Creer en y con la Iglesia

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez     No acabamos los católicos de entender bien la Iglesia. Sería preciso leer con cariño los números 751-757 del Catecismo de la Iglesia Católica para ver cómo hablan acerca de ella. En cualquier caso, nosotros no creemos en la Iglesia del mismo modo que creemos en el Dios Trino y Uno. Es verdad, y conviene por ello citar un texto luminoso: “Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todos las criaturas” (LG 1). Quiero decir que creer en la Iglesia depende enteramente para los católicos de los artículos que en el Credo se refieren a Cristo Jesús, pues la Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo: ella es comparable a la luz de la luna cuya luz es reflejo del sol; igualmente lo que creemos de la Iglesia depende enteramente de lo que creemos respecto al Espíritu Santo. Para nosotros, pues, creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que Él ha enviado, “su Hijo Amado”. Dios nos ha dicho que escuchemos a su Hijo. Tampoco se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. En realidad es el Espíritu Santo el que revela a los hombres quién es Jesucristo. De manera que la Iglesia no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es una idea romántica, alejada de la realidad, pensar que, en un momento dado, después de la muerte de Jesús, los Apóstoles con otros hombres y mujeres se pusieron de acuerdo para que la Iglesia comenzara su existencia con un acto fundacional. Los Doce sabían bien que se malentiende el mensaje de Jesús si se lo separa del contexto de la fe y de la esperanza del pueblo escogido, el pueblo de la primera Alianza: Israel. Jesús se dirige ante todo a Israel (cf. Mt 15, 24), para “reunirlo” en el tiempo final que llega con Él; quiere Cristo congregar al pueblo de Dios, que ha venido a reunir, purificar y salvar, aunque Él exhorta a la conversión personal. Y es que no ha habido nunca primero creyentes sin Iglesia, pues ella precede siempre a los que creen en Cristo. El Hijo de Dios ha venido precisamente para unir a la humanidad dispersa, ha venido para congregar, esto es, para “hacer la Iglesia”. Justamente por ello Jesús instituye los Doce, que remite evidentemente a las doce Tribus de Israel. Superado desde hacía tiempo el sistema de las doce Tribus, la esperanza de Israel, no obstante, espera su reconstrucción como signo de la llegada del tiempo final. Al elegir a los Doce, para introducirlos en una comunión de vida consigo y hacerles participes de su misión de anunciar el Reino con palabras y obras, Jesús quiere manifestar que ha llegado el tiempo definitivo en el que se constituyen de nuevo el pueblo de Dios, el pueblo de las doce Tribus, que se transforman ahora en el pueblo universal, su Iglesia.

También tiene los rasgos fundacionales de la Iglesia la última Cena, pues en ella, antes de su pasión, encomienda a los Apóstoles la misión de celebrar su memorial. Muestra así Cristo cómo quería transmitir a toda la comunidad en la persona de sus “enviados” el mandato de ser, en la historia, signo e instrumento de la reunión final iniciado con Él. Jesús en esta memorable Cena se da a sí mismo y crea así una nueva comunidad, una comunidad unida en la comunión con Él mismo. En los santos Apóstoles Pedro y Pablo, con el resto de los Apóstoles, el discípulo de Cristo, dentro de la Iglesia, puede respirar a pleno pulmón, y creer tantas cosas bellas, verdaderas, dignas de amor y fe, que yo no puedo entender que la Iglesia esté fuera de mí o que sea yo alguien que pueda considerarla ajena a mi persona. Me siento en ella gratificado y enriquecido totalmente, porque me ha dado sobre todo a Cristo, el que me revela al Padre en el Espíritu Santo; he podido conocer y amar a la Virgen, la primera entre nosotros por su apertura a Dios, a tanto hermanos y hermanas. Nada de la Iglesia me es ajeno. Una vez que he entrado por la gracia de Dios en esta santa Mansión, que tiene unas dimensiones más vastas que el universo, y nos hemos hecho miembros del Cuerpo místico, “no disponemos ya solamente de nuestras propias fuerzas para amar, comprender y servir a Dios, sino de las de todos sus miembros a un tiempo, desde la Virgen bendita en lo más alto de los cielos hasta el pobre leproso africano que lleva una campanilla en la mano y se sirve de una boca medio podrida para balbucear las respuesta de la misa”. Es la Ecclesia Mater, la Madre Iglesia.

Este impresionante texto, que puede leerse en “Meditación sobre la Iglesia” de H. de Lubac, nos indica que toda la creación visible e invisible, todo el pasado, todo el presente, todo el porvenir, toda la naturaleza, todo el tesoro de los santos multiplicados por la Gracia, todo eso está a nuestra disposición. Todos los santos nos pertenecen, de modo que podemos servirnos de la inteligencia de Santo Tomás, del brazo de san Miguel, el corazón de santa Catalina de Siena o de santa Teresa de Jesús, y cuanto de bueno se hace de un extremo al otro de la tierra: el heroísmo de los misioneros, la inspiración de los doctores, la generosidad de los mártires, el genio de los artistas, la oración inflamada en amor de las clarisas, las carmelitas y otras hermanas contemplativas es como si fuésemos nosotros los que oramos y hacemos.

Cuando en el Evangelio vemos que Jesús dice a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18), o cuando, después de su resurrección, dice a todo el grupo de los Doce: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros todos los días, hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 18-20), tenemos los cristianos la convicción de que en la Iglesia nadie puede remplazar a los Doce como “fundadores” de la Iglesia; así también comprendemos que los obispos son ahora sus sucesores en la función permanente de anunciar el misterio y de realizar su celebración sacramental, sin la que la Iglesia cesaría de existir tal como Cristo la ha querido y la ha establecido. Y entendemos además que el Obispo de Roma, desde los primeros tiempos, se ha comportado como sucesor particular de san Pedro, en su función de asegurar la unidad del colegio apostólico y de la misma Iglesia.

Por muy enraizada que esté en la historia la Iglesia, sin embargo, no es esclava de ninguna época, de cosa alguna cuya esencia es temporal: “El mensaje que ella debe transmitir y la vida que debe propagar nunca son solidarios ´ni de un régimen político, ni de una situación social, ni de una forma determinada de civilización´ y esto tiene que recordarlo enérgicamente contar falsas evidencias que resultan de los lazos que crea la costumbre (…) No está fundada sobre ninguna otra roca sino sobre la fe de Pedro, que es la fe en Jesucristo. No es ni un partido ni una sociedad cerrada. Nunca se resignará, por sólo el bienestar de aquellos que tradicionalmente le son fieles, a permitir que se la separe de los que todavía no la conocen. En los hombres reales, que al menos virtualmente son todos hijos suyos, ella no ve adversarios. Ella pretende librarlos de todo mal llevándolos a su Salvador” (H. de Lubac, o.cit, p. 223). Creer en la Iglesia y con la Iglesia no es, pues, algo que sea optativo para un católico. Es una necesidad, una lógica consecuencia de haber escuchado a Cristo y haberse encontrado con Él, acontecimiento que, por otro lado, sucede de manera plena únicamente en la Iglesia.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.