La catedral de Toledo acoge el Acto diocesano de Proclamación de la Fe y el Encuentro Mariano de las Imágenes Coronadas

Toledo virgenes coronadasEl Arzobispo de Toledo presidía en la catedral primada el sábado 29 de junio la Santa Misa en rito hispano-mozárabe, en la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Esta celebración se programó como un acto diocesano de proclamación de la fe y en ella estaban presentes diez imágenes de la Virgen María, todas ellas coronadas canónicamente.

El Plan Pastoral diocesano para el presente curso tenía programado en Toledo un específico acto pastoral en el contexto del Año de la Fe, proclamado por el Papa emérito Benedicto XVI. Este acto se celebró este último sábado de junio con la participación de las imágenes de la Santísima Virgen María coronadas canónicamente de la geografía diocesana, de gran arraigo popular y en comunión diocesana, llevando a cabo el citado Plan Pastoral. Fieles, movimientos eclesiales, grupos parroquiales, catequistas, jóvenes, familias, hermandades… particparon en este acontecimiento elcesial.

Vigilia Mariana

Previamente, a las nueve de la noche del viernes 28 de junio, se desarrolló una Vigilia Mariana preparatoria, con la presencia de las imágenes marianas asistentes, en la iglesia de San Ildefonso, presidida por el Arzobispo de Toledo. Tras la vigilia la Coral Siliceo ofrecía un concierto de cánticos marianos.

Ya al día siguiente sábado 29, en torno a las nueve de la mañana, dió comienzo la procesión con las nueve imágenes de la Virgen, que estuvieron acompañadas por fieles de sus cofradías y de sus respectivas parroquias. La procesión desde la conocida iglesia de Ildefonso, actualmente santuario de los Sagrados Corazones, discurrió por el itinerario de la procesión del Corpus Christi hasta la plaza de la Catedral, donde fueron recibidas por el Arzobispo monseñor Braulio Rodríguez. Desde este lugar entraban en la Catedral Primada, donde les esperaba la imagen de Nuestra Señora del Sagrario y donde tendría lugar la Santa Misa.

Las 10 imágenes de la Virgen María

Ntra. Señora del Sagrario, coronada el 30 de mayo de 1926.
Ntra. Señora de la Esperanza, de San Cipriano, el 8 de junio de 1952.
Ntra. Señora de la Caridad, de Illescas, el 12 de octubre de 1955.
Ntra. Señora del Prado, de Talavera de la Reina, el 30 de mayo de 1957.
Ntra. Señora de los Remedios, de Ocaña, el 11 de junio de 1961.
Ntra. Señora de la Salud, de Santa Leocadia, el 31 de mayo de 1965.
Ntra. Señora de la Piedad, de Santa Olalla, el 4 de mayo de 1986.
Ntra. Señora de la Piedad, de Villanueva de Alcardete, el 21 de septiembre de 1986.
Ntra. Señora de la Muela, de Corral de Almaguer, el 18 de mayo de 2013.
Ntra. Señora de la Antigua, de Mora, el 31 de mayo de 2013.

Homilía pronunciada por el Arzobispo de Toledo

La comunión eclesial es una aspiración siempre necesaria, uno de esos contenidos de la fe católica imprescindibles. Nuestro pasado curso pastoral ha subrayado la comunión entre los que formamos la Iglesia diocesana como un ingrediente fundamental para la buena comida que alimenta y da sabor. Recuerden que subrayábamos que la comunión de la Iglesia diocesana y la iglesia doméstica ayuda a redescubrir la fe. La comunión eclesial es suscitada y sostenida por el Espíritu Santo, y es conservada y promovida por el ministerio apostólico, el que ejercen el Papa y los obispos en sus diócesis. Es lógico: a esta comunión la llamamos Iglesia, y abarca todos los tiempos y a todas las generaciones. Y es que tenemos una doble universalidad: estamos unidos en todas las partes del mundo, y, en segundo lugar, todos los tiempos nos pertenecen. En esta comunión, pues, estamos unidos a los creyentes en Jesucristo en todas las partes del mundo y a todos los creyentes del pasado y los del futuro, con los que formamos una gran comunión. Y os digo, queridos hermanos, que esta comunión nos es necesaria sobremanera.

