Encuentro Diocesano Catequistas 2013 – La Iglesia de la fe, la fe de la Iglesia

CasescanariasMons. Francisco Cases   Muy queridos Catequistas:

Si cada Curso Pastoral busco que todas mis intervenciones notables, las que quedan plasmadas en unos párrafos o páginas escritas, tengan una unidad entre sí y un centro en el Objetivo anual del Plan Diocesano, este Curso he tenido particular interés en hacerlo así. El Año de la Fe, convocado e iniciado por el Santo Padre Benedicto XVI, y la actuación de la Fe por la Caridad, han sido el tema recurrente durante estos meses.

Siempre considero como Pregón del Curso Pastoral la homilía del día de la Virgen María, invocada con los nombres de su patronazgo sobre la Diócesis y sobre cada Isla: el Pino, Los Dolores, la Peña. Este curso presenté a nuestra Madre llena de alegría porque era creyente, llena de fe. Ella misma lo dice en el Magníficat: Estoy contenta con Dios.

Al presentar los materiales del Curso Pastoral en el recorrido anual por los Arciprestazgos presenté la preocupación del Santo Padre como motivo para entrar por la Puerta de la Fe. Recogiendo sus mismas expresiones traté de animar a «no olvidar la fe, renovar la fe, crecer en la fe».

En seguida celebramos el Encuentro Diocesano de las Familias, con el lema:

¡Creemos en el Amor!, que apuntaba de lleno al tema del Año Pastoral: La Fe que actúa por la Caridad. Expliqué a las familias cómo el Credo, el Símbolo o resumen de nuestra fe es en realidad una «historia de amor, nuestra historia con Dios», que sigue extendiendo por el mundo en el testimonio de las familias, el Amor de Dios en que creemos.

También tocaron el tema de la Fe la carta sobre el Día del Seminario: Sé de quién me he fiado, y las Homilías de la Eucaristía para dar gracias a Dios por el Pontificado de Benedicto XVI, y la de la Misa Crismal, centrada en el Santo Padre Francisco.

Siguió el Encuentro con los Jóvenes: Ojos que sí ven, corazón que sí sienten. El contexto de la Fe para mí y para las personas cercanas a mi edad y mi experiencia personal es muy distinto del ambiente en el que los jóvenes son invitados a creer.

¿Cómo pueden los jóvenes ver y oír esa voz de Dios, ese rostro de Cristo, que es el fundamento y la esencia de la Fe?

Para el Encuentro con Ustedes reservé desde el principio de Curso, el tema de LA IGLESIA. Lo veo un tema de sumo interés para el momento presente, y de un modo muy singular para los Catequistas.

He repetido muchas veces una famosa frase de Juan Pablo II en la Exhortación Ap. Postsinodal Catechesi Tradendae: “El fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo” (CT 5). Pero esta cercanía, mejor, esta tarea de acercamiento a Jesucristo, es precisamente la tarea de la Iglesia. Poner en contacto con Jesucristo, integrar en la Iglesia, su familia, su pueblo,
son inseparables como objetivos y como esencia de los procesos catequéticos.

«La Iglesia es el espacio ofrecido por Cristo en la historia para poderlo encontrar, porque Él le ha entregado su Palabra, el bautismo que nos hace hijos de Dios, su Cuerpo y su Sangre, la gracia del perdón del pecado, sobre todo en el sacramento de la Reconciliación, la experiencia de una comunión que es reflejo mismo del misterio de la Santísima Trinidad y la fuerza del Espíritu que nos mueve a la caridad hacia los demás» (Mensaje Final del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, Octubre 2012, n. 3).

LA IGLESIA ES UNA REALIDAD DE FE, un Misterio que sólo con los ojos de Dios y desde el Amor de su corazón podemos comprender, acoger como regalo y ofrecer a los demás. La Iglesia está en el Credo, en el Símbolo de la fe, no como una realidad añadida a la mención del Padre, Hijo y Espíritu Santo. El punto de partida y el ámbito propio de la fe en la Iglesia es la fe en el Espíritu Santo como Espíritu de Jesús. Por eso
llamamos a la Iglesia Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu.

