona de Cristo en los actos sacramentales, también actúa in persona Christi en su martirio; un martirio que expresa y lleva como don y fruto la redención de Jesucristo.

El martirio está incluido en la ministerialidad sacramental de la Iglesia. El presbítero mártir, con su muerte —asumida, ofrecida y consumada—, se sitúa en el centro de la oblación de Cristo al Padre en el amor del Espíritu Santo. Esto es lo que quiere decir Pablo cuando afirma: “Y si mi sangre debe ser derramada como libación en el sacrificio que ofrece vuestra fe, me alegro y me felicito con todos vosotros» (Flp 2,17 ).

Descubrimos en este texto que la muerte sacrificial del Apóstol tiene un carácter marcadamente litúrgico: es un derramamiento de sangre, como un derramarse por todos los hombres. Y se realiza esta identificación con la autodonación de Cristo, que constituye, al mismo tiempo, su adoración perfecta al Padre del cielo. El martirio del Apóstol participa del martirio de Cristo y de su dignidad teológica. Se hace liturgia viva. Es una muerte reconocida en la fe y está al servicio de la fe. La fe del mártir es un reconocimiento absoluto del misterio del Dios viviente.

Su muerte re-presenta en su cuerpo mismo la eucaristía del Señor, ya no sobre el altar, sino en su muerte gloriosa. La muerte martirial de un obispo o de un presbítero es un acto sacerdotal. Y por eso su muerte santifica a la Iglesia y comunica la gracia de Cristo. Su muerte es el último acto ministerial.

Ese concepto lo hallamos bellamente expresado en el relato del martirio de san Fructuoso, en el cual todo el sacrificio está descrito como un devenir eucaristía, entrando en comunión plena con la Pascua de Jesucristo y llegando a ser eucaristía con él. Podemos leer en las Actas que «el santo mártir, fuerte y alegre, seguro de la promesa divina» dijo, alzando la voz: «Me es preciso tener presente a la Iglesia católica, extendida de oriente a occidente»[14] , tal como si celebrara la eucaristía. El martirio se convierte así en un acto de amor a Cristo y, al mismo tiempo, en un acto de amor a la Iglesia.

Santo Tomás de Aquino afirmaba que «el martirio es el acto más perfecto de caridad» (cf. Summa Theologica II-II, 4 q.3). Ciertamente, el obispo Borràs y sus compañeros presbíteros, cuando morían, hacían un acto de amor a Cristo y a la Iglesia: era el último acto de amor hacia las comunidades que les habían sido confiadas. Su muerte adquiere la condición del grano de trigo que, una vez enterrado, da fruto; un fruto de gracia que fecunda a la Iglesia desde dentro y, por esa razón, es necesario que nos encomendemos a su intercesión.

SOMOS HEREDEROS DE UNA TRADICIÓN MARTIRIAL QUE NO DEBEMOS OLVIDAR

Tanto los fieles como el presbiterio de Tarragona debemos tomar conciencia viva de que somos herederos de una tradición martirial, santa con todo lo que tiene de gracia, pero también de responsabilidad. Los presbíteros, aún los más jóvenes, deben recoger su recuerdo, porque ellos han conformado nuestro presbiterio y le han adornado con su santidad. Una Iglesia local, si no quiere perder la memoria de su historia, no puede olvidar a los «hermanos que nos han precedido en el nombre del Señor». El ministerio en la Iglesia es siempre mayor que quienes —por un don del Señor— lo ejercen ahora. Pensemos que otros antes que nosotros sirvieron a la Iglesia de Tarragona, y que otros, después de nosotros, la servirán.

Dios quiere manifestar su gloria a través de quienes tanto le han amado en la tierra. Su muerte es una bendición para todos nosotros: una bendición que es preciso acoger con la fe y con la conversión del corazón.

Paradójicamente, sobre el martirio de nuestros santos planea la alegría de la esperanza, una alegría que hace exclamar al apóstol Pablo: «Alegraos en vosotros y congratulaos conmigo» (Flp 2,18). Es la misma alegría que impregna las Actas de nuestros protomártires cuando nos presentan a un Fructuoso fuerte y gozoso en su esperanza. El martirio es un don para la Iglesia, para que ésta sea edificada. No podemos olvidar las bellas palabras del Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia:

Así como Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su vida por nosotros, nadie tiene un mayor amor que el que ofrece la vida por El y por sus hermanos (1Jn 3,16 Jn 15,13). Pues bien, ya desde los primeros tiempos algunos cristianos se vieron llamados, y siempre se encontraran otros llamados a dar este máximo testimonio de amor delante de todos, principalmente delante de los perseguidores.

 El martirio, por consiguiente, con el que el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro, que acepto libremente la muerte por la salvación del mundo, asemejándose a Él en el derramamiento de su sangre, es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia. [15]

La Iglesia nunca ha olvidado sus mártires y, desde la más antigua liturgia, ha rogado a Dios por su intercesión. Desde tiempos inmemoriales, y como dice el Catecismo de la Iglesia católica, « Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron hasta el extremo para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre».[16] Los mártires son hermanos nuestros que, en la «comunión de los santos», rezan por nosotros.

También el cardenal Francisco de Asís Vidal y Barraquer reconocía a sus sacerdotes el legado precioso que dejaban los mártires:

He quedado maravillado al conocer el heroísmo admirable de vuestros compañeros y hermanos, edificado por la firmeza, constancia y dignidad de muchos al sufrir un martirio más largo y quizás no menos glorioso. Es un patrimonio preciadísimo lo que unos y otros nos han legado. Es necesario que nos esforcemos en administrarlo bien y sacarle todo el rendimiento.[17]

EL MARTIRIO ES UN DON DE LA FE

En este Año de la fe en que el venerado Papa, ahora emérito, Benedicto XVI nos exhortaba a comunicar la fe a nuestros coetáneos, el martirio es un signo significativo que adquiere un gran sentido y es siempre una interpelación, tanto para los creyentes como para los no creyentes, así como para todos los hombres y mujeres que buscan al Dios vivo.

El mártir es aquel que, ante él, ya no tiene más espacio de libertad y debe jugar la última carta. Ya no tiene otra dirección posible y se encuentra en la disyuntiva absoluta. Ya no tiene más tiempo por delante. Es una hora improrrogable. Y he aquí la grandeza: ellos han tenido un motivo para vivir. Han vivido por Cristo. Y ahora tienen un motivo para morir. Han muerto por Cristo. Quien no tiene motivos para vivir tampoco los tiene para morir. Y la muerte, para ellos, es una confesión de fe en la vida eterna. El martirio da sentido a su vida, también a su muerte, que rasga el velo del tiempo y lo abre a la eternidad divina.

Si la fe no hubiese sido su vida, no habrían podido morir por causa de Cristo. La muerte es para ellos dramática, pero no trágica. Saben que han pasado de muerte a vida porque han amado a los hermanos y la muerte para ellos no es una pérdida, sino una ganancia. A todos los mártires se aplican las palabras de san Pablo: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir, ganancia» (Flp 1,21).

La muerte es su gran profesión de fe en el Dios viviente y en la resurrección del Señor, y se convierte en un motivo de la credibilidad de la fe de la Iglesia, porque la muerte del mártir es una predicación verdadera.

Es una predicación silenciosa, pero elocuente. Hacen crecer a la Iglesia no desde la fuerza, sino desde la vejación y la debilidad. La muerte, una derrota ante el mundo, se convierte en victoria a los ojos de la fe y por eso tienen tanta significación teológica las célebres palabras de Tertuliano: «La sangre de los mártires es semilla de cristianos.»[18]

La Iglesia se ha hecho grande por el testimonio admirable de los santos mártires, que proclaman la resurrección de Jesús. Inútil y sin sentido sería su muerte si Cristo no fuera el Viviente. Si en su corazón, lleno del Espíritu Santo, no tuvieran esa esperanza que no engaña (cf. Rm 5,5) no hubiesen ofrendado la vida. San Pablo escribe con razón: «Si la esperanza que tenemos en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más desgraciados de todos los hombres» (1 Co 15,19).

El martirio cristiano es una profesión de fe absoluta en el reino de Dios que ha de venir. El mártir, como san Esteban, ve ya cielo abierto en su fe; rompe el tiempo para vislumbrar la eternidad divina; busca las cosas del cielo, donde está Cristo sentado a la derecha del Padre (cf. Col 3,1). El martirio hace tener la certeza —ya en este mundo— de la presencia de la eternidad y anticipa el gozo y la paz de la consumación del reino de Dios.

