Agradecidos

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora     A los miedos, los recelos y las desesperanzas, que circulan libremente a nuestro alrededor, hay que responder con la fe en el Hijo de Dios e Hijo del Hombre, con la fe en Jesucristo que se entregó por nosotros para nuestra salvación. Siendo esto muy cierto para muchos de nosotros hombres y mujeres de fe, y más en este Año de la fe, percibo que hay “inconvenientes” para hacer esa fe efectiva y que consiga levantar el ánimo, o mejor que consiga llenarnos de argumentos y de vitalidad para levantar el ánimo de las personas que nos rodean.

Me quiero referir, especialmente, al “inconveniente” que supone el haber perdido la capacidad de agradecer; de haber perdido la fuerza que da el agradecimiento. Me da la impresión de que la dureza que se da entre nosotros, los esfuerzos por competir y ganar posiciones siempre frente a otros en la lucha por el bienestar perdido, o por asegurar el que se tiene, nos hacen incapaces de aceptar que alguien nos pueda hacer un favor sin esperar nada a cambio, nos hace incapaces de “sentir gratitud” y menos de “mostrar gratitud o dar las gracias”.

En la base de todo está la vida, ese valor absoluto que se queda en relativo cuando no se consiguen las aspiraciones y deseos, confundiendo la vida con el vivir mejor o peor, por lo que se oye con demasiada frecuencia: «así no se puede vivir». Si acaso, solamente, cuando alguien se siente amenazado por la enfermedad se echa de menos la salud y aparece una estima de la vida, pero siempre con el matiz de ese querer vivir mejor.

Aprovechar el verano para desbloquear este prejuicio y agradecer a Dios el don de la vida, tan inmerecidamente recibido por nuestra parte, no es ningún mal ejercicio para entrenar ese «ser agradecidos». Naturalmente, deberemos acompañar este agradecimiento con una inteligencia de las cosas que nos permita separar lo que es la vida de lo que son los golpes que le damos a la vida descuidando hábitos saludables en el comer, en el beber y en todo aquello que, bien por nosotros mismos o por los que nos rodean, hacen de la vida una cuesta arriba difícil de escalar; la misma contaminación que provocamos, la mala o nula distribución de la riqueza es lo que nos lleva a mal vivir, pues eso no viene de Dios sino de la maldad de los hombres.

Además, en nuestra fe no solo podemos agradecer a Dios el regalo que la vida supone, y volver así a “lo natural” que es agradecerle nuestro ser de criaturas, sino que también con la vida, masivamente en nuestro país con el Bautismo, hemos recibido el regalo de la vida de hijos de Dios. La fuente bautismal, de donde brota la fe, nos hace pasar de la naturaleza misma de las cosas al Sacramento. La Eucaristía es en sí misma el regalo de la vida del Hijo de Dios y… «por Cristo, con Él y en Él» ese sentir gratitud primero y natural crece en la Acción de Gracias de Jesucristo al Padre Dios, pues con toda la Humanidad, es su propósito, podemos llegar a la reconciliación con Dios y con los demás convertidos ya en hermanos, poseedores todos de la Vida misma de Dios.

La gratitud primera por la vida, llega a su plenitud en la celebración de la Santa Misa, en la celebración de la Eucaristía, agradecidos porque todos nuestros males han sido clavados en la Cruz por quien se ha sabido sacrificar por nosotros. ¿Por qué no descubrir en toda su riqueza la Eucaristía durante el verano? Todo, absolutamente todo, preocupaciones, disgustos, vacilaciones, problemas… todo aceptado por nuestro Señor Jesucristo y transformado por Él en salvación para todos. Sed agradecidos.

Vuestro obispo,

+Antonio Algora

Obispo de Ciudad real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.