La humanidad de Mn. Albert Domingo

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés     Algunas verdades que afirmamos desde la fe nos parecen tan osadas, que a la hora de la práctica y de la vida concreta, no las tenemos en cuenta o las silenciamos más o menos conscientemente. Así ocurre con el principio, sostenido por teólogos y maestros del espíritu, de que la gracia de Dios, el Espíritu Santo en nosotros, no destruye lo que somos naturalmente, sino que lo perfecciona. Esto en la práctica quiere decir que una persona, tras haber creído y haber sido bautizada y permanecer fiel al don recibido, “ha crecido en humanidad”, ve sus cualidades y virtudes humanas más desarrolladas, al menos en el sentido espiritual y ético.

Quizá tenemos reparo en reconocerlo a la hora de la verdad, cuando en realidad es algo que no deberíamos callar y menos aún olvidar, sobre todo en este Año de la fe, o cuando afrontamos la cuestión de ser cristiano en un mundo, que tantas veces reivindica ser muy humano al margen de la fe.

Tales pensamientos vienen a la mente al conocer el rostro sacerdotal de Mn. Albert Domingo Roig. Me refiero al rostro sacerdotal de Mn. Albert como símbolo o representación de toda su manera de ser, su trato, sus palabras y sus acciones. Vendría a significar como el conjunto de toda “su humanidad”, su modo de ser humano. Y recordamos que la “humanidad” de un sacerdote, su rostro sacerdotal, es doblemente tocado por el amor y la gracia de Dios: en primer lugar por el bautismo y en segundo lugar por el sacramento del Orden.

Podemos explicarlo recurriendo a algo sorprendente que escribió el novelista Constantin Virgil Gheorghiu en una especie de prólogo a su conocida novela De la hora veinticinco a la hora eterna (1949). El autor cuenta, con estilo autobiográfico, la experiencia fundamental de toda su vida, es decir, cómo siendo niño descubrió el mundo, toda la realidad, a través del rostro de su padre, un pope ortodoxo rumano. Aquel rostro

naturalmente, era perfectamente humano; pero hasta tal punto estaba traspasado por el misterio, que todos sus rasgos, su mirada, su belleza, sus formas, constituían una ventana, el umbral para acceder al mundo transformado por el Espíritu de Dios. Aquel rostro era para él como un icono, con todo lo que ello significa en la teología y la espiritualidad ortodoxa: una presencia y un testigo viviente, actual, de la gracia que transfigura el mundo.

Quizá suene muy extraño hablar así sobre los sacerdotes. Pero estamos convencidos de esta verdad. A su modo, debemos decir lo mismo de cualquier bautizado. Mn. Albert, la extraordinaria “amabilidad” de su rostro, su sensibilidad hacia el sufrimiento humano, y en general de su forma humana de ser, es el resultado de la acción del amor de Dios. El Espíritu ha ido trabajando su persona, sus valores y cualidades humanas, lo que es por nacimiento y por condición de cristiano, a fin de construir en él una humanidad apta para hacer presente sacerdotalmente el amor de Dios.

Nada en nuestra fe es “en parte humano y en parte divino”. Menos aún en el sacerdote. De él solemos decir, con razón, que ha de ser “muy humano”. Pero bien entendido que esto no significa que ha de ser “menos divino”. Al contrario, su humanidad brilla tanto más, cuanto más es tomada, elevada y perfeccionada por la gracia. Los buenos sacerdotes, con sola su presencia “humana”, nos acercan al misterio.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.