SU RECOMPENSA SERÁ GRANDE EN EL CIELO

Celebramos que su recompensa será grande en el cielo. El sentido teológico más profundo de la beatificación está dictado por las palabras de Jesús: «Dichosos vosotros cuando por mi causa os insulten, os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5,11-12). Celebramos que la dicha del Señor se cumple en ellos: «Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5,10). Todo ello nos hace de nuevo adquirir conciencia de caminar hacia la Jerusalén del cielo.

En el caminar de la Iglesia por este mundo, el cristiano sabe que siempre habrá una desproporción entre lo que cree y los poderes de este mundo, que quieren ahogar la llamada a la trascendencia y le harán ver como ilusoria su esperanza. Los cristianos tendrán que sufrir la tentación de dejar de creer en Dios y en su Cristo en un mundo, muchas veces no únicamente profano, sino profanado por las fuerzas ocultas que denigran a las personas bajo el imperio del pecado, cuya es la fascinación por el poder y la riqueza y por una visión materialista de la vida y de la historia, unos poderes que llevan a las sociedades a no amar la vida, a la alienación de la condición humana y al sufrimiento de los más pobres.

Celebrar la beatificación de los mártires tiene pleno significado cuando los cristianos tomamos el relevo de su fe; cuando tomamos la antorcha encendida de su esperanza y la vivimos en aquella caridad que actúa por la justicia; cuando las comunidades cristianas no escondemos la luz de la fe bajo la mesa, sino que la ponemos en alto, dando testimonio del Dios Viviente, y creemos realmente que la causa de Dios es la causa del hombre, porque la «gloria de Dios es que el hombre viva».

Como escribió san Agustín, «glorificaremos a nuestros mártires si tomamos una viva conciencia de que el camino de la Iglesia continúa por el camino de la fe, de la esperanza y de la caridad.» Es un camino que debemos encarnar en las nuestras diócesis, en nuestras parroquias, con alegría y conversión del corazón. Sabemos que no siempre seremos comprendidos, y san Agustín dice «que la persecución es un signo de la autenticidad con la que vivimos la fe. Si no hay incomprensión significa que la adecuación con el mundo ya no es diferencial». [19]

PIDAMOS LA INTERCESIÓN DE NUESTROS BEATOS

Pronto podremos pedir a los bienaventurados mártires que su muerte martirial, que glorifica a Cristo, sea una bendición para toda la Iglesia diocesana.

Que el primer don que recibamos sean las vocaciones al ministerio sacerdotal, la santidad de los presbíteros y de los diáconos, y que todos los bautizados no se avergüencen de dar testimonio de Nuestro Señor Jesucristo con palabras y obras, manifiesten la condición del hombre nuevo como fruto de su bautismo y de su confirmación y mantengan «irreprensible la […] conciencia ante Dios y ante los hombres» (Hch 24,16).

Pidámosles también que la amada Iglesia de Tarragona, a la que tengo el placer de servir, acoja los dones de la redención de Jesucristo y sea fermento de paz y de justicia para nuestra sociedad.

La constitución conciliar Lumen gentium antes mencionada, declara: «Es necesario que todo el mundo esté preparado para a confesar Cristo ante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia”[20] , porque el discípulo de Cristo no sólo debe guardar la fe y vivirla, sino que también debe profesarla, dar testimonio con certeza y difundirla. Estos fueron la consigna y el mensaje que nos legaron el obispo Borràs y sus compañeros en el martirio, así como también el de todos los otros hermanos que serán beatificados. Será necesario que los hagamos nuestros.

Se ha dicho que «es preciosa en la presencia del Señor la muerte de sus santos». Sí, es preciosa a los ojos de Dios, pero también a nuestros ojos, porque nos recuerdan vivamente las palabras del Señor: «En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Esto nos animará a pedir su intercesión, porque se encuentran junto a Dios.

LA GLORIFICACIÓN LOS MÁRTIRES NO ACABA EL 13 DE OCTUBRE

La glorificación de los mártires no concluye el 13 de octubre de 2013; por el contrario, allí empieza. Nuestras diócesis han sido fecundadas por la sangre de esos mártires. Su glorificación no debe ser simplemente un acto que quede para la historia, sino un retomar el camino de la fe, una gracia de Pentecostés.

Esta celebración, hermanos y hermanas, es un gozo y un compromiso para todos, un compromiso que debemos concretar con muchas iniciativas que son expresión y fruto del Año de la fe que celebramos. Ha de llegar a ser en renovada e incansable pasión por comunicar el Evangelio; una mayor calidad en la acción catequética; un impulso nuevo a la pastoral de jóvenes; una voluntad de crear comunidades parroquiales que sean verdaderas familias de creyentes; un volver a redescubrir la celebración eucarística como fuente y plenitud de la vida cristiana; un valorar más el don del sacramento de la penitencia; una voluntad de vivir la fe, no sólo en el ámbito de la privacidad de las personas, sino mostrando esta fe ante el mundo, y hacerlo sin avergonzarnos de ser cristianos e hijos de la santa madre Iglesia.

Necesitamos el testimonio de los mártires y aprender constantemente de la lección de su sacrificio. En un tiempo en que estamos rodeados por tanta ideología que niega al Dios vivo y es adversa a la fe, los mártires nos ayudan por su intercesión y su testimonio a permanecer fuertes en la fe.

Sabemos que quizás no estemos llamados al martirio cruento, pero sí estamos llamados a dar testimonio del evangelio de Jesús en la cotidianidad y en las actividades temporales. Un testigo sólo es creíble si vive la caridad de los hijos de Dios. Esto es lo que el mundo espera de nosotros y es dando testimonio de la fe como amamos al mundo y a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Si la Iglesia glorifica a estos siervos de Dios no es para honrarlos, porque no necesitan para nada nuestra gloria —ya que gozan de la promesa de que «el Padre honrará los que se hacen servidores míos» (Jn 12,26 )—, sino para recoger la herencia de su testimonio, que nos compromete a ser también testigos del Señor.

Termino con una cita del beato papa Juan Pablo II quien escribía en su Incarnationis mysterium, durante el Año jubilar 2000: «Un signo perenne, pero hoy particularmente significativo, de la verdad del amor cristiano es la memoria de los mártires. Que no se olvide su testimonio. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando la vida por amor; el martirio es signo de aquel amor más grande que compendia cualquier otro valor.» [21]

Las palabras del beato Juan Pablo II son válidas porque siempre será verdad que lo único que puede renovar la vida de la Iglesia es el Espíritu Santo con el ejemplo de los santos. Que así sea.

Os bendigo en el nombre del Señor.

 

  

 

  APÉNDICE

DECRETO SUPER MARTYRIO

CONGREGACIÓN PARA LAS CAUSAS DE LOS SANTOS

EN  TARRAGONA

BEATIFICACIÓN (DECLARACIÓN DEL MARTIRIO)

DE LOS SIERVOS DE DIOS

MANUEL Borràs FERRÉ,

OBISPO AUXILIAR DE TARRAGONA,

Y AGAPIT MODEST,

DEL INSTITUTO DE LOS HERMANOS

 DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS,

Y CXLV COMPAÑEROS

(† 1936-1939)

 

DECRETO SOBRE EL MARTIRIO

«Felices si sois ultrajados por el nombre de Cristo, porque el Espíritu de gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. […] Pero si sufrís por ser cristianos, que no os avergoncéis y glorificad a Dios por llevar ese nombre.” (1 Pe 4,14-16)

En los años treinta del siglo veinte, la religión cristiana sufrió en España una cruel persecución, que impidió cualquier tipo de culto público e incluso se esforzó en hacer desaparecer totalmente la misma Iglesia en dicho país por medio de leyes adversas. Fueron incendiados conventos, fueron profanadas iglesias con sus imágenes, fueron divulgadas infamias y calumnias, y fueron asesinados sacerdotes, religiosos y laicos.

Cataluña se vio gravemente afectada por esa persecución, que se encarnizó cruelmente desde el día 18 de julio de 1936 hasta el final de la revuelta. La autoridad civil fue a parar a manos de elementos incontrolados, que procedían cruelmente contra la Iglesia y se empeñaban en hacer desaparecer las huellas de la religión.