¿Quién garantiza esta unión sino el Espíritu Santo con su presencia activa en el misterio en la historia? Él es el que asegura su realización a lo largo de los siglos. Gracias al Espíritu Paráclito, la experiencia de Jesús Resucitado, que hizo la comunidad apostólica en los orígenes de la Iglesia, las generaciones que hemos venido después hemos podido vivirla siempre en cuanto transmitida y actualizada en la fe, en el culto y en la comunión del Pueblo de Dios, peregrino en el tiempo. Por ello, nosotros ahora vivimos el encuentro con el Resucitado no sólo como algo pasado, sino en la comunión presente de la fe, de la liturgia, de la vida de la Iglesia. La Tradición apostólica de la Iglesia consiste en esta transmisión de los bienes de la salvación, que hace de la comunidad cristiana la actualización permanente, con la fuerza del Espíritu, de la comunión que vivió la primera comunidad cristiana, la comunidad de los Apóstoles. De modo que la Tradición se llama así porque surgió del testimonio de los Apóstoles y de la comunidad de los discípulos en el tiempo de los orígenes de la Iglesia, fue recogida por inspiración del Espíritu Santo en los escritos del NT y en la vida sacramental, en la vida de fe, y a ella –a esta Tradición, que es toda la realidad siempre actual del don de Jesús- la Iglesia hace referencia continuamente como a su fundamento y a su norma a través de la sucesión ininterrumpida del ministerio apostólico, en Toledo a través de los 120 obispos que hemos servido a esta Iglesia.

Jesús, en su vida histórica, limitó su misión curiosamente a la de Israel, pero dio a entender que el don no sólo estaba destinado al pueblo de Israel, sino también a todo el mundo y a todos los tiempos. Sabemos que el Resucitado encomendó de modo explícito a los Apóstoles la tarea de hacer discípulos a todas las naciones, garantizando su presencia y su ayuda hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,19s). Lógicamente para que la salvación de Cristo sea universal se requiere que el memorial de la Pascua se celebre sin interrupción en la historia hasta la vuelta gloriosa de Cristo. Nosotros sabemos que celebrar el pan de vida es celebrar que sin la Presencia de Jesús, sin el don que Él nos hace de su vida, nuestras vidas se secan, se empobrecen, se mueren. Pero, ¿quién actualizará la presencia salvífica del Señor Jesucristo mediante el ministerio apostólico de los Apóstoles y sus sucesores y a través de toda la vida del pueblo de la nueva alianza? La respuesta es clara: el Espíritu Santo, según aquellas palabras de Jesús: “Vosotros sois testigos de estas cosas. Voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre” (Lc 24,48s). “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (He 1,8). Y esta promesa, al inicio increíble, se realizó ya en tiempo de los Apóstoles: “Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen” (He 5,32).

La Iglesia crece y camina, pues, “en el temor del Señor, llena de la consolación del Espíritu Santo” (He 9,31). Esta permanente actualización de la presencia activa de nuestro Señor Jesucristo en su pueblo, obrada por el Espíritu Santo y expresada en la Iglesia a través del ministerio apostólico y la comunión fraterna, es lo que en sentido teológico se entiende por el término Tradición: no es la simple transmisión material de lo que fue donado al inicio a los Apóstoles, sino la presencia eficaz del Señor Jesús, crucificado y resucitado, que acompaña y guía mediante el Espíritu Santo a la comunidad reunida por él. La Tradición es igualmente la comunión de los fieles en torno a los legítimos pastores a lo largo de la historia, una comunión que el Espíritu Santo alimenta asegurando el vínculo entre la experiencia de la fe apostólica, vivida en la comunidad primera, la de los Apóstoles, y al experiencia actual de Cristo en su Iglesia. Gracias a la Tradición, garantizada por el ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores, el agua de la vida que brotó del costado de Cristo y su sangre saludable llegan a las mujeres y a los hombres de todos los tiempos. Así, la Tradición es la presencia permanente del Salvador que viene a encontrarse con nosotros, para redimirnos y santificarnos en el Espíritu mediante el ministerio de su Iglesia, para gloria del Padre. Resumiendo, hermanos, podemos decir que la Tradición no es transmisión de cosas o palabras, una colección de cosas muertas. La tradición es el río vivo que se remonta a los orígenes, el río vivo en el que los orígenes están siempre presentes. El río que nos lleva al puerto de la eternidad, en el que se realiza siempre de nuevo la palabra del Señor: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Os invito, hermanos, a vivir toda esta hermosa realidad de nuestra fe católica en presencia de la Madre del Redentor, Santa María, con el rostro de todas estas veneradas imágenes de nuestra Señora, que mueven vuestros corazones. Ella nos ayudará a penetrar el hermoso misterio de nuestra fe en este día de san Pedro y san Pablo, que nos traen hasta nosotros a la Iglesia que nos preside en la caridad y al Papa Francisco, cuya figura sabemos que nos impulsa a sentir con la Iglesia universal. Disfrutemos igualmente de la espiritualidad que nos transmite la celebración del Rito Hispano-Mozárabe, que también nos une a nuestros antepasados y a su sensibilidad espiritual. Es posible que nos cueste un poco entrar en su espiritualidad, en sus atmósfera de signos, ritos y el ritmo celebrativo de nuestro venerable Rito. En sus oraciones y textos propios, sin embargo, se puede sentir y vivir el latido de la Iglesia que celebra la gloria de estos Apóstoles. Son textos bellos y hondos para orar en la celebración y en otros momentos después de loa celebración. Es una cuestión de contemplar meditar lo que vamos orando en la presencia del Señor por la fuerza del Espíritu Santo, el que garantiza la comunión que nos da la Tradición.

+ Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo, Primado de España

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