Sentido humano y cristiano de las vacaciones

Gil_HellinMons. Francisco Gil Hellín      El mes de julio trae a muchos hogares un paquete con este mensaje: “¡Llegaron las vacaciones. Que las disfrutes!”. Otros no tendrán tanta suerte, porque se encuentran encadenados al paro forzoso y para ellos las mejores vacaciones serían encontrar trabajo. Es una lástima, no sólo por lo que significa el trabajo en la vida del hombre, sino también porque se les priva de disfrutar un bien social, ganado con mucho esfuerzo. El hombre, en efecto, no es una máquina o un esclavo del trabajo. Al contrario, es él quien inventa y hace las máquinas y el que ha recibido de Dios el encargo de ser “señor” de sí mismo y de cuanto le rodea. Esto se vio con toda claridad en la época del liberalismo rabioso, cuando no había domingos ni fiestas y los horarios eran de una duración inhumana. Las vacaciones nos dan la posibilidad de tomar distancia del trabajo y colocar cada cosa en su sitio.

Por otra parte, el mismo Dios “descansó el día séptimo”. Evidentemente, Él no lo necesitaba, pero nosotros teníamos necesidad de su enseñanza respecto a que hay que descansar. Dada la estructura del hombre, éste necesita del descanso y del reposo para reponer las fuerzas físicas y psíquicas, pues tanto las unas como las otras son limitadas y tienen un determinado ritmo. Tan es así, que quien, por ejemplo, se empeña en trabajar sin descanso, incluso robando horas al sueño, más pronto que tarde termina agotado, estresado y, no raramente, desquiciado en sus relaciones familiares y amicales. Esto ha ocurrido siempre, pero hoy se hace más palmario, debido a factores ambientales y sociales añadidos, que socavan las energías psicosomáticas.

La tradición judeocristiana lo ha tenido siempre muy claro, pues el sábado y el domingo han ocupado en ella un puesto de verdadero honor. Ni siquiera los ritmos y presiones de la sociedad industrial han logrado desplazar esos dos días del lugar privilegiado que ocupa en la ordenación de su tiempo. La misma Revolución francesa, que quiso reordenar el mes, dividiéndolo no en semanas sino en periodos de diez días, fracasó estrepitosamente y tuvo que volver a reponer el domingo en su lugar de honor.

De todos modos, no estaría de más repensar “el modo” en que tantas veces se viven hoy las vacaciones. La misma palabra “vacaciones” nos da una primera e importante pista de reflexión. “Vacaciones” viene del latín “vacare”, y tiene el sentido originario de “abstenerse de las actividades normales para concentrarse en algo diferente”. No es, pues, sinónimo de “no hacer nada” o de ir alocadamente de un sitio para otro. Las vacaciones son todo lo contrario de “alienarse”, de huir de uno mismo y de la creación. Son, más bien, unos días en los que dejamos las actividades habituales para concentrarnos en lo fundamental, en el famoso “una sola cosa es necesaria”, que dijo Jesucristo. Por eso, quizás el sentido más hermoso que tienen las vacaciones es entrar en contacto íntimo, profundo, con la raíz de nuestro ser, que es Dios.

Es posible que alguno piense que estoy postulando unas vacaciones dedicadas a rezar, a visitar iglesias y monasterios, a enfrascarse en hondas meditaciones. Ciertamente, las vacaciones dan más posibilidades para rezar, para ir a misa los domingos y festivos, para meditar. Pero a Dios no sólo le encontramos ahí. “Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos”, canta con júbilo el salmo. Efectivamente, un cielo estrellado, una puesta de sol en el mar, la escalada de una roca, un paseo por los valles de montaña y tantas y tantas maravillas de la creación remiten necesariamente al Creador, a Dios. También remite a él hacerse samaritano del que nos necesita, dedicándoles nuestro tiempo y nuestro afecto.

¿No hay que divertirse en vacaciones? También hay que divertirse, distraerse. Pero las vacaciones son un regalo que se hace al hombre para descubrir algo, no un tiempo para malgastarlo, para quemarlo y, lo que todavía sería peor, para ofender a Dios.

 

+Francisco Gil Hellín,

Arzobispo de Burgos

Mons. Francisco Gil Hellín
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Mons. D. Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Realizó sus Estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de Murcia entre 1957-1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1966-1968. Además, estudió Teología Moral en la Pontificia Academia S. Alfonso de Roma entre los años 1969-1970. Es Doctor en Teológía por la Universidad de Navarra en 1975. CARGOS PASTORALES Ejerció de Canónigo Penitenciario en Albacete entre 1972-1975 y en Valencia de 1975-1988. Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia de la Santa Sede de 1985 a 1996. Fue Vicedirector del Instituto de Totana, Murcia entre 1964-1966 y profesor de Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1975-1985). También en el Istituto Juan PAblo II para EStudios sobre el Matrimonio y Familia (Roma, 1985-1997) y en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz en Roma (1986-1997). Juan Pablo II le nombraría despues Secretario del Dicasterio de 1996 a 2002. Fue nombrado Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos el 28 de marzo de 2002, dejando su cargo en la Santa Sede, y llamado a ser miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia desde entonces. El papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Burgos el 30 de octubre de 2015, siendo administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor, el 28 de noviembre de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desde el año 2002. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Burgos desde 2011 hasta 2015. Además fue miembro de la Comisión Episcopal del Clero de 2002 a 2005.