La Iglesia nos precede. Y no solo porque al nacer cada uno de nosotros ya existía ella, nos la hemos encontrado, hemos nacido en ella o hemos entrado en ella, como si se tratase de una asociación de la que nuestros padres nos hicieron socios al nacer. Es una realidad que precede a todos porque nació en el corazón de Dios desde toda la eternidad como parte del proyecto sobre la humanidad, creada en su Hijo para
ser una sola familia por la fuerza del Espíritu.

NO HAY DIOS TRINO, NO HAY CRISTO SIN IGLESIA. No hay creyentes, ni cristianos aislados, francotiradores. El encuentro con Cristo incorpora a su Iglesia. El Espíritu de Cristo que hace hijos, hijos de Padre Dios, hijos en el Hijo, por la misma acción hace hermanos. Desde la primera llamada a la conversión por parte de Jesús, anunciadora de la llegada del Reino, hay pasos que se unen, y manos que se cruzan.

Aquella llamada del Evangelio de Juan, la de las cuatro de la tarde, la de ‘Venid y lo veréis’, es llamada a seguirle a Él, uniéndose a un grupo que empieza en los tiempos del Evangelio y sigue uniendo también hoy a todos los que oyen su voz y siguen sus caminos. La llamada de Jesús a la conversión se convierte en vocación al seguimiento, y la vocación de cada uno se vive como con-vocación, como vocación-llamada en común.
Los griegos llamaban a esta con-vocación ekklesia, y así nos hemos guardado la palabra y lo que esa palabra supone. No hay Cristo sin Iglesia.
Y NO HAY IGLESIA SIN CRISTO. Esto deberíamos tenerlo presente siempre. La Iglesia no es nuestra, no la hemos inventado nosotros. No la estamos inventando en cada instante. Una Iglesia que hiciéramos nosotros, que inventáramos nosotros, sería un ídolo, la obra de nuestras manos. No volveremos a llamar dios a la obra de muestras manos (Oseas 14, 3), tendríamos que repetir con el viejo profeta. Aceptar la Iglesia: parece algo elemental, pero se trata de aceptar la Iglesia de Cristo, y la Iglesia como Cristo la quiere. En el origen de muchos de los ‘conflictos’ que hay en la Iglesia está precisamente esta falta de aceptación de la Iglesia como realidad teologal, es decir, como realidad que pertenece al ámbito de Dios, no al de las obras de nuestras manos. Y muchos de los conflictos que hay en la Iglesia en la relación con la sociedad de hoy, provienen de que ‘los de dentro’ buscamos la Iglesia que nos parece responder más adecuadamente al momento presente. No deberíamos preguntarnos qué Iglesia queremos construir, ni buscar qué debemos hacer. Deberíamos buscar cómo construir la Iglesia que el Señor Jesús quiso y quiere, cómo podemos responder mejor a lo que Dios quiere hacer hoy. UNA IGLESIA QUE VIENE DE LEJOS, QUE VIENE DE ARRIBA, QUE ES UNA, QUE ESTÁ EN MUCHOS SITIOS. Con estas expresiones os invito a repasar esos adjetivos que utilizamos en el Credo cuando mencionamos a la Iglesia: una, santa, católica y apostólica. Viene de lejos, de los Apóstoles, de los que acompañaron los pasos de Jesús y fueron testigos de su victoria sobre la muerte y el pecado en la Resurrección. Viene de arriba, de la luz y la fuerza del Espíritu que la hace de Dios en cada momento, la hace santa, propiedad del Señor y enviada por Él. Nuestros pecados no anulan la santidad de la Iglesia. La llamamos «comunión de los santos», que significa comunidad de los santificados por el Espíritu, pero también comunión en las realidades santas: Dios que nos ama, su Palabra, sus Sacramentos, el testimonio y la vida de tantos santos que nos rodean… Es una, en la rica variedad unida de dones, de servicios, de formas de vida que crea permanentemente el Espíritu en ella; una y única, un solo pueblo, una sola familia.