En ese contexto histórico cabe situar el martirio de los siervos de Dios Manuel Borràs Ferré, obispo auxiliar de Tarragona, Agapit Modest (en el mundo, Modest Pamplona Falguera), religioso del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, y otros 145 compañeros. [22]

1.         El siervo de Dios Manuel Borràs Ferré nació el día 9 de septiembre de 1880 en la Canonja (Tarragona). El día 19 de octubre de 1903 recibió el presbiterado, y el día 2 de julio de 1934 fue ordenado obispo. Fue muerto en Montblanc el día 12 de agosto del año 1936. Sobresalió por su bondad paternal, con la que se ganó la estimación y la admiración de todos. Fue un sacerdote y obispo piadoso, prudente y humilde, sensible a las necesidades de los pobres.

2. El siervo de Dios Agapit Modest (en el mundo, Modest Pamplona Falguera), religioso del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, nació el día 17 de junio de 1907 en Berga (Barcelona). El día 6 de agosto de 1934 emitió los votos perpetuos. Fue detenido la tarde del día 21 de julio de 1936, con espíritu gozoso por cuanto así podía ofrecer la vida por Cristo, y edificó con su ejemplo a los demás presos.

Durante el trastorno  de aquella persecución hallaron la muerte los sacerdotes diocesanos siervos de Dios que siguen:

3. Magí Albaigés Escoda, nacido en Albi (Lleida) el día 23 de mayo de 1889, fue muerto el día 20 de agosto de 1936 en Tarragona;

4. Ramon Artiga Aragonés, nacido en Mont-roig del Camp (Tarragona) el día 11 de octubre de 1880, fue muerto en las Borges del Camp el día 12 de agosto de 1936;

5. Josep Badia Minguella, nacido en Salomó (Tarragona) el día 18 de septiembre de 1863, fue muerto en Reus el día 26 de julio de 1936; [23]

6. Joaquim Balcells Bosch, nacido en La Espluga Calba (Tarragona) el día 16 de septiembre de 1900, fue muerto en Fontscaldes el día 13 de noviembre de 1936;

7. Pau Bertran Mercadé, nacido en Creixell (Tarragona) el día 25 de enero de 1975, fue muerto en Torredembarra el día 6 de agosto de 1936;

8. Jocund Bonet Mercadé, nacido en Tarragona el día 10 de marzo de 1875, fue muerto en Reus el día 14 de agosto de 1936;

9. Josep Bru Boronat, nacido en Mont-Roig del Camp (Tarragona) el día 16 de junio de 1883, fue muerto en Reus el día 27 de julio de 1936;

10. Josep María Bru Ralduà, nacido en Tarragona el día 27 de octubre de 1870, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

11. Tomás Capdevila Miguel, nacido en Forès (Tarragona) el día 22 de enero de 1903, fue muerto en Solivella el día 6 de septiembre de 1936;

12. Joan Baptista Ceró Cedó, nacido en Flix (Tarragona) el día 20 de octubre de 1908, fue muerto en Barcelona el día 15 de agosto de 1936;

13. Magí Civit Roca, nacido en Conesa (Tarragona) el día 4 de julio de 1871[24], fue muerto en Maspujols el día 17 de agosto de 1936;

14. Josep Civit Timoneda, nacido en los Omells de na Gaia (Tarragona) el día 21 de diciembre de 1874, fue muerto en Reus el día 26 de julio de 1936;

15. Josep Colom Alsina, nacido en Tarragona[25], fue muerto el día 4 de agosto del año l936;

16. Francisco Company Torrellas, nacido en Rocallaura (Tarragona) el día 23 de octubre del año 1886, fue muerto el día 2 de agosto de 1936;

17. Lluís Domingo Mariné, nacido en El Morell (Tarragona) el día 10 de mayo de 1911, fue muerto en Rodonyà el día 5 de agosto de 1936;

18. Jeroni Fàbregas Camí, nacido en La Espluga Calba (Tarragona) el día 5 de diciembre de 1910, fue muerto en Santa Coloma de Queralt el día 20 de enero de 1939.

19. Isidre Fàbregas Gil, nacido en Tarragona el día 7 de enero de 1878, fue muerto en la misma Tarragona el día 28 de agosto de 1936;

20. Pere Farrés Valls, nacido en Santa Coloma de Queralt (Tarragona) el día 13 de mayo de 1903, fue muerto en Valls el día 25 de agosto de 1936;

21. Joan Farriol Sabaté, nacido en Montblanc (Tarragona) el día 3 de octubre de 1868, fue muerto en Tarragona el día 22 de agosto de 1936

22. Narcís Feliu Costa, nacido en Pineda de Mar (Girona) el día 15 de enero de 1877, fue muerto en Tarragona el día 28 de julio de 1936;

23. Pablo Figuerola Rovira, nacido en La Espluga de Francolí (Tarragona) el día 9 de diciembre de 1870, fue muerto en Vinaixa el día 12 de agosto de 1936;

24. Josep Garriga Ferrer, nacido en Cabra del Camp (Tarragona) el día 13 de marzo de 1872[26], fue muerto en Reus el día 25 de julio de 1936;

25. Joan Gibert Galofré, nacido en La Riera de Gaià (Tarragona) el día 4[27] de mayo de 1880, fue muerto en Montblanc el día 5 de agosto de 1936;

26. Pau Gili Pedrós, nacido en Omellons (Lleida) el día 29 de enero de 1912, fue muerto en el Francolí el día 26 de julio de 1936;

27. Enric Gispert Doménech, nacido en Riudoms (Tarragona) el día 8 de noviembre de 1879, fue muerto en el mismo Riudoms el día 6 de abril de 1937;

28. Josep Gomis Martorell, nacido en Reus (Tarragona) el día 17 de diciembre de 1894, fue muerto en Riudoms también el día 6 de abril de 1937;

29. Agapito Gorgues Manresa, nacido en Cervià de les Garrigues (Lleida) el día 5 de junio de 1913, fue muerto en el mismo Cervià el día 23 de septiembre de 1936;

30. Miquel Grau Antolí, nacido en Herbés (Castellón) el día 22 de noviembre de 1869, fue muerto en Valls el día 25 de agosto de 1936;

31. Agustí Ibarra Anguela, nacido en Alió (Tarragona) el día 2 de marzo de 1911, fue muerto en Barcelona el día 15 de agosto de 1936;

32. Lluís Janer Riba, nacido en Pontils (Tarragona) el día 4 de marzo de 1880, fue muerto en Tarragona el día 23 de julio de 1936;

33. Dalmaci Llebaria Torné, nacido en Falset (Tarragona) el día 5 de octubre de 1877[28], fue muerto en Tarragona el día 22 de agosto de 1936;

34. Josep Mañé March, nacido en El Morell (Tarragona) el día 24 de octubre de 1876 [29], fue muerto en Maspujols del día 17 de agosto de 1936;

35. Ramon Martí Amenós, nacido en Vallbona de las Monjas (Tarragona) el día 1 de noviembre de 1905, fue muerto en la Torre de Fontaubella el día 12 de agosto de 1936;

36. Rafael Martí Figueras, nacido en Tarragona el día 4 de diciembre de 1878, fue muerto en la misma Tarragona el día 30 de julio de 1936;

37. Josep Masquef Ferrer, nacido en Tarragona el día 22[30] de mayo de 1872, fue muerto en Tarragona mismo el día 26 de julio de 1936;

38. Francesc Mercader Randé, nacido en Roda de Barà (Tarragona) el día 25 de marzo de 1881, fue muerto en Barberà de la Conca[31]  el día 4 de agosto de 1936;

39. Josep Mestre Escoda, nacido en Duesaigües (Tarragona) el día 12 de febrero de 1899, fue muerto en Barcelona el día 17 de marzo de 1937;

40. Aleix Miguel Rosell, nacido en el Pla de Santa Maria (Tarragona) el día 11 de octubre de 1882, fue muerto en Tarragona el día 26 de julio de 1936;

41. Antoni Nogués Martín, nacido en Rojals (Tarragona) el día 2 de febrero de 1876, fue muerto en la Torre de Fontaubella el día 12 de agosto de 1936;

