Jesucristo subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso (II)

Mons. Francisco PérezMons. Francisco Pérez      Las separaciones de las personas queridas son dolorosas. Cuando desaparece un padre, una madre, un maestro, un gran jefe, nos quedamos como abandonados, indefensos, sin dirección ni liderazgo y por lo tanto inactivos. Jesús ya había anunciado a los suyos que ya no lo iban a ver y que se iban a sentir solos y tristes. Pero también añadió: “vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16, 16-20). Cuando lo vieron subir al cielo se quedaron como extasiados o embobados. Hizo falta que dos ángeles les llamaran la atención preguntándoles: “¿galileos, qué hacéis ahí mirando al cielo?”. En el caso de Jesús la tristeza inicial de los discípulos se convirtió en alegría. Por eso dice el Evangelio que los discípulos se volvieron a Jerusalén con gran alegría (Lc 24, 46-53).

La consecuencia más inmediata de la Ascensión para nosotros es que hemos de estar mirando al cielo, aspirando al cielo, pero con los pies en la tierra caminando con esperanza porque donde está Cristo glorificado, que es nuestra cabeza, también le seguiremos nosotros como miembros de su cuerpo. Nuestra pobre naturaleza ha sido de tal modo ensalzada que participa ya de su misma gloria. Jesús dijo: “Si alguno me ama que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor; si alguno me sirve, mi Padre le honrará” (Jn 12,26). Cuando la Iglesia ora diciendo “Padre nuestro que estás en el cielo”, profesa que somos el Pueblo de Dios “sentado en el cielo, con Cristo Jesús” (Ef 2, 6), “ocultos con Cristo en Dios” (Col 3, 3), y, al mismo tiempo, “gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celestial” (2 Co 5, 2; cf Flp 3, 20; Hb 13, 14). “Los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo” (Epistula ad Diognetum, 5, 8-9).

Tenemos la esperanza segura en las palabras del Señor: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias… Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14, 1-12). En su vuelta al Padre lleva consigo la naturaleza humana. Nos arrastra a todos nosotros con Él. Dice San Agustín: “Cristo descendió Él solo, pero ya no ascendió Él solo… puesto que nosotros subimos también con Él”. San Pablo nos anima en su carta a los Efesios: “…que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”. Mirar al cielo no es una evasión. Es nuestra meta. Necesitamos mirarlo constantemente para que tanta mirada rastrera hacia los bienes materiales no nos confunda el camino y oculten la dirección.

Además del fundamental mensaje de esperanza que tiene la Ascensión este hecho es muy significativo para nuestra vida cristiana pues nos llama a una superación constante tanto en el campo material como espiritual. Los cristianos participamos con toda la humanidad de esa tensión hacia metas cada vez más altas en su desarrollo histórico. Queremos que la humanidad supere las grandes esclavitudes, niveles culturales, penurias e injusticias. Y lo vamos consiguiendo entre fracasos y triunfos. Sabemos que la liberación integral del ser humano se completa con su ascensión espiritual superando los apegos a los bienes de la tierra y aspirando a los bienes del cielo.

El materialismo ateo y el laicismo proponen metas a ras de tierra. Niegan la capacidad de “ascender” a las cosas del espíritu. Es el mayor de los fracasos. Porque el ser humano se queda sin metas consistentes por las que valga la pena la vida. Pero en lo más profundo de su corazón, el hombre que no está pervertido, engañado o teledirigido aspira a más y mejor.  Nunca está satisfecho aquí en la tierra. Aspira a la vida eterna del cielo en la que ya está Jesús. Desde allí El nos llama. Nos pone en proyección hacia el futuro para conseguir los bienes definitivos del cielo, no los bienes pasajeros de la tierra. Para los cristianos “ascender” es en primer lugar estar con el pensamiento en el cielo para que desde allí quede iluminada la realidad de la tierra. Aspiramos a compartir el triunfo del Maestro. Pero no nos quedamos embobados mirando al cielo. Ya desde la actividad en la tierra trabajamos para que las realidades terrenas se eleven transformándolas. En este quehacer Jesús nos acompaña, tira de nosotros hacia arriba y nos llama a estar con Él.

El pensamiento de seguir a Jesús a la gloria del cielo llena nuestras más profundas aspiraciones. Jesús nos arrastra a todos. Todo lo que hayamos tenido que sufrir por ser discípulos suyos quedará recompensado. La Ascensión es el día del triunfo de Jesús y con Él el de todos los pobres, los sufridos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los que han sufrido persecución por ser mejores. Nada hay verdaderamente humano que no sea elevado, dignificado, redimido en Cristo. Él presenta al Padre “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo” (GS 1). Así la vida tiene pleno sentido para vivirla con alegría y esperanza. Ya hemos triunfado, pero nos queda camino por hacer.

El Papa Francisco dice sobre la Ascensión del Señor: “Él nos ha abierto el paso; es como un guía en la escalada a una montaña, que llegado a la cima, tira de nosotros y nos lleva a Dios. Si confiamos a Él nuestra vida, si nos dejamos guiar por Él estamos seguros de estar en buenas manos, en las manos de nuestro Salvador, de nuestro abogado” (Audiencia General 17.04.2013).

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).