Está en muchos sitios y ha vivido mucha historia; ninguno de nosotros, ninguno de nuestros grupos, pequeños o grandes, puede ponerle el artículo determinado a su experiencia y decir: somos la Iglesia. Una Iglesia así configurada, que no proviene de nuestras ideas, de nuestros proyectos y de nuestros esfuerzos, tiene futuro; podemos confiar en el mañana, porque no depende de nosotros. Esta Iglesia está formada por
hermanos, por hermanos que nosotros no hemos elegido. Una Iglesia que se forma por elección propia, por selección de cada uno buscando afinidades y sintonías, ideológicas o psicológicas, es fácil que no pase de ser un club de iniciados o una peña de amigos. En esta Iglesia de hermanos que no hemos elegido nosotros, sino que nos ha dado Dios, ni todos pensamos igual, ni todos ‘damos la talla’, pero es la Iglesia de Jesús, la única en la que le podemos encontrar a Él, seguir a Él y anunciar a Él.

EL TESTIMONIO DE UN GRAN TESTIGO. Una visión y vivencia de la Iglesia desde esta perspectiva creyente se convierte en fuente de fuerza y de gozo. Traigo aquí las emocionadas palabras de Benedicto XVI, pronunciadas en una Audiencia General días después de anunciar su renuncia: Ocho años después (de asumir el ministerio de sucesor de Pedro) puedo decir que el Señor me ha guiado, que ha estado a mi lado y que he podido percibir diariamente su presencia. Ha sido un trecho del camino de la Iglesia que ha tenido momentos de alegría y de luz, pero también momentos no fáciles; me he sentido como San Pedro con los Apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa ligera, días en los que la pesca ha sido abundante; pero también ha habido momentos en los que las aguas estaban agitadas, el
viento era contrario -como a lo largo de toda la historia de la Iglesia- y el Señor parecía dormir. Pero siempre he sabido que en esa barca está el Señor, y siempre he 
sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino suya. Y el Señor no deja que se hunda: es él quien la conduce, ciertamente también por medio de los hombres que ha escogido, porque así lo ha querido. Esta ha sido y es una certeza que nada puede empañar. Y por eso hoy mi corazón rebosa de gratitud a Dios porque nunca ha dejado que falten, ni a toda la Iglesia ni a mí, su consuelo, su luz, su amor (Audiencia 27 de Febrero de 2013).

LA PARÁBOLA DE UNA FAMILIA AMADA POR JESÚS. En esta ocasión de encuentro con Ustedes catequistas, cuando pretendo transmitirles una fuerte visión de la Iglesia como realidad que está del lado de Dios, no del lado de nuestras iniciativas, siempre frustrantes y llenas de debilidad, voy tomando de aquí y de allí, también de temas y cosas que he tratado en otras ocasiones, pero que no quiero dejar de ofrecerles a Ustedes. Quizás alguno me lo haya oído ya. Lo que sigue lo inventé hace algunos años, cuando me preguntaron por la visión de Iglesia que fluye del Concilio Vaticano II. No quería dar una clase, y recurrí a una imagen evangélica: la familia de Lázaro, Marta y María. El Señor Jesús vivió su relación con la familia de Betania de una forma muy singular, que siempre reconforta y anima, pero su contemplación puede servirnos también como una parábola que nos indica las referencias fundamentales en las que necesitamos insistir para comprender y vivir la Iglesia. No es difícil advertir en cada uno de los pasos dados, los temas centrales de las cuatro grandes Constituciones Conciliares.

Como la familia de Lázaro, nuestra Iglesia es y debe ser una comunidad de hermanos, en la que se entiende más el ‘nosotros’ y el ‘nuestro’, que el ‘yo’ y el ‘mío’. Una comunidad de hermanos, que entiende el ‘nosotros’ como algo necesariamente universal, como la tarea a realizar permanentemente.Nacemos como Iglesia desde la Comunión trinitaria. Nuestra comunión no es más que tímido y débil reflejo de dicha Comunión, y reflejo por ser don siempre entregado por el Espíritu, y siempre necesitado de ser acogido con humildad y cuidado con mimo. El Espíritu que el Padre envía es el Espíritu de Jesús, el Espíritu que hace hijos y hermanos, el Espíritu rico en diversidad de dones, y uno en la riqueza del Amor que convoca y congrega. La Iglesia es comunión.