42. Josep Padrell Navarro, nacido en la Pobla de Mafumet (Tarragona) el día 8 de marzo de 1898, fue muerto en Barcelona el día 8 de septiembre de 1936;

43. Josep Maria Panadés Tarré, nacido en Tarragona el día 4 de septiembre de 1872, fue muerto en Valls el día 25 de agosto de 1936;

44. Antoni Pedró Minguella, nacido en Guimerà (Tarragona) el día 22 de marzo del año 1874, fue muerto en Belianes el día 19 de agosto de 1936;

45. Eladi Perés Bori, nacido en Maldà (Lleida) el día 26 de abril de 1883, fue muerto en Reus en agosto de 1936;

46. Andreu Prats Barrufet, nacido en la Selva del Camp (Tarragona) el día 7 de agosto de 1886, fue muerto en Reus el día 13 de agosto de 1936;

47. Antoni Prenafeta Soler, nacido en El Vilosell (Tarragona)[32] el día 7 de abril de 1874, fue muerto en Valls el día 25 de agosto de 1936;

48. Joan Roca Vilardell, nacido en Gurb (Barcelona) el día 13 de agosto de 1905, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

49. Pere Rofes Llauradó, nacido en Tarragona el día 31 de mayo de 1909, fue muerto en las Borges del Camp el día 12 de agosto de 1936;

50. Joan Rofes Sancho, nacido en la Torre de Fontaubella (Tarragona) el día 28 de febrero de 1876, fue muerto en la Torre de Fontaubella mismo el día 12 de agosto de 1936;

51. Pau Roselló Borgues, nacido en Vimbodí (Tarragona) el día 9 de mayo de 1895, fue muerto en Tarragona el día 26 de julio de 1936;

52. Josep Roselló Sans, nacido en Montblanc (Tarragona) el día 24 de septiembre de 1883, fue muerto en Tarragona el día 22 de agosto de 1936;

53. Miquel Rué Gené, nacido en Cervià de les Garrigues (Lleida) el día 13 de diciembre de 1909, fue muerto en Maspujols el día 17 de agosto de 1936;

54. Miquel Saludes Ciuret, nacido en Alforja (Tarragona) el día 26 de abril de 1887, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

55. Pius Salvans Corominas, nacido en La Guàrdia (Barcelona) el día 2 de enero de 1978, fue muerto en Mollerussa el día 13 de noviembre de 1936;

56. Josep María Sancho Toda, nacido en la Torre de Fontaubella (Tarragona) el día 20 de marzo de 1909, fue muerto en la misma Torre de Fontaubella el día 12 de agosto de 1936;

57. Jaume Sanromà Solé, nacido en Vilaverd (Tarragona) el día 4 de noviembre de 1879, fue muerto en Solivella el día 24 de julio de 1936;

58. Estanislau Sans Hortoneda, nacido en Maspujols (Tarragona) el día 8 de junio de 1887, fue muerto en Montbrió del Camp el día 23 de agosto de 1936;

59. Lluís Sans Viñas, nacido en Montblanc el día 22[33]  de junio de 1887, fue muerto en el Coll de Lilla el día 10 de agost de 1936;

60. Sebastián Tarragó Cabré[34] , nacido en Vinaixa el día 21 de julio de 1879, fue muerto en Poboleda el día 1 de agosto de 1936;

61. Jaume Tarragó Iglesias, nacido en Solivella (Tarragona) el día 19 de diciembre de 1868, fue muerto en Torredembarra el día 28 de agosto de 1936;

62. Joan Tomás Gibert, nacido en Valls (Tarragona) el día 18 de noviembre de 1902, fue muerto en Salardú el día 28 de agosto de 1936;

63. Isidre Torres Balsells, nacido en Blancafort (Tarragona) el día 27 de noviembre de 1884 [35], fue muerto en Montblanc el día 24 de agosto de 1936;

64. Joan Vernet Masip, nacido en La Vilella Alta (Tarragona) el día 28 de mayo de 1899, fue muerto en La Juncosa (Lleida) el día 21 de agosto de 1936;

65. Franccesc Vidal Sanuy, nacido en Montpalau (Lleida) el día 7 de septiembre del 1867, fue muerto el día 25 de julio de 1936;

66. Miquel Vilatimó Costa, nacido en Vic (Barcelona) el día 24 de octubre de 1888, fue muerto en Tarragona el día 26 de julio de 1936;

67. Pau Virgili Monfà, nacido en Valls (Tarragona) el día 8 de agosto de 1869, fue muerto en Tarragona el día 26 de julio de 1936;

68. Francesc Vives Antich, nacido en Valls (Tarragona) el día 22 de marzo de 1876, fue muerto en Torredembarra el día 6 de agosto de 1936.

También fueron muertos los alumnos del Seminario que siguen:

1. Josep Gassol Montseny, nacido en Solivella (Tarragona) el día 31 de marzo de 1915, fue muerto en Sarral el día 12 de febrero de 1937;

2. Joan Montpeó Masip, nacido en Les Borges del Camp (Tarragona) el día 31 de octubre del año 1918, fue muerto en Riudecols el día 15 de mayo de 1938;

Otro grupo de siervos de Dios fue el de la Orden de Carmelitas Descalzos, cuya comunidad en Tarragona fue detenida en el inicio de la persecución. Estos hijos del Carmelo eran:

1. Àngel de San Josep (Joan Fort Rius), nacido en La Espluga de Francolí (Tarragona) el día 20 de octubre de 1896, fue muerto en Tarragona el día 25 de julio de 1936;

2. Carles de Jesús Maria (Carles Barrufet Tost), nacido en La Selva del Camp (Tarragona) el día 9 de abril de 1888, fue muerto en Montblanc el día 12 de agosto de 1936;

3. Damià de la Santíssima Trinitat (Pablo Damián Rodríguez), nacido en El Pedroso de la Armuña (Salamanca) el día 18 de mayo de 1891, fue muerto en Torredembarra el día 21 de julio de 1936;

4. Felipe de Santa Teresa (Felipe Arce Fernández) nacido en Arroyo de Valdivieso (Burgos), el día 16 de octubre de 1878, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

5. Josep Cecili de Jesús Maria (Josep Alberich Lluch), nacido en Benicarló (Castellón), el día 7 de febrero de 1865, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

6. Pedro de San Elías (Pedro de Eriz y Eguiluz), presbítero, nacido en Barajuen del Valle de Armayona (Álava) el día 22 de febrero del 1867, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

7. Vicent de la Creu (Vicent Gallen Ibáñez), presbítero, nacido en Vallat (Castellón) el día 29 de octubre de 1908, fue muerto en Tarragona el día 25 de julio de 1936;

Muchos siervos de Dios de los Benedictinos de Montserrat. Son los que siguen:

1. Fulgencio Albareda Ramoneda, presbítero, nacido en Barcelona el día 13 de junio de 1888, fue muerto en Moncada el 19 de diciembre del año 1936;

2. León Alesanco Maestro, presbítero, nacido en San Millán de la Cogolla (Logroño), el día 22 de junio de 1882, fue muerto en Barcelona el día 30 de noviembre de 1936;

3. Ambròs María Busquets Creixell, presbítero, nacido en Torroella de Montgrí el día 12 de junio de 1903, fue muerto en Barcelona el día 19 de agosto de 1936;

4. Hildebrand Maria Casanovas Vilà, profeso, nacido en Hostalets de Balenyà, el día 21 de enero de 1918, fue muerto en Montserrat el día 28 de julio de 1936;

5. Ildefons Civil Castellví, profeso, nacido en Molins de Rei (Barcelona) el día 11 de enero de 1889, fue muerto en Can Campany el día 25 de julio de 1936;

6. Odili Maria Costa Canal, presbítero, nacido en Vic (Barcelona), el día 13 de diciembre de 1905, fue muerto en la carretera de Vic el día 28 de julio de 1936;

7. Eugenio María Erausquin Aramburu, profeso, nacido en Lazcano (Guipúzcoa), el día 21 de octubre de 1902, fue muerto en Barcelona el día 19 de agosto de 1936;

8. Plàcido María Feliu Soler, presbítero, nacido en Sant Maur (Girona) el día 1 de noviembre de 1904, fue muerto en Barcelona el día 19 de agosto de 1936;

9. osep Maria Fontseré Masdeu, presbítero, nacido en Vinyoles d’Orís (Barcelona) el día 30 de octubre de 1854, fue muerto en la Ronda de San Pedro el día 19 de agosto de 1936;

