¿Una sociedad atemorizada?

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora      El miedo, ciertamente, es una cuestión difícil de definir pues, como todo sentimiento, más se padece que se razona. El Diccionario de la Real Academia lo define como: «Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario». y en una segunda acepción: «Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea». Con ambas definiciones me parece que nos estamos sumergiendo los ciudadanos de este país en un futuro de desesperanza. Y no me refiero solo a la cuestión económica, sino a todo un conjunto de cosas que causan, efectivamente angustia y recelo.

Si no fuera así, esta reflexión podría parecer inútil pero nunca vendrá mal a los hombres y mujeres de fe que tenemos puesta nuestra confianza en nuestro Señor Jesucristo. Y hay que comenzar por aquí: en la vida del ser humano hay que contar con el Hacedor, con el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que es parte constitutiva de nuestro ser de “criaturas” y olvidar a Dios es correr un grave riesgo. Percibo que esa especie de angustia vital que se siente en nuestra sociedad tiene en el «vivir como si Dios no existiera» –en expresión de Juan Pablo II– su raíz más profunda.

Por supuesto que no quiero decir que el ser humano pierda el protagonismo y la responsabilidad esperando actuar en la vida a modo de marioneta de un dios caprichoso. No. El Señor nos hizo a su imagen y semejanza y, por tanto, libres, y sí libres, responsables de nuestros actos para lo malo y para lo bueno. Libertad que se realiza con la capacidad de decisión que da a la persona la referencia a la voluntad de Dios manifestada en las múltiples instancias y condiciones de quien sabe que se puede fiar absolutamente de Dios porque ha recibido de Él su confianza para llevar adelante la aventura humana. Dios se ha fiado de nosotros para hacer progresar su plan de realización plena de una humanidad redimida y, por tanto, renovada por Cristo, su Hijo, por la Resurrección y la Vida que es el Señor Jesús.

Frente a la pretendida bondad natural del ser humano llena de ingenuidad, la persona anclada en Jesucristo sabe que ha recibido de Él, gratuitamente, la capacidad de superar toda tentación de desesperanza ante la inclinación al mal que nace en nuestro propio interior, o que nos acosa desde los demás. Si terrible es percibir todo el mal que soy capaz de hacer y me asusta, ¡qué terrible es experimentar cómo cae sobre nosotros un mal producido por otros sin culpa alguna por nuestra parte!  Entonces sí que se llega a percibir esa sensación descrita magistralmente por el Diccionario: «Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario».

Llega, pues, el momento de buscar en la cruz de Jesucristo la respuesta a esa “perturbación angustiosa” o a ese “recelo o aprensión” ante lo que me puede sobrevenir en la vida. Estamos llamados a hacer frente a esa realidad, que es el mal producido por la injusticia, la violencia, la opresión, la explotación… sufriéndolo en las propias carnes unidos a quien murió por amor a la humanidad misma, es decir, a quien asumió el mal producido por los demás buscando cumplir una misión que Dios Padre consiente y encomienda. Sin dudar de que nunca vamos a ser abandonados a nuestra suerte por quien es Padre amoroso y providente. Y rezar, sí, ponernos en manos de Dios Padre que ve más allá de quienes estamos sometidos a la prueba del sufrimiento y del dolor, de la angustia y de la perturbación, de quienes nos sentimos amenazados por los poderes tan absolutos que se están manifestando en este mundo.

Vuestro obispo,

+Antonio

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.