Como Lázaro, la Iglesia reconoce que lo que tiene, lo que es, lo que la hace vivir, lo tiene recibido de su Señor. Lázaro es el muerto redivivo, el que está vivo porque el Señor lo ha hecho revivir. La Iglesia le debe la Vida a Jesucristo, y esto lo repasa en su corazón creyente una y mil veces, y lo celebra con alegría, lo contempla con pausa y detenimiento, lo agradece con corazón sincero. La Iglesia es familia orante y contemplativa, comunidad de alabanza y acción de gracias. La Liturgia y la Plegaria no son ceremonias y ritos vacíos, son Encuentro y experiencia profunda de fe, son fundamento de todas las audacias y fortaleza en todas las oscuridades. Y en la Liturgia y en la Plegaria siempre se siente asociada a su Señor.

Como María, La Iglesia es discípula del Señor. Continuamente deja todas sus tareas, incluso sus urgencias, y se concentra en la escucha para entenderse a sí misma, y para comprender, desde la voz del Maestro, la misión que le encarga. Sólo si escucha puede encontrar la Luz que necesita para caminar y para hablar. La Iglesia es discípula atenta, antes que maestra. Lo que sabe, lo sabe porque lo ha escuchado a su Señor, y si quiere enseñar algo, y pretende enseñar algo a la gente, es porque antes se lo ha escuchado a su Señor, y cree de verdad, y ha experimentado su Verdad, y está convencida de que es buena y útil para la felicidad de todos. 

Como Marta, la servidora, fiel y atenta a tantas cosas, la Iglesia es y debe ser una Iglesia que sirve. No puede elegir entre la escucha y el servicio. Escuchar a Jesús y no servir, oírle y no poner por obra su palabra, es como edificar sobre arena. Por eso sirve a los pequeños, anda entretenida con las necesidades de unos y otros, pero sobre todo de los débiles, de los que se quedan sin atender porque nadie considera y para
nadie cuentan, de los que no tienen voz. La Palabra que le enseña le manda escuchar, y la llama bendita cuando cumple la palabra escuchada. Y el cumplimiento más fiel es el seguimiento de su Señor, que siendo Maestro y Señor, vino para servir y dar su vida por todos.

TODOS DISCÍPULOS DEL ÚNICO MAESTRO

En la Iglesia no podemos olvidar que sólo Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Nuestras pequeñas verdades y las que creemos grandes, pero nuestras, son siempre pequeñas ayudas para acercarnos a la Verdad o para acercar a los demás. El único y verdadero Maestro, el único y verdadero formador es el Espíritu que nos guía a la Verdad plena, la Verdad que es Cristo. Nosotros, como muestra hermosamente el
Directorio General de Catequesis somos colaboradores de Dios educador.1

Un aspecto de esta colaboración es imposible omitir. Somos colaboradores de Dios, y por ello ministros en su Iglesia y de su Iglesia. Es Dios mismo quien ha querido y quiere a su Iglesia, quien la fundó y quien la acompaña y asiste continuamente. Ella, siendo nuestra Madre es también educadora de nuestra fe.2

La Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella
es, todo lo que cree.3 Desde el convencimiento de que en cristiano sólo el Espíritu es capaz de dar forma cristiana al sujeto creyente, el sacerdote, el catequista, el formador, el iniciador, siempre sabrá que no es más que un pedagogo en sentido literal, ese sentido que tanto
lugar ocupa en los escritos de Pablo: el que lleva de la mano a otro a la fuente de la sabiduría.

El primer y único Maestro es Cristo. La Iglesia, como Cuerpo suyo, en el que Él vive y se manifiesta, es nuestra primera y única Maestra. Si tenemos una visión de Iglesia que no va más allá de la pura facticidad, o del grupo humano que formamos nosotros, cuando no tenemos una visión teologal, sacramental de la Iglesia, no podemos percibirla, sentirla y vivirla como nuestra primera y fundamental Maestra, la de todos.
Ante Cristo, único Maestro, todos somos hermanos (cf. Mat 23, 8); ante la Iglesia, casa de Dios, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15), Madre y Maestra, todos somos hijos y discípulos. Y lo que cada uno de nosotros, como formador, iniciador, pastor, catequista, predicador, o acompañante, hace, no puede tener otra meta que acercar al único Maestro, poner a la escucha del único Espíritu, enseñar docilidad a la única Madre; y no puede recorrer otro camino que el de la fidelidad.