10. Domingo González Millán, presbítero, nacido en La Losilla (Logroño) el día 16 de septiembre de 1880, fue muerto en Barcelona el día 19 de agosto de 1936;

11. Robert Grau Bullich, presbítero, nacido en Coll de Nargó, (Lleida) el día 14 de abril de 1895, fue muerto en Barcelona el día 5 de enero de 1937;

12. Emilià Maria Guilà Ximenes, profeso, nacido en Mataró el día 4 de abril de 1914, fue muerto en Barcelona el día 19 de agosto de 1936;

13. Josep Maria Jordà Jordà, profeso, nacido en Tarragona el día 17 de noviembre de 1884, fue muerto en el Pont Negre el día 26 de julio de 1936;

14. Luis Palacios Lozano, nacido en Agés (Burgos) el día 25 de agosto de 1893, fue muerto en Barcelona el día 30 de noviembre de 1936;

15. Joan Roca Bosch, presbítero, nacido en Guissona (Lleida) el día 11 de julio de 1884, fue muerto en Barcelona el día 20 de agosto de 1936;

16. Ángel María Rodamilans Canals, presbítero, nacido en Sabadell (Barcelona) el día 1 de mayo de 1874, fue muerto en Barcelona el día 27 de julio de 1936;

17. Francesc Maria Sánchez Soler, profeso, nacido en Barcelona, el día 25 de agosto de 1880, fue muerto en Can Campany el día 25 de julio de 1936;

18. Pere Vallmitjana Abarca, profeso, nacido en Barcelona el día 19 de mayo de 1875, fue muerto en Cerdanyola el día 15 de febrero de 1936;

19. Bernat Vendrell Olivella, profeso, nacido en Sant Esteve de Ordal el día 29 de junio de 1878, fue muerto en Gelida el día 25 de julio de 1936;

20. Narcís Maria Vilar Espona, profeso, nacido en Hostalets de Balenyà el día 7 de agosto de 1916, fue muerto en la carretera de Vic el día 28 de julio de 1936;

Entre los siervos de Dios, también había un religioso de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos:

1. Carmel de Colomés (Enric Salvà Ministral), nacido en Colomés (Girona) el día 21 de marzo del año 1874, fue muerto en Valls el día 25 de agosto de 1936;

Otro grupo fue el de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de la Beata María Virgen (Claretianos), cuyos siervos de Dios son:

1 .Sebastià Balcells Tonijuán, profeso, nacido en La Fuliola (Lleida) el día 3 de diciembre de 1885, fue muerto en la Sierra de Almenara el día 15 de agosto de 1936;

2. Antoni Capdevila Balcells, profeso, nacido en La Espluga Calba el día 27 de febrero de 1894, fue muerto en Vimbodí el día 24 de julio de 1936;

3. Pau Castellà Barberà, profeso, nacido en La Selva del Camp el día 3 de mayo de 1861, fue muerto en Reus el día 26 de septiembre de 1936;

4. Andreu Feliu Bartolomé, profeso, nacido en La Selva del Camp (Tarragona) el día 15 de septiembre de 1870, fue muerto en Reus el día 26 de septiembre de 1936;

5. Jaume Mir Vime, presbítero, nacido en Ciutadilla (Lleida) el día 21 de diciembre de 1889, fue muerto en Tarragona el día 22 de julio de 1936;

6. Frederic Vilà Bartrolí, presbítero, nacido en El Brull (Barcelona) el día 3 de marzo de 1884, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

7. Antoni Vilamassana Carulla, profeso, nacido en Massoteres (Lleida) el día 27 de enero de 1860, fue muerto en Valls el día 25 de agosto de 1936.

Y otro grupo es el de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, los cuales fueron muertos con el siervo de Dios Agapit Modest (Modest Pamplona Falguera), que son:

1. Alberto Joaquín (Alberto Linares de la Pinta) profeso, nacido en Cheste (Valencia) el día 17 de agosto de 1913, fue muerto a Castellonroi el día 19 de marzo del año 1937;

2 Alejandro Antonio (Alejandro Arraya Caballero), profeso, nacido en Monasterio de Rodilla (Burgos) el día 30 de mayo de 1908, fue muerto en Tarragona el día 31 de julio de 1936;

3. Alexandre Joan (Fermí Gellida Cornelles), profeso, nacido en Benicarló   (Castellón), el día 6 de octubre de 1889, fue muerto en Vinaròs el día 18 de agosto de 1936;

4. Alfeo Bernabé (Bernabé Núñez Alonso), profeso, nacido en Santa María del Invierno (Burgos) el día 11 de junio de 1902, fue muerto en Tarragona el día 31 de julio de 1936;

5. Anastasio Lucas (Lucas Martín Puente), profeso, nacido en Quintanilla del Coco (Burgos) el día 20 de septiembre de 1908, fue muerto en Tarragona el día 19 de septiembre de 1936;

6. Andrés Sergio (Andrés Pradas Lahoz), profeso, nacido en La Hoz de la Vieja (Teruel) el día 30 de noviembre de 1908, fue muerto el día 19 de agosto de 1936;

7. Ángel Amat (Maximino Pérez Fiero), profeso, nacido en Alfén (Zaragoza) el día 21 de agosto de 1905, fue muerto en Tortosa el día 1 de septiembre de 1936;

8. Àngel Fèlix (Modest Godó Buscató), profeso, nacido en La Selva de Mar (Girona) el día 12 de enero de 1879, fue muerto en La Canonja (Tarragona) el día 28 de agosto de 1936 ;

9. Antonio Egidio (Alejandro Egidio Monforte) profeso, nacido en Mosqueruela (Teruel) el día 3 de febrero de 1903, fue muerto en la propia Mosqueruela el día 22 de septiembre de 1936;

10. Arístides Marc (Pedro Cano Cebrián), profeso, nacido en Villalba de los Morales (Teruel) el día 1 de junio de 1901, fue muerto en Benicarló el día 12 de agosto de 1936;

11. Arnal Ciril (Joan Font Taulat), profeso, nacido en Vilademat (Girona) el día 1 de julio de 1890, fue muerto en Lleida el día 23 de junio de 1937;

12. Augusto María (Miguel Arsenio Merino) profeso, nacido en San Cebrián de Mudá (Palencia) el día 12 de diciembre de 1894, fue muerto en El Catllar (Tarragona) a principios del mes de octubre del año 1936;

13. Benilde Josep (Francesc Casademunt Ribas), profeso, nacido en Llofriu (Girona) el día 7 de febrero de 1872, fue muerto en Tarragona el día 26 de agosto de 1936;

14. Benet Joan (Joan Baptista Urgell Coma), profeso, nacido en Villalba de los Arcos (Tarragona) el día 5 de octubre de 1906, fue muerto en Alcolea del Pinar el día 7 de agosto de 1936;

15. Buenaventura Pius (Pío Ruiz de la Torre), profeso, nacido en Fresno de Rodilla (Burgos) el día 9 de julio de 1909, fue muerto en Tortosa el día 1 de septiembre de 1936;

16. Claudio José (Manuel Mateo Calvo), profeso, nacido en Aliaga (Teruel) el día 5 de octubre de 1902, fue muerto en Tortosa el día 1 de septiembre de 1936;

17. Climent Adolf (Climent Vea Balaguer), profeso, nacido en La Jana (Castellón) el día 5 de junio de 1898, fue muerto en el cementerio de San Mateo (Castellón) el día 15 de agosto de 1936;

18. Clemente Faustino (Germán José Fernández Sáenz), profeso, nacido en Logroño el día 6 de abril de 1915, fue muerto en Tarragona el día 19 de septiembre de 1936;

19. Daniel Antonio (Nicolás Rueda Barriocanal), profeso, nacido en Quintanavives (Burgos) el día 10 de septiembre de 1894, fue muerto en La Canonja (Tarragona) el día 28 de agosto de 1936;

20. Eladio Vicente (Cesáreo España Ortiz), profeso, nacido en Pancorbo (Burgos) el día 25 de febrero de 1886, fue muerto en Ña Canonja (Tarragona) el día 28 de agosto de 1936;

21. Elies Paulí (Xavier Pradas Vidal), profeso, nacido en Culla (Castellón) el día 20 de marzo de 1886, fue muerto en La Canonja (Tarragona) el día 28 de agosto de 1936;

