Jesucristo subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre Todopoderoso (I)

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez    Los misterios gloriosos de Jesucristo concluyen con su Ascensión al cielo. El credo usa la expresión “subió a los cielos”. Subir es ir hacia arriba y cielo la morada de Dios. Jesús nos enseñó a rezar diciendo: “Padre nuestro que estás en el cielo…” Evidentemente no se trata de un lugar físico, sino de una forma, situación o estado de vivir junto a Dios, que está por encima de todo. Para Dios no existe el tiempo ni el espacio. El ser humano para señalar las realidades que le superan, que están por encima de su capacidad ha señalado el cielo y ha querido colocar en ese infinito a Dios. Así es como desde la redonda tierra cada uno mira hacia arriba y señala el cosmos que tiene encima para señalar el cielo. Por eso se dice de Jesús que “subió al cielo”.

La Ascensión del Señor es la culminación de su triunfo. Si la resurrección supuso la firma del Padre a su obra salvadora, la Ascensión es la glorificación definitiva. Jesús, en la oración sacerdotal de la Última Cena ora al Padre: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me encargaste que hiciese. Ahora tú, Padre, glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo existiese” (Jn 17, 4-5). La Ascensión es la respuesta del Padre que cumple lo que le había asegurado antes de la pasión: “Le he glorificado y le volveré a glorificar” (Jn 12, 28).

Jesús asciende al cielo y deja un vacío y una nostalgia grande en los suyos. Quisieran irse con Él. Pero les consuelan las palabras que dijo al despedirse: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Jesús merecía tener su triunfo, recibir su premio, después de cumplir la voluntad de Padre. Pero también los suyos lo necesitaban. La perspectiva del cielo anima a los discípulos que entienden que vale la pena el sufrimiento para llegar a la gloria. Decía San Juan Bosco: “Un pedazo de paraíso lo arregla todo”.

Se produce una ausencia que está justificada: “Voy a preparaos sitio. Después os llevaré conmigo para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y promete una presencia de una forma nueva: Yo os enviaré desde el Padre al Espíritu Santo Defensor”. Finalmente Jesús deja a los suyos el encargo de ir a predicar el Evangelio a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar“cuanto yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). La profesión de fe en la Ascensión refuerza y asegura nuestra esperanza para mantenernos fieles a Cristo en medio de las dificultades.

Jesús tenía en sus labios, en su corazón y en su oración constantemente al Padre. Ya dijo desde niño, cuando se perdió en el templo, que él tenía que ocuparse de las cosas de su Padre. Suspiraba constantemente por la casa de su Padre que es el cielo. Levantaba siempre los ojos al cielo, su punto de referencia, orando, antes de realizar los milagros. Muchas son las citas. Antes de curar a un sordomudo “mirando al cielo, suspiró y dijo: ¡ábrete!” (Mc 7, 33-34). En la resurrección de Lázaro Jesús alzando los ojos al cielo rezó al Padre dándole gracias porque siempre le escuchaba (Jn 11,41). En la institución de la Eucaristía, lo mismo que en la multiplicación de los panes (Mt 14, 19), “elevando los ojos al cielo y dando gracias tomó el pan, lo bendijo y lo partió…” Vino al mundo pero estuvo en tensión por volver de donde vino. “Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre” (Jn 16,28). Ha llegado la hora prevista, anunciada y deseada de su plenitud. Una vez resucitado se aparece a María Magdalena y le anuncia, con la naturalidad de quien vuelve a casa, que su inmediato futuro es ir al cielo. “Todavía… no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17).

Jesucristo que se encarnó, fundó el Reino de Dios con palabras y milagros, padeció, murió en la cruz y resucitó glorioso rompiendo las ataduras de la muerte y es definitivamente glorificado. Dice el evangelio que “ascendió al cielo”. Y los hechos de los Apóstoles lo describen diciendo: “Lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hch 1,1-11). Esta forma humana de hablar expresa no el hecho de subir físicamente a un lugar sino el pasar a un estado de nueva forma de vida. El cielo es estar con Dios y Dios está en todas partes.

En la Ascensión Jesús disipa las dudas sobre su resurrección. A pesar de sus apariciones algunos no habían terminado de creer. El evangelista San Marcos cuenta cómo Jesús se aparece a los once y les echa en cara “su incredulidad y su terquedad, por no haber creído a quienes lo habían visto resucitado”. Los apóstoles Pedro y Pablo resumen la fe de la Iglesia apostólica haciendo una misma confesión. Afirma San Pedro como Jesucristo después de resucitar “subió al cielo y está sentado a la diestra de Dios”. (1 Pe 3,21-22). Y San Pablo confiesa lo mismo: “Cristo murió, más aún, resucitó y está sentado a la derecha de Dios” (Rom 8,34).

El catecismo de la iglesia católica dice que la Ascensión de Jesús proclama su señorío sobre el universo, la historia y la Iglesia. Jesús “participa en su humanidad con el poder y autoridad del mismo Dios. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”(Ef 1, 20-22). “Cristo es el Señor del cosmos y de la historia” (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28). En Él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1,10), su cumplimiento transcendente (CIC 668).

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).