LA FE DE LA IGLESIA, EL «NOSOTROS» DE LA FE.

Déjenme terminar con un hermosísimo texto, clarividente y pedagógico de Benedicto XVI: «Solamente podemos creer en el «nosotros». A veces digo que san Pablo ha escrito: “La fe viene de la escucha», no del leer. También se necesita leer, pero la fe viene de la escucha, es decir, de la palabra viviente, de las palabras que los otros me dirigen y que puedo oír; de las palabras de la Iglesia a través de todos los tiempos, de la palabra actual que ella me dirige mediante los sacerdotes, los Obispos y los hermanos y hermanas. De la fe forma parte el «tú» del prójimo, y forma parte de ella el «nosotros»… Forma parte del «nosotros» muy concreto también el mirar siempre más allá del «nosotros» concreto y limitado hacia el gran «nosotros» de la Iglesia de todo tiempo y lugar, para no hacer de nosotros mismos el criterio absoluto.

Cuando decimos: «Nosotros somos Iglesia», sí, claro, es cierto, somos nosotros, no uno cualquiera. Pero el «nosotros» es más amplio que el grupo que lo está diciendo. El «nosotros» es la comunidad entera de los fieles, de hoy, de todos los lugares y todos los tiempos. Sí existe, por decirlo así, el juicio de la mayoría de hecho, pero nunca puede haber una mayoría contra los Apóstoles y contra los Santos: eso sería una falsa mayoría» (Benedicto XVI, A los Seminaristas en Friburgo de Brisgovia, 24 de septiembre de 2011).

Que el Señor nos bendiga con su amor y nos llene de amor mutuo
+ Francisco, Obispo de Canarias

Mons. Francisco Cases Andreu
Acerca de Mons. Francisco Cases Andreu 8 Articles
Nació en Orihuela (Alicante) el 23 de octubre de 1944. Cursó la enseñanza secundaria en el "Colegio Diocesano Santo Domingo" de Orihuela y los cursos filosóficos-teológicos en el Seminario Mayor diocesano. Fue ordenado sacerdote el 14 de abril de 1968. Entre 1975 y 1982 en Roma perfeccionó los estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana, donde obtuvo la Licenciatura en Teología (1977) y realizó los cursos de Doctorado de Teología. CARGOS PASTORALES En su ministerio ha desempeñado numerosos cargos, entre los que destacan el de Secretario del Obispo de Orihuela-Alicante entre 1967 y 1975. De 1982 a 1987 fue Coadjutor de "Nuestra Señora del Rosario" en Alicante. Entre 1984 y 1987 ejerció como Secretario de Estudios del Seminario Mayor y Menor. En 1982 y hasta 1994 trabajó como Profesor de Eclesiología en el Estudio Teológico. De 1985 a 1990 trabajó como Delegado Diocesano de Pastoral Juvenil y desde 1987 hasta 1990 fue párroco de la "Inmaculada Concepción", en Alicante. Entre 1990-1994 fue Vicario Episcopal de la zona de Alicante ciudad y de 1990 a 1994 Rector del Seminario Mayor de Alicante. El 22 de febrero de 1994 fue nombrado Obispo Auxiliar de Orihuela-Alicante. El 10 de abril de 1994 recibió la ordenación episcopal. Fue Administrador diocesano de la diócesis desde el 25 de septiembre de 1995 al 23 de marzo de 1996. El 26 de junio de 1996 se hizo público el nombramiento de Mons. Francisco Cases como Obispo de Albacete, en donde tomó posesión el 31 de Agosto del mismo año. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades. Además, de 2005 a 2017 ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar. De 1996 a 2002 lo fue de Doctrina de la Fe. De 2002 a 2005 perteneció a la Comisión Episcopal del Clero y de 1993 a 2002 a la de Seminarios y universidades.