22 Elm Miquel (Pere Sisterna Torrent), profeso, nacido en Llagostera (Girona) el día 21 de marzo de 1868, fue muerto en Tarragona el día 26 de agosto de 1936;

23. Exuperi (Miquel Alberto Flos), profeso, nacido en Benircarló (Castellón) el día 12 de noviembre de 1881, fue muerto en el mismo Castellón el día 15 de agosto de 1936;

24. Faust Lluís (Josep Maria Tolaguera Oliva) profeso, nacido en La Escala (Girona) el día 14 de marzo de 1904, fue muerto en Tarragona el día 26 de agosto de 1936;

25. Félix Adrián (Francisco Vicente Edo), profeso, nacido en Mosqueruela (Teruel) el día 31 de julio de 1903, fue muerto en la propia Mosqueruela el día 22 de septiembre de 1936;

26. Fulbert Jaume (Jaume Jardí Vernet), profeso, nacido en Vandellòs (Tarragona) el día 7 de mayo de 1901, fue muerto en las afueras del mismo Vandellòs el día 10 de agosto de 1936;

27. Gilbert de Jesús (José Boschdemont Mitjavila), profeso, nacido en Cassà de la Selva (Girona) el día 11 de agosto de 1880, fue muerto enTorredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

28. Honorio Sebastián (Sebastián Obeso Alario), profeso, nacido en Azoña (Palencia) el día 12 de diciembre de 1910, fue muerto en Tarragona el día 19 de septiembre de 1936;

29. Hug Bernabé (Francesc Trullén Gilisbarts), profeso, nacido en Roquetes (Tarragona) el día 20 de enero de 1895, fue muerto en Tortosa el día 1 de septiembre de 1936;

30. Jacint Jordi (Josep Camprubí Corrubí), profeso, nacido en Palmerola (Girona) el día 22 de febrero de 1888, fue muerto en La Canonja (Tarragona) el día 28 de agosto de 1936;

31. Jenaro (Mariano Navarro Blasco), profeso, nacido en Tortajada (Teruel) el día 5 de diciembre de 1902, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

32. Justí Gabriel (Gabriel Albiol Plou), profeso, nacido en Peñíscola (Castellón) el día 23 de abril de 1910, fue muerto en la propia Peñíscola el día 12 de agosto de 1936;

33. Lleó Joaquim (Joaquim Pallerola Feu), profeso, nacido en La Seu de Urgell (Lleida) el día 2 de julio de 1892, fue muerto en Tortosa el día 1 de septiembre de 1936;

34. Lluís Albert (Ildefons Albert Flos), profeso, nacido en Benicarló (Castellón) el día 26 de febrero de 1880, fue muerto en el mismo Benicarló el día 15 de agosto de 1936;

35. Magí Pere (Francesc Salla Saltó), profeso, nacido en los Omells de na Gaia (Lleida) el día 3 de septiembre del año 1918, fue muerto en La Juncosa (Lleida) el día 30 de julio de 1938;

36. Marciano Pascual (Pascual Escuín Ferrer), profeso, nacido en La Hoz de la Vieja (Teruel) el día 30 de marzo de 1907, fue muerto en Tortosa el día 19 de agosto de 1936;

37. Nicolás Adrián (Juan Pérez Rodrigo), profeso, nacido en Rescatón (Zaragoza) el día 27 de enero de 1914, fue muerto en Tarragona el día 19 de septiembre de 1936;

38. Rafael Josep (Patrici Gellida Llorach), profeso, nacido en Benicarló (Castellón) el día 16 de marzo de 1871, fue muerto en  el mismo Benicarló el día 18 de agosto de 1936.

Los que completan la lista son los siervos de Dios Hermanos de la Tercera Orden Carmelita para la Enseñanza:

1. Julio Alameda Camarero, nacido, en Castrozeniza (Burgos) el día 28 de mayo de 1911, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

2. Luis Domingo Oliva, nacido en Reus (Tarragona) el día 11 de enero de 1892, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

3 Isidre Tarsà Giribets, nacido en Fontanet (Lleida) el día 3 de febrero de 1866, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936;

4. Bonaventura Toldrà Rodon, nacido en El Pla de Santa Maria (Tarragona) el día 31 de marzo de 1896, fue muerto en Torredembarra el día 11 de noviembre de 1936.

La muerte de estos 147 siervos de Dios el pueblo cristiano siempre la ha tenido como un martirio verdadero. Por lo que desde el día 28 de abril del año 1952 hasta el día 29 de mayo de 1959 tuvo lugar en la curia archidiocesana de Tarragona el Proceso Informativo sobre el martirio de los siervos de Dios, cuya autoridad y validez jurídica avaló la Congregación para las Causas de los Santos, con decreto del día 4 de diciembre de 1992. Confeccionada la Positio, en la forma ordinaria, el día tres de julio de 2011, se celebró una reunión extraordinaria de teólogos consultores, en la que se examinó el carácter martirial de la muerte de los siervos de Dios y se llegó a una conclusión favorable. Los padres cardenales y obispos en la sesión ordinaria del día 5 de junio del año 2012, que presidí yo mismo, cardenal Angelo Amato, reconocieron que dichos siervos de Dios sufrieron martirio verdadero por odio a la fe por manifiesta fidelidad a Cristo y a la Iglesia.

Informado de todo lo que precede por el suscrito Cardenal Prefecto, el Sumo Pontífice Benedicto XVI, aprobadas las conclusiones que le han sido presentadas por la Congregación para la causa de los santos, con fecha de hoy ha declarado que Consta el martirio y su causa referente a los siervos de Dios Manuel Borràs Ferré, obispo auxiliar de Tarragona, y Agapit Modest (civilmente Modest Pamplona Falguera), del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, y los CXLV compañeros, en el caso y a efectos a que se hace referencia.

El Sumo Pontífice dispuso hacer público el presente decreto e incorporarlo a las actas de la Congregación para las causas de los santos.

Roma, a 28 de junio del año del Señor 2012.

Angelo Card. Amato, S.D.B., prefecto

Marcello Bartolucci, arzobispo tit. Mevania, secretario

 

 

 

 

 

 

 

MENSAJE DE LA ASAMBLEA PLENARIA

DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

CON MOTIVO DE LA BEATIFICACIÓN DEL AÑO DE LA FE

A TARRAGONA, EL 13 DE OCTUBRE DE 2013

 

 

“Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor, con el perdón de sus perseguidores.”

Benedicto XVI, Carta Apostólica Porta fidei, 13

Queridos hermanos:

1. Os anunciamos con gran alegría que, Dios mediante, el domingo día 13 de octubre de 2013, se celebrará en Tarragona la beatificación de unos quinientos hermanos nuestros en la fe que dieron su vida por amor a Jesucristo, en diversos lugares de España, durante la persecución religiosa de los años treinta del siglo XX. Fueron muchos miles los que por entonces ofrecieron ese testimonio supremo de fidelidad. La Iglesia reconoce ahora solemnemente a este nuevo grupo como mártires de Cristo. Según el lema de esta fiesta, ellos fueron “firmes y valientes testigos de la fe” que nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión. Invitamos a los católicos y a las comunidades eclesiales a participar en este gran acontecimiento de gracia con su presencia en Tarragona, si les es posible, y, en todo caso, uniéndose espiritualmente a su preparación y celebración.

I. LOS MÁRTIRES, MODELOS EN LA CONFESIÓN DE LA FE Y PRINCIPALES INTERCESORES

2. En la Carta apostólica Porta fidei, por la que convoca el Año de la fe, que estamos celebrando, el Papa Benedicto XVI dice que en este Año “es decisivo volver a recorrer la historia de la fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado”. Según recuerda Benedicto XVI, los mártires, después de María y los Apóstoles -en su mayoría, también mártires- son ejemplos señeros de santidad, es decir, de la unión con Cristo por la fe y el amor a la que todos estamos llamados.[36]

3. El Concilio Ecuménico Vaticano II habla repetidamente de los mártires. Entre otros motivos, celebramos el Año de la fe para conmemorar los cincuenta años de la apertura del Concilio y recibir más y mejor sus enseñanzas. Por eso, es bueno recordar ahora el precioso pasaje en el que el Concilio, al exhortar a todos a la santidad, nos presenta el modelo de los mártires:

4. “Jesús, el Hijo de Dios, mostró su amor entregando su vida por nosotros. Por eso, nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus hermanos (cf. 1 Jn 3, 16 y Jn 15, 13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados y serán llamados siempre, a dar este supremo testimonio de amor delante de todos, especialmente, de los perseguidores. En el martirio el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte para la salvación del mundo, y se configura con Él derramando también su sangre. Por eso, la Iglesia estima siempre el martirio como un don eximio y como la suprema prueba de amor. Es un don concedido a pocos, pero todos deben estar dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirlo en el camino de la Cruz en medio de las persecuciones, que nunca le faltan a la Iglesia.” [37]

5. Además de modélicos confesores de la fe, según la enseñanza del Concilio, los mártires son también intercesores principales en el Cuerpo místico de Cristo: “La Iglesia siempre ha creído que los Apóstoles y los mártires, que han dado con su sangre el supremo testimonio de fe y de amor, están más íntimamente unidos a nosotros en Cristo [que otros hermanos que viven ya en la Gloria]. Por eso, los venera con especial afecto, junto con la bienaventurada Virgen María y los santos ángeles, e implora piadosamente la ayuda de su intercesión.” [38]

II. MÁRTIRES DEL SIGLO XX EN ESPAÑA BEATIFICADOS

EL AÑO DE LA FE

6. Al dirigir una mirada de fe al siglo XX, los obispos españoles dábamos gracias a Dios, con el beato Juan Pablo II, porque “al terminar el segundo milenio, la Iglesia ha vuelto a ser de nuevo Iglesia de mártires” y porque “el testimonio de miles de mártires y santos ha sido más fuerte que las insidias y violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y del ateísmo.”[39] El Concilio dice también que la mejor respuesta al fenómeno del secularismo y del ateísmo contemporáneos, además de la propuesta adecuada del Evangelio, es “el testimonio de una fe viva y madura (…) Numerosos mártires dieron y dan un testimonio preclaro de esta fe.”[40] El siglo XX ha sido llamado, con razón, “el siglo de los mártires”.

7. La Iglesia que peregrina en España ha sido agraciada con un gran número de estos testigos privilegiados del Señor y de su Evangelio. Desde 1987, cuando tuvo lugar la beatificación de los primeros de ellos —las carmelitas descalzas de Guadalajara— han sido beatificados 1001 mártires, de los cuales 11 han sido también canonizados.

8. Ahora, con motivo del Año de la fe —por segunda vez después de la beatificación de 498 mártires celebrada en Roma en 2007—  se ha reunido un grupo numeroso de mártires que serán beatificados en Tarragona en el otoño próximo. El Santo Padre ya ha firmado los decretos de beatificación de tres obispos: los siervos de Dios Salvio Huix, de Lérida; Manuel Basulto, de Jaén y Manuel Borràs, de Tarragona. Serán beatificados también un buen grupo de sacerdotes diocesanos, sobre todo de Tarragona. Y muchos religiosos y religiosas: benedictinos, hermanos hospitalarios de San Juan de Dios, hermanos de las escuelas cristianas, siervas de María, hijas de la caridad, redentoristas, misioneros de los Sagrados Corazones, claretianos, operarios diocesanos, hijos de la Divina Providencia, carmelitas, franciscanos, dominicos, hijos de la Sagrada Familia, calasancias, maristas, paúles, mercedarios, capuchinos, franciscanas misioneras de la Madre del Divino Pastor, trinitarios, carmelitas descalzos, mínimas, jerónimos; también seminaristas y laicos; la mayoría de ellos eran jóvenes; también hay ancianos; hombres y mujeres. Antes de la beatificación, aparecerá, si Dios quiere, el tercer libro de la colección Quiénes son y de dónde vienen, en el que se recogerá la biografía y la fotografía de cada uno de los mártires de esta Beatificación del Año de la fe.[41]

III. FIRMES Y VALIENTES TESTIGOS DE LA FE

9. La vida y el martirio de estos hermanos, modelos e intercesores nuestros, presentan rasgos comunes, que haremos bien en meditar en sus biografías. Son verdaderos creyentes que, ya antes de afrontar el martirio, eran personas de fe y oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Virgen. Hicieron todo lo posible, a veces con verdaderos alardes de imaginación, para participar en la Misa, comulgar o rezar el rosario, incluso cuando suponía un gravísimo peligro para ellos o les estaba prohibido, en el cautiverio. Mostraron en todo ello, de un modo muy notable, aquella firmeza en la fe que San Pablo se alegraba tanto de ver en los cristianos de Colosas (cf. Col 2, 5). Los mártires no se dejaron engañar “con teorías y con vanas seducciones de tradición humana, fundadas en los elementos del mundo y no en Cristo” (Col 2, 8). Por el contrario, fueron cristianos de fe madura, sólida, firme. Rechazaron, en muchos casos, los halagos o las propuestas que se les hacían para arrancarles un signo de apostasía o simplemente de minusvaloración de su identidad cristiana.

10. Como Pedro, mártir de Cristo, o Esteban, el protomártir, nuestros mártires fueron también valientes. Aquellos primeros testigos, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, “predicaban con valentía la Palabra de Dios” (Hch 4, 31) y “no tuvieron miedo de contradecir al poder público cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’ (Hch 5, 29). Es el camino que siguieron innumerables mártires y fieles en todo tiempo y lugar.”[42] Así, estos hermanos nuestros tampoco se dejaron intimidar por coacción ninguna, ni moral ni física. Fueron fuertes cuando eran vejados, maltratados o torturados. Eran personas sencillas y, en muchos casos, débiles humanamente. Pero en ellos se cumplió la promesa del Señor a quienes le confiesen delante de los hombres: “no tengáis miedo… A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 31-32); y abrazaron el escudo de la fe, donde se apagan la flechas incendiarias del maligno (cf. Ef 6, 16).

IV. UNA HORA DE GRACIA

11. La Beatificación del Año de la fe es una ocasión de gracia, de bendición y de paz para la Iglesia y para toda la sociedad. Vemos a los mártires como modelos de fe y, por tanto, de amor y de perdón. Son nuestros intercesores, para que pastores, consagrados y fieles laicos recibamos la luz y la fortaleza necesarias para vivir y anunciar con valentía y humildad el misterio del Evangelio (cf. Ef 6, 19), en el que se revela el designio divino de misericordia y de salvación, así como la verdad de la fraternidad entre los hombres. Ellos han de ayudarnos a profesar con integridad y valor la fe de Cristo.

12. Los mártires murieron perdonando. Por eso, son mártires de Cristo, que en la Cruz perdonó a sus perseguidores. Celebrando su memoria y acogiéndose a su intercesión, la Iglesia desea ser sembradora de humanidad y reconciliación en una sociedad azotada por la crisis religiosa, moral, social y económica, en la que crecen las tensiones y los enfrentamientos. Los mártires invitan a la conversión, es decir, “a apartarse de los ídolos de la ambición egoísta y de la codicia que corrompen la vida de las personas y de los pueblos, y a acercarse a la libertad espiritual que permite querer el bien común y la justicia, aun a costa de su aparente inutilidad material inmediata.”[43] No hay mayor libertad espiritual que la de quien perdona a los que le quitan la vida. Es una libertad que brota de la esperanza de la Gloria. “Quien espera la vida eterna, porque ya goza de ella por adelantado en la fe y los sacramentos, nunca se cansa de volver a empezar en los caminos de la propia historia”.[44]

V. LA BEATIFICACIÓN EN TARRAGONA

13. En Tarragona se conserva la tradición de los primeros mártires hispanos. Allí, en el anfiteatro romano el año 259, dieron su vida por Cristo el obispo San Fructuoso y sus diáconos San Eulogio y San Augurio. San Agustín se refiere con admiración a su martirio. El obispo Manuel Borràs, auxiliar de la sede tarraconense, junto con varias decenas de sacerdotes de aquella diócesis, vuelven a hacer de ésta en el siglo XX una iglesia preclara por la sangre de sus mártires. Por estos motivos, la Conferencia Episcopal ha acogido la petición del Arzobispo de Tarragona de que la beatificación del numeroso grupo de mártires de toda España, prevista casi como conclusión del Año de la fe, se celebre en aquella ciudad.

14. Exhortamos a cada uno y a las comunidades eclesiales a participar ya desde ahora espiritualmente en la Beatificación del Año de la fe. Invitamos a quienes puedan a acudir a Tarragona, para celebrar, con hermanos de toda España, este acontecimiento de gracia. Oremos por los frutos de la beatificación, que, con la ayuda divina y la intercesión de la Santísima Virgen, auguramos abundantes para todos:

Oh Dios, que enviaste a tu Hijo, para que muriendo y resucitando nos diese su Espíritu de amor: nuestros hermanos, mártires del siglo XX en España, mantuvieron su adhesión a Jesucristo de manera tan radical y plena que les permitiste derramar su sangre por él y con él. Danos la gracia y la alegría de la conversión para asumir las exigencias de la fe; ayúdanos, por su intercesión, y por la de la Reina de los mártires, a ser siempre artífices de reconciliación en la sociedad y a promover una viva comunión entre los miembros de tu Iglesia en España; enséñanos a comprometernos, con nuestros pastores, en la nueva evangelización, haciendo de nuestras vidas testimonios eficaces del amor a Ti y a los hermanos. Te lo pedimos por Jesucristo, el Testigo fiel y veraz, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Madrid, 19 de abril de 2013

 



[1] Aurelio Prudencio, Libro de las Coronas o Peristephanon.

 

[2] San Cipriano, Ep. 10.

 

[3]  Carta apostólica Porta fidei, n. 14.

 

[4] Las Actas pueden hallarse en la página web del Arzobispado de Tarragona (www.arqtgn.cat) traducidas a numerosos idiomas. Un buen estudio és el del Institut Superior de Ciències Religioses Sant Fructuós: Les Actes del martiri de sant Fructuós, bisbe de Tarragona, i dels seus diaques sant Auguri i sant Eulogi. Context històric, teologia i espiritualitat, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2009, 165 p. Diversos autores. A cargo de Josep M. Gavaldà Ribot.

 

[5] Precisament en el libro antes citado  (p. 159-165) puede hallarse el Sermó 273 que san Agustín predicó un 21 de enero, fiesta de nuestros mártires.

 

[6] 9 de noviembre de 1937, Certosa di Farneta.

 

[7]  BOAT, 30 de junio de 1944, n. 13, p. 195. Recuerdos amargos y edificantes.

 

[8] 2 de septiembre de 1936, Certosa di Farneta.

 

[9] 6 de noviembre de 1936, Barcelona.

 

[10] Catecismo de la Igesia católica, n. 1808.

 

[11] 11 de octubre de 1937, Certosa di Farneta.

 

[12]21 de septiembre de 1937, Tarragona.

 

[13] Mensaje del santo padre Benedicto XVI a los participantes en la sesión plenaria de la Congregación para la causa de los santos, 24 de abril de 2006.

 

[14] Les Actes del martiri de sant Fructuós, bisbe de Tarragona, i dels seus diaques sant Auguri i sant Eulogi. Context històric, teologia i espiritualitat, o.c., p. 151.

 

[15] Concilio Vaticano II, Cons. Lumen gentium, n. 42.

 

[16]Catecismo de la Iglesia católica, n. 2474.

 

[17] 9 de noviembre de 1937, Certosa di Farneta.

 

[18]Apología 50,13: PL 1,534.

 

[19] San Agustín, In Ps. 119:1-3.

 

[20] Concilio Vaticano II, Cons. Lumen gentium, n. 42.

 

[21] Incarnationis mysterium, n. 13.

 

[22] Los datos de los mártires se han extraído de la Positio. En el momento de iniciar la causa se compilaron tan bien como fue posible, pero lo cierto es que hay algunas leves incorrecciones. En la traducción del Decreto se conservan tal como pueden verse en el original latino; sin embargo, en las notas a pie de página se precisan los datos erróneos.

 

[23] El día de su nacimiento es el 10.

 

[24]El día de su nacimiento es el 3.

 

[25]El lugar de nacimiento es Suria, y la fecha el 12 de agosto de 1906.

 

[26] El lugar de nacimiento es Altafulla, y la fecha, el día 30 de octubre de 1876.

 

[27] El día ha de ser el 13.

 

[28] La fecha de nacimiento correcta es el 20 de octubre de 1902.

 

[29]La fecha de nacimiento correcta es el 28 de octubre de 1966.

 

[30] La fecha ha de ser el 11.

 

[31] El martirio tuvo lugar en la carretera de La Secuita.

 

[32] El Vilosell pertenece a la provincia de Lleida.

 

[33] El día del nacimiento es el 21.

 

[34] El segundo apellido era Carré.

 

[35]El año de nacimiento es el 1874.

 

[36] Cf. Benedicto XVI, Carta Apostólica Porta fidei, nº 13

 

[37]Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium, 42. – “El estado de persecución – escribe el Cardenal Bergoglio, hoy Papa Francisco – es normal en la existencia cristiana, sólo que se viva con la humildad del servidor inútil y lejano de todo deseo de apropiación que lo lleve al victimismo (…) Esteban no muere solamente por Cristo, muere como él, con él, y esta participación en el misterio mismo de la pasión de Jesucristo es la base de la fe del mártir.” (Jorge M. Bergoglio / Papa Francisco, Mente abierta, corazón creyente (2012), Madrid 2013, 60).

 

[38] Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium, 50.

 

[39] LXXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX (26 de noviembre de 1999), 14 y 4.

 

[40]Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 21.

 

[41] El libro tendrá las mismas características de los dos anteriores: cf. M. E. González Rodríguez, Los primeros 479 santos y beatos mártires del siglo XX en España. Quiénes son y de dónde vienen, EDICE, Madrid 2008; y Id. (Ed.), Quiénes son y de donde vienen. 498 mártires del siglo XX en España, EDICE, Madrid 2007.

 

[42] Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 11.

 

[43]CCXXV Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Declaración Ante la crisis, solidaridad (3 de octubre de 2012), 7.

 

[44]  Ibid.

 

Mons. Jaume Pujol
Acerca de Mons. Jaume Pujol 324 Articles
Nace en Guissona (Lleida), el 8 de febrero de 1944. Cursó los estudios primarios en los colegios de las Dominicas de la Anunciata y de los Hermanos Maristas de Guissona. Amplió sus estudios en Pamplona, Barcelona y Roma. Realizó el doctorado en Ciencias de la Educación en Roma, donde cursó estudios filosóficos y teológicos. Es doctor en Teología por la Universidad de Navarra. Fue ordenado sacerdote por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, en Madrid, el 5 de agosto de 1973, incardinado en la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei. CARGOS PASTORALES Fue profesor ordinario de Pedagogía Religiosa en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Desde el año 1976 y hasta su consagración episcopal, dirigió el Departamento de Pastoral y Catequesis, y desde el 1997, el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, los dos de la misma Universidad. Ocupó distintos cargos en la Facultad de Teología: director de estudios, director del Servicio de Promoción y Asistencia a los Alumnos, secretario, director de la revista Cauces de Intercomunicación (Instituto Superior de Ciencias Religiosas), dirigida a profesores de religión. Durante sus años en Pamplon dirigió cursos de titulación, formación y perfeccionamiento de catequistas, profesores de religión y educadores de la fe, y tesis de licenciatura y de doctorado. Su trabajo de investigación se ha centrado en temas de didáctica y catequesis; ha publicado 23 libros y 60 artículos en revistas científicas, obras colectivas, etc. También ha desarrollado otras tareas docentes y pastorales con jóvenes, sacerdotes, etc. El día 15 de junio de 2004 el Papa Juan Pablo II lo nombró Arzobispo de Tarragona, archidiócesis metropolitana y primada, responsabilidad que, hasta hoy, conlleva la presidencia de la Conferencia Episcopal Tarraconense, que integran los obispos de la provincia eclesiástica Tarraconense y los de la provincia eclesiástica de Barcelona. El día 19 de septiembre de 2004, en la Catedral Metropolitana y Primada de Tarragona, fue consagrado obispo y tomó posesión canónica de la archidiócesis. El día 29 de junio de 2005 recibía el palio de manos del Papa Benedicto XVI, en la basílica de San Pedro del Vaticano. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y Seminarios y Universidades. Cargo que desempeña desde 2004. Además, ha sido miembro de la Comisión Permanente entre 2004 y 2009.